Capítulo 47 #3
El hedor dulzón de la muerte impregnaba cada palmo de aquel pasillo y Theodore se preguntó cómo había podido transcurrir tanto tiempo sin que nadie lo notase.
Era cierto que el número de clases había caído en picado por culpa de la investigación que tenía lugar en el hospital, pero eso no era excusa para justificarlo.
No era raro encontrar en las entrañas de la facultad los cuerpos que iban a usarse para las lecciones guiadas de los alumnos, no obstante, nunca se hubiera permitido que se convirtiera en aquello, un espacio impenetrable que llamaba a la tragedia.
—¿Nadie se había dado cuenta del olor?
—Solemos ventilar varias veces al día por el bien de todos los que trabajan aquí abajo, de modo que ha podido pasar desapercibido con facilidad —le explicó.
No trataba de justificarse, él también parecía furioso—.
Que haya ocurrido justo ahora, con el poco personal activo con el que contamos…
Todo empeora siempre cuando hay menos tiempo para buscar soluciones.
Tenía razón, aunque Theodore consideraba aquel su día de suerte.
—Le aviso de antemano de que no es una imagen agradable. —Por el rictus de sus labios al contraerse, Theodore adivinó que no podía sacárselo de la cabeza—. Tiene que saberlo antes de entrar.
—De acuerdo. —El crujido de la madera vieja al abrir la puerta le erizó el vello de la nuca.
Postrado en el suelo, sobre un rectángulo de tela y cubierto de insectos había uno de los cuerpos en estado de descomposición más avanzado que había presenciado nunca.
A simple vista era complejo discernir siquiera si se trataba de los restos de un hombre o una mujer, demasiado putrefacto para que se distinguiera cada una de sus partes con propiedad.
La temperatura de aquella habitación debía de ser la culpable del charco de residuos biológicos que empapaba la sábana sobre la que estaba tumbado.
Resultaba evidente que el cadáver había sido movido, ya que estaba en una posición antinatural, en decúbito supino, con todas sus extremidades apuntando hacia el techo.
Parecía un mártir sobre una cruz, una imagen católica como las que había en el continente.
El cabello corto y despeinado le hizo creer que debía de tratarse de una mujer o de un muchacho joven, aunque Theodore se decantó por la primera opción.
Su rostro era desagradable, cubierto de contusiones, y le faltaban al menos los incisivos.
—¿Por qué hace tanto calor aquí?
—La habitación fue construida como una sala de calderas, un lugar por donde pasan todos los tubos y desagües para centralizarlos en un solo sitio.
¿Ve? —El profesor señalo un punto a la espalda de Theodore, en el que un amasijo de tuberías de latón se apilaba—.
Por aquí circula el agua y el gas de toda la Facultad de Medicina y Veterinaria, es prácticamente un horno.
Un lugar perfecto para deshacerse de un cadáver con rapidez, si no se sabe qué hacer con él, pensó Theodore. Un espacio conveniente, muy conveniente.
—¿Lo han limpiado antes de ir a buscarme?
—Sí, pero no deja de supurar. Ya hemos conseguido traumatizar a varios estudiantes de primero. ¿Qué opina usted, señor Thorebourne? ¿Algo importante?
Aquella era una pregunta excelente. Theodore se arrodilló ante el cadáver y lo manipuló con las manos sin protección alguna.
La rigidez del cuerpo había desaparecido casi por completo, cosa que, junto con la negrura característica de la descomposición, le confirmaba lo que había dicho el profesor: la persona había fallecido en un periodo de entre diez y veinte días atrás.
No se le escapó que coincidía a la perfección con el asesinato de Davinia y que tal vez se había equivocado.
La posibilidad de que el cuerpo de la clase de disección no fuese el único candidato a formar parte del crimen le incomodó, pero apartó esa idea de su cabeza.
No podía dejar que su hipótesis manchara su buen juicio, necesitaba todos los sentidos alerta para encontrar lo que estaba buscando.
Inspeccionó ambos costados y el pecho del cadáver, y comprobó que se trataba de una mujer.
El tono verde de la vesícula biliar captó su atención de inmediato, entre el mar de órganos que se había abierto en el vientre.
Con el paso de los días, las paredes del cuerpo habían comenzado a ceder y las bacterias y los insectos habían empezado a ejercer su trabajo sobre él, abriendo un canal que atravesaba desde el esternón hasta los genitales.
Era una zona infestada de deterioro, jugos digestivos y purga cadavérica nada agradable de ver, oler o manipular.
Theodore reconoció en ese mismo instante un corte que seccionaba el hígado y que no habría visto de no haber centrado allí su atención.
Su cabeza iba tan rápido que no le habría sorprendido obviarlo.
—Dígame que vamos a poder cerrarlo como una muerte natural y que no se trata de nadie importante.
—El profesor volvió a carraspear como lo había hecho en la puerta del despacho de Arthur—.
He visto sus manos al moverla, no puede tener familia.
Si lleva semanas aquí, la policía la estaría buscando, ¿no es así?
Theodore estaba seguro de lo que aquel corte significaba.
Con el estado de conservación tan malo en el que se encontraba era difícil establecer la causa de la muerte.
Era muy sencillo pasar detalles por alto en un caso como aquel, en que la premura se oponía al diagnóstico.
No obstante, ningún proceso de descomposición del cuerpo era capaz de hacer una incisión tan limpia, perfecta y profunda.
Alguien tenía que haber usado la fuerza para clavarle un objeto punzante.
De hecho, estaba seguro de que, si limpiaba la zona, sería capaz de ver el punto exacto por donde habían fraccionado la dermis. Aun así, no lo hizo.
No existía ninguna duda de que aquella mujer había sido asesinada. No había nada natural en su muerte, le habían seccionado el hígado y sufrió una hemorragia interna, lo que explicaba que no hubieran encontrado ríos de sangre en la habitación. Por no hablar, claro, de los dientes.
Theodore colocó un dedo sobre los labios de la fallecida para examinar su boca.
Le faltaban los incisivos, sí, pero no era lo único, también varios molares y tres caninos.
El resto de las piezas estaba en buenas condiciones.
Sucias, pero nada indicaba que las hubiera perdido.
Al principio deseó contar con más luz para verle las encías, pero enseguida lo encajó todo: se los habían arrancado.
Era sin lugar a dudas un trabajo a medias, muy diferente de la amputación de la pierna del otro cadáver, aunque con certeza llevaba la misma firma.
No solo era víctima de un asesinato, sino que también le habían robado los dientes después de muerta.
¿Sería una prueba de que Hughie Buckman era inocente?
Theodore creía que eso le hacía parecer más culpable.
Un cuerpo había aparecido en la universidad donde él daba clases, en un espacio que estaba bajo su jurisdicción.
A fin de cuentas, era el único que efectuaba autopsias de forma sistemática.
Quizá, lo que había fallado en esa ocasión es que no había tenido en consideración a su más brillante alumno.
Ni siquiera tenía la certeza de que aquello significase nada ni confirmase sus sospechas.
No era necesario. Era el punto incriminatorio exacto para no arrepentirse de lo que estaba a punto de hacer.
El pulso de Theodore permaneció en un ritmo normal cuando dijo:
—Estaban en lo cierto. Debe de tratarse de una mendiga que allanó la universidad buscando algo de calor y falleció aquí.
Calculo que debió de suceder hace unos quince días, aunque es difícil atribuirle algo más que una fecha aproximada.
No hay nada en ella que indique lo contrario, puede llevársela a la fosa común.