Capítulo 49
Hic iacet
La figura se desplazó rauda por los pasillos hasta perderse al salir de Teviot Place.
Theodore no estaba seguro de que lo hubiera visto, y se había mantenido en silencio todo el rato.
Oyó el ruido de la puerta al cerrarse, pero no el sonido metálico de la llave en la cerradura, y se apresuró a ir tras ella.
Se notaba las pulsaciones en la garganta cuando se asomó a la puerta y seguía sintiéndolas cuando se cerró tras él.
Su corazón bombeaba con tanta fuerza que ensordecía todos sus pensamientos.
La parte de él que creía que era Wheeler escapándose de nuevo desapareció cuando vio a donde se dirigía.
Aunque el desconocido iba con paso ligero, no le hacía falta seguirle de cerca para alcanzarle.
La figura giró por la calle Forrest y, siguiendo una corazonada, Theodore tomó la calle George IV Bridge, adyacente a la misma, hasta llegar a las puertas del cementerio Greyfriars.
El camposanto estaba tan cerca de la residencia que era difícil escapar a su presencia, incluso al mirar por la ventana.
Siendo sincero, Theodore sabía que tomando aquella dirección había una multitud de destinos que no pasaban por el cementerio.
Sin embargo, la actitud evasiva del residente de Teviot Place no le había pasado desapercibida.
«Nadie se salta el toque de queda y se arriesga a una expulsión si no tiene un buen motivo para hacerlo, ¿verdad?
». Se lo repitió varias veces hasta que estuvo convencido de sus propias palabras, mientras aguardaba tras las puertas del Greyfriars.
No había movimiento tras los muros, ni siquiera en las inmediaciones de la George Heriot’s School, una academia con la que compartía el espacio.
Tan solo se oía el viento arrancando las hojas de los árboles que cubrían el terreno junto a las lápidas.
Como el resto de Auld Toun, todos los edificios, criptas y panteones estaban construidos en estilo gótico y neogótico, con piedra oscura en sus paredes.
A pesar de que sabía que se trataba de un cementerio del siglo XVI , los nichos y las tumbas situados junto a la entrada eran modernos.
No sabía si había llegado tarde o demasiado pronto. Existía la posibilidad de que se hubiera equivocado, pero Theodore decidió ignorarla, de modo que se adentró en Greyfriars, deseando que nadie siguiera sus pasos.
Anduvo al menos unos diez minutos, enseguida perdió la noción del tiempo y el espacio.
Las lápidas aparecían y desaparecían ante él sin que fuera capaz de reconocerlas.
Aunque aquel era uno de los cementerios más cercanos al Royal Infirmary, el osario donde enterraban los cuerpos que dejaban de serles útiles no estaba en aquella parte del camposanto, así que Theodore nunca había estado allí a la luz del día.
No conocía el camino y mucho menos sabía con exactitud adónde quería llegar. Hasta que oyó las voces.
La respiración nerviosa de un caballo fue lo primero que le llamó la atención, después vio a los hombres.
Los dos equinos pastaban hierba, ignorantes de lo que ocurría detrás de ellos.
Un individuo de espalda ancha sostenía un pesado fardo sobre el hombro, envuelto en una mortaja de color tierra.
Incluso desde allí, oculto en la semioscuridad de la noche, Theodore reconoció la mano del cadáver que se escapaba entre los pliegues.
Con el corazón en la garganta, se ocultó tras la pared de una cripta, esperando que la luna no reflejara su sombra.
Al oír el sonido de unas monedas, un escalofrío le recorrió la espalda desde la nuca.
Aun así siguió mirando lo que ocurría. El cuerpo ya estaba en el coche y un desconocido forcejeaba para estabilizarlo sobre el asiento, mientras la segunda figura, la que había abandonado Teviot Place, guardaba en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta el dinero que acababa de recibir.
Estaba tan cerca de ellos que tuvo que controlarse para no salir de su escondite y reventar su cara a puñetazos.
¿Era ahí donde ocurrían los intercambios?
¿Era posible que todo sucediera a tan solo unos metros de la residencia?
Un simple paseo nocturno podía haberlo llevado a pillarlos en plena transacción.
La gente evitaba el camposanto, no había un lugar mejor para conseguir cadáveres que vender y sin peligro de que alguien los molestara mientras lo hacían.
Estaba claro que el que había recibido el dinero, quienquiera que fuera, vivía en Teviot Place.
No iba a dejar que se escapara. Aguardó unos instantes a que el coche se alejara.
En él solo iban el conductor, que no había bajado, y el comprador, que no parecía un hombre de muchas palabras.
No había visto su rostro, pero era tarde para perseguirlo.
Ese cuerpo acabaría en sus manos de todos modos, y no podía echarse a la carrera y esperar una explicación de quienes huían en un vehículo en marcha.
Si tenía que ir a por alguien, iría a por el que se había quedado solo.
Se atrevió a deslizar la cabeza por el borde de la pared que le ocultaba. El desconocido de la residencia miraba al cielo, impune, ajeno a todo.
Aprovechó su posición privilegiada para correr cuanto su cuerpo le permitía y se acercó a él.
Antes de que el desconocido se diera cuenta de lo que sucedía, Theodore se tiró caer sobre él y lo derribó.
Sin tiempo a reaccionar, el cuerpo esbelto del asaltado cayó con gracilidad al suelo.
Allí, en medio de la confusión, le arrancó el pañuelo que le cubría la cara y unos grandes ojos azules que había visto tantas veces que podría reconocer en cualquier parte quedaron al descubierto.
—No, no, no, no, no, no, no. —Desesperado, Theodore se apartó del joven, evitando que alguna parte de sus cuerpos se tocasen—. No puede ser. Dime que es una broma.
Un quejido ahogado salió del cuerpo de Alphonso, que trató de ponerse en pie sin perder la compostura.
—¡Puedo explicártelo, te lo juro!
—¡No! —Un crujido inundó la noche cuando el puño de Theodore chocó con el pómulo de su amigo. Un fino hilo de sangre le recorría la mejilla y se deslizaba hasta el suelo—. Ni se te ocurra acercarte a mí. La siguiente será mucho más fuerte si te atreves a hacerlo. ¡Eres un maldito asesino!
—Te equivocas, Theodore. —Una calma sobrehumana se apoderó de Alphonso—. No hables de lo que no sabes.
—¿Miraste a la cara a Wheeler y le hiciste sentirse como una persona horrible mientras que tú estabas aquí fuera asesinando gente?
Eres un verdadero hipócrita. ¡Te defendí!
Nos tenías completamente engañados. ¿Te ofendió que hablase de prostitutas y mendigos como si no fueran nada y tú los estabas matando?
—¡Cierra la boca y escúchame! No tienes ni idea de lo que está pasando.
—Presionó con tanta fuerza su brazo que Theodore llegó a creer que podría rompérselo.
No reconocía a la persona que tenía delante, aunque se pareciera a Alphonso, no podía ser él—.
¿Es eso de verdad lo que piensas de mí? ¿Crees que soy yo el que está asesinando a putas y mendigos estos últimos meses?
Hazle caso a la parte racional de tu cabeza que te está diciendo que eres un imbécil.
—Pero… ¡te he visto! —Le estaba mintiendo a la cara, sabía que sus ojos no le engañaban.
No importaba que estuvieran a oscuras, nada de aquello podía malinterpretarse—.
Has aceptado dinero de ese hombre, estás cubierto de barro y estoy bastante convencido de que lo que se ha llevado en ese coche no son las hortalizas que has recolectado en el huerto.
¿Cómo lo puedes negar? ¡Has perdido por completo la cabeza!
—¡Lo que he perdido es la financiación, Theodore! Tú no lo entiendes. ¡No sabes nada! No eres más que un niño de papá que no ha tenido que preocuparse por nada ni un solo día de su vida. Eres el alumno perfecto, el hijo perfecto… Yo no tengo nada.
Tras un grito desesperado, las lágrimas comenzaron a cubrir la cara de Alphonso.
—¿De qué estás hablando? —Una punzada de dolor le atravesó más y más las sienes, a medida que la adrenalina abandonaba su cuerpo.
—No puedo permitirme seguir en la universidad. Mi familia está en bancarrota, no puede continuar pagando mi educación, y mucho menos puedo vivir aquí. ¡Tenía que hacer algo! ¿No lo entiendes? No puedo volverme a Inglaterra y darlo todo por perdido.
Esa noticia le desconcertó tanto como conocer que Alphonso estaba detrás de aquello.
Su compañero de residencia venía de uno de los barrios más ricos de Londres y era de tan buena familia como todos los demás estudiantes de la Universidad de Edimburgo.
Nada en él les había hecho pensar en ningún momento que tenía problemas para mantener su nivel de vida.
Aunque tampoco sabía que estaba metido en el robo de cuerpos.
—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? —preguntó con apatía.
—Poco después de comenzar el curso mi madre me mandó una carta urgente, en la que evitaba contar los detalles.
Lo único que sé es que las fábricas de mi padre han sufrido pérdidas y han tenido que recortar personal y beneficios.
Mi familia tiene ahorros para sobrevivir hasta recuperarse, pero yo no entro en sus planes.
He tenido que ganarme la vida como he podido.
—¿Ganarte la vida? ¡Se me ocurre un millar de formas más honradas de conseguir dinero!
Podrías incluso habérnoslo pedido a cualquiera de nosotros, te lo habríamos prestado de buena gana y sin preguntas.
Y si para ti el orgullo era más importante que salvar el culo, podrías haber interrumpido los estudios durante un año y haber ayudado a tu familia.
La universidad te habría acogido con los brazos abiertos cuando hubieras ahorrado lo suficiente…