Capítulo 53
Factum abiit, minimenta manent
Sacar un cadáver de su tumba y arrastrarlo por el suelo son dos cosas muy distintas, pero ninguna es más fácil que la otra.
Theodore estaba acostumbrado a tratar con la muerte, a levantar cuerpos y observarlos desde todas las perspectivas, de dentro hacia afuera.
Cadáveres embalsamados, en descomposición, individuos enfermos, todos habían pasado por sus manos durante años sin que eso supusiera ningún problema para él.
No obstante, nunca pensó que lo que más le costaría, pese a toda su experiencia forense, sería arrastrar un cuerpo sin vida.
Se consideraba un hombre fuerte, ágil, hasta que el peso de la muerte le demostró lo contrario.
Alphonso había podido arrastrar el cuerpo de un hombre hasta la universidad sin ayuda de nadie, aunque lo perdiera en el pasillo.
Sin embargo, él había necesitado su ayuda para depositar el cuerpo de la desconocida en el sótano de la Facultad de Medicina y Veterinaria.
Lo achacó a la resaca (ni siquiera recordaba cómo había conseguido la botella de ron que sin duda había tratado de beberse entera la noche anterior), aunque sabía que ni estando sobrio habría sido más fácil.
Levantar un cuerpo inerte no es lo mismo que hacerlo si sigue con vida.
Cuando no la hay, todo está en tensión, como material lítico fosilizado.
El peso de las extremidades caía y nada importaba que tratase de pensar que estaba sosteniendo otra cosa: cada parte que tocaba ponía en evidencia la muerte.
Y luego estaba el olor.
La mayoría de los cuerpos de la sala de autopsias estaban embalsamados, preparados para no que se echaran a perder antes de que los anatomistas pudieran terminar su trabajo.
Incluso los que procedían de urgencias eran tratados con la intención de conservarlos el tiempo suficiente.
Aquel cadáver, sin embargo, venía directo del cementerio.
Theodore se sorprendió de lo útil que podía ser la tierra: la arena seca que cubría el sudario de la fallecida actuaba como un conservante y un ambientador natural, pero nada podía eliminar por completo el olor de la muerte.
Estaba ahí, era innegable. Un hedor que lo impregnaba todo.
Esa era la primera razón por la que había bebido alcohol, para lavar el sabor que sentía en la boca solo por haberlo inspirado.
Se preguntó cómo era posible que sus compañeros de trabajo dudasen antes de firmar certificados de defunción, no había nada que resultase más evidente que la muerte.
Incluso los fines de semana, la facultad estaba abierta para quien necesitase usar sus instalaciones.
El plan era sencillo: Alphonso hablaría con el celador para distraerle y Theodore se encargaría de depositar el cuerpo cerca del laboratorio, donde esperaría a que Hughie Buckman se acercase para llevárselo.
Luego, Alphonso se largaría y le dejaría solo para enfrentarse a él.
—¿Serviría de algo si te vuelvo a decir que es una mala idea? —El muchacho de ojos azules sostenía el cadáver de la mujer por los pies.
—De nada, igual que las últimas quince veces.
—Deja el cuerpo, quédate el dinero y márchate. No intentes hacerte el héroe.
—Esto no tiene nada que ver con hacerse el héroe.
—El peso muerto del cadáver le había quitado sensibilidad en los brazos.
Habían alquilado un coche para ir desde el burdel cerca del cementerio hasta la facultad, un trayecto corto durante el cual el conductor no había hecho preguntas—.
No estoy buscando justicia para las víctimas.
—Entonces ¿por qué lo haces?
—No me hagas hablar de eso.
El último rastro de luz comenzó a perderse en el cielo y las sombras se apoderaron de la tarde.
Si alguien los hubiera visto, no habría pensado que se tratase de un cuerpo humano.
No tenía forma, envuelto en una vieja alfombra que habían robado de Teviot Place.
Alphonso había apuntado que, aunque alguien los descubriera, Theodore podría justificarlo con facilidad.
A fin de cuentas, trabajaba con cadáveres y estaba a punto de titularse.
Una vez más, le impresionaba la sencillez con la que el mundo aceptaba la palabra de un médico.
No era casualidad que el robo de cuerpos hubiese continuado incluso después de la regulación, la ciudad entera aceptaba que pudiera suceder.
Eso era lo que los había llevado hasta allí.
Había robado un cuerpo y nadie le haría preguntas sobre ello.
—¿Qué hora es?
—Todavía son las seis y veinticinco —confirmó Alphonso—. ¿Qué hora habías puesto en la nota?
—Menos veinte.
—Entonces date prisa.
Había elegido esa hora porque los estudiantes rezagados no tenían más remedio que regresar a sus casas antes del toque de queda.
Cualquier persona que los reconociese se iría del edificio mucho antes de preguntarse si existía algo sospechoso en sus movimientos.
No quería dar lugar a que nadie interrumpiera su plan, aunque no lo tuviese.
Sabía que hablaría con Hughie Buckman y le pediría que detuviese la ola de terror que invadía la ciudad.
Pero ¿luego qué? No estaba seguro. Creía que le conocía lo suficiente para hacerle entrar en razón: no buscaba llevarle a un juicio social, quería evitarlo en la medida de lo posible.
Si su profesor no caía, él no lo haría tampoco.
Nadie podría relacionarlo con los crímenes si no existían pistas que apuntaran hacia él o hacia la universidad.
No, no tenía un plan, pero no se iría de allí sin conseguir lo que se había propuesto.
El profesor le escucharía, no tendría más remedio que hacerlo.
Alphonso dejó el paquete sobre el césped del campus, cubierto de hojas secas, y se arremangó, tenía las mangas manchadas de tierra que escapaba incluso de la alfombra que protegía el cadáver.
—¿Estás preparado? —se aseguró de que su amigo lo oía, aunque parecía estar muy lejos de allí.
—Sí. ¿Vas a entrar?
—Enseguida. —Alphonso se detuvo antes de abrir la puerta de la Facultad de Medicina y Veterinaria—. ¿Seguro que no prefieres que me quede a esperar contigo? Sé que te dije que me mantuvieses alejado de esto, pero me parece que…
—Tengo que hacerlo solo, Alphonso. Agradezco tu ayuda, pero no necesito que hagas nada más por mí. Sin ti no habría llegado hasta aquí, te lo debo. A partir de ahora tengo que continuar por mi cuenta. No espero que lo entiendas, pero hazlo. Aún me duele todo lo que has hecho.
—No lo habría hecho si no tuviera razones. Al igual que tú, cuando tuve la necesidad, aproveché la oportunidad. Tampoco creo que seas capaz de comprender la situación por la que he pasado, eres afortunado y nunca te faltará el dinero.
—Aunque tuviera problemas para pagarme la universidad nunca recurriría al robo de cadáveres.
—Y, sin embargo, aquí estás. —Carraspeó para quitarle importancia a sus palabras—. No te juzgo por lo que haces, solo me preocupo por ti. Me gustaría que tú pudieras hacer lo mismo por mí.
—Me preocupo por ti, Alphonso —le aseguró—. No obstante, eso no significa que esté de acuerdo con todo lo que has hecho.
No era mucho, pero sus palabras fueron suficientes para Alphonso. Sabía que tenía que darse prisa en entrar o todo el plan de Theodore sería inútil. Ambos tenían que desaparecer de la vista para que el asesino saliera a buscar el cuerpo.
—Ten cuidado —le pidió por última vez antes de marcharse—. Nos veremos cuando acabes.
—Sí —accedió Theodore, aunque todo su cuerpo se tensó con la simple idea de pasar más tiempo con él. Se le acabaría pasando, pero no era el momento—. Nos vemos en Teviot Place.
Compartieron una última mirada de despedida y Alphonso desapareció tras la puerta.
Theodore aguardó el tiempo acordado: dos minutos.
Era suficiente para que Alphonso hablara con el celador y le invitara a moverse de su puesto de guardia en la entrada de la facultad.
Solo ciento veinte segundos de margen y comenzaría su parte del trabajo, arrastrar el cuerpo hasta el laboratorio.
Contó despacio los segundos, tomando en cuenta que Alphonso podría haberse rezagado por cualquier motivo.
Todos los instantes que le regalaba a su amigo eran tiempo perdido por su parte, pero confiaba en su habilidad para hacer el resto.
Cuando su reloj mental completó los dos minutos cogió el cuerpo por los hombros y echó a correr hacia el interior de la facultad.
O al menos lo intentó. El peso del cadáver se hizo evidente al arrastrarlo, pero no podía detenerse para agarrarlo mejor.
Tenía poco tiempo para moverse y mucha presión sobre su cabeza.
Recorrió el espacio entre la puerta y las escaleras que daban al sótano en pocos minutos.
Delante de la escalinata de la entrada, no pudo evitar imaginarse a Alphonso en aquel mismo lugar, acarreando un cuerpo y abandonándolo a su suerte, demasiado aterrado para continuar.
Él no temía los cuerpos muertos, pero comprendió con claridad por qué su amigo había entrado en pánico.
Toda la situación invitaba a ello y a perderse en su propio desasosiego.
Las piernas del cadáver golpeaban las escaleras con un golpe seco al pasar, un sonido tan característico como su olor, que le costaría mucho tiempo olvidar.