Los anatomistas Capítulo 53 #2
94%

Capítulo 53 #2

Sabía que había dejado la puerta abierta del cuarto donde habían encontrado el cuerpo que él mismo había inspeccionado.

Lewis Morrow le había asegurado que sabía que algo estaba pasando al encontrarse la puerta cerrada con llave, ya que no era normal que lo estuviera.

No había nada importante dentro, por eso no se utilizaba.

Si el asesino había dejado allí aquel cadáver, quizá querría llevar el siguiente al mismo lugar, por lo que le estaba ahorrando el trabajo al citarse con él en la propia facultad.

Quizá resultase sospechoso, pero había tenido cuidado con sus movimientos.

Incluso había cambiado de forma ligera su escritura por si Hughie Buckman reconocía su letra.

Bajó la manilla con una mano, mientras sostenía el peso de la desconocida Jane Doe con su pecho.

No notó resistencia al manipularla y una sensación de alivio lo embargó.

Al abrir la puerta, el fuerte olor a alcohol le golpeó el rostro.

Habían vuelto a limpiar la habitación tras llevarse el cuerpo y eliminado todo rastro de la cirugía clandestina que se había llevado a cabo en ella.

Ya solo quedaba el fantasma de lo que había pasado en la mente de Theodore, que podía reconstruir la escena en su cabeza sin problemas.

Colocó el cuerpo en el suelo para poder quitarle la alfombra.

Era la primera vez que agradecía toparse con un sudario y no con el rostro de la persona fallecida.

No sabía si había muerto por causas naturales o la habían asesinado, no importaba, pero su alma no sería la misma después del robo de su cuerpo terrenal, arrancado del camposanto por un niñato sin escrúpulos.

Le tranquilizaba no verle la cara al espíritu que le atormentaría hasta el final de sus días, por haberle arrebatado el descanso eterno.

Oyó su acelerada respiración al salir de la habitación y cerrar la puerta tras él. Se escondería en otra aula y esperaría a escuchar los pasos del profesor. Entonces saldría. Era sencillo. Solo tendría que ocultarse unos minutos, después todo estaría hecho.

—¿Theodore?

Al oír una voz femenina se le erizó el vello de la nuca, todavía sujetaba el pomo de la puerta. No sabía quién era hasta que se dio media vuelta y unos grandes ojos castaños le devolvieron la sorpresa.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó la voz.

—¡Victoria!

Era la última persona que esperaba encontrarse allí. Dirigió la mirada al fondo del pasillo y vio el laboratorio de Lyle Crowle abierta, en la que Arthur y Victoria habían estado trabajando durante las últimas semanas.

—No esperaba ver a nadie aquí. Me alegra verte de nuevo —dijo Theodore.

—He oído un ruido. ¿Qué estás haciendo? —le preguntó de nuevo, torciendo los labios.

—Sé que no nos conocemos mucho, pero necesito que me escuches un momento y que confíes en mí. —La calma que había sentido al ver a la chica se disipó en cuanto fue consciente de la hora que era. No le quedaba mucho tiempo—. Tienes que marcharte ahora, puede ser muy peligroso quedarse aquí.

La expresión de la muchacha cambió de la molestia a la curiosidad, pero no se movió de donde estaba.

—¿Por qué?

—No puedo explicártelo ahora mismo, pero lo haré luego, te lo prometo. —El sonido de las pisadas apresuradas bajando las escaleras le congeló en mitad de la frase.

Sin darle tiempo a protestar, agarró a Victoria del brazo y corrió hasta el laboratorio del que había salido la joven, esperando que no fuese tarde para ocultarse.

Le tapó la boca y acercó su cuerpo al de ella para evitar que se moviese.

Le sostuvo el aliento tanto tiempo que temió que se le olvidara volver a respirar.

—Theodore, sé que estás aquí.

Por un momento, Theodore temió que Alphonso hubiera regresado para tratar de impedirle que continuara con su plan.

—¿Arthur?

Todo iba tan rápido que tenía miedo de no entender lo que estaba sucediendo. Liberó a Victoria de sus brazos. En cuanto se sintió libre, ella le golpeó.

—¿Me has seguido hasta aquí? —Theodore salió del laboratorio con la chica detrás.

—Sí. Temía no haber llegado a tiempo. —Al ver a Victoria, todo en él adquirió una sensación de urgencia—. ¿Estás bien?

Ella asintió, aunque se quedó rezagada, no se acercó a él.

—Quiero que te vayas. Ahora.

—No voy a irme a ninguna parte, Arthur.

—Por favor, hazlo.

—¿Llevas todo el día siguiéndome? —Theodore olvidó lo que había ido a hacer allí, preocupado por lo que hubiera podido ver su amigo—. ¿Se te ha ido la cabeza? Marchaos los dos inmediatamente, no sabéis lo que estáis haciendo.

—Tú tampoco estás en posición de dar órdenes.

El tiempo que estaba empleando en hacerlos entrar en razón eran minutos muy valiosos en su planificación. Si continuaban hablando allí, al descubierto, todo habría sido en vano.

—Victoria, márchate por favor.

La súplica en su voz y la mirada al borde del llanto no fueron suficientes para hacerle cambiar de opinión.

Theodore no entendía qué era lo que le sucedía a su amigo.

—¿Qué está ocurriendo, Arthur?

Victoria no apartó la mirada de Theodore mientras hablaba con su compañero e ignoraba su petición.

—Debéis marcharos ambos —insistió de nuevo sin dejar de moverse por el pasillo—. Es muy peligroso para los dos. Os prometo que os lo contaré en cuanto lo resuelva, pero necesito que os larguéis de aquí y no volváis durante un par de horas al menos.

—¿Qué diablos estáis haciendo aquí? —Victoria agarró el brazo de Arthur y lo zarandeó.

Theodore estaba en una encrucijada. Si no era sincero con sus intenciones no lograría que lo escucharan.

De un momento a otro su tutor se presentaría en el laboratorio y él podría demostrar que estaba relacionado con todo aquello.

No obstante, si no conseguía que se marcharan, asustarían al doctor Buckman antes de que pudiera revelarse como el culpable.

Se le estaba acabando el tiempo y debía tomar una decisión, aunque tuviera que confesar lo que más terror le daba en el mundo.

—Escúchame, Arthur. Es el profesor Buckman.

—Esperó que su amigo le entendiese sin revelar información a Victoria.

Hacer a alguien partícipe de sus secretos era más de lo que tenía planeado para ese día—.

Lo ha sido durante todo este tiempo. Todo, de una manera u otra, siempre acaba apuntando a él, al hospital y a la universidad.

Piénsalo, ¿a quién llamaron al encontrar el cuerpo en el pasillo de la facultad?

Si me contó sus sospechas fue para evitar que le acusase a él de lo que está claro que es culpable.

Nunca tuvo la intención de que lo investigase, solo me quería poner sobre aviso para lavarse las manos cuando encontrase las pruebas que lo incriminaban.

Los hombros de Arthur perdieron la presión que habían estado acumulando a lo largo de la conversación.

—Tengo muchas pruebas de ello, solo me queda poder demostrarlo —continuó diciendo Theodore—. Cuando aparezca en busca del cadáver no tendrá más remedio que hablar conmigo. Lo tengo controlado, de verdad. Pero ahora debéis marcharos para que pueda hacerlo.

El rostro de ambos permaneció ilegible tras la confesión de Theodore.

No se movieron, tampoco hicieron nada para cumplir lo que les había pedido.

Victoria masculló algo que Theodore no llegó a oír y aguardó a que su amigo hablara.

Theodore no comprendía que ninguno de los dos reaccionara a lo que acababa de explicarles, en especial Arthur.

Llevaban semanas hablando de ello y por fin le había dado todas las piezas que necesitaba para estar en el mismo lugar que él.

Era su posesión más preciada, su talón de Aquiles.

Lo que le estaba confesando iba mucho más allá de los crímenes, le hacía vulnerable.

—No va a venir, Theodore.

Arthur se movió hasta quedar entre él y Victoria, obligando a su compañero a que lo mirase. Su voz se oía lejana, casi onírica.

—¿Cómo dices?

—No se trata de Hughie Buckman. Tu teoría está errada desde el principio. No va a venir.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de eso? —Ni siquiera había compartido con él sus sospechas. Aquello no encajaba—. ¿Qué es lo que sabes, Arthur?

—Sé quién es el asesino —escupió la confesión antes de que su amigo continuara—. Lo tienes delante.