Capítulo 54 #2
—Era la oportunidad que estaba esperando, no se me ocurre mejor manera de aprender que practicando con mis propias manos —continuó diciendo Victoria—.
Era buena, mi tío lo repetía constantemente.
Estaba mucho más preparada que la mayoría de los estudiantes de la Universidad de Edimburgo para comprender su lección.
Nunca pensé que el peor error que podía cometer era proponerle eso al profesor.
Se puso furioso, no le había visto tan enfurecido en toda mi vida.
Me gritó como nunca lo había hecho. «No es un lugar para mujeres» y «No estás preparada para ver algo así» fueron frases que repitió a lo largo de su monólogo.
Resultó inútil tratar de hacerle cambiar de opinión, aunque os prometo que lo intenté durante meses.
No entraría en razón por mucho que me esforzara.
Así que comencé a robarle dinero a sus espaldas.
Arthur trató de imaginarse a Lyle Crowle furioso y no le costó crearse la imagen en su cabeza.
La actitud que había tenido con él tras el descubrimiento de la criatura le había confirmado que era un hombre complejo, lejos de la imagen de agradable profesor con la que se presentaba ante ellos en las clases.
—Mi familia le da dinero a mi tío por mantenerme, pero no es suficiente para que pueda hacer negocio conmigo.
Nunca ha intentado pedir más y siempre me daba lo que necesitaba, aun teniendo cubiertas todas mis necesidades en la casa —continuó explicando Victoria—.
Nunca cuestionaba en qué invertía el dinero y creo que no le importaba.
Al principio comencé robando cadáveres de cerdo cuando podía llevármelos de la universidad, aunque siempre intentaba comprarlos en el mercado.
Era menos arriesgado y no dañaba mucho mi bolsillo.
Sin embargo, sabía que no me servirían para siempre.
Puede que los porcinos sean muy similares a los seres humanos, pero no son iguales.
Nunca llegaría a ser médica si seguía trabajando con animales.
Aunque intentaba evitarlo, la cara de Theodore no mentía, estaba horrorizado.
—Sí, Thorebourne, he dicho que quería ser médico.
No enfermera, como ya intentó mi tío, sino médico.
—Apretó los dientes para no levantar la voz—.
Comencé a pensar que, si podía comprar cuerpos de cerdos, seguro que había alguna manera de comprar un cadáver humano.
El profesor ha invertido su dinero en conseguir todas las piezas raras que hay en el mundo: cadáveres momificados, seres humanos extintos, cabezas reducidas.
No era descabellado pensar que en Edimburgo habría alguien dispuesto a cumplir mi deseo y conseguirme un cuerpo.
Y estaba en lo cierto. A fin de cuentas, ya lo había visto antes.
Os sorprendería saber que un particular puede comprar un cadáver por mucho menos dinero que la Universidad de Edimburgo o que cualquier hospital.
Poco a poco mi sueño se estaba haciendo realidad, lo tenía todo en mi mano.
Victoria se regocijó en el recuerdo del primer cuerpo que llegó a su poder.
—Me duele que pensases que mis intervenciones eran propias de un principiante, te aseguro que puedo ser muy diestra, si me lo propongo —le dijo a Theodore con una sonrisa triste que este no le devolvió—.
Es difícil hacer un buen trabajo cuando estás en tensión, temiendo que te descubran de un momento a otro.
No podía perder el tiempo en la parte estética, necesitaba centrarme en el estudio del cuerpo, conocerlo bien.
Ya habría ocasión más adelante para perfeccionar mi estilo.
—Nada de eso explica por qué decidiste convertirte en una asesina —la acusó Theodore interrumpiéndola en mitad del discurso—. Está claro que tenías otras opciones.
—Pero ninguna que funcionase a largo plazo. El dinero es finito y los académicos competitivos. Si me resultó sencillo dejar pistas apuntando a tu profesor es porque él tenía algo que ver con el robo de cuerpos. No fue necesario esforzarme mucho para conseguirlo, me servía cualquiera.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó Theodore, con las mejillas enrojecidas y los labios cortados—. ¿Por qué la universidad?
—Descubrí que era mucho más fácil conseguir los cuerpos yo misma, pero no podía arriesgarme a contratar a alguien para que me ayudase a transportarlos.
No tengo fuerza para arrastrar un cuerpo desde su tumba, pero sí para moverlo unos centímetros a un lugar más apropiado.
—Theodore no podía imaginarse a aquella joven menuda sacando un cadáver como lo había hecho él—.
Necesitaba conseguir muertos y lo logré.
Arthur evitaba mirar a otro lugar que no fuese Victoria, como si tuviera miedo de que desapareciese si apartaba la mirada de su rostro. Theodore continuó hablando por los dos.
—¿Cómo lo hiciste? —Las cicatrices que había dejado al clavarse las uñas en la palma de sus manos la noche anterior volvieron a dolerle. Tenía la piel en carne viva—. Tengo curiosidad, ¿cómo atrajiste a las víctimas? Dudo que te fuese fácil enfrentarte a ellas de cara. ¿Cómo las elegías?
—Con las prostitutas fue muy sencillo. —La calma de su voz volvió a erizarle todos los pelos del cuerpo—.
Pagaba primero a la alcahueta y luego las mandaba a donde pedía.
Cuando me veían bajaban la guardia, creían que era una de ellas.
La mayoría no percibían el cuchillo hasta que lo tenían dentro.
Con todos los demás actuaba más como un carroñero que como una cazadora: esperaba a que estuvieran muy borrachos o a punto de morirse en la calle.
Son más impredecibles, pero no tenía que gastar dinero en llamar su atención.
—¿Y el ataque a Wheeler? —le preguntó Arthur.
Victoria reconoció ese nombre por la noche que habían pasado en la Mansion Home.
—¿Cómo pudiste hacerlo? Él estaba convencido de que fue un hombre el que le atacó.
La sorpresa en la cara de Victoria era tan genuina que cogió de improviso a ambos hombres.
—Yo no tuve nada que ver con eso.
—Pero mataron a un mendigo a las puertas de Teviot Place —insistió Theodore, apoyando a su compañero—. Dejaron fuera de combate a Wheeler porque había visto demasiado.
—Debió de ser cualquiera de los ladrones de cadáveres, pero eso no fue cosa mía. Nunca contraté a nadie para que hiciera el trabajo sucio por mí.
Intentó rememorar cada momento de los últimos meses, en busca de algo más que se le hubiese escapado.
Recordó la clase de cirugía con los pedazos de cerdo destrozados.
Pasaron por su mente todos y cada uno de los cuerpos asesinados con un cuchillo.
Cada palabra de Victoria le traía un recuerdo que podía asociar a ella.
Había estado allí delante todo el tiempo, actuando incluso a la vista de su mejor amigo.
—Fui un idiota al decirte aquello, Victoria. —Arthur retomó el principio de la conversación, esperando otra respuesta por su parte—. Nunca he creído que fueses tonta ni te he visto inferior, no habría podido hacer el diagnóstico sin ti.
—Sin embargo, lo has hecho, ¿verdad? —Dejó atrás la pared y se acercó de nuevo a Arthur encarándose a él—. Sé que has hablado con el profesor y que me has ocultado el diagnóstico todos estos días. Fui estúpida al confiar en ti.
—Espera. —La detuvo—. ¿Sabías que había hablado con Lyle Crowle de la criatura y soy yo el que ha estado ocultando información?
—Fue culpa de él —dijo señalando a Theodore, que no entendía una sola palabra del rumbo que había tomado la conversación—.
Cuando hablamos en la mansión me dejó ver que mi tío me había mentido: me juró que estaría allí, pero estaba contigo, contándote la realidad de los huesos.
Entonces fue cuando supe que no podía confiar en ti.
Arthur no podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Me tomas el pelo? ¡Lo hice por ti, Victoria! —gritó.
Theodore volvió a temer que el celador los oyese y decidiese bajar.
—¿Sabes lo que me pidió tu tío como condición para que formara parte del descubrimiento?
—prosiguió Arthur—. ¡Que te dejase fuera de todo!
Quería que te mintiese para que no dijeses ni una sola palabra de lo que habíamos encontrado.
Me pidió que fuera en tu contra, por eso llevo varios días evitándole. No me parecía lo correcto.
Al igual que sus víctimas, Victoria había recibido una puñalada de quien menos se lo esperaba, del único hombre que había creído en ella alguna vez.
—Yo…
—Necesito saber otra cosa. ¿Fuiste tú quien asesinó a Davinia?
Theodore aguardó una respuesta negativa, pero no llegó.
—No tenía que haber estado allí, Theodore.
Intentaba deshacerme de los cuerpos en uno de los dos sitios, la facultad o el hospital, y tenía controlados los horarios.
Sabía que esa noche nadie me causaría problemas, pero no contaba con que le cambiarían el turno —simplificó—.
Lo hice en defensa propia, habríamos acabado muriendo una de las dos.
No le gustó la justificación que le dio, pero, una vez más, las piezas del rompecabezas encajaron a la perfección. Sin fisuras ni agujeros que tapar.
—No es tarde para remediarlo todo, Victoria. —Arthur le sujetó el rostro entre las manos, y la acercó a él—. Yo te ayudaré a seguir formándote y tu tío entrará en razón sobre la criatura. Tienes que formar parte de esto. No puedo seguir sin ti.
—Eso no funcionará. Los dos lo conocemos lo suficiente para saberlo. Mírate, ¡te ha usado en mi contra! Se supone que debería protegerme, se supone que…
—¡Olvídate de eso ahora y centrémonos! —le apremió Arthur, sin soltarla—.
Tenemos que evitar que nadie más te relacione con lo sucedido.
Si lo hemos hecho nosotros, alguien podrá hacerlo también.
He venido aquí para evitar que Theodore te entregase a la policía al enterarse.
Todo va a salir bien, Victoria. —Peinó con sus dedos el pelo rizado de la muchacha—. Te lo prometo.