Los anatomistas Capítulo 48
83%

Capítulo 48

Acta, non verba

La sensación de calma que se había apoderado del cuerpo de Theodore le resultó ajena, como si no fuera él quien la sentía.

Alguien con tan solo el mínimo conocimiento de anatomía patológica que hubiera observado el cuerpo habría visto que estaba mintiendo y habría acabado con su reputación mucho antes de que la policía atrapase a Hughie Buckman.

Algo se había apoderado de él, el espíritu del embustero en el que se había convertido.

Sin embargo, no tenía miedo. Tampoco se arrepentía de su decisión.

Había tenido el poder en sus manos, había sentido el control y saboreado el dominio de su vida.

Por una vez, las malas decisiones le definían tanto como las buenas.

Había conseguido darle la vuelta a todo a su gusto, antes de que las cosas empeoraran de nuevo.

No se había quedado de brazos cruzados a la espera de que alguien le diera el cadáver perfecto en bandeja, sino que se había deshecho de lo que le estorbaba. Así que sentía tranquilidad.

Y le habían creído. No solo había contado una mentira, también había colado.

Tenía la suficiente autoridad para resultar convincente, y nadie había pedido una segunda opinión para contrastarla con la suya.

Theodore Thorebourne era alguien, no solo un simple ayudante.

Podía manipular el presente para asegurarse un futuro.

Ningún maldito asesinato se lo impediría, ni uno solo. Fuera quien fuese el culpable.

Había observado cómo se llevaban el cadáver de vuelta al cementerio, sin despegar la vista de él. Una sensación de pura euforia se había apoderado de cada palmo de su cuerpo, transformada luego en serenidad absoluta.

No lo dudaba.

Volvería a hacerlo de nuevo.

Este efecto perduró mientras regresaba a la residencia, poco antes de que comenzase el toque de queda.

La noche caía tan rápido que era fácil perder la noción del tiempo y de la realidad, cuando todas las horas se asemejaban entre sí.

No obstante, la ausencia del barullo habitual de Teviot Place era más que suficiente para saber que era tarde.

La chimenea se había convertido en un montón de ascuas que luchaban por mantenerse prendidas en un mar de ceniza.

Las cuatro paredes de la biblioteca rezumaban el aroma suave del pergamino y la humedad del ambiente, y solo se oía el sonido de una pluma al rasgar el papel.

Podía haberse ido a la cama, pero Theodore sabía que su única oportunidad de dar con Arthur era aquella. Si no estaba en la biblioteca, sería difícil encontrarlo en otro lado. No se equivocaba.

Sentado a su mesa habitual, estaba enfrascado en la lectura de un manual, ensimismado.

No le habría sorprendido en absoluto a Theodore que ni siquiera se hubiera dado cuenta de que estaba solo y que los habitantes de la residencia se habían ido ya hacía rato a dormir.

Estaba tan absorto que el crujido del suelo de madera bajo el peso de su amigo le asustó y se incorporó al acercarse.

Cerró con tanta fuerza el volumen que tenía en las manos que las hojas se tambalearon en el lomo.

—Estás aquí. —Theodore dejó el abrigo en el respaldo de una butaca vacía a la derecha de Arthur—. Te he estado buscando.

—Pues aquí me tienes. ¿Para qué me buscabas? ¿Tenías algo que decirme?

—No. —Se le pasó por la cabeza una infinidad de cosas que quería contarle: la mentira, sus sospechas, todas y cada una de las pruebas que apuntaban a Hughie Buckman, pero no dijo nada—. Solo quería verte. Pensaba que tenías consulta hoy.

Arthur pasó las páginas de su agenda hasta llegar al día en el que estaban.

—Sí, sí tenía consulta —confirmó.

—¿Y dónde te has metido? —insistió Theodore—. Estuve en el Royal Infirmary esperándote un buen rato hasta que tuve que marcharme.

—No fui hoy al hospital.

Theodore no podía creer lo que estaba oyendo.

—¿A qué te refieres? ¿Fuiste a visitar a los pacientes a sus casas?

—No. Simplemente se me olvidó ir.

Estaba seguro de que si le hubiese confesado que había decidido largarse al campo a criar gallinas le habría sorprendido mucho menos que lo que le estaba diciendo. ¿Arthur Credge? ¿Saltándose un día de trabajo? Tenía que tratarse de una broma de mal gusto.

—¿Se te olvidó ir a trabajar? Pero ¿en qué estabas pensando? —Theodore no pudo evitar sentirse como su padre al regañarlo—. ¿Te has dado un golpe en la cabeza?

—No le des tanta importancia, solo ha sido un día.

—¿Qué diablos te ha pasado y dónde está el amigo que no soporta llegar un minuto tarde a clase?

—Déjalo, ¿vale? —Depositó el libro sobre la mesa con un golpe. Si no hubieran estado solos, todos los presentes se habrían girado hacia ellos para mirarlos—. No hagas de esto algo reseñable. Necesitaba descansar.

—Deduzco que no quieres hablar del tema.

—Deduces bien.

—Vale.

Esa era, de lejos, la conversación más incómoda que había mantenido con Arthur en los años de universidad.

Su amigo no estaba interesado en seguir hablando del tema, incluso si tenía una buena razón para no haber ido a trabajar ese día.

Quiso insistir, pero sabía que si lo hacía solo empeoraría las cosas.

Durante los últimos meses todo había cambiado tanto que ni siquiera discutir con su mejor amigo le sorprendía.

Formaba parte de una nueva realidad que no llegaba a comprender o que quizá siempre había estado allí, oculta a la vista, y él no se había dado cuenta.

—¿Has hablado con Wheeler hoy? —tanteó Theodore.

El cuerpo de su compañero pareció relajarse tras escuchar la pregunta, satisfecho de que le hubiera dado una excusa para no continuar hablando del hospital.

—No, ¿por qué? ¿Está bien?

De nuevo, el poco interés de su amigo por lo que sucedía a su alrededor le provocó a Theodore una leve incomodidad.

—Ayer fuimos a la sesión de espiritismo, ¿recuerdas?

—Arthur abrió mucho los ojos, rememorando la conversación que había mantenido los días anteriores con Theodore y Alphonso sobre ello.

Sus amigos le habían puesto al día de las intenciones de Wheeler y había coincidido con ellos en que alguien debía ir con él para evitar que se descarrilara aún más de lo que ya lo había hecho.

—Por todos los infiernos. Sí, claro, claro. Por supuesto que me acuerdo. No sé dónde tengo la cabeza. ¿Qué pasó? ¿Salió todo bien?

—¿Todo bien? ¡Tuve que largarme corriendo de allí!

—Aunque Arthur se lo estaba preguntando, Theodore no creía que su amigo estuviera interesado de verdad en lo que le contaba—.

Si puedes perderte la experiencia de vivir algo así, te invito a que lo hagas.

No quiero oír hablar nunca más de esa mujer ni de su maldita casa.

Vimos al doctor Byron allí —recordó—. Parecía ser íntimo de la médium.

—¿Alford Byron estaba allí? ¿En la mansión?

La actitud de Arthur cambió, aunque no perdió la tensión que lo controlaba todo. Ahora estaba vigilante, calculador, muy alejado de la postura de indiferencia de solo unos segundos atrás.

—Sí. —Theodore, por el contrario, estaba sorprendido de su repentino interés por la historia—.

Va allí con mucha frecuencia, al parecer.

No le molestó que nos hubiéramos saltado el toque de queda, parecía que era irrelevante para él.

Nos contó que estaba esperando a Lyle Crowle, pero no se presentó, así que permaneció solo durante toda la velada.

—¿Anoche?

—Sí, claro. —No entendía qué podía extrañarle a su amigo—. Anoche estuvimos allí.

—El profesor Crowle estaba conmigo, por eso no fue al encuentro con Byron.

—¿Ah, sí? ¿Después del toque de queda? —Su compañero de habitación se limitó a asentir—. ¿Qué hacíais juntos tan tarde?

—Trabajar —dijo, como si fuera evidente la respuesta—. Hemos acabado de analizar los huesos. Ayer fue el último día.

—¿De verdad? ¿Y cuál ha sido el resultado?

—No concluyente.

Tampoco Theodore se animó a continuar preguntándole por aquello. Todo lo que le decía era una carga para Arthur esa noche.

—Estaba también su sobrina. La de Lyle Crowle, me refiero.

Allí estaba de nuevo la expresión de Arthur que indicaba que quería saber más de lo que preguntaba.

—Ella también le estaba buscando. Pensaba que trabajabais juntos. ¿No estaba ella en la reunión anoche? —continuó diciendo Theodore.

—¿Viste a Victoria?

El doctor Crowle había ido a verle sin decirle nada, comprendió Theodore, por eso no estaba allí el día anterior.

—No, ella no vino. Todo fue muy rápido, tal vez se olvidó de pasarse —contestó Arthur.

—Como tú del hospital esta tarde.

—Sí, exactamente igual. —No era desafiante su tono, pero le estaba pidiendo que cesase de intentar forzarle a hablar.

—¿Quieres que te detalle qué es lo que Wheeler creyó ver en la Mansion Home? De verdad que no tiene desperdicio, te va a encantar…

—Mejor mañana, ¿vale? Me está comenzando a doler la cabeza y necesito dormir.

Desde luego, si alguien necesitaba descansar, era él.

—Por supuesto, no te preocupes.

Aunque él sí lo estaba, y tenía razones para ello, quería hablar con Arthur, contarle todo lo que había sucedido en las últimas veinticuatro horas.

Necesitaba que le pusiera los pies en la tierra y le acusase de irresponsable y lunático por haber mentido de forma descarada a la universidad.

Había hecho algo ilegal, algo mucho peor que saltarse el simple toque de queda.

Había roto todos los juramentos médicos posibles por su propio interés, por egoísta.

Necesitaba contárselo, que alguien tuviera las agallas que él no había tenido para denunciarlo y poner fin a aquel delirio.

Sin embargo, ese día no conseguiría lo que precisaba de su amigo. Por ello, decidió, una vez más, cerrar la boca.

Ambos cogieron sus pertenencias, Arthur el cuaderno, la pluma y el libro que había tomado prestado de la biblioteca, y Theodore el abrigo.

Lo seguía notando fresco, aunque había pasado un buen rato desde que había vuelto de la calle.

La perspectiva de descansar y dejar de pensar durante unas horas le parecía atractiva, pero también utópica.

Estaba tan lleno de energía que sentía una vibración por todo su cuerpo.

Sabía que, si le volvían a poner en aquella situación, actuaría igual.

Ambos salieron de la biblioteca de Teviot Place tratando de hacer el menor ruido posible. A esas horas, casi todos los alumnos ocupaban las habitaciones y dormían desde hacía rato. O eso creía Theodore.

De pronto una figura encapuchada pasó rauda por el pasillo que llevaba a la puerta de la calle, a tal velocidad que a Theodore el corazón se le aceleró, antes incluso de darse cuenta de lo que había visto.

No cabía duda de que alguien más estaba despierto en la residencia y que intentaba escapar de ella.

Por la dirección de la que procedía, tenía que venir del claustro.

¿Se había escondido allí? ¿Estaba tratando de huir?

O peor aún, ¿era Wheeler? ¿Debía avisar a Arthur de que tenían que detenerle?

No era más que una sensación, pero algo le decía que no era él, y su interés creció.

Además, su amigo estaba tan ido que tendría que hacerlo él solo de igual manera.

No merecía la pena molestarle con sus hipótesis.

Pero ¿quién podía tener tanto empeño en saltarse el control a aquellas horas de la noche?

Si era Wheeler no podía deberse a nada bueno, si se trataba de otra persona… podría ser algo mucho peor.

—Ahora voy, ¿vale? —Las palabras salieron de su boca antes de saber que había tomado la decisión de seguirle—. Necesito dar una vuelta y respirar aire fresco.

—¿Vas a salir ahora?

—Solo será un momento —aseguró, tratando de mantener la calma—. Volveré antes de que nadie se dé cuenta de que me he ido.

—Le has cogido gusto a romper el toque de queda —observó Arthur, pero no intentó detenerle—. Estaré dormido cuando vuelvas.

«Eso espero», se dijo Theodore mientras su compañero se despedía con un gesto de la cabeza y regresaba a la habitación. Solo la había visto un momento, pero estaba seguro de que la figura abandonaría de inmediato la residencia.