Capítulo 54 #3
—¿Y qué piensas hacer, Arthur? —Por primera vez desde que habían llegado, Victoria permitió que las lágrimas se derramaran de sus ojos—. Estáis aquí, ya sabéis lo que ha sucedido. No puedo…
—Podemos terminar lo que empezaste. Tenemos un cuerpo aquí y no sería difícil seguir con lo que comenzaste hace semanas. Podemos dejarlo en la morgue o bien llevarlo al despacho del profesor Buckman y poner sobre aviso a las autoridades. No les costará mucho comprender lo que está pasando.
El cuerpo de Theodore reaccionó antes de que lo hiciera su cabeza y dio un paso al frente.
El poco alivio que había sentido al descubrir que Hughie Buckman no era el asesino desapareció de golpe al escuchar la conversación que estaban manteniendo delante de él.
Había estado cerca de perderlo todo, su futuro, su formación e incluso su nombre, y lo había recuperado.
Sin embargo, se encontraba ante la persona a la que llamaba mejor amigo, viendo cómo este ponía los intereses de una mujer a la que casi acababa de conocer por encima de los suyos.
¿Es que no podía imaginarse lo que significaría para su compañero que a su tutor lo acusaran de un crimen?
Las imágenes de desprecio laboral, social y académico volvieron a presentarse ante Theodore.
Ese era el fututo que le esperaba si permitía que Victoria se librase de pagar por sus pecados.
De nuevo, todo por lo que había luchado amenazaba con escapársele entre sus dedos cuando más cerca lo tenía.
—No voy a permitir que lo hagas. —Dada la firmeza de su decisión los dos dejaron su conversación a medias.
—¿Cómo dices? —Victoria se había olvidado de que Theodore estaba allí, observándolos a ambos entrelazados.
—No voy a dejar que incrimines a Hughie Buckman de los asesinatos —reiteró, sin moverse—. Ni siquiera de los robos. No voy a permitir que ninguno de los dos lo haga, así que olvidadlo ahora mismo.
Se liberaron mutuamente y compartieron una mirada que decía mucho más de lo que aparentaba.
—No será necesario que vaya a la cárcel —dijo Arthur tratando de calmarlo, sin siquiera levantar la voz—, solo que sospechen de él para que dejen libre a Victoria. Si es inocente no le pasará nada.
—¿Te has olvidado de que estoy aquí? He oído lo que has dicho, no puedo ahora fingir un despiste.
—Tienes que entenderlo. —Levantó las manos para enseñárselas, como se le muestran a un cachorro cuando no se está seguro de si va a morder—. Sería mucho más fácil si tienen un culpable probable. No es nada personal contra él.
—No puedes hacerlo.
—¡Por todos los santos, Theodore! Tendrás una fila de médicos deseando que hagas las prácticas con ellos y que te conviertas en su aprendiz. Algunos incluso mejores que el doctor Buckman, hablaré con el profesor Crowle si es lo que quieres.
No lo había entendido. No sabía cuáles serían las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer. Era tan necio como todos los demás y estaba tan ciego que sería capaz de sacrificar a su mejor amigo para salirse con la suya.
—¡Vas a acabar con todo! —Theodore se contuvo para no pegarle un puñetazo en la cara a Arthur, que seguía tratando de fingirse conciliador—. No tienes ni idea de lo que haces, ¿no es así? ¿Cómo puedes ser tan egoísta?
—¿Yo? ¡Eres tú quien prefiere mandar a una persona a la cárcel a dejar de ser el más inteligente de los que estamos aquí! Madura, Theodore, y mira lo que tienes delante. Hay cosas más importantes que un cum laude.
—¿Y por eso tiene que sufrir un inocente? ¿Porque tu novia haya decidido que era mejor asesinar putas que resignarse a trabajar de enfermera?
—¡Tú tampoco lo harías! —le acusó, sabiendo que era cierto lo que decía—. Eres el último que aceptaría algo que no fuese lo mejor. Siempre tienes que estar por encima de todos. ¡Siempre! Si hubieras estado en su lugar, también lo habrías hecho.
—PERO ¡YO ME LO MEREZCO, ARTHUR! Si estoy siempre arriba es porque soy el mejor, siempre lo he sido. No tengo la culpa de los problemas de los demás, no me interesan. No voy a permitir que destruyáis todo lo que debe ser mío. ¡ME LO MEREZCO MÁS QUE NADIE!
A veces los sueños van a cámara lenta, como los recuerdos. Hasta el mismo instante en que llega el final, todo se mueve a velocidad normal. No es hasta el momento en que todo acaba cuando se puede ver en perspectiva incluso el mínimo detalle de la escena.
Ves a los personajes que hacen su papel sobre el escenario.
Observas cómo siguen el guion asignado a cada uno de ellos, cómo practican sus movimientos para el público.
Al mismo tiempo eres espectador y protagonista, porque la vida siempre termina en las encrucijadas más inesperadas.
El ritmo frenético se detiene y te permite rememorar tus errores antes de marcharte, deja que te preguntes qué es lo que habrías cambiado y si te hubieras arrepentido de algo.
Aunque la respuesta suele ser positiva, temes decirlo en voz alta, por si la función acaba antes de tiempo.
No quieres quedarte solo en el escenario, porque el telón bajará sin importar que no haya terminado la función.
Theodore vio pasar el tiempo como escenas de una gran epopeya antigua.
Antes incluso de acabar de hablar tenía sus manos sobre el cuello de Victoria, dispuesto a poner fin a su vida como ella había hecho con tantas otras personas.
El golpe seco de su cuerpo contra el suelo le animó a continuar, aunque oía las súplicas de Arthur por encima de su cabeza.
Cada segundo que pasaba notaba cómo la vida de Victoria se escapaba entre sus manos.
Solo unos instantes más y todo habría terminado.
La obra habría acabado y el público podría aplaudir por fin.
El acero de la hoja atravesó la carne de su vientre como un rayo en la noche. La cara de Victoria volvió a recuperar el color mientras sus manos aflojaban el agarre. Ella, sin embargo, no soltó el cuchillo.
Entonces cayó el telón y no volvió a levantarse.