Capítulo 46 #2
—¿Alford Byron está aquí? —Theodore se lo confirmó con un gesto, y ella sopesó sus palabras con una expresión ilegible en el rostro—. Eso sí que es extraño.
—¿Por qué?
Victoria parecía incómoda. Sus pensamientos estaban muy lejos de aquella casa y del salón de espiritismo, Theodore se percató de ello. El hedor del humo apestaba, tenía un olor similar al del alquitrán.
—Es demasiado cobarde para venir aquí él solo, así que le estaba diciendo la verdad. —No era una burla, sino una sentencia. Tampoco era su opinión, solo un hecho contrastado—. Si el profesor no está aquí…, tendrá alguna razón para haberle dejado plantado.
—Tal vez tu tío se ha retrasado por algún motivo.
—Tal vez.
Era evidente que ocultaba algo, pero Theodore sabía cuándo dejar de preguntar.
Los rizos encrespados de Victoria seguían todos sus movimientos como un halo bíblico sobre su cabeza.
Las palabras del futuro médico habían confirmado algo que la muchacha temía decir en voz alta, algo que ni siquiera se veía capaz de echar en cara a Lyle Crowle.
Notaba una presión en las sienes que apenas le permitía articular con fluidez pensamientos coherentes.
En la distancia, los gritos ahogados de los invitados del salón continuaban floreciendo como pequeños hongos en época de lluvias, incansables y emocionados.
Cada expresión de sorpresa, cada hombre embelesado por los poderes de Margaret Home, era alimento para el ego de la madame, que parasitaba a los incrédulos para fortalecer su legado.
Disfrutaban pese a que les hiciese dudar de la realidad, pese a que les mintiese a la cara.
Se dejaban influir por ella sin oponer resistencia alguna.
Una vez más, ella había salido vencedora.
Theodore no veía el momento de largarse de allí y no regresar nunca más.
—He venido a acompañar a un amigo. —Theodore se sentía obligado a justificarse ante Victoria—.
Su novia acaba de fallecer y no sabía qué hacer para sentirse mejor, por eso estoy aquí después del toque de queda.
Mi amigo quería hablar con ella una última vez.
Ha sido un error por mi parte, pero no podía dejarle solo. No se lo merecía.
—¿Qué le ha ocurrido?
—Su novia fue asesinada. —Había un regusto extraño en comentar lo que había sucedido.
Él no había hablado nunca con Davinia, pero experimentaba una pena casi irracional por su muerte.
Todas las pruebas apuntaban a que tenía que ver con los hallazgos que él mismo había encontrado—.
Ocurrió en el hospital, hace unas semanas.
Victoria unió con rapidez la información que Theodore le había dado.
—¿Tu amigo conocía a la enfermera del Royal Infirmary? —Su coraza se rompió para mostrar una faceta dulce que contrastaba con el ambiente cargado de la Mansion Home.
Los dos dudaban de que existiese una sola persona en toda la ciudad de Edimburgo que no hubiese oído hablar de aquel caso.
En su momento, la noticia del ataque a Wheeler se había exprimido hasta el último aliento, pero aquello había quedado reducido a una simple anécdota tras la muerte de Davinia.
Una paliza a un niño rico es motivo de habladurías, una muerte violenta es una conmoción popular.
A fin de cuentas, ¿qué era peor que una mujer de buena familia asesinada mientras ayudaba en el hospital? ¿Qué atraía más la atención que la belleza arrebatada con violencia?
—No imagino a tu tío como un habitual de esta casa —confesó, tratando de cambiar el rumbo de la conversación, que comenzaba a pesar sobre sus hombros.
El hedor de la sala había empezado a disiparse, pero Theodore seguía notando el regusto agrio del vapor en su garganta—.
Todos parecen… encandilados, fuera de sí.
Nunca había sido testigo de nada similar.
—No lo es, el profesor no es como ellos.
—Victoria recordaba a la perfección la primera vez que el doctor había acudido a una séance en aquella casa—.
Madame Home insistió varios meses hasta conseguir que el profesor le diera la oportunidad de sorprenderlo.
Él no pudo resistirse a la propuesta, pero no por las razones que tú crees.
Esa mujer está obsesionada con que alguien la desacredite, que alguien la pille en una mentira.
—No me digas. —Aunque la burla no iba dirigida a ella, Victoria se apresuró a responder con cautela.
—Mi tío siente fascinación por las causas perdidas. Haría cualquier cosa en nombre de la ciencia, incluso exponerse a la más ridícula muestra de magia negra.
Algo en sus palabras le resultó familiar, el convencimiento de que lo que decía era cierto, no una mera exageración. Theodore esperaba que alguien pudiese hablar de la misma manera sobre él algún día, con el orgullo de quien sabe que no se equivoca en su juicio.
—¿Ni siquiera él lo ha conseguido?
—Larguémonos de aquí. —Alisándose el vestido e ignorando la pregunta de su interlocutor, Victoria se dirigió a la puerta—. No aguanto un segundo más entre estas paredes. Necesito salir, me falta el aire.
—No puedo marcharme. —Theodore sabía que no podía hacerlo, aunque eso significase rendir cuentas ante Alford Byron sobre la razón por la que estaban fuera de Teviot Place a esas horas de la noche, en mitad de un toque de queda obligatorio—.
Tengo que esperar a Wheeler, no puedo dejarle aquí solo.
He prometido que le vigilaría y me aseguraría de que vuelve a casa. No quiero que le pase nada malo.
La joven pulsó la manija de la puerta y esta se abrió con facilidad.
Fuera, la noche era tan cerrada como cuando habían llegado, y el hombrecillo inglés contemplaba las estrellas desde su lugar privilegiado, en lo alto de las escaleras.
No se giró para mirarlos. Ni siquiera dio señales de haberlos oído, tan solo observaba el firmamento y su rostro se empapaba de la luz de la luna.
—Me alegra comprobar que aún queda alguien cuerdo en esta ciudad —dijo Victoria antes de despedirse de Theodore. El mero contacto con el frío enrojeció más aún su rostro—. Ha sido un placer. Espero que no tengamos que encontrarnos nunca más aquí.