Capítulo 47 #2
No obstante, Hughie Buckman no estaba allí.
Theodore tomó asiento en su despacho y aguardó a que regresara.
La impuntualidad no era una cualidad que el doctor apreciase, pero a aquellas horas de la tarde no solía hacer autopsias con él.
Su cometido consistía en rellenar papeleo, nada más.
Sin embargo, los minutos pasaron y el profesor Buckman no llegó.
La firme madera de la silla comenzó a clavarse en cada punto de contacto con su cuerpo, como si estuviera hecha de astillas.
Ni una conversación, ni un susurro, nada.
No podía comenzar a trabajar, el profesor guardaba sus informes bajo una llave que no tenía y que debía haberle llevado alguno de sus ayudantes.
Sin éxito esperó al menos veinte minutos a que alguien pasara por allí.
Aquellos días en el hospital tenían una cadencia a la que no estaba acostumbrado.
Meses atrás habría llegado, le habrían dado permiso para continuar trabajando y luego se habría marchado a la biblioteca de Teviot Place a esperar la cena con sus compañeros.
En ese momento, en cambio, estaba aguardando a un tutor que creía que estaba relacionado con los asesinatos y que había dejado de prestarle atención de un día para otro.
Su vida giraba alrededor de los hechos que no era capaz de ignorar y que le habían convertido en un agente pasivo dentro de su propia existencia.
Solía ser más inteligente que nadie, tenía a su alcance unas oportunidades que otros muchos matarían por conseguir y se había acabado convirtiendo en un necio que no había logrado identificar las señales de alarma a su alrededor.
Harto de continuar esperando, salió de la morgue y se adentró en el edificio principal del Royal Infirmary, sabiendo con exactitud adónde quería ir.
Llamó a la puerta de la consulta de Arthur.
En ella había un cartel con el apellido Credge escrito en perfecta caligrafía cursiva.
Siempre que tenía la oportunidad de ir a esa ala del edificio se detenía a apreciar las diferencias que había con la peri mortem .
La primera y más evidente, el ruido. Eran raras las ocasiones en las que se mantenían más de dos conversaciones paralelas en la morgue, por lo que en ella reinaba el silencio.
En los pasillos del área de visitantes, todo era muy distinto: se oían pasos que venían de cualquier parte, gritos procedentes de las diferentes habitaciones y un zumbido perenne que permanecía allí incluso fuera de las horas de consulta.
Aunque, si había algo que le llamaba especialmente la atención, era el olor.
El olor a enfermedad se hacía más evidente en aquel lugar que en cualquiera de las salas de disección.
El tufo de la orina, el sabor metálico de la sangre, el regusto salado del sudor.
De una forma u otra, todos los rincones estaban marcados por la tragedia, pero también por la esperanza.
Lo que más le gustaba era notar cómo el hedor de la dolencia se ocultaba tras los aromas de los fármacos.
Remedios importados, creencias medievales, medicina recién inventada, daba igual.
Todo tenía espacio en mayor o menor medida tras esas puertas.
El olor característico del tomillo, el de la hojarasca seca, el de los hongos con propiedades calmantes, cada uno de ellos luchaba para sobresalir por encima del resto.
Estaba tan centrado en navegar por sus pensamientos que no fue consciente de que Arthur no le había abierto la puerta.
Sabía que estaba allí por el cartel y porque conocía sus horarios.
Por la mañana había salido de casa y le había dicho que pasaría en el Royal Infirmary toda la jornada.
Volvió a llamar golpeando con los nudillos la puerta.
No se oía nada en el interior de su consulta, de modo que debía de estar solo.
Quizá estaba haciendo tiempo para no atender a nadie más o prefería no ver a más pacientes ese día.
Ninguna de esas opciones concordaba con la personalidad de su amigo, aunque tuviera un mal día.
No, eso era lo contrario de lo que cabía esperar de él.
Se aferró al pomo de la puerta y lo hizo girar.
No encontró mucha resistencia. La consulta estaba abierta, pero allí no había ni rastro de Arthur.
Aunque Theodore pensó en la posibilidad de que su amigo hubiera tenido que salir para visitar a algún paciente, la idea se esfumó de su cabeza con tanta rapidez como había aparecido: su maletín estaba sobre la mesa, cerrado.
Se acercó al escritorio esperando encontrar una respuesta y lo palpó para confirmar lo que había visto desde lejos: estaba lleno.
Arthur no se lo había llevado, así que no estaba trabajando.
Era la segunda persona ese día a la que esperaba encontrar, pero de la que no había obtenido respuesta alguna.
¿Le habría sucedido algo que le había obligado dejar de aquella forma su puesto de trabajo?
Theodore solo era capaz de ver peligro en todas partes.
Su compañero podría estar en el baño o tal vez había salido un momento en busca de aire fresco, nada apuntaba a lo contrario.
Le habría gustado hablar con él aquella mañana y contarle lo que había visto en la Mansion Home.
Quería que viese el cambio en Wheeler con sus propios ojos y que dijera lo que los demás estaban pensando, que tratara de poner orden en un momento en el que todos estaban a un paso de perder la cabeza.
Además, no había podido discutir con él aún sobre lo sucedido en la clase del profesor Crowle, cuando habían diseccionado la única prueba que tenían delante de todos sus compañeros.
Sentía que estaba cerca de desmoronarse, que la seguridad con la que había irrumpido aquella tarde para hablar con el profesor se había esfumado por completo. No quedaba ni rastro del Theodore Thorebourne valiente que pensaba que cambiaría algo.
—Aquí está, Thorebourne.
Lewis Morrow, el profesor de Botánica, carraspeó en el umbral de la puerta. Su mera presencia había sido suficiente para devolverle a la realidad del hospital. Iba acompañado de un enfermero de mediana edad que le sonrió, complacido.
—Ahora iba a buscarle. Necesito su ayuda para encontrar al doctor Buckman. ¿Le interrumpo? —dijo Morrow.
Theodore había dejado abierta la puerta, así que cualquiera podría haberle encontrado allí, a solas con las cosas de Arthur.
—Estaba buscando a un amigo, pero no se preocupe, puedo atenderle.
—En ese momento tuvo una imagen clara de lo que debía de sentir su compañero cuando recibía a los pacientes en la consulta—.
El profesor no está en el hospital en estos momentos.
Creo que ha salido, ¿le sirvo yo o esperamos a que regrese?
—Con usted será suficiente, muchacho. Verá, varios alumnos han encontrado un cuerpo descomponiéndose en los laboratorios de la facultad, en la planta baja.
Una fuerte alarma explotó en los oídos de Theodore y cada rincón de su cuerpo se tensó.
—Debe de llevar ahí por lo menos un par de semanas, aunque nadie lo había visto hasta ahora —continuó diciendo—.
Alguien ha desatrancado una puerta para comenzar con el inventario y se ha encontrado con la desagradable escena.
Ya hemos limpiado todo lo que hemos podido sin manipular el cadáver, pero necesitamos que alguien le eche un vistazo antes de mandarlo al cementerio para que se encarguen de él.
—Puedo hacerlo yo, si necesitan quitárselo de encima.
—Theodore no reconoció el tono agudo que salió de su boca.
Sabía que había sido imprudente ofrecerse con tanta rapidez, sin apenas permitir que el profesor acabase de explicarse—.
Sé que no soy Hughie Buckman, pero llevo años trabajando con él y domino su técnica, soy uno de sus mejores alumnos, como bien sabe.
Usted conoce mis certificaciones, puedo hacerlo si no quieren esperar a que regrese.
Deseó que el doctor Morrow confundiese su desesperación con entusiasmo por impresionar a la universidad.
Nunca se habría definido como un lamebotas, pero anheló que en ese momento le considerasen como tal.
Tenía que aprovechar esa oportunidad. Si Hughie Buckman no tenía nada que ver con todo aquello, el cuerpo estaría intacto, ¿verdad?
Cabía la posibilidad de que hubiera sido él mismo el que lo hubiera ocultado allí días antes y hubiera esperado a que otro lo encontrase y lo dejase en su mesa.
¿Era así como estaba actuando? ¿Había pagado a los alumnos para que hicieran el numerito y así parecer menos culpable?
¿Había dejado alguna prueba que lo incriminase? Debía comprobarlo.
El profesor dejó escapar toda la presión acumulada con un suspiro emocionado.
—¿Haría eso por nosotros? —Lewis Morrow compartió un gesto emocionado con el enfermero—.
No necesitamos un estudio exhaustivo, tan solo que alguien rellene el informe para poder procesarlo con rapidez.
Usted serviría a la perfección para el trabajo, desde luego.
Estos días nos cuesta dar con el profesor Buckman más de lo que nos gustaría.
—No es ningún problema para mí —aseguró, y no ignoró la pulla final de su comentario.
—Entonces venga con nosotros, creo que agradecerá comenzar lo antes posible.
El camino entre el Royal Infirmary y la facultad nunca se le había hecho tan largo como ese día.
Lewis Morrow conversaba con el enfermero con tanto ánimo que, de no haber estado allí Theodore, nada habría cambiado.
Cuando, al tomar las escaleras que llevaban al sótano, oyó el eco de sus pisadas, comprendió lo que estaba a punto de hacer.
Pasó de largo el aula en la que solía trabajar Arthur, aunque la puerta estaba cerrada.
Se dijo a sí mismo que cuando terminase la revisión del cuerpo iría a ver si estaba allí para retomar la conversación.
Sin embargo, esa idea abandonó su cabeza al acercarse a lo más profundo del sótano.