Los anatomistas Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Aunque Theodore tardó apenas unos instantes en tratar de buscar una excusa que les permitiese pasar inadvertidos o que justificase su presencia allí tras el toque de queda, el profesor Alford Byron ya los había visto.

Su expresión se tornó desesperada, también calculadora.

Parecía tan poco contento de verlos allí como ellos de encontrarse con él.

Había muchos alumnos en la facultad, pero ellos dos no se habían esforzado por pasar desapercibidos, de modo que en ese momento debían lidiar con las consecuencias.

El doctor se debatía entre llevarlos de vuelta a la residencia él mismo o fingir que no los había reconocido.

Theodore no se lo pensó dos veces y se acercó a él, mostrando tanta seguridad como cualquiera de los allí presentes.

—Caballeros. —El profesor Byron los saludó con un movimiento de cabeza—. Es una sorpresa verlos aquí hoy.

—Lo mismo podría decirle, señor. —Theodore no sabía cómo evitar aquella conversación y salir ileso—. ¿Ha venido usted solo? No me esperaba que a los profesores les interesara este mundo.

—Le sorprendería, mi querido muchacho. Estoy esperando a que Lyle Crowle se digne a aparecer, fue él quien me arrastró hasta aquí la primera vez y hoy quería repetirlo.

¿Y ustedes? Este no es un buen lugar para jóvenes.

—El profesor Byron los observó con curiosidad, sorprendido de que se hubieran atrevido a ir allí—. ¿Cómo han conseguido invitación?

—Los hombres de ciencia siempre son bien recibidos en esta casa. —La voz femenina, que venía de su espalda, les provocó un escalofrío—. Es un placer verte de nuevo, Alford Byron. ¿Son alumnos tuyos? —dijo tuteándole la dama, con una sonrisa en el rostro.

Los rasgos de aquella mujer se asemejaban a los de un gran felino: ojos rasgados, nariz recta y labios finos y sinuosos que se movían con lentitud mientras hablaba.

Una gran cabellera negra, salpicada por las primeras canas y recogida en trenzas, le caía por la espalda.

Podía tener veinte años o cincuenta, pero Theodore solo pudo fijarse en lo hermosa que era.

Su voz, casi un silbido, no abandonaba su cabeza pese a que la desconocida no había vuelto a pronunciar una sola palabra.

Un largo vestido escarlata, confeccionado con metros y metros de tela de primera calidad, envolvía su elegante cuerpo. El color de su traje brillaba junto al ardor de las velas que decoraban la estancia y bailaba con cada una de sus llamas.

Dos guantes de piel gruesa cubrían sus manos hasta que se mostró ante ellos. Los retiró despacio mientras continuaba hablando, irrumpiendo de lleno en la conversación de los tres hombres.

—Cuantos más mejor, Alford. Sabes que nunca me canso de los médicos.

—Halpine, Thorebourne, les presento a madame Margaret Home, la dueña de la casa. —Toda la tensión del cuerpo del profesor se disipó en el momento en que la vio—. Señorita Home, querida, estos dos jóvenes son alumnos de la Facultad de Medicina.

El profesor quiso continuar hablando, pero le fue imposible.

—Jóvenes brillantes, supongo —ronroneó.

—Los mejores del país.

¿La dueña de la Mansion Home era aquella mujer?

Theodore buscó rápidamente en su cabeza algún recuerdo que conectase la existencia de la casa con aquella hermosa mujer.

Todos sus compañeros, incluso los que se jactaban con orgullo y alegría de que habían estado en una de las sesiones de espiritismo en la Mansion Home, hablaban siempre del dueño, de un hombre.

Habría puesto la mano en el fuego al afirmar que alguno de ellos estaría mintiendo, que había fingido presenciar un fenómeno sin explicación solo por dar algo que hablar al resto, pero no esperaba que todos fuesen culpables de lo mismo.

A su lado, Wheeler luchaba contra los mismos pensamientos, en absoluto los ocultaba.

—¿Ocurre algo? —Margaret Home ocupaba el centro del grupo y los tres dirigían su atención hacia ella.

—No, es solo que no es usted como esperábamos, supongo.

Theodore no sabía cómo continuar. En su mente, la casa que estaban visitando pertenecía a un millonario estafador que se dedicaba a sacar dinero a inocentes como él.

Sin embargo, la mujer que tenía delante le causaba una sensación distinta.

Sí, quizá intentaba estafar a todos los presentes, pero a él le costaría acusarla de hacerlo.

—Esperaba que la Mansión Home fuese de…

—¿Un hombre? —Su risa contagió al doctor Byron, que la siguió con gusto—.

El espiritismo es un menester propio de las mujeres, los hombres no tienen la sensibilidad necesaria para llevarlo a cabo.

Esta es mi casa y todas las séances que aquí se dan están bajo mi control y conocimiento.

Aquí no sucede nada sin que yo me entere o tenga algo que decir al respecto.

—Espero que acepte mis disculpas, señora Home. —Cada paso que daba le alejaba más del punto de partida. ¿Por qué había ido allí?—. Lo último que quiero es ofenderla.

—Con un rostro como el suyo sería difícil enfadarme. —Sus ojos de gata examinaron a Theodore, pero Wheeler captó enseguida su interés—. Espero que hoy logres escuchar la voz de tu novia, mi querido niño. Sé que está deseando hablar contigo.

Wheeler palideció como si delante de él hubiese aparecido un espíritu gritando su nombre.

—¿Cómo lo sabe? —El niño que llevaba dentro salió a la luz tan solo un instante y se dejó llevar por el pánico más puro.

Margaret Home estaba satisfecha consigo misma y no se molestó en ocultarlo.

—Como bien he dicho, no ocurre nada en mi propiedad sin que yo lo sepa. —Uno de sus dedos se deslizó por la pechera de la camisa del futuro médico—. Y menos si se trata de un alma en pena que quiere algo de mí. ¿Quieres algo de mí, muchacho?

El terror se veía reflejado a lo largo y ancho de su rostro.

—Creo que necesito respuestas —contestó Wheeler a la médium, con más templanza de la que Theodore lo creía capaz.

—Estás en el lugar correcto para conseguirlas… y para formularlas.

La niña que había retirado sus abrigos apareció en el centro de la sala, con ropa masculina en sus manos, del mismo tono escarlata que el vestido de Home.

Estaba inmóvil delante de una de las puertas, la que se encontraba a la izquierda del corredor.

Nada distinguía esa entrada de las demás.

Si no hubiese estado ella delante, los invitados no habrían sabido cuál elegir.

—Señora Home, ya está todo listo. —Con el tono propio de niña que aún no ha cumplido los diez años, logró que todos se girasen para mirarla—. Comenzamos cuando usted quiera.

Wheeler seguía paralizado por las palabras de la mujer, que no dejaba de estudiar la reacción del joven.

—Sed bienvenidos a vuestra primera séance . —Madame Margaret Home abrió la puerta de la habitación—. Espero que este sea el principio de algo nuevo para todos.