Los años dormidos
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CAPÍTULO I
Sira Moreno Herrera observó por la ventanilla del avión las nubes que se extendían bajo ella como un océano blanco e interminable.
Llevaba más de diez horas sin dormir,
Dos meses antes había enterrado a su madre.
Cuatro años antes había enterrado a su padre.
Y una semana antes había descubierto que ni siquiera se llamaba Sira. Abrió la carpeta que descansaba sobre sus rodillas.
La había revisado decenas de veces desde que encontró la caja fuerte oculta tras un cuadro del despacho de sus padres. Ahora solo de su madre. Bueno, ahora solo de ella.
Partida de nacimiento más antigua.
Maggie Allen.
Fecha de nacimiento.
Lugar de nacimiento.
Padres: David y Hellen Allen.
Nada de moreno en esa partida, ni Herrera, ni Sevilla, ni España.
Eso estaba en otra partida.
Solo una niña desaparecida a los tres años y una vida entera construida sobre una mentira.
Su madre no le había dicho nunca nada.
Ni una palabra.
Y ya no estaba para responder preguntas.
El comandante anunció el inicio del descenso hacía Austin.
Sira cerró la carpeta.
A través de una empresa especializada, había conseguido reunir documentos, noticias antiguas y recortes de prensa.
Lo que había leído, le había dejado un nudo en el estómago.
Maggie Allen había desaparecido 22 años atrás en un parque.
Miles de horas de búsqueda.
Policía.
Voluntarios.
Perros rastreadores.
Carteles por todo el condado.
Prensa, radio, televisión…
Nada
Como si la tierra se la hubiese tragado.
Y mientras aquellos padres la buscaban desesperadamente, alguien la había vendido a un matrimonio español incapaz de tener hijos.
Un matrimonio que, para ser justos, la había querido con toda el alma.
Nunca le falto cariño.
Nunca le faltó educación.
Nunca le faltó nada.
Pero aquello no cambiaba la realidad.
La habían robado.
El avión tocó tierra.
Sira respiró hondo.
Veinticinco años tenía. Veintidós años después volvía.
No sabía si encontraría respuestas.
No sabía si aquellos padres seguían vivos. Si tenía más hermanos…
No sabía si la recibirían con los brazos abiertos o si removería heridas que nunca llegaron a cerrarse.
Pero necesitaba intentarlo.
Cuando salió de la terminal, alquiló un coche y condujo directamente al hotel, la comisaría condado, la dejaría para cuando descansara. Para después.
Si alguien conservaba información de Maggie Allen, era allí donde debía empezar.
Y sin saberlo, a apenas treinta kilómetros de distancia, dos hombres idénticos de veintinueve años terminaban una jornada de trabajo en el rancho Allen.
Luca y Jeremy.
Los hijos adoptivos que habían llegado para llenar el vacío que dejó una niña desaparecida.
Una niña a la que nunca conocieron.
Y que estaba a punto de regresar a sus vidas.
Sira llegó al hotel, pidió la cena y durmió hasta casi el otro día por la mañana. Se dio una buena ducha y se vistió. Pantalones sueltos blancos a juego con una blusa estampada en verde y blanco. Y poco maquillaje.
Se había despertado varias veces y dormido otras cuantas, hasta encontrarse perfectamente. Cada vez que abría los ojos recordaba dónde estaba.
Austin.
Texas.
El lugar donde todo había comenzado.
Envió un wasap a Juamma al bufete de que había llegado. Éste se preocupaba por ella y le juró llamarlo cada día.
Desayunó fuera, ya casi tarde, algo ligero y tomó el coche de alquiler hasta la comisaria que le indicaron en la recepción.
Durante el trayecto observaba de reojo las calles por la ventanilla.
No reconocía nada.
Ni una sola imagen.
Ni un recuerdo
Nada.
Claro que tenía tres años cuando salió de allí.
Al llegar, atravesó las puertas de cristal y se acercó al mostrador de la recepción de la comisaría.
-Buenos días.
La agente levantó al vista.
-¿En qué puedo ayudarla?
Sira respiró hondo.
-Busco información sobre una familia llamada Allen.
La mujer tecleó unos segundos.
-¿Allen?
- Sí, y sobre una niña desaparecida hace veintidós años. Se llamaba Maggi Allen.
La agente frunció ligeramente el ceño.
-¿Tiene alguna relación con el caso?
Sira dudó.
-No estoy segura.
-¿Cuál es su nombre?
-Sira Moreno..
La agente anotó los datos y realizó una llamada.
-Espere un momento por favor.
Sira tomó asiento. Los minutos le parecieron eternos.
Finalmente apareció un hombre de unos sesenta años. Alto, delgado con el cabello gris y una expresión seria.
-¿Señorita Moreno?
-Sí.
-Soy el detective James Carter. Me han comentado que pregunta por el caso de Maggie Allen.
Sira asintió.
-Me gustaría saber qué ocurrió.
El detective la observó unos segundos antes de responder.
-Es un caso que marcó esta ciudad.
La condujo hasta un despacho.
Al entrar abrió un ordenador y comenzó a buscar en los archivos antiguos.
-Maggie Allen. Tres años- desaparecida en un parque de Austin durante una salida con sus padres.
Las palabras resonaron en silencio.
Sira sintió que el corazón le latía con fuerza.
El detective siguió leyendo.
-Se movilizaron cientos de voluntarios. Policía estatal. Agentes federales. Nunca apareció ninguna pista concluyente.
Abrió una fotografía digitalizada.
Una niña pequeña sonreía a la cámara.
Sira se quedó inmóvil.
No porque la recordara.
Sino porque algo dentro de ella se agitó al verla.
El detective levantó al vista.
-¿Por qué le interesa ese caso, es periodista?
Sira tragó saliva.
Metió una mano en el bolso y sacó una carpeta.
Dentro estaba la partida de nacimiento, y su foto, la misma que le había enseñado el agente.
Los dejó sobre la mesa.
-Porque creo que esa niña podría ser yo.
Y el detective se quedó petrificado.
…
A partir de ahí llamar inmediatamente al agente jubilado que llevó la investigación original, porque él sí reconocería el nombre de Maggie Allen al instante y comprendería la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
El detective Carter permaneció inmóvil varios segundos.
Miró los documentos, los dos certificados de nacimiento.
Luego a Sira.
Después volvió a mirar los documentos.
-¿Qué es esto exactamente?
Un certificado de nacimiento que jamás había visto. Estaba en la cámara de seguridad de mi padre. Vivimos a los tres años míos en Madrid, allí se ve que nací y nos fuimos a Sevilla, al sur.
-Si esto es cierto…
No terminó la frase.
-Quiero saber si están vivos, hacerme una prueba de ADN. Por supuesto yo la pagaré. No vengo por dinero, tengo un bufete de abogados. Solo quiero saber si son mis padres. Las sorpresa me la llevé yo cuando mi madre murió hace dos meses y me encontré esta carpeta. Con mi nombre.
Ambos sabían qué significaba ese registro. Si sacaban a la niña del país debían llevarlo.
-Estoy angustiada, mis padres han muerto y no sé si me compraron, entiende, si fui una niña robada a tal fin. Soy abogada.
Veintidós años.
Y ahora necesitaba respuestas.
Veintidós años de búsqueda de sus verdaderos padres, si lo eran, claro.
Veintidós años creyendo que aquella niña jamás aparecería.
Carter se levantó.
-Espere aquí.
-¿Qué va a hacer?
-Llamar a alguien.
Salió del despacho con la carpeta en la mano.
Sira escucho voces apagadas al otro lado de la puerta.
Después una conversación telefónica.
Cada minuto parecía tardar una eternidad.
Finamente el detective regresó acompañado por un hombre bastante mayor.
Tendría más de setenta años.
Caminaba despacio.
Pero sus ojos permanecían atentos.
Muy atentos.
Cuando entró en la habitación se hizo un silencio absoluto.
El anciano observó a Sira.
Sin decir una palabra.
Como si buscara algo.
Un gesto.
Una expresión.
Una respuesta.
-Sira Moreno- dijo Carter suavemente- este es el teniente retirado Robert Harrison.
El hombre siguió observándola.
-Yo llevé la búsqueda de Maggie Allen.
Sira sintió un escalofrío. Harrison se acercó despacio.
-¿Puedo ver ese certificado?
Carter le entregó la carpeta. Harrison se puso las gafas y leyó cada página con una concentración absoluta.
Cuando terminó, cerró la carpeta con ambas manos.
Y durante unos segundos no dijo nada.
Nada en absoluto.
Entonces levantó la vista.
Los ojos se le habían llenado de lágrimas.
-Si de verdad eres tú…
-Me haré una prueba de ADN, mientras estoy aquí.
-Te buscamos por todas partes.
La emoción de su voz hizo que Sira se quedara sin palabras.
-Por parques. Por carreteras, arroyos, ranchos. Por todo Texas.
Tragó saliva.
-Recuerdo el día que desapareciste como si hubiera sido ayer. -Se sentó frente a ella.
-Tus padres nunca dejaron de esperarte.
-¿Siguen vivos? ¿Siguen viviendo aquí?
-Sí.
-¿Tienen más hijos?
Harrison sonrió levemente.
-Dos chicos. Los adoptaron unos años después. Gemelos. Luca y Jeremy.
La respuesta produjo en Sira una mezcla de extraña tristeza y alivio.
La vida había continuado.
Tenía sentido.
Veintidós años eran demasiados.
Harrison la observó con atención.
-¿Quieres conocerlos?
Sira tardó varios segundos en responder.
Miró por la ventana del despacho.
El cielo azul de Texas.
La ciudad desconocida.
El pasado que acababa de encontrar.
Y finalmente asintió.
-Sí.
Harrison se puso en pie. Sacó un móvil y durante unos instantes pareció reunir valor.
Porque aquella no iba a ser una llamada cualquiera.
Era la llamada que llevaban más de veinte años esperando.
Marcó el número.
Esperó.
-David…
Hubo un silencio.
-Necesito que te sientes. Porque tengo algo que contarte sobre Maggie.
-¿Ha pasado algo?
El detective miró de reojo a Sira antes de hablar de nuevo..
-Sí, ha pasado, está aquí.
Otro silencio más largo.
-¿Quién está ahí?.- preguntó David aunque ya era repetir la pregunta sabiendo la respuesta, pero sin creerlo.
Harrison respiró hondo.
-Maggie está conmigo. Y dice que quiere veros.
Al otro lado, el silencio de volvió tan largo que parecía una línea cortada.
-¿Estás… seguro?- la voz de David salió más rota por la incredulidad.
Harrison miró a Sira. Ella estaba quieta pero sus manos se habían cerrado con fuerza sobre sus rodillas.
-Sí respondió el detective- está aquí conmigo está consciente de lo que dice y quiere hacerse una prueba de ADN para confirmarlo de una vez. Pero tiene la partida de su nacimiento. Y una foto antigua de ella.
Se oyó una voz temblorosa al otro lado.
-Dios- susurró David- No puede ser…
-Puede- interrumpió Harrison con suavidad pero firme- Y lo es. Pero no podemos hacer esto por teléfono.
Hubo otro silencio distinto ahora.. menos incredulidad. Más miedo.
-¿Dónde está?- preguntó David al fin.
Harrison dudó unos segundos antes de responder.
-En la comisaría vieja. En mi despacho.
Sira levantó la mirada al escuchar esto. No dijo nada, pero su expresión cambió como si por primera vez el lugar dejara de ser el refugio para convertirse en el umbral.
-Voy para allá- dijo David.
Y añadió casi son voz.
-No cuelgues.
-No pienso moverme de aquí.
Colgó despacio y dejó el teléfono sobre la mesa.
El clic del auricular sonó demasiado fuerte en la habitación. Harrison volvió a sentarse frente a Sira.
-Vendrá-le dijo.
Sira tragó saliva.
-¿Cuánto tardará?
El detective miró el reloj de la pared. Luego a ella.
-Lo suficiente para que te de tiempo a respirar… y demasiado poco para pensar en huir.
Sira soltó una risa breve, casi imperceptible, sin alegría.
-No voy a huir.
Harrison la observó un instante más.
-Eso dicen todos…hasta que la puerta se abre.
Y entonces, tras media hora, desde el pasillo, se oyó el primer sonido de pasos acercándose.
Los pasos no eran rápidos, pero tampoco dudosos. Eran de alguien que ya había tomado una decisión en el trayecto.
Sira se quedó quieta. Harrison no se levantó, pero su cuerpo cambió de postura, como un resorte contenido.
La puerta del pasillo chirrió.
Un segundo…
Dos…