Capítulo 54
Sic semper tyrannis
Había un cadáver detrás de la puerta, pero Theodore se sentía con menos vida que él, era como si se la hubieran arrancado de un golpe sin que él hubiera podido oponer resistencia.
—¿De qué estás hablando, Arthur?
Theodore buscó un ápice de sentido común en el rostro de su amigo, pero solo había una máscara de ira contenida.
—¿Cuánto hace que lo sabes? —continuó preguntándole.
Victoria interrumpió al joven y se puso delante de Arthur para que le respondiese.
—Desde hace unos días. Después del malentendido que tuvimos estuve dándole vueltas a todo lo que había sucedido hasta aquel momento. Tardé bastante más de lo que me gustaría admitir.
—¿Por qué no me has dicho nada?
—Quería escucharte a ti primero antes de decidir qué hacer.
Theodore pasó la vista del uno a la otra, aguardando una respuesta convincente por parte de alguno de los dos. Victoria llevaba un sencillo vestido negro que arrastraba de forma ligera por el suelo y acompañaba su presencia con un susurro áspero.
—¿De qué demonios estáis hablando? ¿Quién es el asesino? ¿Arthur? —Theodore no dejaba de mirar por encima de su hombro, buscando una revelación que no llegó.
Nadie compareció para revelar su presencia en la universidad. Allí solo estaban los tres, ante la puerta que ocultaba el cadáver robado a la espera de que alguien se lo llevase.
—Hughie Buckman no ha matado a nadie, Theodore, aunque no me sorprende que creyeses que se trataba de él. —dijo Arthur. El labio le tembló cuando trataba de encontrar las palabras para explicarse—. A fin de cuentas, Victoria se ha esforzado para que le acusasen de algo que no ha hecho.
La realidad cayó entre ellos como una lápida contra el suelo: fragmentada, pesada, ilegible, irreparable. Nada de lo que hiciesen podía remediar el duro golpe que había roto la estabilidad en un millar de pedazos.
—¿Victoria? —Las palabras de Arthur tardaron en obtener un sentido en la mente de Theodore—. ¿Qué?
—Deberías haber dicho algo —recriminó Victoria girándose hacia Arthur, como si Theodore no estuviese presente.
—Pensaba que confiabas en mí lo suficiente para decírmelo —respondió Arthur.
—¿De verdad? No sabía que éramos tan cercanos —añadió Victoria.
—Habría intentado ayudarte.
—Hiciste todo lo contrario, Arthur —siseó ella, dando un paso al frente.
Theodore se apartó de su lado como un autómata, sin dirigirle la palabra.
—¿Crees que te contaría algo así después de descubrir lo que en realidad piensas de mí? —continuó diciendo la muchacha—. Permíteme que me ría. Los médicos tenéis demasiada confianza en vosotros mismos.
—Conecté los puntos demasiado tarde, ¿vale? No creí que fuera tan importante. Fui un completo estúpido, pero no por eso te habría dejado sola. Deberías haberme contado lo que pasaba —confesó Arthur.
Un sonido gutural a medio camino entre la risa y un grito salió de la boca de Victoria.
—No habrías tardado ni un solo momento en decírselo al profesor y haberte llevado el mérito. Eres como todos los demás, aunque creas lo contrario. —Se mantuvo firme en su explicación, tan calmada como si la hubieran acusado de robar una simple hogaza de pan—. ¿Cómo lo has sabido? —repitió.
Arthur se mantuvo a la altura de sus ojos, observándola.
—Después de hacer los primeros bocetos del cuerpo, cuando dibujaste la reconstrucción del hueso, no entendí por qué te molestaste tanto que no quisiste volver a hablarme —comenzó—.
Dije que era tan sencillo que incluso tú habrías podido hacerlo.
No lo pensé como un insulto, aunque comprendí por qué te enfadaste.
Siempre has estado un paso más adelantada que el resto de los estudiantes, incluso que yo.
Sabías cosas que es imposible conocer sin una educación médica: el nombre de las enfermedades, rasgos físicos…
Nada de eso aparece en una conversación normal de las que se mantienen en mitad de la calle.
Que fueras la sobrina de Lyle Crowle era una explicación más que válida para justificar tus conocimientos.
No le di muchas vueltas, pero nunca he dejado de pensar en ello, ni siquiera cuando los huesos ocupaban todo mi tiempo.
Arthur se apartó de ella y, por primera vez en toda la conversación, se giró para mirar a su compañero.
—Cuando Theodore me habló de sus sospechas —continuó diciendo— no conseguí relacionarlas con nadie en concreto, pero los cuerpos comenzaron a aparecer en la facultad en la misma época en que empezaste a pasar tiempo conmigo en el laboratorio.
—Recordaba a la perfección los primeros días del año y el cambio de actitud de su amigo, aunque estuviera empañado por sus propias preocupaciones—.
Esa no era razón suficiente para sospechar de ti y por eso ni en un millón de años creí que tuvieras nada que ver.
Hasta que encontraron el cuerpo en el pasillo y Theodore me contó lo que me había estado ocultando en las últimas semanas.
—Alguien estaba usando los cuerpos para practicar intervenciones médicas —completó Theodore, deteniéndose para coger aire de nuevo.
—No sé en qué punto de tu investigación creíste que Hughie Buckman podía estar involucrado de alguna manera en los asesinatos, aunque los cuerpos parecían seguirle allí donde iba —terció Arthur.
—¡Estaba aterrado de que eso pudiera ser cierto! —se justificó Theodore, maldiciéndose a sí mismo por haber estado tan ciego desde el principio.
—Tanto que el miedo te impidió ver la primera respuesta que tú mismo me habías dado: el asesino estaba practicando autopsias y cirugías, pero no las estaba haciendo bien.
—El profesor Buckman habría sido más cuidadoso —concordó Theodore—. ¡Pensé que tal vez no buscaba la limpieza! Solo hacerlo con la mayor rapidez posible. Se puede obtener mucha información de un cadáver aunque no se sigan los pasos que marca el protocolo, yo…
No continuó hablando, sabía que tenía razón.
Había visto al propio doctor criticar el trabajo de la persona que había llevado a cabo aquella bestialidad en los cuerpos.
Podía no significar nada, se dijo, tal vez lo había hecho para evitar que le relacionase con ello.
Aun así, debía haberlo visto, las pistas eran demasiado vagas, nada apuntaba a él de manera directa.
Era tan sencilla la trampa que se desarrollaba a la vista de todos que le había costado salir de ella.
—Después de lo último que me contaste —prosiguió Arthur, dirigiéndose a Theodore, pero respondiendo a Victoria—, no me cabía ninguna duda de que el asesino tenía que estar relacionado con la universidad o el hospital, debía ser alguien que pasase desapercibido y que pudiese manipular el material sin que nadie sospechase nada.
—Y quién mejor que una mujer a la que nadie presta atención, ¿no es así? —acabó la frase Victoria.
—Nadie sospecha de quien no considera una amenaza —coincidió Arthur.
—Pues mira a lo que os ha llevado la confianza.
Aunque era una burla, no sonaba amenazante. La muchacha estaba a la defensiva, pero no se había justificado en ningún momento, se limitaba a observar la conversación sobre ella.
—Anoche, cuando te encontré en la habitación, confirmaste todo lo que llevaba días pensando.
Theodore escuchaba a su amigo, que le había estado mintiendo desde hacía más tiempo de lo que creía.
—Y hoy, después de seguirte, cuando os he visto juntos —continuó Arthur—, sabía que no había otra explicación. Eres la asesina, Victoria. No lo has negado ni una sola vez en todo este rato.
—No gano nada intentando limpiar mi nombre, es verdad. —Victoria se alejó de ellos y se apoyó en la pared, una postura que arrugó las faldas de su vestido oscuro—. Una parte de mí quizá buscaba ver cuánto podía arriesgarme antes de que alguien pensase siquiera en mí como la culpable.
—Pero no empezaste a matar por eso.
—No, fue por necesidad. —Con un largo suspiro reordenó sus pensamientos antes de comenzar a hablar—.
Ser la sobrina de un médico con más dinero del que nunca podría gastar tiene alguna ventaja, pero también muchos inconvenientes.
Cuando te hablé de mi relación con mi tío fui bastante sincera: me enseñó mucho de lo que sé, y me permitía que le pidiese lo que fuera con la condición de que mi educación no le trajese problemas.
Al principio creo que eso le gustaba. Tenía una aprendiz que le seguía a todas partes y que pensaba que él era el hombre más maravilloso del mundo.
Me convirtió en una gran anatomista incluso sin tener estudios, yo no los necesitaba, solo tenía que observarle e imitarle.
Nunca puso ninguna pega a mi curiosidad, ni siquiera cuando tuve edad de casarme y dejar de ser una carga para él.
No le importaba darme huesos, que leyera sus libros, llevarme al hospital y a la facultad. Hasta que comencé a importunarle.
Mientras hablaba, Theodore y Arthur se mantenían inmóviles en el pasillo.
—Creo que vosotros comprenderéis mejor que nadie esa sensación de que nada es suficiente, de que necesitas dar siempre un paso adelante.
Un día me atreví a pedirle que me dejase asistir a una de sus clases.
Él había conseguido que le dieran permiso para diseccionar un cuerpo entero delante de los alumnos y yo no quería perdérmelo.
El corazón de Theodore comenzó a latir más rápido.