CAPÍTULO II
Laura Fernández odiaba los cambios de última hora. Por eso cuando Sira la llamó para pedirle que viajara una semana antes de su boda al rancho Allen para ayudarla on los últimos preparativos, su primera respuesta fue un NO rotundo.
-Ni hablar, tengo trabajo, tengo clientes, y además tú has contratado a una organizadora profesional.
-Por favor- suplicó Sira desde el otro lado de la línea- necesito a mi mejor amiga.
Y esa era la trampa.
Laura nunca sabía negarle nada a Sira.
Así que allí estaba siete días después observando por la ventanilla del avión las inmensas llanuras de Texas, mientras se preguntaba en qué momento había aceptado semejante locura.
Nada más aterrizar, Hellen, la madre de Sira, la recibió con un abrazo cálido.
-Por fin te conozco. Sira habla tanto de ti, que siento que eres de la familia.
Laura sonrió.
Era una mujer elegante y cariñosa y sorprendentemente cercana para pertenecer a una de las familias más importantes del estado..
Durante el trayecto hasta el rancho fue descubriendo más cosas sobre ellos. Sobre David. Sobre Luca. Sobre Jeremy.
Especialmente sobre Jeremy.
-Es un encanto- dijo Hellen.
Laura arqueó una ceja.
-Esa pausa antes de responder no me da confianza.
Hellen soltó una carcajada.
-Digamos que tiene mucha energía.
Laura pensó que aquello sonaba peligroso.
Muy peligroso.
Cuando cruzaron la entrada principal del rancho Allen, se quedó sin palabras.
Aquello no parecía un rancho, ni siquiera en las fotos que le envió Sira era igual que lo que veía.
Parecía una pequeña ciudad privada.
Cabañas de madera impecables.
Jardines perfectamente cuidados.
Caballos pastando a lo lejos.
Piscinas. Arroyos que parecían lagos.
Y la enorme casa principal elevándose en el centro de todo.
-Madre mía…
-Eso mismo dio Sira al entrar la primera vez.
Laura bajó del coche lentamente. La belleza del lugar era abrumadora..
Y entonces vio aparecer a Sira corriendo hacia ella.
Las dos amigas se abrazaron tan fuerte que casi terminaron cayendo al suelo.
-¡Estás aquí!
-No me lo recuerdes.
-Mentirosa, te encanta.
-Lo odio.
-Te encanta.
-Lo odio.
-Te encanta.
Las dos acabaron riendo.
Por primera vez en más de un año, Laura sintió que podía relajarse.
Sira después de darle las gracias a su madre y abrazarla, acompañó a Laura a la cabaña donde se alojaría.
Era la que había ocupado hacía seis meses atrás cuando anunciaron su amor y compromiso. La de Luca. La que sería su casa.
Una construcción preciosa de dos plantas y una terraza desde la que se veía el arroyo en su parte más ancha, tanto que parecía un lago.
Laura dejó la maleta sobre la cama y miró alrededor.
-¿Esta es tu casa?
-Sí.
-¿Y dejaste la familiar para venirte con Luca?
-Sí, esta es de Luca, la de al lado de Jeremy. Yo vivía con mis padres y antes de que me hiciesen una, le dijimos todo. Así que me cambié a su cabaña y ahora es de los dos.
Sira le sonrió de una forma que solo sonríen las mujeres enamoradas..
-Estás enamorada perdida. Sira. Nunca te había visto así.
-Muchísimo.
No entendía como alguien podía enamorarse así.
Tan rápido. Nada más llegar un año y medio atrás. De sopetón.
Tan profundamente.
Ella era diferente.
Siempre había sido diferente.
Planificaba cada paso.
Cada decisión.
Cada objetivo.
Su carrera.
Su dinero.
Su futuro.
No dejaba nunca nada al azar.
Las emociones eran maravillosas mientras no interfirieran con el sentido común.
Y precisamente por eso jamás imaginó que unos días después estaría discutiendo con un hombre imposible frente a un establo.
Un hombre que sonreía demasiado.
Y que parecía disfrutar poniendo a prueba su paciencia.
Un hombre llamado Jeremy Allen.
Sin saberlo, Laura acababa de llegar al lugar donde iba a empezar la mayor aventura de su vida.
…
A las ocho de la mañana del día siguiente, Laura llevaba ya una hora despierta.
A las ocho y diez había revisado el programa de la boda.
A las ocho y veinte, había corregido tres pequeños errores de horarios.
A las ocho y media, estaba sentada junto a la organizadora profesional repasando la distribución de las mesas.
Todo iba según lo previsto.
Como debía ser.
-Me encanta trabajar contigo- dio la organizadora, una mujer llamada Susan- Eres eficiente.
-Gracias.
-Y organizada.
-Gracias.
-Y un poco obsesiva.
Laura levantó la vista.
-¿Un poco?
Susan soltó una carcajada.
-Bastante.
Laura iba a responder cuando la puerta de la sala se abrió de golpe.
-Buenos días señoras.
Las dos se giraron.
Y ahí estaba.
Alto.
Muy alto.
Vaqueros gastados.
Botas.
Camisa remangada.
El cabello rubio algo despeinado.
Y una sonrisa insolente que parecía permanente.
Jeremy Allen.
Entró sujetando un café enorme como si fuera el dueño del mundo.
-Llegas cuarenta minutos tarde- dijo Susan.
-Treinta y ocho.
-¿Lo has contado?
-Claro.
-Laura ya sintió una ligera irritación.
Jeremy la vio entonces. Y sonrió aún más.
-Vaya.
Aquello fue todo.
Vaya.
Ni siquiera un saludo.
Laura levantó una ceja.
-¿Vaya qué?
-Sira nunca me dijo que su mejor amiga fuera tan guapa.
Laura lo observó unos segundos.
-Y a mi nadie me dijo que fueras tan insoportable.
Susan casi se atragantó.
Jeremy, sin embargo, soltó una carcajada.
-Me gusta.
-No pretendía gustarte.
-Pues lo has conseguido.
Laura respiró hondo.
Paciencia.
Mucha paciencia.
Porque aquél hombre parecía incapaz de tomarse nada en serio.
Durante la siguiente hora comprendió que su primera impresión había sido correcta.
Jeremy interrumpía.
Bromeaba.
Opinaba sobre cosas que no conocía.
Movía sillas.
Cambiaba flores.
Y cuestionaba absolutamente todo.
Las mesas en el hotel…
-No
-Sí.
-No.
-Sí
-No.
-¿Siempre eres así?
-¿Así cómo?
-Desesperante.
Jeremy volvió a reír.
-¿Y tu siempre eres tan mandona?
-Claro que no. Soy organizada.
-Es lo mismo con mejor marketing.
Susan terminó lo referente a ellos levantándose.
-Voy a buscar un café.
-Buena idea- dijo Jeremy.
-No vuelvo hasta que dejéis de discutir.
Cuando se marchó, ambos se quedaron solos.
Por primera vez hubo silencio.
Jeremy observó los papeles perfectamente ordenados frente a Laura.
Las carpetas.
Los colores.
Las notas.
Las listas.
-Da un poco de miedo.
-¿Qué?
-Tu cerebro.
-Mi cerebro funciona perfectamente.
-Exactamente eso es lo que da miedo.
Laura intentó no sonreír.
Lo intentó de verdad.
Pero fue imposible.
Y Jeremy lo vio.
Porque, por supuesto, lo vio..
-Ahí está.
-¿Qué?
-La sonrisa.
-No estoy sonriendo.
-Claro que sí.
-No
-Sí.
-No.
-Te he pillado.
Laura volvió a mirar los documentos. Y se odió un poco por sentir cómo las comisuras de sus labios seguían queriendo subir.
Aquél hombre era agotador.
Absolutamente agotador.
Y, sin embargo…
Por primera vez desde que había llegado al rancho estaba divirtiéndose.
Jeremy se apoyó en la mesa.
-Te propongo un trato.
-No.
-Ni siquiera sabes cuál es.
-No.
-Venga.
-No.
-Laura.
-Jeremy.
-Una hora.
-Una hora para qué.
-Para enseñarte el rancho.
-No necesito que me enseñen nada.
-Claro que sí.
-Tengo un mapa.
Jeremy se quedó mirándola.
Luego negó con la cabeza.
-Has traído un mapa. Eres increíble.
-Por supuesto.
-No era un cumplido.
-Lo sé.
Jeremy volvió a reír.
Y por alguna razón Laura sintió un pequeño vuelco en el estómago.
Uno diminuto.
Insignificante.
Que decidió ignorar.
Porque los hombres como Jeremy Allen eran divertidos.
Encantadores.
Carismáticos.
Y peligrosísimos para alguien como ella.
Lo que Laura no sabía todavía, era que Jeremy había tomado una decisión. Y cuando Jeremy Allen tomaba una decisión, rara vez se rendía.
Especialmente cuando la decisión tenía esos ojos color miel claros, una inteligencia brillante y una capacidad única para volverlo loco.