Capítulo 52
Nox
Había perdido la cuenta de las noches que había ignorado el toque de queda.
¿Qué hacía fuera a aquellas horas? Arthur no estaba seguro.
La única respuesta que se le ocurría era que estaba huyendo.
Era la segunda noche que rechazaba la cita de Lyle Crowle para reunirse con él y se dedicaba a vagar por la ciudad sin un rumbo fijo.
Aunque le había dicho a su profesor que necesitaba unos días para él, ambos sabían que mentía.
No estaba seguro de poder mantener la farsa durante mucho más tiempo antes de que el doctor le pidiese que se comportase como un hombre que ya había tomado una decisión, pero por el momento le había dejado en paz.
No habían compartido más que unas palabras desde que habían mantenido aquella conversación.
Tampoco había sido capaz de dar con Victoria, parecía que la tierra se la había tragado.
Quería buscarla y hablar con ella, aunque se arriesgaba a toparse cara a cara con el profesor.
No tendría que enfrentarse solo a uno de ellos, sino a los dos.
No sabía cuál de las dos conversaciones le producía más malestar. El miedo a equivocarse le quitaba el aliento.
Tampoco estaba seguro de qué iba a decir.
Sus paseos nocturnos no habían proporcionado claridad alguna a sus dudas.
De hecho, lo único de lo que tenía certeza era de la farsa que en realidad era la prohibición de salir.
Cada una de las noches que lo había intentado lo había conseguido sin ningún problema ni nadie que se lo impidiese.
No solo eso, sino que la puerta estaba abierta, a merced de cualquiera que quisiera abandonar el edificio.
Era ridículo, una medida para protegerlos que no servía ni para mantenerlos en casa.
Todos esos pensamientos le asaltaron sin tregua mientras regresaba a su habitación.
Al detenerse para sacar la llave, un sonido desconocido procedente del interior le detuvo.
Era un eco agudo, como un quejido gutural.
Había alguien en la habitación, eso estaba claro.
Insertó la llave en la cerradura a toda prisa y abrió la puerta.
Alguien lloraba sobre la cama. No era un llanto triste, sino desesperado, descontrolado.
—¿Theodore?
—Soy un monstruo, Arthur. —La habitación palidecía a la luz tenue de la vela, que no ocultaba la suciedad de su cuerpo—. No sé cómo me he permitido llegar tan lejos, no soy más que un vulgar fraude. No merezco ni que me mires a la cara.
—¿De qué me estás hablando? —Siguió el rastro del barro hasta la puerta, donde había tirado su abrigo, inservible.
En toda la habitación se respiraba un aroma rancio de sudor y tierra seca—.
¿En qué demonios te has metido? ¿Qué has hecho, Theodore?
—Recorrió el poco espacio que había en el cuarto hasta su cama y el hedor del ron lo asfixió—. ¿Estás borracho?
—No he bebido lo suficiente. Aún sigo consciente.
—No lo estarás por mucho tiempo. —Se fijó en la botella semivacía que había junto a la cama y rezó para que ya hubiera estado abierta antes de que él la pillara—. ¿Me puedes explicar qué te pasa? ¿Dónde has estado?
—En el cementerio. —Apenas sostenía la cabeza recta y se clavaba las uñas en la palma de la mano—. He sacado un cadáver de su puta tumba.
Le costaba mantener los ojos abiertos y parpadeaba para permanecer despierto. Arthur le agarró por la pechera de la camisa y le zarandeó para que volviese en sí.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Estás buscando que te expulsen? —Theodore se incorporó y su amigo dejó de sujetarlo—. ¿Ha sido idea tuya?
—Más o menos.
Incluso en su delirio Theodore podía ver claro el rostro de Alphonso mientras arrastraba el cuerpo y lo ocultaba. Los estaba protegiendo, no podía evitarlo. A él y a Arthur.
—¿De quién era el cuerpo?
—No lo sé. —Era una verdad a medias, aunque había preferido no preguntar el nombre de la mujer—. ¿Importa?
—¡Claro que importa! ¿Qué vas a hacer con él? ¿Vas a venderlo?
—Por todos los santos, claro que no. ¿Por quién me has tomado?
—¡Por un borracho que acaba de confesar que es un criminal! —Arthur apartó la botella de la vista de Theodore y la puso sobre su mesilla—. ¿En qué estabas pensando, Thorebourne?
Las manos de Arthur temblaban tanto como las de su amigo. Inspiró y espiró hasta que consiguió calmarse, después de oír la noticia que le acababa de dar. Uno de los dos debía tranquilizarse.
—Tienes que tirar estas sábanas a la basura ahora mismo. —Arthur tomó la colcha y, aún con él encima, tiró de ella para quitarla—. Vamos, quiero que te levantes. Voy a cambiar las mantas y tú irás a la ducha.
Theodore, inmóvil en el suelo, se limitó a observar a su compañero mientras le hacía la cama de nuevo.
Sacó sus propias sábanas de invierno del estante más alto del armario y lanzó junto al abrigo de su compañero las mantas manchadas de barro y hierba.
Estaba aterrado y no comprendía la confesión de Theodore, quien se mostraba como un niño asustado por haber cometido un delito que no era capaz de entender.
—Arriba. —Tiró de él para levantarlo—. El agua te ayudará a despejarte.
Caminaron aferrados el uno al otro a lo largo del pasillo, tratando de no hacer ruido.
Al llegar al baño, Arthur atrancó la puerta para evitar que nadie más entrara y dejó a su amigo, que apenas podía mantenerse en pie, apoyado en la pila.
Arthur permitió que el agua fría corriera y le obligó a meterse debajo, sin siquiera quitarse la ropa.
Quería que las pruebas se fueran por las cañerías, que el agua limpiase todos sus pecados como una pila bautismal.
El agua helada ardió en la piel de Theodore, aun con la camisa puesta.
Sentía cada una de las paladas que había dado, la tensión de los músculos al hacerlo.
El universo no había dejado de dar vueltas, pero él se sentía seguro en el suelo.
A su lado, fuera del agua, Arthur se sentó con las piernas cruzadas y le observaba.
No era capaz de distinguir qué se le pasaba por la cabeza.
Tal vez temía que se ahogara, o quizá lo estaba esperando.
No lo sabía. Solo pensaba en la sensación gélida de las gotas sobre su cara y el familiar olor de las cañerías de la residencia.
—Si no has robado el cuerpo para venderlo, ¿por qué lo has hecho? —Estaban a la misma altura, ambos en el suelo del baño, con los pantalones húmedos y la mirada enfrentada.
El ron no le había quitado a Theodore el control de sus palabras. A la mañana siguiente recordaría todas y cada una de las cosas que había dicho.
—Sé cómo averiguar quién ha asesinado a gente para manipular sus cuerpos.
—¿Qué? —La sensación agitada que bailaba en su pecho se hizo aún más evidente en ese momento—. ¿Cómo has…?
—Me interpuse en la compra de un cadáver y no tuvieron más remedio que contarme lo que sabían.
—No mencionó el nombre de Alphonso, se aseguró de no hacerlo—.
Hay más personas involucradas en el robo de cuerpos de lo que creía, pero no todas asesinan para conseguirlos.
Aún no sé de quién se trata, aunque no tardaré en averiguarlo. Sé cómo hacerlo, Arthur.
Le habló del libro y las notas y le explicó con todo detalle cómo se comunicaban con los vendedores.
—Estábamos en lo correcto. Desde el principio —concluyó Theodore—.
Los cadáveres, las autopsias, todo. Alguien se está aprovechando del tráfico ilegal en beneficio propio y está haciendo que todas las pruebas apunten a la universidad.
Si saliera a la luz pública lo que está sucediendo, la facultad caería e imagino que el Royal Infirmary iría detrás.
No le hace falta borrar del todo las huellas, solo encajarlas con lo que está pasando en la facultad.
Arthur se tomó un tiempo antes de decir nada, tras el despliegue de información.
—¿Pretendes enfrentarte al asesino tú solo? —preguntó al fin—. Estamos hablando de alguien que ha matado a una docena de personas en los últimos meses. Contando tan solo las que hemos visto nosotros.
—No es tan simple.
—¿Por eso has exhumado el cuerpo? ¿Para atraer al asesino y ver si quiere hacerle una cirugía delante de ti?
—Solo necesito respuestas.
—¿Y si te equivocas? Has dicho que hay más gente involucrada.
—Creo que ya es tarde para hacer otra cosa. —El agua había perdido la frialdad inicial y se sentía tibia sobre su cabeza—. Acabo de robar un cadáver.
Aunque la mayor parte de la mugre había desaparecido por el desagüe, Theodore no se sentía menos sucio.
—¿Lo has traído a Teviot Place?
—Mejor que dejes de preguntar sobre el cuerpo. Cuanto menos sepas, mejor —le advirtió—. No, no está aquí. He perdido los estribos, pero no soy tan imbécil para esconderlo en la residencia. Está a buen recaudo.
—¿Y si te pillan?
—Les contaré todo lo que sé.
—Pero no quieres hacerlo.
—En absoluto.
Arthur se puso en pie y cerró el agua de la ducha. Theodore sintió que la temperatura de su cuerpo bajaba de golpe y comenzó a tiritar casi de inmediato. Si lo pensaba bien, no estaba seguro de si era por el frío o por el alcohol.
—Sospechas de alguien. —Arthur sabía que sí, lo veía tan claro como si se lo hubiese confesado el propio Theodore—. Dime de quién.
—No voy a decírtelo. No insistas, por favor.
—Creía que éramos amigos.
—Esto va más allá de la amistad, Arthur. No debí contarte nada de lo que vi, estarías mejor fuera de esto. Mira lo que le sucedió a Davinia.
—Y tú quieres ir directo a enfrentarte con la persona que la asesinó a sangre fría. —Le ofreció la mano para que se incorporase—. ¿Esto lo has pensado antes de emborracharte?
—Tomar esta decisión es lo que me ha empujado a beber.
Que la ligera brisa que corría por los pasillos de la residencia diera de lleno en el cuerpo empapado de su amigo no era castigo suficiente para Arthur, aunque le producía placer momentáneo.
Theodore dejó un reguero de agua entre la ducha y su cuarto, un camino que delataba el lugar exacto por el que había pasado.
Sin mediar palabra, Arthur ayudó a su amigo a desnudarse hasta que se quedó en ropa interior, entonces le dio una toalla para secarse. Sin su ayuda, seguiría cubierto de tierra y humillación y continuaría lamentándose de sí mismo en la oscuridad.
La vela ya se había apagado, Arthur encendió otra y se sentó en su propia cama, no sin antes darle un largo sorbo a la botella medio vacía de ron.
—No creo que seas un monstruo, Theodore. Solo estás asustado.
—La palabra que utilizaría yo es «aterrado». Necesito que todo esto se acabe.
—¿Por qué? ¿Por qué te afecta tanto lo que está sucediendo?
—insistió Arthur—. Mira adónde te ha llevado.
Eres médico, por el amor de Dios, no un sepulturero.
Si la universidad está averiguando qué es lo que hay detrás de los robos, la verdad caerá por su propio peso.
No puede sostenerse una mentira cuando hay tanta gente involucrada.
—Alguien acabará pagando por los errores de otra persona.
—Te aseguro que no serás tú.
—Eso no lo sabes. —Se envolvió aún más entre los pliegues de la toalla.
—Si sigues robando cadáveres y usándolos de cebo para cazar asesinos, estoy bastante seguro de que sí acabarás pagando tú, pero por tus errores.
Contarle sus sospechas a Arthur no serviría de nada, no le haría cambiar de opinión.
Parecía tan empeñado en impedir que Theodore continuase en su afán que sería capaz de dar el nombre de Hughie Buckman él mismo a las autoridades para frenarle.
Confiaba en él y por eso sabía que no debía seguir hablando. Haría cualquier cosa por protegerle.
—Si estuvieras en mi lugar, actuarías igual —le aseguró.
—Me gustaría decirte que sí, pero vuelves a ocultarme cosas.
Theodore se tumbó sobre la cama recién hecha, y Arthur lo imitó en el otro extremo de la habitación. Los restos de lo que había hecho en las últimas horas permanecían en la puerta, desde donde juzgaban cada uno de sus movimientos.
—¿Alguna vez te has arrepentido? —le preguntó Theodore.
Arthur se giró hacia él, intrigado por la pregunta.
—De haber malgastado tanto tiempo con esos huesos —añadió—. Invertiste muchísimo tiempo en ellos y no conseguiste sacar nada. ¿Te arrepientes de haber dicho que sí?
Arthur tenía grabadas las palabras de Lyle Crowle en cada parte de su cuerpo.
Todo, desde su montaje hasta su petición, le acompañaba allí donde iba.
Le reprochaba a Theodore tener secretos mientras él ocultaba lo que sabía por vergüenza.
No quería perder el respeto de su amigo, prefería perder su confianza.
Aun así, la pregunta le había tomado por sorpresa. ¿Se arrepentiría del tiempo perdido si el hallazgo resultaba ser falso? Tenía clara la respuesta, incluso pensándolo desde el miedo.
—No, no me arrepiento —dijo, y era verdad. Creía que había hecho lo correcto desde el principio—. No todas las investigaciones dan frutos a la primera y no por eso son una pérdida de tiempo. He tenido suerte de que el profesor haya confiado en mí.
—¿Volverías a hacerlo, aun sabiendo que puede volver a salir mal?
—Sin dudarlo. He sabido toda mi vida que tenía que estudiar Medicina, y algo similar me pasó con esto.
No sabría explicártelo, pero supongo que estaba en el lugar adecuado en el momento justo para hacer lo que debía.
Si he nacido para algo, es sin duda esto: la investigación, la anatomía, todo.
Volvería a repetirlo sin pensarlo dos veces —sentenció.
La respiración pausada de Theodore se convirtió en un suave ronquido. Se había quedado dormido antes de que Arthur terminara la frase, pero no le importó. Se alegró de que su amigo se hubiera tranquilizado lo suficiente para descansar.
Arthur volvió a dar un trago largo a la botella y esperó a que saliera el sol, demasiado aturdido para conciliar el sueño.