Los anatomistas Capítulo 46
76%

Capítulo 46

Umbra III

Si esperaba que la habitación se llenase de humo y truenos, estos nunca llegaron a aparecer. Sin embargo, la experiencia que vivió en el interior de aquella sala no fue menos perturbadora.

Todas las cabezas se volvieron hacia la figura de madame Margaret Home, que ocupaba el centro del salón con las faldas de su vestido escarlata.

Las luces volvieron, pero la visión clara de la habitación se había perdido para siempre.

Si alguien hubiese jurado que una ventana abierta había permitido que la niebla entrase a la habitación, Theodore le habría creído sin cuestionárselo.

La bruma que rodeaba las piernas de los caballeros provenía de ninguna parte y de todas al mismo tiempo, era un denso humo blanco que no se disipaba.

La señora Home levantaba las manos abiertas hacia los altos techos del salón. Sus largos dedos se mantenían inmóviles sobre las faldas de la mesa. Podría pensarse que estaba dormida, de no ser por el ligero temblor que se había apoderado de su cuerpo.

Murmuraba algo que Theodore no alcanzaba a entender. Detrás de ella, la niña, su pequeña ayudante, le sujetaba los hombros, temerosa de que pudiera escapar.

Un chasquido rompió de nuevo la calma de la habitación.

—Ya está aquí. —Margaret Home sonrió, manteniendo con fuerza los ojos cerrados—. Es la hora.

En ese momento el caos se desató.

La ayudante de la médium dio un salto atrás y tropezó con el caballero que estaba allí sentado. El hombre, que era pelirrojo, corrió a ayudarla. Sin embargo, no tuvo tiempo de disculparse.

La caída de la niña fue opacada por el vuelo de madame Home.

La mujer vestida de rojo se mantenía suspendida a varios centímetros del suelo, en posición de rezo. Mantenía las manos quietas y los temblores habían cesado. Era tan solo una figura flotando, rodeada por el humo de la habitación.

Theodore sabía que nada de lo que estaba viendo era real.

No podía serlo. Aun así, no supo discernir dónde estaba el truco en aquella actuación.

Sus ojos le mostraban una realidad que no podía negar.

Creía en la ciencia porque podía tocarla, era algo tangible, no como los espíritus.

Sin embargo, allí estaba, sentado en un asiento que no podía abandonar, viendo cómo una mujer que acababa de conocer se elevaba del suelo de la habitación, envuelta en una bruma fantasmal.

Los veteranos en el mundo del ocultismo celebraron una noche exitosa más, gritando por encima de los murmullos de la médium, que no hablaba en su idioma, pero tampoco en ninguno que Theodore pudiese reconocer. No era latín ni otra lengua muerta que hubiese estudiado, aquello era diferente.

A su lado, Wheeler comenzó a llorar. Un llanto silencioso, de dolor. Si quería respuestas las conseguiría esa noche, Home se lo estaba demostrando.

Poco a poco, el calor de la habitación fue subiendo y la bruma que cubría los suelos se elevó, rodeando el cuerpo de la espiritista.

Margaret Home bajó a tierra con un fuerte estruendo y la luz volvió y se fue al menos tres veces más, hasta regresar por completo.

Theodore aborreció el juego de luces y sombras que le impedía pensar con claridad.

Nadie más, aparte de él, parecía estar preguntándose qué era lo que sucedía.

Los invitados no podían dejar de observar a madame Home, ebrios de su poder, de su imagen, de su don.

Se sentían privilegiados por poder contemplar algo tan único como aquello.

Se oyó otro quejido humano y Theodore no pudo evitar taparse los oídos con las manos. Sin embargo, en esta ocasión la médium se mantuvo en el suelo, no volvió a levitar.

—Pregunten, mis queridos invitados —imploró Home—. Ha llegado el momento de que pregunten lo que quieran conocer. ¿Quién de ustedes desea comenzar?

Varios hombres abandonaron sus asientos para acercarse a la dueña de la casa, pero la niña se interpuso entre ellos.

—¡Paciencia! ¡Tengan paciencia!

Wheeler se revolvía. Estaba tan obnubilado como todos tras lo que acababan de presenciar, pero había logrado salir del trance.

Sentado en el borde de su asiento, golpeando el suelo con el pie, se había preparado para hablar, pero no lo hacía.

Estudiaba con cuidado los movimientos de la médium, esperando el momento perfecto para hacer su petición.

Sabía que se lo merecía más que cualquiera de los presentes, nadie tenía más interés que él en contactar con el otro lado.

Si era preciso pagar más dinero, lo haría.

Necesitaba hablar con Davinia y, si esa era la única oportunidad que tenía de hacerlo, la aprovecharía al máximo, costara lo que costase.

Theodore no podía aguantar más.

Las manos le temblaban y no porque estuviera sobrecogido por lo que acababa de ocurrir.

Sentía una frustración profunda, uno de esos sentimientos que es imposible describir con palabras exactas.

Odiaba ver a su amigo en esas condiciones, tan fuera de sus cabales.

Odiaba ver a tantos hombres respetables perdiendo el juicio, aceptando lo inexplicable.

Y se odiaba a sí mismo por no poder descifrar lo que realmente había sucedido.

Ser más crédulo le habría salvado la noche, pero Theodore Thorebourne estaba lejos de serlo. Así que decidió levantarse.

No sabía con exactitud si alguien le detendría por intentar marcharse.

Ni siquiera sabía si se lo permitirían o si rompería la magia del embrujo.

La sala estaba iluminada y no había visto a nadie cerrar la puerta, a no ser que lo hubiese hecho desde fuera.

Ya era suficiente, no necesitaba quedarse más tiempo.

Si alguien tenía algún inconveniente con lo que estaba haciendo, no se lo dijo.

Tampoco le impidió nadie salir de la habitación, pero no era tan sencillo como se había imaginado.

Cuando se hubo incorporado, la sala daba vueltas.

No sabía si era algo real o si se lo estaba imaginando, pero el salón de espiritismo giraba a una velocidad vertiginosa, al mismo tiempo que la bruma subía hasta ocultar todos los asientos bajo su espeso manto.

Los gritos de los presentes y el murmullo de la médium se tornaron violentos, siniestros, un circo de los horrores.

La cabeza de Theodore rodaba a la misma velocidad que la habitación y apenas fue consciente de que por fin pudo aferrarse al picaporte.

Los ojos le ardían, pero no se detuvo hasta que logró abrir la puerta lanzándose tan largo como era contra la madera.

Aunque no habían pasado más de unos segundos desde que se había puesto en pie, el peso del esfuerzo amenazó con derribarle.

Fuera de la sala, todo estaba apagado, había perdido la vida que tenía a la llegada.

Una niebla menos densa y asfixiante había viajado también hasta allí.

No esperó a que se despejara, Theodore echó a correr para alejarse, pero cayó al suelo.

Oyó un grito femenino que le erizó el vello de los brazos.

Había tropezado con alguien en la semioscuridad y ambos estaban tumbados en el pasillo enmoquetado y cubierto del barro que las botas de los asistentes habían soltado.

Con un quejido, la mujer se levantó como pudo y se apartó de él.

Una expresión de asombro y un atisbo de terror recorrían su rostro.

Theodore creyó reconocerla pese a las circunstancias en las que se habían visto envueltos.

El pelo rizado caía a mechones desordenados sobre el cuello de su sencillo vestido grisáceo, nada parecido a la prenda que había elegido Margaret Home para aquella velada.

—¡Espera! —Theodore intentó detenerla, pero ella fue más rápida y no permitió que le agarrase el brazo—. Eres la amiga de Arthur, ¿verdad? Eres la chica de los huesos, la que trabaja con él en la universidad. ¡Mi nombre es Theodore!

Victoria frenó en seco al reconocerle, aun en pleno estado de confusión. Aunque el corredor estaba bien iluminado la densa niebla había afectado a sus ojos y no era capaz de detener el llanto incontrolado. Las lágrimas se deslizaban por su rostro y mojaban sus mejillas sonrosadas por la carrera.

—Victoria —dijo, todavía algo recelosa. Theodore comprendió que ella también le había reconocido—.

¿Qué demonios haces aquí? No se me ocurre un lugar peor en el que estar ahora mismo.

¿Estabas ahí dentro? ¿No deberías quedarte encerrado en la residencia por el toque de queda?

—Detrás de ellos, la oscuridad reinante no permitía ver la puerta del salón que él acababa de dejar atrás.

—Podría preguntarte lo mismo. —Como a ella, también sus ojos le molestaban—. ¿Por qué ha venido todo el mundo esta noche? ¿Hay algo que me estéis ocultando?

La muchacha atravesó el corredor con Theodore a su espalda hasta llegar a la entrada de la mansión, donde se recostó contra uno de los armarios ocultos tras las telas. Estaba intranquila.

—He venido a buscar a mi tío. —Al ver la confusión en su cara, se sintió obligada a dar más detalles—. Lyle Crowle. Suele frecuentar este lugar. Viene aquí al menos la mitad de las noches que pasa fuera de casa.

—¿Lyle Crowle? ¿De verdad? —recordaba las palabras del doctor Byron, pero no le había creído. Si alguien se ocultaba tras el nombre de otro para evitar la humillación, ese era el profesor—. ¿Quién decidiría venir aquí en su sano juicio?

Theodore trató de limpiarse lo que parecía ceniza en sus pantalones, pero solo consiguió extender aún más la suciedad.

—Tú, al parecer.

Los ojos castaños de Victoria estudiaron el vestíbulo sin éxito. Theodore estaba seguro de que ya había estado antes allí, aquel espacio le resultaba hasta cierto punto familiar. Se movía con la seguridad de quien sabe lo que ha ido a buscar.

—El profesor Crowle no está aquí. —El joven volvió a abrocharse el cuello de la camisa, que se había aflojado durante la séance —. Alford Byron le estaba esperando, pero no ha entrado a la sesión con nosotros. No le he visto esta noche, no puedo serte de ayuda.