Los anatomistas Capítulo 44
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Capítulo 44

Umbra II

El salón de espiritismo de Margaret Home era un espacio tan sobrio que Theodore no dudab a de que, cuando lo construyeron, estaba destinado a hacer las funciones de despacho.

Se adentraron en una pequeña habitación cuyas paredes estaban decoradas con papel verde.

En el centro, una mesa como las que se usan para servir el té estaba cubierta con un cobertor tejido a mano, una gran telaraña que ocultaba el color real de la mesa y llegaba al suelo, rozando incluso el parquet.

A su alrededor dos decenas de sillas creaban un círculo perfecto para que los invitados tuvieran una visión privilegiada del escenario donde ocurriría todo.

En el suelo y parte de los muros, una congregación de candelabros iluminaba el salón y permitía apreciar todos los rincones de la estancia.

Si uno de ellos hubiera caído y alcanzado la tela, la habitación había ardido a los pocos segundos y el fuego se habría propagado rápidamente por toda la mansión.

Theodore no había asistido jamás a un evento como aquel, pero podía imaginarse cómo se desarrollaría.

Un juego de manos seguido de un juego de luces y mucha palabrería, todos los ingredientes necesarios para engañar a los presentes.

Una sesión rápida, alguna lágrima derramada y muchos ojos que no podrían explicar nada de lo que acababa de pasar.

Era una fórmula sencilla, todos la conocían.

Aun así, esas reuniones siempre estaban concurridas, siempre encontraban adeptos para continuar con sus juegos y estafas.

Las personas desesperadas anhelaban reunirse con alguien o darle un nuevo sentido a su vida.

Los salones como los de la Mansion Home prometían mucho y pedían poco a cambio, por eso lograban prosperar.

Theodore tomó asiento en una de las butacas más cercanas a la pared, esperando que su amigo le siguiese. Wheeler vagaba como un alma perdida por la habitación, embriagado con cada detalle de la mansión y del salón.

—Algo me dice que no puedes esperar a que finalice la noche, médico.

El quejido de la voz de Margaret Home volvió a tomarlo por sorpresa. Theodore había estado tan concentrado en su compañero que había dejado de ver el resto de la estancia.

—No sé a qué se refiere, señora Home. —No se le daba bien fingir que era estúpido.

—No hace falta invocar a una fuerza mayor para saber que no estás aquí por ti mismo.

—Si eso la ofendía no lo dejó ver—. Desde que has puesto un pie en mi casa estás incómodo, no sabes dónde meterte.

Has venido a acompañar a tu amigo para que hable con su novia muerta, pero no te interesa lo más mínimo nada de lo que hacemos aquí.

—¿Cómo sabía lo de Wheeler?

Un brillo de curiosidad se encendió en sus ojos, tan oscuros que reflejaban la luz de los cientos de velas que iluminaban la sala. Delante de él apareció la figura de Alford Byron, que se recostó en su butaca como si estuviera en su propia casa y posó las piernas sobre otra.

—La respuesta que voy a darte no te va a gustar. —La pesada tela de su vestido se arrastraba con cada uno de sus movimientos—. ¿Quieres darme la tuya?

—Estoy bastante seguro de que nadie puede conseguir una invitación si no es aceptado por usted.

Como bien ha dicho, nada sucede en la mansión sin que lo sepa.

—No tenía ninguna duda de que aquello era una prueba—.

No sé con quién ha hablado Wheeler, pero le habrá hecho el favor de meterle en la lista porque está pasándolo mal y usted no podía perder la oportunidad de admitir a un joven tan vulnerable en una de sus sesiones.

El resto parece más complicado, pero no lo es.

Nos han presentado como estudiantes de Medicina y Wheeler tiene un aspecto horrible, lleva días sin dormir.

No le ha resultado difícil sumar dos más dos, era evidente que él está pasando una mala racha.

Ni siquiera le ha hecho falta preguntar nada más ni indagar, se lo ha puesto muy fácil.

Fue como si algo se hubiese roto en la mente de la médium.

Agarró con fuerza los guantes de piel que aún sostenía entre sus manos, pero no sentía rabia.

No, la dueña de la mansión estaba encantada con su presencia, era un desafío para ella.

Theodore había reconocido sus ganas de jugar en el momento en que la había visto por primera vez, y ella había encontrado en él un buen competidor que no era capaz de mantenerse al margen de lo que iba a suceder.

Había encontrado su punto débil, su talón de Aquiles. A madame Home solo le habían hecho falta unos minutos. Eso, entendió Theodore, es lo que le hacía especial.

—Serías un gran sabueso, tienes alma de investigador y mucha imaginación, chiquillo. —Theodore deseó que no hubiese dicho eso. Margaret Home se relamió los labios—. ¿Cuál era tu nombre? ¿Thorebourne?

—Theodore Thorebourne —confirmó él.

—De acuerdo, Theodore Thorebourne. —Se retorció como si hubiese oído el chiste más gracioso de su vida—. ¿Sabes por qué me gusta tanto invitar a científicos a mis sesiones?

Él negó con la cabeza.

—Porque quiero que alguien se atreva a desacreditarme. —Un rugido felino abandonó su boca—. Quiero que alguien me trate como una mentirosa y que explique al mundo cómo hago que suceda todo lo que ocurre entre estas cuatro paredes.

—¿Por qué querría eso? —preguntó, pero ya conocía la respuesta.

—Porque nadie lo ha conseguido aún.

Una multitud de hombres trajeados fueron ocupando cada una de las sillas de la sala.

Todos en un estado eufórico, nervioso. Los primerizos contemplaban la sala absorbiendo cada pedazo de información que les otorgaba ese nuevo paisaje, tomando nota mental de una historia que no dudarían en contar en cuanto salieran de allí.

Los que repetían mostraban un tono rojizo en su rostro, similar al del traje que había elegido madame Home aquella noche, y se regocijaban de lo que estaban a punto de revivir.

Sin embargo, todos evitaban la mesa, nadie quería estar cerca de ella.

Theodore sintió una punzada de compresión al escuchar a la médium, que no se había apartado aún de su lado.

—Todos los que se dedican a la ciencia —continuó diciendo, ignorando el murmullo creciente en la sala—, no importa si se trata de un matemático o un matasanos, buscan una cosa: desacreditar a los demás.

No desean hacer grandes descubrimientos, tan solo ser capaces de demostrar que el resto miente.

Que sus investigaciones no sirven para nada, que ellos son los únicos que merecen relevancia. Y yo les doy lo que buscan.

—¿Está admitiendo que lo que se lleva a cabo aquí no es más que una gran mentira?

—El mundo de los espíritus es real, Theodore, y así seguirá hasta que alguien consiga demostrar su existencia o negarla con pruebas.

—Estaba tan cerca de ella que podía ver latir una de las venas de su cuello—.

Mientras exista gente como yo, personas a las que no nos pueden desacreditar, aunque muchos lo intenten, este oficio seguirá vivo. Y el más allá también.

—¿Qué le hace diferente a usted? —insistió.

Wheeler ocupaba el asiento de su derecha y escuchaba con gran curiosidad la conversación que estaban manteniendo los dos.

—¿Qué le diferencia de los cientos de impostores que están ahí fuera buscando fama y dinero? —remachó Theodore.

Madame Home aplaudió tres veces y la sala enmudeció al instante. Wheeler se aferró a la silla como si temiese que fuese a escaparse corriendo bajo su cuerpo.

—Bienvenidos una noche más a una séance de la Mansion Home.

Es un honor ver tantas caras conocidas. —La precisión felina de sus pasos la llevó con rapidez al centro de la sala, donde tomó asiento frente a la mesa de té.

Todos los asistentes atendían a su discurso y seguían sus movimientos.

Ella no necesitaba gritar para hacerse escuchar—.

Lo que están a punto de observar es la comunión entre el alma y la materia, entre la vida y la muerte.

Son afortunados de poder contemplar un fenómeno tan extraordinario con sus propios ojos.

Tan solo tenemos tres normas que deben seguir si quieren regresar.

Theodore sintió la rasgada mirada de Margaret Home sobre él.

—Todo se puede ver, todo se puede tocar, todo se debe contar —recitó.

—¿Cómo? —susurró Theodore, y su amigo le mandó callar.

—Es el único lugar de toda Europa en el que se celebran sesiones de espiritismo a plena luz —dijo Alford Byron entrometiéndose en la conversación—.

La señorita Home invita a cualquiera que dude de su poder a comprobar por sí mismo si está mintiendo.

Convierte a todos los escépticos en creyentes en una sola noche.

—Te lo dije —respondió Wheeler—. Teníamos que venir aquí.

El sudor frío cubrió la espalda de Theodore.

¿Qué le sucedía? Él era un hombre de ciencia, había visto cosas maravillosas a lo largo de su vida. Sabía lo que el conocimiento lograba, lo importante que era buscar la verdad. Aquello, sin embargo, era mucho incluso para él.

—¿Temen la muerte? —preguntó la médium, colocando las manos sobre la mesa con las palmas hacia arriba—. Háganse esta pregunta, mis queridos invitados. Vean más allá.

¿Temía Theodore la muerte? Estaba claro que no, trabajaba día a día con ella.

Veía la carne y su descomposición como parte esencial de la vida, como el primer paso hacia la eternidad.

Era creyente porque todo le había llevado a pensar que había algo más.

Estudiar la muerte no solo significaba comprender el final de la vida, también era una forma de darle un sentido a la pérdida.

No la temía, pero tampoco quería jugar con ella. Solo los necios se enfrentan a lo que no conocen.

—Permitan que los acompañe en este viaje. Mi nombre es Margaret Home, sean bienvenidos a mi hogar. Espero que pasen una gran noche.

Y en ese momento, como si la noche se hubiera apoderado de todo, la luz de todas las velas se apagó.

Luego, como una exhalación, la estancia volvió a iluminarse, sin que nadie se hubiese ocupado de prender de nuevo las llamas.