Los años dormidos 2: Laura llega al Rancho Allen CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

Laura desplegó el mapa sobre la mesa de la cocina como si estuviera preparando una estrategia militar.

-Bien- dijo sujetando una esquina para que el aire del ventilador del techo no la levantara- La cabaña de Sira y Luca, está enfrente, aquí, la de Jeremy al lado... la casa principal aquí. Los establos aquí…

Jeremy apoyó un hombro sobre el marco de la puerta y la observó con una sonrisa ladeada.

-¿Has hecho un plano del rancho de verdad?.

-No, me lo ha dado Sira.

-Y aún así, le has añadido anotaciones de colores.

Laura levantó la vista.

-Porque así, es más eficiente.

Jeremy soltó una carcajada.

-¿Sabes qué es más eficiente?

-¿Qué?

-Preguntarme a mí.

Ella dobló cuidadosamente el mapa.

-No.

-¿No?

-No. Porque tú eres una variable impredecible.

Jeremy llevó una mano la pecho, fingiendo indignación.

-¿Variable impredecible?

-Absolutamente. En menos de veinticuatro horas te he visto entrar a la cocina descalzo, desaparecer durante dos horas porque habías encontrado un potrillo escapado, convencer a un repartidor de quedarse a desayunar y aparecer después con un sombrero que no era el tuyo.

-Era una larga historia.

-Precisamente.

Lo señaló con el dedo.

-Tú, eres una larga historia.

Jeremy la miró durante un segundo antes de sonreír despacio.

-Y tú eres un mapa con patas.

Laura ignoró el pequeño vuelco que de nuevo le dio el estomago.

Porque ese era el problema.

No era solo que Jeremy fuese atractivo.

Era peligroso de una forma que ella reconocía perfectamente. No porque fuera irresponsable. No porque fuese mala persona.

Sino porque parecía el hombre capaz de alterar rutinas que llevaban años funcionando.

Y Laura había construido su vida sobre rutinas.

Todo ordenado.

Todo previsto.

Todo controlado.

No existían las sorpresas.

No existían los hombres que aparecían con sonrisas fáciles y ojos que parecían entender más de lo que decían.

No existían los Jeremy Allen.

-Entonces- dijo él, separándose del marco- ¿Qué dice el mapa que toca ahora?

Ella revisó sus notas.

-Hablar con la florista y revisar la lista de invitados.

Jeremy asintió.

-Perfecto.

-Perfecto.

-Después te enseñaré el rancho.

Laura parpadeó.

-No es necesario.

-Claro que lo es- sonrió de esa manera insoportable.

-Un mapa te dice dónde están los sitios. Yo puedo enseñarte por qué importan.

Ella tardó un segundo en responder.

-No es necesario saber por qué importan.

-Todo el mundo necesita saberlo.

Y, por primera vez, Jeremy, no sonó bromista, sonó sincero.

Laura apartó la mirada.

-Tengo mucho trabajo.

-Y yo mucha paciencia.

-No creo que tanta.

Jeremy se metió las manos en los bolsillos.

-Te sorprenderías.

Ella, lo observó unos segundos.

Cabello revuelto por el viento.

Botas llenas de polvo.

Camiseta arremangada.

Esa expresión tranquila de quien jamás parecía tener prisa.

El hermano gemelo de Luca, no se parecía a él en casi nada.

Luca era silencioso y contenido.

Jeremy era luz, ruido y movimiento.

Y quizá por eso le resultaba peligroso. Porque la invitaba a salir del margen. De su zona de confort.

A improvisar.

A no tener todas las respuestas.

Y Laura no sabía hacer eso.

No quería aprender.

-Te lo advierto- dijo finalmente- no me impresionan los caballos, ni las puestas de sol, ni las historias emotivas sobre árboles centenarios.

Jeremy inclinó ligeramente la cabeza.

-¿Ah, no?

-No.

-Entonces tendré que esforzarme más.

-No hace falta.

-Para mí sí.

Laura frunció el ceño.

-¿Por qué?

Durante un instante, él pareció debatirse entre responder con una broma o decir la verdad.

Y eligió la verdad.

-Porque he tomado una decisión.

Ella sintió una extraña tensión en el pecho.

-¿Qué decisión?

Jeremy sostuvo su mirada.

-No rendirme contigo.

El silencio llenó la cocina.

Laura parpadeó.

-¿Perdón?

-No voy a agobiarte. No voy a invadir tu espacio. No voy a hacer nada que tú no quieras.

Su voz seguía siendo suave.

Segura.

-Pero tampoco voy a fingir que no me interesas.

Laura abrió la boca y volvió a cerrarla.

Aquello no entraba en ningún plan.

No estaba en ningún mapa.

-Jeremy…

-Puedes pensar que soy un desastre.

-Lo pienso.

-Puedes creer que soy peligroso.

Ella tragó saliva.

-También lo pienso.

La sonrisa de Jeremy fue pequeña y auténtica.

-Bien, al menos partimos de la sinceridad.

Se acercó a la puerta y se giró antes de salir.

-Nos vemos en diez minutos, señorita mapa.

-¿Para qué?

-Para enseñarte el rancho.

-He dicho que no necesito…

-No te he preguntado si lo necesitas.

Sus ojos brillaron divertidos.

-Te he dicho que no pienso rendirme.

-Y desapareció antes de que Laura pudiese contestar.

Ella permaneció inmóvil en mitad de la cocina.

Miró el mapa perfectamente doblado en sus manos.

Después, hacía la puerta por la que Jeremy acababa de salir.

Y por primera vez en muchos años, Laura tuvo la incómoda sensación de que podía conocer cada camino dibujado sobre el papel…

Y aún así, estar completamente perdida.

…

Laura aún estaba enfadada cuando la puerta de la cabaña se cerró tras él.

-¿Pero quién se ha creído que es?

Miró el reloj

Diez minutos.

Ni siquiera le había preguntado al final si quería ir. Varias veces le dijo que no, y el final fue una orden.

Laura observó la espalda de Jeremy alejarse por el porche.

Miró el reloj.

Nueve minutos.

No pensaba ir.

Ni loca.

Volvió a desplegar le mapa del rancho sobre la mesa. Había marcado, con distintos colores, las cabañas, la casa principal, los caminos de acceso…

Era perfectamente capaz de orientarse sola.

Diez minutos después seguía mirando el mismo punto del mapa.

Y seguía pensando en Jeremy Allen.

Aquello la irritó más todavía.

-No voy a ir.

Guardó el mapa.

Salió de la cabaña.

Y caminó directamente hacía donde él la esperaba.

Jeremy estaba apoyado en a valla de madera blanca, sombrero en mano, con una sonrisa tan satisfecha que Laura tuvo ganas de darse la vuelta.

-Llegas tarde treinta y siete segundos.

-He venido para demostrarte que no necesito que me enseñes nada.

-Claro que sí, abogada.

-¿Perdón?

-Necesitas que te enseñe dónde están los atajos, dónde se atascan los coches cuando llueve, qué árbol evita mi madre cuando está de mal humor.

Laura cruzó los brazos.

-¿Y eso viene en la visita guiada?

-Eso y mucho más.

Jeremy le tendió un sombrero.

Ella lo miró como si fuera una serpiente.

-No me lo voy a poner.

-El sol de Texas opina otra cosa.

-Sobreviviré.

Jeremy sonrió.

-Eso es exactamente lo que me preocupa.

Y por primera vez desde que había llegado al rancho, tuvo Laura la sensación de que aquél paseo iba a ser más peligroso para ella que para él.

Laura se repetía una y otra vez que aquel paseo iba a ser una pérdida de tiempo. Era imposible relajarse.

Eso al menos se repetía mientras Jeremy conducía el todoterreno por uno de los caminos que atravesaban el rancho y le iba mostrando todo.

-Ya he visto caballos antes Jeremy.

-Y yo abogados antes, y no por eso dejo de mirarlos con curiosidad.

Laura resopló.

-Qué gracioso.

-Lo intento.

-Pues deja de intentarlo.

Jeremy sonrió sin apartar la vista del camino.

Aquella mujer tenía más murallas que un castillo medieval.

Y él tenía unas ganas irracionales de derribarlas todas.

Unos minutos después llegaron a uno de los dos arroyos. Era un poco profundo y cruzaba una parte de la propiedad.

Jeremy detuvo el vehículo.

-Bajamos aquí.

Laura observó el agua.

-¿Para qué?

-Porque desde aquí se ve mejor parte del valle.

-Puedo verlo desde aquí.

-No.

-Sí.

-No.

-Jeremy…

-Laura…

Ella cerró los ojos un instante.

-Eres desesperante.

-Eso me dicen mucho.

Jeremy saltó del vehículo y rodeo el capó.

Cuando abrió la puerta del acompañante, Laura ya estaba preparada para bajar sola.

Como siempre.

-No necesito ayuda.

-Ya lo sé.

-Entonces apártate.

-No.

-¿No?

-No.

Antes de que pudiera protestar más, Jeremy la tomó de la cintura y la bajó del todoterreno.

Laura abrió la boca para soltar una de sus respuestas afiladas.

Pero al tocar el suelo se dio cuenta de que no la había soltado.

Seguía allí.

Demasiado cerca.

Una mano firme en su cintura.

Su cuerpo apenas separado un centímetro.

El murmullo del arroyo desapareció.

El viento desapareció

Todo desapareció.

-Jeremy…

-¿Sí?

-Puedes soltarme.

-Podría.

-Hazlo.

Pero ninguno se movió.

Laura levantó la vista y cometió un error. Porque sus ojos estaban justo ahí.

Porque aquella sonrisa insolente había desaparecido.

Porque desde que lo conoció, parecía tan afectado como ella.

-Eres un problema- murmuró Laura.

-Lo sé.

-Y muy arrogante.

-También.

-Y no me gustas nada.

Jeremy arqueó una ceja.

-Esa última parte ha sonado poco convincente.

Laura quiso responder.

Quiso decir algo inteligente.

Algo mordaz.

Algo que lo pusiera en su lugar.

Pero las palabras no llegaron.

Y Jeremy observó cómo sus ojos bajaban un instante hacia sus labios antes de volver a los suyos.

Fue apenas un segundo.

Suficiente.

El beso fue breve.

Después no. Ella le dio permiso sin palabras y sus lenguas jugaron sobre el paisaje, con deseo, con desesperación, con ganas.

Más una pregunta que una afirmación.

Un instante suspendido entre ambos.

Jeremy tampoco parecía especialmente tranquilo.

-Bueno- dijo él.

-No digas nada.

-Ni siquiera…

-Ni una palabra.

Jeremy asintió muy serio.

Hubo un silencio.

-Ha sido una pésima idea.

-Probablemente-dijo él.

Cuando se habían separado, Laura se quedó inmóvil.

Sorprendida.

Molesta.

Y peligrosamente consciente de que acababa de besar al hombre más irritante que había conocido en su vida.

-No volverá a pasar.

-Probablemente.

-No volverá a pasar.

-Claro.

-Jeremy.

-¿Sí?

-Borra esa sonrisa.

-No puedo.

Y solo consiguió que Laura quisiera empujarlo al arroyo .

O besarlo otra vez.

Y ninguna de las dos opciones le pareció buena.

Pero eligió la segunda para borrarle esa sonrisa y esta vez fue ella la que se acercó, le echó los brazos al cuello y lo besó para sorpresa de Jeremy que por supuesto dejó de reírse.

…