Los anatomistas Capítulo 50
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Capítulo 50

Iter criminis

La niebla bajó hasta cubrir con una bruma densa el camposanto. Los ventanales de la George Heriot’s School reflejaban la luz de las lámparas del interior, como pequeñas estrellas que se perdían en el firmamento del cementerio, demasiado alejados para que nadie pudiese verlos.

—Tienes que creerme. —Alphonso se había situado a una distancia prudente de su amigo, que le observaba como un carnívoro a su presa—. Sé que pedirte ahora mismo que confíes en mí es exigir demasiado, pero te he contado toda la verdad. No gano nada ocultándote lo que he hecho.

—Evitar que la gente sepa que eres un asesino.

—¡Me enteré de que alguien estaba asesinando a personas de la calle al mismo tiempo que todos los demás!

Ni siquiera es necesario matar a alguien para conseguir cuerpos, hay muchas más opciones.

Solo hace falta tener paciencia en una ciudad como esta en la que vivimos.

Hay cientos de hombres y mujeres malviviendo en la pobreza.

¡Matar no es necesario! La universidad paga mucho más si los cadáveres no tienen imperfecciones visibles, por eso la mayoría de las veces voy a los cementerios.

—¿Tenéis un rango de precios establecido? ¿Toda esa información la obtuviste solo con una carta? ¿Has seguido en contacto con ellos?

Alphonso no era capaz de hacerse a la idea de lo que implicaba en realidad lo que le estaba contando a Theodore. Abrió de nuevo su abrigo y sacó de él la bolsa con las monedas. Un recorte de papel sobresalía de ella.

—Como te he dicho, este trabajo lo conseguí a través de un compañero de clase cuyo nombre no necesitas saber.

La nota es mía, la dejo en un volumen específico de la biblioteca, concretando el día y la hora en que tendré un cuerpo para ellos.

Muchas veces ni siquiera viene alguien en persona a llevárselo, pero el dinero siempre me acaba llegando. No ha fallado ni una sola vez.

—Tiene que ser una broma.

—No tengo muchas ganas de echarme a reír ahora mismo —replicó Alphonso.

—¿Todo esto ocurre en Teviot Place? —El muchacho respondió afirmativamente a la pregunta con un simple gesto de la cabeza—. ¿Qué volumen es?

—Te estás desviando de lo importante. ¿Quieres que te cuente lo que sé sobre los asesinatos o prefieres ir a entregarme ahora mismo?

La actitud desafiante de Alphonso le dolió tanto como un golpe en el estómago. Era él el que se estaba enfrentando a la cárcel de por vida, no Theodore. El joven de ojos azules tomó el silencio de este como una invitación para que continuase hablando.

—Me enteré al mismo tiempo que todos los demás, sí, pero yo tenía más información que ninguno, incluso que tú.

Todas las veces que, como esta noche, alguien venía a recibir el paquete en persona me preguntaba si me interesaba ganar más dinero.

—Contempló el lugar donde solo unos minutos antes se había detenido el coche de caballos—.

De conversaciones breves sin apenas dirigirnos la palabra pasamos a peticiones que nunca había escuchado en los últimos meses.

No parecía algo de qué preocuparse, hasta que empecé a oír lo que hablabais entre vosotros.

Cuerpos que llegaban y no volvían al cementerio, prostitutas asesinadas…

Todo encajaba con la demanda de nuevos trabajos que recibía, aunque poco tenía que ver con la normalidad del negocio.

—¿A qué te refieres?

—Hay un nuevo comprador, alguien que no está tan interesado en conseguir cuerpos como en colocarlos.

Theodore sopesó las palabras de su amigo mientras trataba de encajar la información que tenía con la que él le daba.

¿Era el nuevo comprador el mismo que realizaba disecciones clandestinas?

¿Por qué pagaba a alguien para que efectuara lo que estaba claro que podía hacer él mismo?

Si se trataba del profesor Buckman no tendría ningún problema en fingir que ya formaban parte de la universidad, ¿no?

A no ser que tuviera miedo de que alguno de sus compañeros pudiera destapar lo que estaba haciendo.

Ambas posibilidades podían convivir a la perfección, ninguna era una prueba clara de que su tutor no estuviera metido en los asesinatos.

—¿Qué suele suceder con los cadáveres? ¿Has visto alguno en la facultad? —Temía hacer la pregunta, aunque ya estuviera seguro de la respuesta.

—Sí. En varias ocasiones.

¿Era pena lo que Theodore veía en él o solo estaba buscando la humanidad que le quedaba a su amigo?

Todos los caminos acababan siempre en el mismo lugar: la Universidad de Edimburgo.

—¿Y los cuerpos? —Theodore tuvo en cuenta lo que sí sabía: muchos de los cuerpos habían sido hallados por las autoridades, pero estaba convencido de que otros se habían introducido de una manera u otra en el hospital y la facultad—. ¿Alguna vez aceptaste el trabajo de moverlos?

—Solo una vez. Después de aquello opté por no hacerlo nunca más. Prefiero desenterrar cadáveres a volver a vivir lo que sucedió.

—¿Cuándo?

El amago de una sonrisa apareció en su rostro por un breve momento.

—El cadáver del pasillo de la facultad fue culpa mía.

—Una expresión de sorpresa sincera salió de la boca de Theodore—.

Fui idiota y creí que no habría mucha gente a aquellas horas.

No estaba errado del todo. En realidad, lo habría conseguido con bastante facilidad si no fuera por…

—La voz se cortó en su garganta, como si estuviera a punto de ahogarse.

—¿Alphonso? —Dejándose llevar por un impulso, se acercó a él y le puso una mano en el hombro. Por un solo instante casi olvidó el desagrado que le producía su amigo después de conocer la verdad.

—No sé qué le había ocurrido, pero estaba completamente destrozado.

—También la explicación se le atoraba—. Le habían rajado todo el costado e incluso yo podía ver que faltaban órganos en su interior.

Estaba cosido de manera burda y las puntadas se deshicieron mientras lo arrastraba.

¿Eres consciente de lo que pesa un cuerpo muerto?

Pese a los meses que llevo ayudando al negocio nunca podré acostumbrarme.

Solo podía arrastrarle de los brazos y lo único que conseguí fue empeorar las cosas.

No había recorrido ni la mitad del camino cuando oí voces y me quedé helado.

Estaba cubierto de flujos, de sangre, fue demasiado para mí.

Así que lo dejé allí. Soy un completo imbécil.

Por su mente pasó la imagen de Alphonso arrastrando un cuerpo gelatinoso, demasiado grande para él, que se le escapaba de las manos. Arthur estuvo presente cuando se descubrió el cadáver en el pasillo, no él, pero solo con escuchar a su amigo había bastado.

También había sido suficiente esa confesión para que Theodore estuviera seguro de que Alphonso no era el asesino.

La repulsión que sentía hacia el cuerpo corrupto parecía sincera.

De haberse tratado de él, no habría sido necesario comentar que alguien había abierto aquel cadáver.

No era una gran prueba, pero sí la que necesitaba.

Nada de lo que le había confesado le volvía menos culpable, pero sí le sacaba de sus sospechas.

Aunque tal vez estaba engañándole como había estado haciendo los últimos meses, no podía saberlo.

Decidió que, por esa vez, creería que le estaba diciendo la verdad, a pesar de que solo fuera en parte.

—¿Tienes constancia de que se dejaran más cuerpos dentro de la universidad?

—Me lo preguntas, pero sé que conoces la respuesta —se aventuró Alphonso, acertando de lleno—. Tú también los has visto. Sabes que alguien está intentando deshacerse de ellos en la facultad, si no, no me habrías acusado de lo que ocurrió con Davinia. Sabes que está relacionado con su muerte.

—¿Le has contado a Wheeler algo de esto?

—No, claro que no. No habría aguantado la necesidad de contárselo a alguien. Tú y Arthur lo habríais sabido antes de que hubiese cobrado la primera vez, y tenéis muchas más agallas que él, habríais hablado con la policía.

—En eso estamos de acuerdo. Lo de la Mansion Home… ¿fue cosa tuya?

Alphonso mostró interés en la pregunta.

—¿Formaba parte de tu plan para evitar que Wheeler siguiera rondando las calles y pudiera averiguar lo que estabas haciendo? —continuó Theodore.

—No tuve nada que ver con eso. —Volvía a sonar sincero—. Me sorprendí como el que más cuando narró lo que sucedió allí dentro. Eso también te lo puedo prometer.

Theodore había dejado que todas sus defensas cayeran y se desplomó en el suelo con ellas.

La humedad del césped le mantuvo despierto y alerta.

Alphonso se atrevió a acercarse. Una parte de él no había abandonado la casa de madame Home ni tampoco su juego.

Deseaba que su amigo le confesara que lo que habían experimentado aquella noche no era más que un truco barato en el que él había contribuido, pero no lo hizo.

—¿Qué te hace pensar que no lo haré ahora?

Alphonso no comprendía lo que Theodore trataba de insinuarle.

—¿Cómo puedes estar convencido de que no saldré de Greyfriars ahora para ir directo a la policía y hacer que te detengan por los delitos que has cometido? —inquirió de nuevo Theodore.

—Porque sé que tienes miedo de lo que pueda pasar. Aún hay un asesino suelto y los dos sabemos que está vinculado de alguna forma con la universidad.

—Si sabes algo más, tienes que decírmelo. —Aunque le miraba desde el suelo, ejercía un poder sobre él que no podía explicar—. Alphonso, necesito saberlo. Todo.

—Te he contado lo que importa, el resto de los detalles son irrelevantes. No sé quién está matando y dejando cadáveres por toda la ciudad, tienes mi palabra. Sabes que podría usar su nombre para librarme de la cárcel y la humillación, así que no tengo razones para mentirte ahora mismo.

—Lo sé. ¡Lo sé!

Theodore había vuelto a elevar la voz. Con cada palabra de Alphonso se le hacía más difícil seguir allí, permanecer inmóvil.

Ni siquiera estaba seguro de lo que quería ni de lo que esperaba de aquella conversación.

¿Volver a confiar en su amigo? Aunque fuese inocente, no sabía si podría mirarle a la cara en mucho tiempo.

¿Que le despejase sus dudas sobre Hughie Buckman?

Estaba claro que no lo había hecho. ¿Necesitaba que le diese una razón para dejarlo?

Alphonso no sabía cómo de cerca el robo de cuerpos le afectaba y no le iba a dar la satisfacción de dejar que lo supiera.

Si él se guardaba parte de la información para protegerse, Theodore también lo haría.

Sentía pinchazos a lo largo de su columna.

La primera vértebra cervical se llama «atlas», como el titán de la mitología griega.

Atlas sostenía el mundo y el hueso sujeta el cráneo.

Sin él, los humanos no podrían mantenerse en pie ni sobrevivir siquiera.

Pensó en la etimología para calmarse, pero no pudo evitar sentirse identificado con la condena de la criatura clásica: él no había decidido inmiscuirse en aquello, era evidente que le quedaba grande.

Así que tenía dos opciones: seguir cargando con el peso del universo o dejar que se desmoronara junto a él.

Volvió a levantarse, concentrado en su cuerpo entumecido. Maldiciendo el instante en el que decidió seguir aquella figura fuera de las paredes de Teviot Place.

—Dime cuál es el volumen de la biblioteca en el que dejas los mensajes —exigió—. No iré a la policía aún. Solo necesito respuestas y tú me las vas a dar.

—Con una condición.

Theodore pensó que el muchacho no estaba en condiciones de pedir nada, pero tampoco tenía más remedio que escucharle.

—¿Cuál?

—Que me dejes fuera de lo que estés pensando hacer.

El azabache de los ojos de Theodore pareció centellear en mitad del campo de lápidas.

—Trato hecho.