Los años dormidos 2: Laura llega al Rancho Allen CAPÍTULO I
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Los años dormidos 2: Laura llega al Rancho Allen

Los años dormidos 2: Laura llega al Rancho Allen

Por Erina Alcala

© inepub.com

CAPÍTULO I

Seis meses antes…

Después de la maravillosa cena en el rancho Allen en el que se dieron dos acontecimientos importantes y por las que hubo que celebrar, fueron el ascenso de Sira en el bufete de abogados de Austin y la mayor sorpresa escondida, el amor entre Luca y la misma Sira.

Ella lo soltó en la misma cena. Fue una sorpresa para sus padres, David y Hellen.

El gemelo de Luca, ya lo sabía, pero le guardó el secreto a sus padres durante casi un año.

Se fueron enamorando poco a poco, pero un año antes, cuando Sira llegó al rancho tras veintidós años perdida, cupido los atravesó con su flecha roja.

Y a pesar de que podían considerarse hermanos, no lo eran biológicamente. Los gemelos fueron adoptados casi tres años después de que les robaran a Sira en un parque.

Y cuando a los seis meses dijeron de casarse, Sira quiso que viniera su mejor amiga, Laura, desde Sevilla.

…

Laura Fernández Romero, nació 27 años atrás en Sevilla, en un barrio tranquilo, Triana, donde en su calle, aún los vecinos de toda la vida, se conocían y se saludaban desde los balcones y algunas puertas aún permanecían abierte en verano, aunque ya no tanto.

Era hija única. Y eso la unió más a Sira, la mejor amiga que tuvo.

Era morena de pelo largo, ojos castaños claros y medía casi uno setenta.

Era preciosa. Llamaba la atención con su cuerpo casi perfecto, su sonrisa fresca, sus ojos iluminados y su andares vivos.

Siempre una buena palabra, siempre la palabra perfecta.

Sira siempre le decía que era sabía porque no había conocido a nadie que le diera tan buenos consejos, pero es que eran tan amigas como hermanas y ese amor que se tenían, ni estando lejos lo iba a romper nadie.

Su padre, Manuel Fernández, era profesor de Historia. Un hombre paciente, amante de los libros, del Betis y las sobremesas eternas.

Su madre, Carmen Romero, había trabajado durante años como administrativa en una clínica privada hasta que decidió abrir una pequeña gestoría de barrio.

Laura creció rodeada de estabilidad.

No tuvo una infancia difícil. Nadie la abandonó ni la secuestró. Nadie la buscó durante décadas como a su mejor amiga Sira. Nadie interrumpió su vida para cambiarlo todo.

Y quizá por eso aprendió pronto a sostener a los demás.

Era la amiga que escuchaba. La que acompañaba a urgencias. La que preparaba apuntes para quien suspendía. La que aparecía con helado después de una ruptura sentimental.

En la Facultad de Derecho conoció a Sira.

Sira era brillante, impulsiva y tremendamente leal. Laura era organizada, prudente, capaz de detectar una mentira antes de que terminara de formularse.

Se hicieron inseparables.

Compartieron exámenes imposibles, cafés fríos en la biblioteca, lágrimas por profesores injustos y noches enteras imaginando el futuro.

-Tú, acabarás siendo una abogada temible- decía Sira.

-Y tú dirigirás el bufete más importante de Sevilla- respondía Laura.

Las dos pensaban que la vida sería exactamente como la habían planeado.

Se equivocaban.

Laura descubrió durante las prácticas que odiaba el derecho mercantil. Los balances, las fusiones y los contratos empresariales, la dejaban indiferente.

Sin embargo, encontró su lugar en los juzgados de familia..

Allí vio matrimonios romperse, padres luchando por custodias, mujeres reconstruyéndose después del miedo y hombres aprendiendo a despedirse sin destruirse.

Compendió que el amor no terminaba cuando acababa una relación. A veces acababa transformado en respeto.

Otras veces, se convertía en guerra sin cuartel.

Y ella, quería ayudar a las personas, a mediar, a atravesar ese proceso con la menor herida posible.

Por esa razón, se especializó en Derecho de Familia y Divorcios.

Cuando Sira, heredó el bufete de su padre, Laura entró a trabajar junto a ella.

Durante unos años, pocos, dos o tres quizá fueron un equipo perfecto.

Sira llevaba el área mercantil. Había unos tres abogados más.

Laura la de familia, con dos abogados más.

Se conocían con una mirada.

Compartían desayunos si no tenían juicios, celebraban victorias judiciales y se refugiaban la una en la otra después de los casos más duros.

En el amor sin embargo no tuvieron suerte. Sira solo conoció a Rubén, que le puso los cuernos en el año y pocos meses que estuvieron juntos. Hasta conocer al amor de su vida, en el rancho Allen.

Laura tampoco tuvo demasiada suerte. A los veinticuatro años, salió con Álvaro, un arquitecto encantador que terminó confesando que nunca quiso comprometerse.

Después creyó haber encontrado la estabilidad con Miguel, un médico residente que decidió aceptar una plaza en el extranjero y construir allí otra vida… sin ella.

Y para acabar su vida amorosa, mantuvo una relación breve con un compañero abogado divorciado que aún estaba enamorado de su exmujer.

Y después de aquello, dejó de buscar. No porque dejara de creer en el amor, sino porque estaba cansada de perseguirlo.

Y entonces, ocurrió lo impensable las tras la muerte de la madre de Sira.

Sira descubrió que era Maggie Allen. Que tenía otra familia al otro lado del océano.

Que existían unos padres que llevaban veintidós años buscándola.

Laura estuvo a su lado durante el proceso.

Fue quién la abrazó cuando lloró. Quién le dijo que no tuviera miedo. Quién ordenó documentos cuando todo era un caos.

Y también quién sonrió y lloró al mismo tiempo cuando Sira decidió marcharse y vender todo. Aunque aquella despedida le rompiera un poco el corazón.

Después llegó el último café en el aeropuerto cuando la llevó.

Y un silencio inesperado.

Por primera vez desde los dieciocho años, Laura se quedó sola.

Seguía teniendo a sus padres.

Seguía teniendo trabajo

Seguía teniendo amigos.

Y seguían comunicándose.

Pero, aun así, la persona con la que había construido su vida adulta estaba a miles de kilómetros.

Y algunas noches, al cerrar la puerta de su piso sevillano, alquilado, decorado con plantas, libros y fotografías universitarias, se preguntaba si ella también se había quedado dormida.

Si había dedicado tantos años a sostener la felicidad ajena que había olvidado construir la propia.

Entonces sonaba el teléfono.

Era Sira.

Le hablaba del rancho Allen, de Hellen, su madre, de David, su padre, de Luca…

Y un año después de una boda que se celebraría seis meses más tarde, un año y medio desde su partida de Sevilla. La de Sira con Luca.

Una boda a la que Laura no tenía muchas ganas de asistir. Porque sería la confirmación definitiva de que todo había cambiado. Sin imaginar que aquél viaje iba a cambiar su vida también.

Y que un hombre incapaz de quedarse quieto, bromista y divertido, cariñoso, con sonrisa fácil y unos ojos idénticos a los de su hermano, estaba a punto de poner el mundo que ella había ordenado durante años, completamente del revés.