Capítulo 51 #2
—Para demostrarte que puedes fiarte de mí. —Había terror en la manera en que Alphonso se movía—. Y porque necesitas un lugar donde dejarlo.
La realidad era que quería creerle cuando Alphonso le hablaba.
No era más que un crío asustado que no estaba preparado para ser un hombre en un mundo que le habían prometido que sería para él.
En tan solo unos días había pasado de confiar ciegamente en él a jurar que se trataba de un asesino, pero allí estaba.
Ante él, suplicando su perdón y reincidiendo en el delito que ya había cometido una y otra vez.
—Todavía no he dicho que sí.
—Pero lo harás. No te queda más remedio.
Si seguía el camino que le había ofrecido Alphonso, no tenía ninguna forma de llevarlo a cabo sin la ayuda de alguien más.
No llamaría a Arthur, no quería meterle en más problemas.
Wheeler estaba descartado, por supuesto, no podía obligarle a revivir el asesinato de su novia por un capricho personal.
Tampoco era una opción contactar con nadie más y tener aún más ojos sobre el caso, con el riesgo que correría de que hablase con la policía antes de asegurarse de que no tenía nada que perder.
Podía usar los mismos servicios que los ladrones de cuerpos, tenía dinero para ello, pero implicaría mancharse más las manos.
Una cosa era robar un cadáver, una broma pesada que un buen alumno gastaba a la universidad, y otra muy distinta hacer negocio con ello.
No, la única opción que tenía era confiar en Alphonso.
Algo que, sin duda, él ya había adivinado.
—¿Y ya está? ¿No quieres nada más?
—¿Pagarías mis tasas si te lo pidiese?
—¿Por qué no lo has dicho desde el principio?
«Si hubiésemos mantenido esta conversación hace meses —pensó de nuevo Theodore—, nos habríamos ahorrado todo lo sucedido hasta hoy».
—¿Lo harías o no?
—Hecho. —El olor de las verduras asadas ya inundaba el patio del claustro. Los estudiantes pasaban con rapidez ante ellos, esperando coger un buen sitio en la mesa—. Ahora dime cómo vas a ayudarme.
—Memoriza el título del libro y luego quema la carta.
Te espero esta noche en la puerta de Teviot Place para ir al cementerio.
—Las órdenes eran claras, no había lugar para rectificar o negociar las condiciones—.
Aguarda hasta que tengamos el cuerpo para mandar el mensaje y cítalos cuando te venga en gana, pero que sea pronto.
Si se echa a perder el cadáver todo habrá sido en balde.
Asegúrate de qué es lo que quieres hacer.
Si había aceptado demasiado rápido, ya no importaba.
—No llegues tarde.
Theodore sabía que no irían a Greyfriars de nuevo, aunque esperaba que el cementerio estuviera cerca.
Old Calton se encontraba a menos de veinte minutos de la residencia andando, un paseo que era más breve de noche, cuando nadie frecuentaba las calles.
Desde la nevada, el comportamiento de los ciudadanos de Edimburgo se podía calificar de imprevisible: se habían agolpado en las avenidas y absorbido hasta el último rincón de libertad solo para mantenerse a resguardo en sus casas días después.
Si alguien asesina a un borracho o a un mendigo, todos lo ven como parte de la vida.
Sin embargo, si es alguien de buena familia quien acaba muerto, creen que pueden ser los siguientes.
Aunque el toque de queda solo era obligatorio para los residentes en Teviot Place, la ciudad se había impuesto a sí misma casi las mismas normas.
No salir después de la puesta de sol y evitar ir a lugares solitarios.
La vida de los habitantes de Edimburgo había sido arrancada de sus manos por los asesinos, tan culpables de aquello como de las propias muertes.
Aunque nadie prestaba atención a los cementerios por la noche, Old Calton tenía una torre de vigilancia que daba la bienvenida al visitante del recinto: una fortaleza de piedra que simulaba una construcción medieval defensiva.
Bajo su mirada, Theodore se sintió intimidado, como si supiera con exactitud a qué habían ido allí aquella noche.
Aunque estaba vacía y nadie salió a su encuentro, él no pudo quitarse la sensación de que los estaba observando, a la espera de que dieran un paso en falso.
Arrastrar un cadáver entre dos personas era más sencillo que hacerlo uno solo.
Alphonso le había explicado lo fácil que era encontrar burdeles o casas de huéspedes que alquilaban habitaciones por horas por un precio ínfimo y no hacían preguntas.
Eran baratos, los había por toda la ciudad, y ocultar un muerto no era lo peor que sucedía entre aquellas paredes.
Incluso en bancarrota, Alphonso podía gastarse parte de lo que ganaba en lugares así, que hacían su trabajo más simple.
Theodore decidió dejar de escucharle, no quería saber nada más de aquello.
A pesar de ser también un cementerio antiguo, el recorrido en el interior de Old Calton era muy diferente del de Greyfriars.
Las lápidas estaban más juntas, casi apelotonadas, y había menos espacio para caminar.
Podían verse sin problemas los distintos niveles de construcción, incluso casi sin luz.
Tumbas antiguas, sepulcros nuevos, una gran ciudad de la muerte que se extendía ante ellos en la penumbra.
Y, por supuesto, también estaban las inscripciones.
Miraran donde mirasen, los grandes ojos huecos de la muerte parecían seguirlos.
Cráneos representados, cráneos con tibias, con o sin mandíbulas.
Estaban por todas partes, no había escapatoria.
—Las calaveras comenzaron a ser más frecuentes tras los ataques de los primeros ladrones, ¿lo sabías? —contó Alphonso a su compañero.
No susurraba ni cuidaba su tono de voz, sabía que nadie los oía, lo había hecho más veces.
—Sí, eso me han dicho.
—Es mucho más que iconografía, es una advertencia. «Molestad a los muertos y encontraréis vosotros también la muerte». Es poético.
—Es la realidad.
Había frustración en su respuesta, orientada a Alphonso, a la universidad, a todo lo que tenía una mínima relación con aquella pesadilla.
—No eres mejor que ellos —le acusó su compañero—. Estás aquí ignorando las advertencias por un motivo personal. Somos todos igual de malditos.
—¿Queda mucho para llegar? —le interrumpió.
—No. Las nuevas sepulturas están a tan solo unos metros de aquí, detrás del osario de la esquina. No tiene pérdida.
—De acuerdo. Espérame aquí.
Alphonso no podía creer sus palabras.
—¿Cómo?
—Quiero hacerlo yo solo —le explicó—. Regresaré con el cuerpo cuando acabe.
—¿Has perdido el juicio?
—Por todos los santos, Alphonso, déjame en paz. Sé lo que tengo que hacer.
Su amigo susurró algo en la línea de «Tú verás» y le indicó hacia dónde debía ir, sin tratar de detenerle ni convencerle de que había tenido una mala idea, y Theodore desapareció sin darle las gracias, no quería perder tiempo.
Desde su perspectiva, la mancha de tierra oscura se distinguía a la perfección del resto del terreno.
Una fosa húmeda donde tan solo unas horas antes habían introducido el cuerpo de Jane Doe, el nombre que había comenzado a usar para dirigirse a ella.
El mismo lugar del que Theodore tendría que sacarlo para llevárselo.
Todas las dudas que no había tenido en los últimos días le asaltaron sin piedad al encontrarse ante la sepultura, un espacio vacío en el que todavía no habían puesto ni la lápida.
Pensar en robar un cadáver y profanar el camposanto eran dos cosas muy diferentes.
Cuanto más tiempo pasaba en el cementerio menos comprendía cómo Alphonso pudo hacerlo con tanta facilidad.
No solo lo había realizado una vez, había sido capaz de permanecer con la cabeza alta incluso cuando Theodore le estaba interrogando sobre ello.
¿Se arrepentía? Quizá, pero lo volvería a hacer de nuevo para salvarse.
No jures que nunca matarás si todavía no has tenido ante ti la ocasión de acabar con la vida de alguien.
Su sentido de la moral había sufrido desperfectos en los últimos tiempos, pero aun así no se creía capaz de hacer nada peor que aquello.
Sin embargo, no sabía si lo había. Estudiaba la muerte porque entendía la importancia de lo que había tras ella.
Usar un cadáver que ni había tenido tiempo de descomponerse en beneficio de sus propios fines egoístas no podía justificarse, ¿verdad?
Era un buen médico, nadie le podría decir lo contrario.
No había terminado su formación y ya era más habilidoso que muchos de sus maestros.
Llegaría muy lejos, salvaría vidas y obtendría reconocimiento.
Todos los sacrificios que estaba haciendo eran para lograrlo.
Si atraía a Hughie Buckman a su trampa tendría la prueba que necesitaba para impedir que continuara.
De lo contrario, solo negaría la realidad y no tendría más remedio que entregarle.
No tenía opción. Ese cadáver era la respuesta a sus plegarias y la llave que requería para acceder al futuro que se merecía, por el que había trabajado desde que tenía memoria.
Así que, sin dudarlo, comenzó a cavar.
Se sentía extraño con la pala en las manos: el peso, la textura metálica, los bordes cortantes, todo era nuevo para él.
Nunca había trabajado en el campo ni había participado en reformas.
Descubría posturas nuevas a medida que se movía.
No sabía si lo estaba haciendo mal o bien, no importaba.
Debía sacar el cuerpo, le daba igual lesionarse por el esfuerzo.
Una muñeca dislocada y las extremidades doloridas eran un precio justo que pagar por el pecado que estaba cometiendo.
Se regocijaba en el dolor físico para acallar el malestar mental, en el sudor que recorría su espalda tras la camisa abotonada.
Trató de recordar una plegaria o una oración de perdón, pero no pudo.
Uno. Dos. Uno. Dos. Eso era todo. Theodore estaba tan absorto en sus movimientos que no fue consciente de que estaba llorando hasta que sintió el cuello de la camisa húmedo.
Las lágrimas caían por su rostro y podía saborear el regusto seco de la tierra en su boca.
Cada palada que daba le costaba más que la anterior.
No podía parar, no debía hacerlo. En cualquier momento alguien se acercaría y vería lo que estaba ejecutando.
Vería sus manos cubiertas de polvo y callos, su pantalón destrozado y su camisa mugrienta.
Nunca se había preguntado a cuánta profundidad debía enterrarse un cuerpo.
Eso no era un problema cuando se trataba de fosas comunes, se les echaba cal viva para acabar con la enfermedad que pudieran tener aquellos pobres diablos.
Pero un cuerpo normal era muy diferente.
Debía tener la profundidad suficiente para que las alimañas no pudieran alimentarse de su carne.
Debía ser profundo para cubrir la mortaja y el ataúd si el difunto o su familia podían permitírselo.
Aunque lo más importante era enterrarlo tan hondo que nadie pudiera desenterrarlo y aprovecharse del cuerpo muerto.
Todo estaba pensado para evitar que alguien como él llegase y profanara la tumba.
Se acordó de nuevo del sepulturero que lo cubrió de tierra tomándose tiempo para cumplir su trabajo y salvar su alma.
Se había esforzado en vano, ya nunca podría descansar en paz.
Se limpió las lágrimas con la manga cubierta de barro y se detuvo para respirar.
Había tocado algo blando con la punta de la pala.
Estaba enterrado en tierra fresca, solo a unas decenas de centímetros de la superficie.
Comprendió lo evidente: el robo de cuerpos solo funcionaba si se hacía de manera inmediata tras el funeral, cuando la hierba aún no había crecido y la tierra estaba aún removida.
Todo era una maquinaria perfecta que se había ido afinando desde que los primeros ladrones comenzaron a robar cadáveres.
Funcionaba porque otros ya lo habían hecho antes y habían mostrado a los que los siguieron cómo debía hacerse.
Era demasiado tarde para echarse atrás. Si nadie acudía a la cita que había programado, se darían cuenta de que algo pasaba y no le permitirían volver a intentarlo.
Solo tenía una oportunidad, tan solo una para hacerlo bien.
Era pronto para que amaneciera, pero al imaginarse la salida del sol sintió un terror primitivo.
La muerte es uno de los primeros miedos de la humanidad y allí, anhelando que la noche cubriera sus huellas, comprendió mejor que nunca el porqué.
Se permitió solo unos segundos para recuperar el aliento y siguió excavando, deseando que el día no le alcanzase profanando la tumba.