Los anatomistas Capítulo 51
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Capítulo 51

Chorea macchabaeorum

No existe nada más en el mundo que dolor, sufrimiento y la certeza de que la agonía está cerca.

Los pecadores esperan el juicio final conscientes de que serán castigados y los hombres píos rezan para haber hecho lo suficiente para ser perdonados.

La danza macabra los recibe a todos con los brazos abiertos, jóvenes, ancianos, reyes y plebeyos, y los obliga a bailar bajo el mismo son desordenado.

No pueden dejar de hacerlo, pues la música nunca se detiene.

Entrelazan las manos unos con otros, se sienten los unos a los otros, se aferran unos a otros para no perderse.

El baile de la muerte continúa hasta que el último quede en pie.

Ni el oro ni las joyas le salvan del final .

Theodore cerró el cuaderno sobre el que estaba trabajando y se cubrió la cara con las manos.

Si aquella era la forma que había encontrado para olvidar los sucesos del día anterior, poco le había ayudado.

Un hombre de ciencia tenía que ser diestro en las artes humanas, en eso estaba de acuerdo, pero se juró no volver a leer otro libro de historia hasta solucionar sus problemas.

No había dormido. Tras dar por terminada la conversación en Greyfriars regresó a la biblioteca y clavó su trasero en el mismo lugar donde horas antes había estado con Arthur.

Ni siquiera había intentado ir a la cama, no era necesario.

No quería hablar con su compañero, tampoco dejar que su subconsciente le condujera a revivir los horrores más profundos de su mente en sueños, ya había tenido suficiente.

Estaba en mitad de una disyuntiva. No obstante, no echaba en falta el descanso.

La sensación que se había apoderado de su cuerpo no era de cansancio, sino de desagrado.

No era capaz de recordar la última vez que no había sentido algo similar estando despierto.

Todas las personas que quería o admiraba parecían atrapadas en una gran broma pesada.

No quería dormir, no lo necesitaba. Tan solo quería alargar el momento de enfrentarse a los demonios que le acechaban, incluido a Alphonso.

Seguía sin creer que se tratara de un asesino, aunque eso no le hacía inocente de todos los cargos.

Si sacaba algo positivo de su incursión en el cementerio, era que tenía una forma de contactar con el asesino.

Sabía que Alphonso no le había mentido, si lo hubiera hecho, nada le impedía a él ir a las autoridades y ponerles sobre aviso de lo que estaba pasando delante de sus narices.

Uno de los libros que tenía tras él era la clave para descubrir de una vez por todas quién estaba involucrado en aquella siniestra locura, y no tenía ni idea de cuál era.

Su amigo le había pedido paciencia y tiempo para que no tomara decisiones demasiado impulsivas.

De haber tenido el nombre, aquella misma madrugada habría ido directo en busca de la solución, incluso sin un plan de ataque que le garantizase su seguridad.

No quería una reflexión, necesitaba actuar, pero Alphonso estaba en lo cierto: la paciencia era su máximo aliado en ese momento.

Solo quedaba esperar.

Las últimas veinticuatro horas habían sido tan largas que ni se había dado cuenta de que era sábado.

Los alumnos llegaron y se fueron de Teviot Place y su biblioteca, pero Theodore no se movió de la butaca en la que se encontraba.

Las luces y los colores estaban sobresaturados, las voces, las risas y las conversaciones solo eran una parte más del mobiliario.

El sudor de la noche anterior se había fundido con su piel y sus movimientos eran viscosos.

Era demasiado consciente de sí mismo y muy poco de lo que estaba sucediendo ante él.

Alguien le posó una mano en el hombro para llamar su atención.

—Alphonso me ha pedido que te avise, te está esperando en el patio del claustro —dijo Wheeler señalando la dirección con un dedo—. ¿Tenéis un club secreto al que no me habéis invitado?

—Sí, algo parecido. —Se mordió la lengua tratando de evitar comentar el hecho de que acabase de usar a su compañero de luto como paloma mensajera—. Gracias por avisarme.

—No hay de qué. ¿Te guardo sitio para comer?

Se había saltado el desayuno, pero seguía sin tener hambre.

—Mejor no, se me ha cortado el apetito.

—Como quieras. —La nueva serenidad de Wheeler había llegado acompañada de un aire de desapego que entristeció a Theodore, pero este era el mejor de los escenarios para él. Sufriría menos a la larga, no tendría tantas recaídas.

—Nos vemos después.

Una vez más, reprimió el impulso de ir a buscar a Arthur antes de encontrarse con Alphonso.

Le había evitado toda la mañana (y parte de la noche) porque no se atrevía a contarle el secreto con el que cargaba.

No era solo suyo, también le pertenecía a Alphonso.

Aunque su lealtad con él hubiera quedado destrozada, eso no significaba que quisiera humillarle.

Aun así, esperaba encontrarse con su compañero de habitación y que le hiciera preguntas.

Deseaba que le obligase a darle hasta el más nimio detalle y hablar de ello largo y tendido.

Aunque había tenido un golpe de suerte, no lo sentía como algo que celebrar.

Se culpaba de haber estado tan ciego, tendría que haberlo evitado.

—¿Lo tienes?

—Nunca rompo mis promesas.

En el centro del patio, apoyado en el tronco de uno de los árboles, Alphonso lo esperaba a solas.

—Tampoco estabas en la tesitura de arriesgarte a hacerlo, ¿no crees?

—No sé si estás intentando amenazarme, pero no me hace gracia alguna —siseó Alphonso por las comisuras de la boca.

—¿No? En eso podemos estar de acuerdo, no me siento cómodo desconfiando de un amigo. ¿Puedes dármelo, por favor? Me gustaría acabar con esto.

Hizo amago de dárselo, pero se arrepintió cuando el otro iba a cogerlo. El hilo de rigidez que había entre ambos se tensó aún más, los dos estaban esperando a que el otro diese la primera estocada.

—Antes de decirte nada —le advirtió Alphonso, manteniendo el pedazo de papel alejado del alcance de su amigo—, espero que recuerdes nuestro trato. No puede salir a relucir mi nombre en ningún momento. Lo prometiste.

—Mantente fuera de eso, Alphonso. Puedo jurarte que no desvelaré a nadie lo que has estado haciendo los últimos meses, pero tiene que terminar.

—Dejó escapar la actitud protectora propia de hermano mayor que tenía con el muchacho—.

Lárgate de la universidad si lo necesitas, me da igual.

No puedes seguir malgastando tu vida de esta forma.

Estás mejor lejos de Escocia que en la cárcel. Créeme.

—Tienes que prometérmelo —insistió—. Si de verdad están matando gente, dudo que se lo piensen dos veces antes de asesinar a quien los ha vendido. Puede que me merezca un castigo, pero no la muerte.

—Solo mantente alejado de todo y dame lo que acordamos.

—Extendió la mano para que Alphonso le diese la nota con el título del volumen—.

No te entrometas más. Te di mi palabra de que lo haría, el intercambio está hecho, no quiero saber más del tema.

Haré lo que crea conveniente sin involucrarte.

Pero te lo advierto: como vuelva a tener noticias de que estás recogiendo cadáveres de la calle otra vez, eres hombre muerto para mí.

—¿Estás seguro de lo que haces?

—Tú tomaste tu decisión y yo he tomado la mía. No quiero tener que justificarme ante ti ni discutir sobre ello. Ahora tengo que marcharme. Gracias por el título, desaparece de mi vista.

Alphonso no estaba molesto por la actitud de Theodore, ni siquiera dolido. Actuaba como un auténtico lunático con un razonamiento que lo justificaba. Quería detenerle, aunque su amigo no quería seguir escuchándole. Fuera como fuese, lo iba a hacer.

—Sé dónde conseguir un cadáver.

—¿Disculpa? —Theodore esperaba haber oído mal.

—Quieres atraerlos, ¿no es así? No lo conseguirás tan solo con una nota ni rezando una plegaria, necesitas que crean que es verdad. Necesitas robar un cuerpo y yo sé cómo conseguirlo.

—Espero que sea una broma.

—Si quieres tenderles una trampa no basta con esperar detrás de una columna a que alguien vaya, tienes que darles lo que quieren. Deja un cuerpo en la facultad, eso llamará su atención.

Si había algún sitio en la facultad donde se recolectaban cadáveres para trabajar con ellos, aquel era el lugar perfecto para organizar una cita con el asesino.

No necesitaría contratar a nadie para que se deshiciese del cuerpo, si ya se encontraba en el lugar exacto en el que se deshacía de los demás.

Además, tratándose de Hughie Buckman, nadie sospecharía si le viese manipulando un cuerpo dentro de los dominios de la facultad.

De hecho, sería la excusa perfecta si se trataba de cualquier otro profesor o alumno.

Delinquir a la vista de todos es mucho más sencillo que hacerlo de forma clandestina: nadie sospecha de quien no se esconde.

—¿Cómo sabes dónde conseguirlo? —Tenía muchas preguntas que hacerle sobre su papel en los robos, y esa era una de las más importantes.

—Estoy atento a los diarios y suelo escuchar a la gente.

Te sorprendería la cantidad de personas que hablan sobre los sepelios que ocurren a diario.

Podrías ir a cualquier cementerio y encontrarías tumbas recién cerradas, pero entonces conseguirías que te cogiesen antes de conseguir el dinero.

—Cuando hablaba no parecía un joven de veinte años, sino un maestro que hubiera dedicado toda su vida al arte del saqueo—.

Como te dije, la clave está en rotar los lugares de robo y dejar un tiempo prudencial entre tus actuaciones.

Tampoco es aconsejable ir a por los cuerpos de los que pueden pagar buenos entierros, esos se preocupan más de que se conserve aquello por lo que han pagado.

—¿Y vas a decirme dónde se llevará a cabo un entierro hoy?

—No, voy a ayudarte.

—¿Por qué? —se sorprendió Theodore.