Capítulo 47
Sic parvis magna
Al regresar a la residencia no sabía con qué se encontraría.
Si el caos se hubiera apoderado de todo y hubieran mandado a una patrulla para hacerlos regresar, no le habría sorprendido.
Si la puerta de Teviot Place hubiera estado abierta y les hubieran prohibido regresar, lo habría aceptado sin levantar la voz ni tratar de justificarse.
Incluso si Arthur o Alphonso los hubieran denunciado por asistir a aquella estupidez lo habría entendido.
Todos los escenarios pasaron por su cabeza mientras atravesaban la ciudad, a pocas horas del amanecer, con el gélido viento golpeándoles las mejillas.
Si no fuese porque el frío le calaba los huesos, tampoco le habría sorprendido que todo lo vivido no hubiera sido más que un sueño.
Lo que no esperaba a la mañana siguiente era observar un cambio tan evidente en el comportamiento de Wheeler.
Quizá definirlo como una persona feliz se alejaba demasiado de la realidad, pero todo en él tenía un aroma distinto.
Cuando Theodore se reunió con él al salir de la sesión en el salón de la madame, Wheeler tenía lágrimas en los ojos y no quiso decir una sola palabra de lo que había ocurrido allí dentro.
Habían recorrido las calles con el tufo avinagrado del humo y la fragancia dulzona de las velas impregnados en la ropa y los cabellos, como si hubieran asistido a una procesión silenciosa y solemne.
Al principio, Theodore pensó que era la manera que tenía de castigarle por haberle abandonado durante la séance .
Sin embargo, su preocupación se esfumó en el mismo instante en que le vio sentado a su mesa habitual, cerca de la chimenea, al regresar de las clases, tomando té especiado y conversando con Alphonso, que estaba tan sorprendido como él.
Aunque tomó asiento con cautela, no hizo falta esperar mucho para que Wheeler le hiciera una crónica de lo que había sucedido mientras él huía del salón.
—Oí su voz, Theodore. —Los ojos de Wheeler volvían a derramar lágrimas, aunque poco se parecían a las de la noche anterior.
No había ni un rastro de amargura en ellas, solo el eco de la comprensión—.
Un sonido claro que reconocería en cualquier parte y en todas mis vidas.
Estoy seguro de que se trataba de ella, la señora Home jamás podría imitarla así, no la conocía.
—La seguridad rezumaba a través de sus poros, incontrolada bajo la mirada expectante de sus amigos—.
Sé lo que oí. Nada podrá convencerme de lo contrario.
—¿Habló delante de todos los que estabais allí?
—No estoy seguro de que los demás la oyeran, pero Margaret Home sí lo hizo. Supo en qué momento exacto apareció y en cuál cesó de hablar. No puede tratarse de una casualidad.
Theodore cruzó una mirada impregnada de preocupación con Alphonso.
Estaba convencido de que se trataba de un evidente caso de autosugestión.
No obstante, todo en Wheeler había dado un giro notable.
No fingía que estaba bien, su aspecto lo mostraba.
La palidez de su rostro se había desvanecido y su rojez habitual, propia de un hombre sano que cuida de sí mismo, había regresado.
Las ojeras habían desaparecido casi por completo, señal de que había conseguido conciliar el sueño por primera vez después de muchas noches.
Su pelo, sus labios y su olor corporal, todo rezumaba tranquilidad, como si hubiera vuelto a su antiguo ser.
Algunos males de la mente pueden llegar a ser peores que los del cuerpo, pero no conocía ningún caso de recuperación tan repentina, y él temía por su amigo.
Si su actitud había virado de forma tan brusca, en cualquier momento podría caer de nuevo en la más profunda miseria.
Solo era cuestión de tiempo que sucediese.
¿Oír su voz había sido suficiente para sanarlo?
Theodore no lo creía, tenía que haber algo más.
¿Tal vez Margaret Home le había dado algo de beber cuando él se marchó?
Al evocar la última imagen que tenía de Wheeler lo veía llorando sobre su regazo sentado en plena séance.
¿Tanto habían cambiado las cosas entre ese momento y cuando le volvió a llevar a casa?
¿Habría pasado algo mientras dormía? Se le ocurría una lista de drogas de acción retardada que podría haber empleado la madame para engañarle.
—Puedo jurar por mi madre que Margaret Home no me dio nada que pudiera afectar a mi estado mental —respondió Wheeler cuando Theodore se lo insinuó—. Nunca he estado tan despierto como anoche. Gracias por venir conmigo. No sé qué puedo hacer para agradecértelo.
—No tienes que hacer nada. Para eso están los amigos.
—También tengo que agradecértelo a ti, Alphonso. —Los ojos azules de ambos se encontraron—. Tengo que darte las gracias por todo, en realidad. No sé cómo supiste lo que iba a hacer, pero…
—Eso es lo de menos. —Le impidió seguir hablando, tenía las mejillas color escarlata—. Lo importante es que estés bien y que no vuelvas a hacer ninguna tontería.
—Ya tengo todo lo que necesito —aseguró, y dio un largo sorbo al té.
En él todavía había un vago recuerdo del olor de la mansión, demasiado denso para eliminarlo incluso después de ducharse—.
No creo que comprendáis lo insólito y asombroso que fue.
Quería una señal de que estaba bien y eso es lo que obtuve.
—Soltó la taza humeante y alargó los brazos para posarlos sobre los hombros de sus dos amigos—.
Todo gracias a vosotros. Sé que Davinia os habría gustado.
Solo desearía haber pasado más tiempo con ella y poder presentárosla.
Sois los mejores hombres que conozco, soy un afortunado.
¿Dónde está Arthur? ¡Me gustaría darle las gracias a él también!
Todos y cada uno de sus gestos eran exagerados, como si hubiera tomado un bote entero de estimulantes. Theodore paseó su mirada por la sala deseando que Arthur estuviera allí y hablase con él.
Era el único que tenía agallas para ser desagradable cuando la situación lo requería.
—¿Qué te dijo? —Theodore pudo identificar la incredulidad en las palabras de Alphonso, pero Wheeler parecía ajeno al escepticismo de su amigo.
Iba con cuidado, como hacía cuando alimentaba a un animal al que no había visto nunca: le mostró la mano para que no le atacara—.
¿Pudiste hablar con ella o solo escucharla?
—No creo que pudiese oírme, la sentía muy lejos de allí. Aun así, estoy seguro de que era ella, pronunció mi nombre.
—¿Y ya está? ¿Eso fue todo?
Algo se removía en la cabeza de Wheeler, como si el simple recuerdo de lo que había sucedido fuese suficiente para ponerle en alerta.
—No parecía asustada, su voz era clara y firme, como lo había sido en vida —volvió a asegurarles.
Para él era imprescindible que lo comprendieran antes de que continuara hablando—.
Fue todo demasiado rápido, hay partes que no logré escuchar porque toda la habitación daba vueltas.
Estaba mareado, no tenía manera de sostenerme, aunque no fue necesario para seguir comunicándome con ella. Dijo…
—¿Sí? —le animó a seguir Alphonso.
—Dijo que le había visto la cara a su asesino.
—El simple esfuerzo de pronunciar esas palabras hizo mella en su coraza, y Theodore pudo observar en toda su grandeza el niño asustado que era en realidad—.
Ella sabía que estaba muerta, recordaba todo lo que había pasado y también la cara del desgraciado que la había matado.
En un acto reflejo, Alphonso puso la mano en la pierna de Theodore, en busca del apoyo de su amigo. Estaba tan inmóvil que lo habrían podido confundir con parte del mobiliario.
—¿Te dijo de quién se trataba? —le preguntó, olvidándose por completo de su recelo sobre todo lo que tenía que ver con el espiritismo—. ¿Le conocía?
—Si me lo dijo no pude oírlo. Como os he dicho, hubo momentos en los que parecía que la habitación fuera a caerse sobre nosotros.
Lo único que sé es que le vio la cara antes de morir.
—La rabia le consumió como una vela arrojada a la lumbre—.
Los últimos segundos de su vida los pasó conociendo la identidad del cabrón que se la arrebataba.
No había nadie en la morgue cuando fue para cubrir su turno.
Como de costumbre, Theodore tomó la entrada más alejada del hospital para evitar la marea de gente.
Sin embargo, se encontró con la sala vacía, sin rastro de Hughie Buckman ni nadie que pudiera decirle dónde estaba.
Cada segundo que pasaba se sentía más cómodo con la idea de que su profesor podía ser el culpable de todo lo que estaba sucediendo.
Aceptaba esa realidad porque era la única pieza que encajaba en su cabeza, aunque eso no hacía el asunto más sencillo.
No había ningún cuerpo en el despacho, tampoco en la sala de disección, solo Theodore a solas con la convicción de que había descubierto algo que no debería.
La experiencia en la Mansion Home le había servido para no darle más vueltas a aquello.
Tan absorto estaba que solo había sido capaz de centrarse en Wheeler y Margaret Home.
La actitud de su amigo había cambiado, pero la suya también.
Había conseguido pasar una noche entera sin que en su cabeza aparecieran Hughie Buckman, los cadáveres ni la fría imagen de la más profunda nada que no dejaba de perseguirle.
Por primera vez en semanas, había podido preocuparse por alguien que no fuese él mismo, alguien que necesitaba su ayuda, a pesar de los sentimientos que le suscitaban las sesiones de espiritismo.
En ese momento lo veía todo desde una perspectiva distinta, mucho más profunda.
Si tenía que hablar con el doctor, lo haría.
Pediría una explicación, le contaría todo lo que sabía y no tendría más remedio que admitir lo que ambos sabían: que algo estaba sucediendo delante de sus narices y que el profesor Buckman era el culpable.