Capítulo 43
Responsum II
—Si tan equivocado estoy, ¿por qué no se atreve a negarme lo que está viendo?
Arthur había dejado de procesar sus palabras, tan solo oía la sangre bombeando en sus oídos, un ruido ensordecedor que le invitaba a imaginarse que estaba muy lejos de allí, en la antigua casa de su infancia.
Lyle Crowle se mantuvo firme en su sentencia, sin preocuparse d e que su alumno respondiese.
—Yo tampoco podía creerlo la primera vez que lo vi, aunque solo me hicieron falta un par de horas para darme cuenta de que mi viejo amigo tenía razón: había dado con uno de ellos, solo era cuestión de tiempo que todo saliese a la luz.
—Agarró uno de los fragmentos del cráneo y lo meció—.
Sabía que llegaría a la misma conclusión que yo desde el momento en el que se lo propuse; necesitaba una confirmación más, unos ojos inocentes —repetía una y otra vez, como un mantra—.
Los suyos eran perfectos, Arthur Credge, usted era perfecto para el trabajo.
Al venir aquí hoy temí que no hubiera sido capaz de encontrar el camino, pero lo ha hecho. No me he equivocado con usted.
Volvía a escucharle, pero cada frase carecía más de sentido que la anterior. Habría dado lo que fuese porque se tratase de una broma, pero Lyle Crowle no era de los que las gastan. No, aquello era real. O, al menos, uno de los dos creía que lo era.
—Mi querido compañero pensó que había perdido por completo la cabeza cuando hizo su diagnóstico.
¿Se imagina, Arthur? ¡Encontrar un ser humano más antiguo que las pirámides!
No, esto se trata de algo aún mejor. La ciencia evoluciona, eso no se puede negar.
Y usted está haciendo historia, de eso no puede dudar.
Es usted un joven privilegiado que pasará a los libros de texto y las nuevas generaciones estudiaran su nombre.
—Para él, la imagen de la grandeza prometida no era un sueño, sino una realidad—.
Si en anteriores ocasiones no se logró confirmar la existencia de estas criaturas, fue por una buena razón, estoy seguro.
¿Sabe de qué se cumple un siglo el año que viene?
—¿Qué tiene que ver…? —comenzó a decir, pero Crowle le interrumpió en mitad de la frase.
—Sabe de sobra por qué lo hago. Responda, Arthur.
—El brillo de su mirada se había apagado de golpe.
Si quedaba en él algo del profesor que recordaba, se había desvanecido junto con su paciencia—.
No pierda el tiempo con tonterías. Sé que lo sabe.
En 1758, Carlo Linneo nombró por primera vez a nuestra especie como Homo sapiens , y la encasilló taxonómicamente dentro del reino animal.
—Arthur se derrumbó en una silla, tan conmocionado estaba que le faltaba el aire—.
Y esto de aquí no pertenece a nuestra especie.
—Pare —suplicó Arthur. La rabia volvió a apoderarse de él y no supo cómo acallarla—. No siga con lo mismo. No quiero oír más mentiras.
—Usted mismo ha dicho que tiene características que parecen no humanas. Y hay una gran razón por la que eso es cierto.
Arthur se aflojó el nudo de la corbata, pero el aire no regresó a sus pulmones. Respiró hondo como pudo y habló:
—Existe una gran diferencia entre decir que alguien no parece humano y admitir que no lo sea.
Jamás he admitido tal cosa. —Trató de suavizar el timbre de su voz, pero todo su cuerpo dejó de responder a las señales de calma que le enviaba su cerebro—.
Siempre se han contado historias de gigantes e híbridos, las oímos desde que empezamos a ir a la escuela, pero eso no significa que crea que son ciertas.
En su propia clase hemos sido testigos de los mayores engendros de la sociedad, todos diferentes entre sí. Todos humanos.
—¿Alguna vez ha ido a un mercado y ha visto escamas de sirena? ¿Cuerno de unicornio? ¿Huesos de gigante? —Escupió las preguntas como un torbellino sin rumbo—. Cada sustancia cura un mal, algunas incluso los curan todos. Mumiya , polvo de huesos de santos, brebajes de brujas, mandrágoras chillonas.
—Sí, claro, pero…
—Está tan cerca de la respuesta que ni usted mismo es capaz de ver lo que tiene delante.
—El profesor estaba furioso, decepcionado.
Esperaba mucho más de él, y mucha menos resistencia—.
No existen las criaturas mágicas, los trasgos y los gigantes, pero eso no significa que lo que venden sea falso.
He pasado toda mi vida pagando a gente para que me traiga los objetos más maravillosos de cada parte del mundo y puedo asegurarle, por el dios que nos esté escuchando desde allí arriba, que so n muy reales, aunque ninguno se nombre como lo que verdaderamente es.
No hay monstruos ocultos, pero sí criaturas muertas que poblaron la Tierra antes que nosotros.
Y tiene la prueba delante de sus narices, aunque intente negarlo.
En las últimas semanas toda su vida había girado en torno a aquellos huesos, a describir lo que tenía delante.
En más de una ocasión tanto él como Victoria habían comentado su aspecto ensañándose con sus rarezas y diseccionando cada una de sus partes para encontrar una respuesta que no había llegado.
Aquel individuo no tenía ningún desperfecto, el problema lo tenían ellos.
Arthur había sido el primero en mencionar que no parecía humano, pero solo en ese momento supo hasta qué punto se había creído sus propias palabras.
—¿Alford Byron lo sabía? —Su pregunta provocó de nuevo la curiosidad del profesor—. Cuando vino al laboratorio…, ¿el profesor sabía lo que teníamos? Hasta ahora había pensado que era un simple ataque de nervios, pero hay algo más, ¿me equivoco?
—Mi querido compañero estaba muy al tanto de lo que Hermann Schaaffhausen creía haber encontrado.
El don de mi colega no ha sido nunca la discreción.
—Acariciaba su barba con expresión ausente—.
Un buen científico, eso sí. Uno de los más excelentes anatomistas con los que he tenido la oportunidad de coincidir.
Pero nunca le podría definir como discreto.
Si me lo había contado a mí, pudo habérselo consultado a cualquier otro antes.
Cosa que, como Alford Byron evidenció, y como era de esperar, sucedió.
Lyle Crowle cruzó el laboratorio y se dirigió a la pila de agua, de la que bebió hasta saciarse. Las gotas le caían por la pechera de la camisa, iba demasiado elegante para aquella habitación.
—Una historia fascinante la del hallazgo, sí, señor.
Creo que debería escucharla, Credge. —Retomó su asiento, no sin antes arrastrar una silla para que el joven se pudiera sentar delante de él.
Sin esperar respuesta, le indicó que lo hiciera—.
El año pasado, si no me falla la memoria fue en el mes de agosto, un grupo de trabajadores de una cantera cercana a Düsseldorf dio con un montón de huesos que identificó como humanos.
No fue Schaaffhausen el que los recibió, sino Johann Carl Fuhlrott, quien desde el primer momento creyó que se trataba de algo mucho más complejo.
Sin lugar a dudas, como ha podido usted comprobar, era un individuo antiguo, muy antiguo, los restos estaban ya fosilizados.
Lo que tenemos aquí está más cerca de ser una piedra que un ser vivo, pero ese es el destino que tiene preparado para nosotros la Tierra.
Si tenemos suerte, los anatomistas del fututo observarán nuestros huesos y narrarán nuestras hazañas a partir de ellos.
Sería poético, ¿no lo cree así, Arthur Credge?
Un parpadeo y un suspiro fueron la única respuesta del alumno.
—Fuhlrott es lo que a algunos científicos les gusta denominar un naturalista, un experto en tantos temas que en ocasiones no lo es en ninguno.
No obstante, Fuhlrott sabía lo que hacía, y solo necesitaba que un médico le confirmase las sospechas.
Ahí es donde en esta historia entra Hermann Schaaffhausen, y donde comienza esta investigación para nosotros.
Para usted y para mí. —Arthur no levantaba la mirada del suelo, pero Lyle Crowle sabía que estaba atento a todo lo que decía—.
Como le conté, Schaaffhausen es un viejo conocido al que quizá le debía un favor y no había nadie mejor que yo para darle una respuesta.
No solo por mi trabajo, en el que a lo largo de los años he demostrado mi valía, sino por el renombre de la universidad en la que trabajo.
Que una institución como la Universidad de Edimburgo, uno de los mayores templos del estudio anatómico del mundo civilizado, avale la investigación supone un antes y un después.
Un solo sí de nuestra parte podría cambiar la idea que el mundo tenga sobre la criatura.
Solo es necesario un diagnóstico. Solo uno. Y nosotros le hemos dado dos.
Inteligente. Era un plan digno de una mente maestra.
Todos y cada uno de los detalles encajaban a la perfección en las incógnitas que las anteriores semanas estaban en el aire.
Arthur no pudo evitar sentirse estúpido.
¿Cómo no se había dado cuenta de aquello?
Incluso la discusión con el doctor Byron habría sido suficiente para comprender que le habían obligado a participar en un experimento sin su consentimiento.
—Si era tan excelente oportunidad, ¿por qué el profesor Byron reaccionó de aquella manera?
Lyle Crowle no era de la clase de hombres que bromean, pero tampoco de los que permiten que se les cuestione de manera tan abierta. No obstante, pareció complacido porque la conversación siguiera y Arthur continuara interesado en lo que tenía que decir.
—Alford Byron puede proclamarse a sí mismo científico, pero no deja de ser un hombre temeroso de Dios, seguidor de las Escrituras.
Cuando comienzan a cuestionarse las bases de sus creencias, incluso los mejores hombres son incapaces de aceptar un cambio de pensamiento.
En las últimas décadas hay una palabra que ha resonado en los muros de esta universidad y que los profesores han temido como si se tratara del mismo diablo: «evolución».
—Las manecillas del reloj de pared que había en la sala iban al mismo ritmo que los latidos de su corazón—.
Es un término que solo se invoca en voz tenue en estos pasillos, por temor a que alguien lo oiga y cuestione tu integridad religiosa.
Debo admitir, mi querido Arthur, que no soy de la opinión de que creer en la evolución te haga un peor devoto.
—¿Por qué?
—Los misterios de Dios son más grandes de lo que imaginamos. Que unas criaturas puedan nacer de una forma y terminar convirtiéndose en otras, al igual que las mariposas en las crisálidas, habría complicado mucho más el trabajo de nuestro Creador.
—Entonces ¿cree en la evolución?
—No estaba seguro de ello hasta este mismo momento.
Si cualquiera de los dos se hubiera fijado en la hora que era, quizá habrían dado la conversación por terminada, pero ninguno hizo amago de marcharse.
—Soy un hombre de mundo —le confesó, mostrándose mucho más cercano que hasta ese momento—.
Muchos me llamarían también naturalista.
He viajado y he tenido en mis manos los mayores misterios de toda la humanidad.
Algunos incluso descansan en vitrinas en los salones de mi casa.
He visto todo lo que se puede ver, he comprado todo lo que permite el dinero.
Aun así, nada importa. Soy más parecido a Alford Byron de lo que me gusta pensar.
Ambos somos hombres cobardes, temerosos de las represalias, que no se atreven a pronunciar en voz alta sus inquietudes.
La bilis comenzó a asomarse a la garganta de Arthur, que no sabía cómo contenerla.
—Me convencí a mí mismo —continuó diciendo Crowle— de que todos los demás cuerpos eran falsos y que no podía existir tal cosa como el eslabón perdido de nuestro pasado.
Y, sin embargo, míreme, Arthur. He ayudado a hacer un hallazgo excepcional y me aterraba equivocarme.
Pero usted me ha dado las fuerzas que necesitaba para darme cuenta de la realidad.
Su dibujo no muestra el rostro de un individuo enfermo, sino que representa el primer retrato del hombre que cambiará nuestra vida.