Capítulo 45
Responsum III
—Necesito más tiempo para procesar esto.
—¿De verdad? No sé qué necesita pensar. —El sudor recorría las sienes del doctor Crowle y reflejaba la agitación de su rostro—. Creo que todo ha quedado bastante claro. He sido sincero con usted, ahora solo tiene que darme una respuesta.
—No puedo dársela. Es demasiado repentino. Hasta hace unos minutos ni sabía que la evolución era un concepto que usted acepta, mucho menos conocía su plan de humillarnos ante toda la comunidad científica.
—La humillación es solo el primer paso para la grandeza. ¿Cuántos hallazgos que se pusieron en duda han acabado siendo los nuevos paradigmas que ahora seguimos? El mundo no es estático, tampoco lo es el conocimiento. Si no nos arriesgamos a hacerlo, otros lo harán por nosotros. Tenga un poco de fe.
—Me parece que la fe es lo último en lo que está pensando al hablar así, señor.
En ninguna otra circunstancia Arthur se habría visto con valor suficiente para dirigirse de esa manera a su tutor, pero había traspasado unos límites y no sabía adónde podía llevar aquello.
Procesar todo lo que había ocurrido en la última hora le llevaría mucho más tiempo del que el profesor Crowle estaba dispuesto a darle, y no era una decisión que debiera tomar a la ligera.
Podría presentar sus dibujos a la comunidad científica, y después, ¿qué?
¿Le adularían? ¿Pedirían que lo expulsaran de la facultad?
¿Esperarían más pruebas antes de aceptar su diagnóstico?
La evolución no era una idea nueva, aunque estaba lejos de contar con suficientes adeptos para ser tomada en serio.
No se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que las últimas semanas hubiera estado encerrado en una habitación con una criatura extinta, y eso era suficiente para que perdiera la paciencia. Se sentía traicionado y solo.
Un momento, ¿Victoria lo sabría también?
¿Le había informado su tío de lo que sucedía?
¿Era consciente de lo que estaba pasando y le había ayudado a llegar hasta el final?
La chica era inteligente, de eso no le cabía duda, sin embargo, él no podía negar que ella estaba demasiado familiarizada con el mundo anatómico para que fuera una casualidad.
Y, lo que era peor, ¿la había mandado Lyle Crowle para vigilarle?
¿Se había ganado su confianza con el fin de prepararlo para la gran revelación que le haría el profesor?
Había comenzado a dudar no solo de que fueran amigos, sino también de que ella quisiera saber algo sobre él más allá de ese estúpido engendro deforme.
¿Que tuviera fe? No le estaba pidiendo que confirmase que era ateo y que estaba en contra de las creencias de su familia y de Occidente, quería que le diera una patada a todo lo que creía conocer y empezase de cero sin ninguna certeza.
—¿Cómo puede estar tan seguro de que no es un engaño? —En su cara habían aparecido manchas rojas debido a la presión de sus dedos sobre ella—. ¿Cómo sabe que no es un error de cálculo de ambos y que el alemán no le ha tendido una trampa para reírse de usted?
—Por la misma razón por la que puedo dar clases de Anatomía y Cirugía en esta facultad, Arthur.
He trabajado con restos humanos desde que tengo memoria y puedo reconocer cuándo algo es real y cuándo no lo es.
Los huesos son reales y también su malformación, ya la había visto antes en otros seres.
Todos iguales y todos hallados en lugares remotos, alejados los unos de los otros.
Para mí es más fácil creer en la magia que en este tipo de casualidades.
Schaaffhausen conocía a la perfección mi gusto por las cosas raras, pero no tenía forma de saber si había visto criaturas con mis propios ojos.
Tuvo un golpe de suerte, pero estuvo acertado eligiéndome a mí. Puedo confirmar sus sospechas.
Sentado en el borde de la silla y con las piernas en tensión, el doctor Crowle parecía un niño travieso, más que un académico respetable.
Era la perfecta imagen del ego apoderándose de los grandes hombres, de vivir a través de lo que otros piensan de uno mismo.
Arthur no estaba seguro de dónde encajaba él dentro de aquello, ni de si el profesor le estaría escuchando, en realidad.
Aquella criatura era un ente que casi podía tocarse, una tercera persona que aportaba su voz en la conversación que mantenían.
A fin de cuentas, estaban hablando de él.
—¿Cómo…? ¿Cómo se llama?
Arthur había caído en la cuenta de que, si se trataba de una especie recién descubierta, sus descubridores no habrían podido evitar la tentación de ponerle un nombre. Los científicos tenían rasgos que podían reconocer en sus iguales, y marcarlo todo era uno de ellos.
El profesor Crowle desvió toda su atención hacia los ojos de Arthur, inyectados en sangre.
—En nuestra última correspondencia hablamos largo y tendido sobre la fonética y la lírica, acerca de cómo los nombres no son simples términos que usamos, sino que son un reflejo del mundo en el que vivimos.
—Estaba esperando esa pregunta—. Los nombres son poderosos.
Podemos tomarlo a usted de ejemplo: todos conocen su apellido, Credge, y lo relacionan con una familia de médicos.
Detrás de cada palabra hay una intención, por lo que esta no podía ser elegida al azar.
¡No todos los días se da nombre a una especie humana extinta!
Puede que incluso seamos los únicos en toda la historia capaces de hacerlo.
Se incorporó en su asiento y le mostró uno de los fragmentos de hueso largo, el que estaba más íntegro.
—Hablaba de fe, Arthur Credge, y su nombre tiene mucho que ver con ella.
El valle de Neander es uno de los pocos que no toma el nombre del río que lo ha formado, sino que procede de la leyenda del lugar.
Joachim Neander fue un gran poeta en el siglo XVII y un pastor evangélico que tomó este territorio como escenario de su trabajo.
¿Sabe usted cómo se dice «valle de Neander» en alemán?
«Neanderthal». El hombre de Neandertal. Ni yo mismo habría sido capaz de encontrar uno más apropiado.
—Neandertal. —Arthur comprendió lo poderoso que es un término la primera vez que se pronuncia. Solo con hacerlo se volvía real.
—Espero contar con su discreción otra vez. Este es un pequeño obsequio de mi parte, pero sería mejor que nadie más lo conociera por el momento.
—Supongo que Alford Byron estará deseoso de saber más.
—Oh, desde luego que lo está. —El profesor se regocijó en su propio secreto, saboreando su pequeña victoria—.
Pero también pagaría mucho dinero por ser capaz de decirme «Te lo dije ».
Está aguardando para saber cuál será nuestro próximo movimiento, si alguien se atreve a anunciar el descubrimiento o si lo enterramos de nuevo en lo más profundo de esa cantera.
Disfrutaría de ambas posibilidades, estoy seguro de ello.
Era peligrosa la ambición. Saliese bien o no el plan que el profesor tenía, sería demasiado tarde para echarse atrás. La ambición lo consume todo.
—¿Ha tomado entonces una decisión o prefiere que sigamos hablando toda la noche de ello? —volvió la cabeza hacia Arthur, esperando encontrar una respuesta que le satisficiera.
No fue el caso.
Arthur se preguntó por qué le estaba costando tanto tomar una decisión respecto a aquello.
Sabía lo que había visto y sabía que no se equivocaba.
Confiaba en su método y en su capacidad de resolución, así que estaba seguro de que había dibujado un retrato realista del individuo.
¿Qué había del diagnóstico? La realidad era que a Arthur le habría encantado creerle y dejarse llevar, pero su cinismo se lo impedía.
Aquello era atroz, irracional, absurdo.
No obstante, era la única explicación que tenía.
—No me siento preparado para asumir las consecuencias que esto va a tener —admitió el alumno, esperando apelar al sentido común del profesor—. Todo ha sido demasiado repentino. Ni siquiera sabía lo que estaba haciendo, yo… no creo que sea la persona adecuada para ayudarle en eso.
Solo había una palabra que pudiera describir el sentimiento que le causó la reacción de Lyle Crowle a su respuesta: temor. La serena expresión del profesor se tornó en la furia más profunda y honesta que jamás había contemplado, un efecto desmedido que no casaba con su naturaleza estoica.
—Me parece que no entiende la verdadera gravedad de la situación.
No termina usted de comprender que la elección que debe hacer es mucho más grande que decidir si cree o no en la historia que le estoy contando.
Se está jugando mucho más que una reprimenda de un profesor o un comité de evaluación.
—Su voz había tomado un cariz peligroso, suave como el satén, pero rígido como el mármol—.
Es usted un necio, Arthur. ¿No lo ve? El favor no me lo está haciendo usted a mí ni a Schaaffhausen, se lo estamos haciendo nosotros a usted.
Sintió que el discurso caía como una losa sobre su tumba al sentenciar el final de su faceta comprensiva. El doctor Crowle se había cansado de esperar a que él tomase una decisión.
—Mi viejo amigo no necesitaba el diagnóstico de un estudiante que aún no puede denominarse a sí mismo médico, con el mío era más que suficiente.
—Otro golpe, esta vez pensado para acabar con él en un solo asalto—.
Su presencia en este laboratorio no ha sido nunca necesaria, ni siquiera están al tanto de que usted existe ni de que estaba realizando su propio diagnóstico sobre la criatura.
Yo le estoy dando la oportunidad de dar un paso más y aferrarse a un futuro que puede llegar a ser suyo.
Una propuesta así solo se presenta una vez en la vida y nunca regresa.
Tome la decisión que tome, debe tenerlo en cuenta.
—Entonces ¿por qué yo? Si no era necesario, ¿qué hago aquí?
La furia del profesor lo atravesó y no fue capaz de disimular su propia incomodidad.
—Vi algo en usted que me recordaba a mí mismo de joven.
Una ambición que no había identificado nunca en ningún alumno, ni siquiera en Thorebourne.
La primera vez que los vi pude percibir en usted algo que no encontré en él.
Esa fue la razón por la cual le elegí y le permití aprender conmigo, y lo volví a hacer cuando se me presentó la ocasión de formar parte de esto.
Espero que no se lo tome como una tontería lo que le estoy confesando hoy, porque no volveré a repetirlo.
Cuando salga de aquí, si su respuesta ha sido negativa, nuestra relación profesional habrá terminado.
Mi trato con usted será el mismo en las clases, le doy mi palabra.
Seguirá siendo mi ayudante en el aula y le seguiré tratando como se merece.
No obstante, tendrá que buscarse otro tutor para continuar trabajando en el hospital. Esta es mi última palabra.
Era una amenaza, no existía una forma mejor de describirlo. Le tenía agarrado tan fuerte por el cuello que el joven pensó que podría asfixiarse aun sin que las manos del profesor lo presionaran. Como si no fuese necesario tocarle para acabar con su vida.
Tenía opciones, se las había mostrado, pero ninguna era real.
El profesor le había dejado claro desde el primer momento que le hizo llamar para que fuera al laboratorio qué respuesta esperaba de él.
Considerar que tenía la posibilidad de elegir era una falacia disfrazada de oportunidad.
Jamás había sido libre para hacer lo que quisiera, estaba jugando a un juego cuyas reglas se iban inventando sobre la marcha y él no las conocía.
—¿De verdad lo creyó? —La pregunta vibró en la garganta de Arthur, otorgándole un momento de desahogo.
—Y lo sigo creyendo, señor Credge. —Aunque tan solo estaba a unos metros de él, su voz sonó distante, como en un sueño—. En mis años de trabajo, jamás había encontrado a un joven con tanto potencial como usted.
La criatura formaba un muro impenetrable entre ellos, una fortaleza que parecía lejos de desquebrajarse. Aunque Arthur trató de mirar al doctor a los ojos, el profesor evitó el contacto visual. Las manecillas del reloj con su ritmo pausado marcaban la cadencia de sus pensamientos.
Tic.
Tac.
Tic.
Tac.
Arthur deseó detener el tempo con sus propias manos, no quería que siguiera corriendo descontrolado.
Incluso antes de pronunciar la respuesta, sabía que todo cambiaría en el mismo momento en que lo hiciera.
—Dígame qué quiere que haga.