Los anatomistas Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

—¡Sigues sin comprender nada, Thorebourne!

—Levantó tanto la voz que no dudó de que estaba perturbando el sueño eterno de todos los sepultados de su alrededor—.

Puede que mi padre tenga problemas, pero eso no tiene nada que ver con lo que me ha hecho.

Tiene dinero para mantenerse y para seguir pagando la universidad hasta que los negocios vuelvan a retomar el ritmo habitual, aun así, no quiere hacerlo.

Es una manera de castigarme... Nunca debí pensar que abandonaría para siempre sus pretensiones sobre Medicina, soy un necio. Todo esto me lo he buscado yo mismo.

—No lo comprendo.

El azul gélido de su mirada brilló incluso en medio de la noche cerrada en la inmensidad del cementerio.

—A mi familia le habría encantado tener un hijo como el magnífico Theodore Thorebourne, ¿sabes?

—La burla en su voz sonaba tan antinatural como los gritos en el interior de la Mansion Home—.

Nada de esto habría sucedido si mi sueño fuese ser médico.

Mi padre jamás me habría dejado a mi suerte si estuviera criando a un gran doctor.

Nunca habría aceptado otra cosa, pero esperaba que el hecho de estar rodeado de médicos, estudiando con vosotros, siendo vuestro amigo, fuese suficiente para hacerme cambiar de opinión y que decidiese dedicarme a la anatomía.

Dudo incluso de que sean ciertos los problemas de los que habla.

No ha podido aguantarlo más, necesitaba darme una lección y lo ha conseguido.

Aunque comprendía su historia, Theodore estaba lejos de sentir compasión por él. No importaba lo mal que lo hubiera pasado o el trato deficiente que recibiera de su familia, nada justificaba los crímenes que había cometido.

—¿Tener una vida de mierda te da la potestad de arrebatársela a otros? ¿Es así como funciona? ¿Ley del talión, ojo por ojo?

—No he asesinado a nadie, ¿cuántas veces necesitas que lo repita para comprenderlo de una vez? Yo soy un simple mensajero, no hago el trabajo sucio.

—Un mensajero que roba cuerpos del cementerio.

—Sí —admitió—. Aunque robar está muy lejos de asesinar. Yo solo me mancho las manos, recibo el dinero y me voy. Te juro por Dios que no he matado a nadie, no me ha hecho falta.

—Explícate, entonces. Es evidente que lo que está pasando tiene algo que ver con lo que llevas meses haciendo. Cuéntame lo que sabes.

Lejos de ser una petición, era una orden.

Alphonso tomó una bocanada de aire que soltó poco a poco, para regresar después a su estado de calma normal, en el que jamás habría tratado a Theodore de aquella manera.

—Vuelvo a repetirlo: no he matado a nadie.

Solo me encargo de mover los cuerpos. —No había rastro de culpa en su voz, se estaba defendiendo—.

El año pasado, cuando comencé la universidad, me ocurrió lo mismo que a todos los alumnos de fuera de Escocia: me obsesioné con la historia de los ladrones de cadáveres.

La noticia llegó a Londres, pero yo ni siquiera había nacido, así que toda la información que tenía estaba sesgada por los años y por el escrutinio público.

Por lo que a mi respectaba, podía haber sido una mentira orquestada para hacer quedar mal a la Universidad de Edimburgo, que estaba adquiriendo relevancia, aunque pronto confirmé que era todo cierto.

Hace décadas alguien estuvo robando cadáveres de los cementerios y vendiéndoselos a las facultades para hacer negocio con ellos.

Alphonso recostó su peso contra la pared en la que había nichos verticales.

—Al principio era simple curiosidad —continuó diciendo—.

Nunca he tenido el sueño de seguir sus pasos ni nada similar, mi fascinación no tenía nada que ver con eso.

Poco a poco comencé a oír rumores, conversaciones.

Los alumnos de Veterinaria sabemos mucho más de lo que sucede en las aulas de Medicina de lo que creéis.

Los cuerpos robados iban apareciendo tan a cuentagotas que puede que ni tú te hayas dado cuenta de lo que estaba sucediendo delante de tus narices.

Los médicos solo pensáis en el trabajo, sin cuestionar de dónde vienen los muertos.

Nosotros no. Los veterinarios vemos que disponéis de más material, mejores instalaciones, cosas que no deberían entrar en el presupuesto de la universidad, pero están…

Sabíamos que la compraventa de cadáveres no había parado, solo se había transformado en la clandestinidad.

—El graznido de un ave rompió la pausa que hizo y Alphonso contempló con recelo el cielo—.

Un comentario, un susurro, una broma, un amigo que conoce a un amigo con un primo que está dentro…

Es fácil saber cómo funciona el resto. Antes de darme cuenta alguien le había dado mi nombre a un tercero o un cuarto y recibí una carta en la que me hacían una propuesta. No lo pensé mucho antes de aceptar.

—Santo Dios.

Si la mitad de lo que acababa de confesar Alphonso era cierto, eso significaba que él había vivido a espaldas de la realidad mucho más tiempo del que pensaba.

Sabía que al menos algo era cierto: los alumnos de Medicina tenían acceso a más material que sus compañeros de Veterinaria, aunque fuera más sencillo conseguir animales sin vida que humanos.

Theodore lo había achacado a una percepción o a un fallo en los presupuestos, aunque admitía que la diferencia resultaba evidente.

En su cabeza, la posibilidad de que el tráfico de cuerpos se hubiera mantenido en el tiempo no resultaba novedosa, aunque esa sensación cambió de forma radical al escuchárselo decir a Alphonso.

Se sentía culpable por haber arrastrado a Arthur a todo lo que estaba sucediendo, pero era evidente que tenía que haber mucha más gente implicada.

Theodore no se sentía mejor que Alphonso en ese momento, los dos habían actuado de manera egoísta. Él había mentido para proteger a su profesor, su amigo lo había hecho para sobrevivir.

—Aun así, no creo que fuese casualidad que la carta me llegase a mí y no a cualquier otro.

—Una vez que hubo comenzado, le resultó complicado parar—.

¿Alguien sabía que había estado leyendo sobre ellos?

¿Controlan los volúmenes que entran y salen de la biblioteca?

No lo sé, pero ahí estaba yo, con nada más que una nota, una dirección y una pala que compré lejos del centro por temor a que alguien me reconociese.

—¿Cómo lo hacen? —Theodore decidió que iba a sacar toda la información que pudiese—. ¿Cómo estás seguro de que te van a pagar?

—Va cambiando. La primera vez que lo hice estaba seguro de que se trataba de una broma de mal gusto, pero cuando llevé el cuerpo al punto acordado alguien estaba esperándome con el dinero en mano.

—¿Y si llegas a quedarte sin cuerpos?

—No hay posibilidad de que eso pueda ser un problema.

Quizá desde tu perspectiva, al estar tan cerca de los cuerpos, has creído que pasa con más frecuencia de la que en realidad ocurre.

No se necesitan cadáveres todas las semanas, mucho menos todos los días, y sé que no soy el único alumno que trabaja en esto.

Evitamos en la medida de lo posible ir siempre al mismo cementerio, aunque eso es lo más sencillo.

Decenas de personas se entierran en Edimburgo a diario y la inmensa mayoría de las veces no se realizan autopsias.

Son cuerpos perfectos de los que la gente se olvida cuando están bajo tierra.

Que desaparezca un cuerpo de vez en cuando no es motivo suficiente para que lo consideren una verdadera tragedia pública.

—Imagino que la época de la nieve fue el mejor momento de vuestra vida —inquirió Theodore, con sorna.

—Fue un alivio poder patear las calles y no los cementerios, sí, pero bajo ningún concepto le hice daño a ninguna de esas pobres personas. La mayoría de ellas fallecieron a causa del tiempo.

—Bueno, está claro que no todas.

Como tantas veces en los días anteriores, el futuro médico pensó en la mujer de la abadía Holyrood y en todas las demás víctimas de apuñalamiento que habían fallecido en mitad de la nevada.

—La noche que nos encontramos —explicó Theodore apartándose de él de nuevo—. El día que me contaste lo de Wheeler. No le estabas siguiendo, ¿verdad? Sabías dónde estaba.

—En los días que siguieron al asesinato de Davinia no volví a moverme.

Tenía miedo de que la seguridad fuese lo suficiente observadora para ver lo que yo estaba haciendo, así que decidí esperar.

No pensaba que Wheeler comenzase a meterse en líos tan pronto y más de una vez coincidimos en la calle, pero ni siquiera reparó en mí.

Estaba ido, sí, aunque aquello no duraría mucho tiempo.

Necesitaba mantenerle lejos de mí, sacarle de la calle.

Entonces llegaste tú y creí que mis días de ladrón habían acabado, hasta que comprendí que podías serme útil.

—El arrepentimiento podía leerse en su azorada cara, incluso en la oscuridad—.

Pensé que era lo mejor para ambos evitar que os inmiscuyeseis en un tema así.

Por encima de todo nunca he querido que esto os afectase a ninguno de vosotros.

—Es tarde para eso. —A pesar de la brisa que atravesaba su desabrochada gabardina, tenía calor, un calor insoportable—.

¿Quién crees que ha tenido que ver cómo pasaban todos los cuerpos delante de sus narices?

¿Quién es el que se ha sentado todos los días contigo sin saber que eras el culpable del problema que le estaba consumiendo?

Deberías haber dicho algo, habría sido mucho más sencillo.

Ahora no estaría delante de un vulgar criminal.

—Todo lo que hice aquella noche fue por el bien de ambos.

Sabía que no querrías continuar vagando por la calle después de enterarte de los planes de Wheeler, y él no seguiría insistiendo con las malas compañías después de que alguien se ofreciese a ir con él a invocar a los muertos.

Era perfecto. Y funcionó, estaba convencido de que saldría bien.

La rabia de Theodore se había convertido en furia, y esta había pasado a ser un delirio febril.

—No tienes respeto por nada, ¿verdad? Sé que estáis detrás de la muerte de Davinia.

Puede que no hayas empuñado tú el cuchillo, pero está claro que fue asesinada por esta locura en la que has decidido embarcarte.

¿Y aun así te atreves a mirar a Wheeler a la cara?

Si su novia está muerta es también por tu culpa.

Notaba los brazos doloridos y el lugar donde la rama había rozado su cara le escocía.

Todos sus sentidos estaban alerta, atento a lo que pudiera hacer Alphonso.

El joven le aguantaba la mirada, firme y cauto, consciente de lo que su amigo insinuaba.

Theodore no iba a dejarle tranquilo. Estaba dispuesto a arrastrarle al calabozo con sus propias manos, si eso le permitía desvelar lo que ocurría.

No estaba seguro de por qué se esforzaba en seguir tratando de hacerle entrar en razón. Era inútil.

—Hay más cosas que no sabes.

Alphonso bajó la voz hasta convertirla en un murmullo casi imperceptible.

De nuevo, una gran ave negra sobrevoló por encima de sus cabezas, llevando consigo una advertencia para quien pudiera escucharla.

—Entonces, cuéntamelas.