Los anatomistas Capítulo 42
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Capítulo 42

Umbra I

En los suburbios de Edimburgo abundaban las mansiones de piedra.

Hacía unos años, con el aumento de la población, se había llevado a cabo una reforma de las afueras de la ciudad.

Cuando vivir dentro del núcleo urbano ya no estaba reservado solo a unos pocos que se lo podían permitir, comenzaron a construir casas alejadas de los comercios, las tiendas y los bares, con lo que se inauguró una nueva vida fuera de los límites establecidos por los antepasados.

Las casas, cada vez de mayor tamaño debido a la falta de limitaciones, se vendían por un precio desorbitado.

Aun así, una a una, aquellas grandes mansiones encontraron compradores antes incluso de ser habitables.

Así se creó un ecosistema solo accesible para unos pocos.

Sin embargo, eso no fue suficiente para ninguno de ellos.

El sueño de la soledad y la privacidad no tardó en disgustar a los buenos señores con títulos nobiliarios escoceses, quienes se dieron cuenta de que no estaban dispuestos a malgastar el tiempo viajando para hacer cosas tan simples como beber una cerveza o atender a sus ocupaciones.

Poco a poco, los barrios que habían prometido una nueva vida residencial solo para los más privilegiados se convirtieron en un lugar al que escapar solo en ocasiones especiales y ocupado por grandes residencias que nadie quería comprarles.

Los suburbios estaban repletos de mansiones de piedra, pero ninguna como la Home.

En los palacetes pensados para las grandes familias adineradas solo había polvo y posesiones de las que querían deshacerse, lugares que invitaban a que personas sin recursos se afincasen allí y los convirtiesen en su hogar temporal.

Los nuevos habitantes iban y venían por las calles como entes a los que nadie sabía cómo evitar.

Tan silenciosos que en muchas ocasiones la única manera de saber que habían estado allí era a través de la limpieza de los suelos y los muebles.

A veces incluso las familias agradecían que alguien viviera en sus moradas, ya que evitaban que ratones o ladrones menos inofensivos entrasen en ellas.

Era un secreto a voces que los suburbios de Edimburgo se habían convertido en uno de los peores lugares para vivir, y nadie se molestó en luchar por recuperar la vida que un día les habían prometido.

En los barrios en los que debía reinar el silencio era donde tenía lugar gran parte de la vida nocturna de la ciudad.

Y la Home podía atribuirse el mérito de ello.

Si el resto de las mansiones parecían no tener alma, criaturas atrapadas en el purgatorio que se habían olvidado de cómo era estar vivo, la Mansion Home suponía un recuerdo constante de que la bonanza había existido en algún momento.

La arenisca rojiza de las paredes contrastaba con la teja oscura de la techumbre y las enredaderas abrazaban los muros como si tratasen de fundirse con ellos.

En cada una de las ventanas de la casa se veía un haz de luz que nunca se apagaba por las noches, un aviso para todos los que estuviesen cerca.

Pero ¿de qué?

Aunque se consideraba a sí mismo un hombre inteligente, Theodore no era capaz de recordar el momento en que le había prometido a Alphonso que acompañaría a Wheeler allí.

Podría hacer muchas cosas por su compañero, pero se preguntó si valía la pena saltarse el toque de queda e insultar a su intelecto yendo a aquel lugar.

Aunque, como se temía, ya era tarde para arrepentirse.

Su amigo fingía que estaba bien, pero no era necesario conocerle para darse cuenta de que estaba destrozado.

Si creía o no que era una buena idea tratar de contactar con su novia muerta en una casa de espiritismo, había decidido guardárselo para sí mismo.

Wheeler no parecía una persona supersticiosa o crédula, pero la desesperación hace débiles a los hombres.

Su padre siempre se lo repetía a Theodore.

—¿Estás seguro? —le preguntó una última vez.

En la entrada de la Mansion Home había una fila de hombres que esperaban, pacientes, a que les llegase el turno para pasar a su interior. No eran los más jóvenes entre los presentes, pero Theodore se sintió el más perdido de todos, y no solo por el hecho de que no podían estar allí.

Wheeler no había dicho una sola palabra en todo el camino, se había limitado a escuchar cómo su compañero repasaba en voz alta la materia de una asignatura a la que todavía le faltaban varios años para llegar.

«Es un descanso —se dijo Theodore— saber que al menos no está enfadado conmigo».

No dudó ni un momento en aceptar que le acompañase ni tampoco puso ningún inconveniente en que Alphonso hubiera decidido desvelar su secreto.

En un primer vistazo a Wheeler se le veía sereno, muy bien arreglado, aseado, seguro de su decisión. Sin embargo, cuanto más le miraba Theodore, más cambiaba esa impresión.

—Nunca he estado tan seguro de algo —sentenció.

Theodore no se molestó en insistir.

—De acuerdo. Dime, ¿cómo consigues que te dejen pasar?

Wheeler no dudó en rebuscar en el bolsillo de su abrigo, idéntico al de todos los estudiantes.

Un pequeño grabado en papel de seda apareció entre sus dedos, en él se veía la silueta de un ave encerrada en un círculo deforme.

A Theodore le resultó familiar aquella representación, pero no estaba seguro de dónde la había visto antes.

—Es una dracma ateniense. —Se quedó en silencio varios segundos antes de continuar—.

La lechuza es el símbolo de la antigua diosa Atenea, la patrona de la ciudad de Atenas.

Me explicaron que se entra enseñando este dibujo, en cada sesión es distinta la imagen, así se aseguran de que solo acceden quienes tienen invitación.

—Era el mayor número de palabras que le había oído pronunciar en todo aquel tiempo.

—¿Y nosotros tenemos invitación?

—¿Me crees tan estúpido de venir hasta aquí sin ella?

Theodore se abstuvo de responder.

Alphonso le había dejado muy claro que su amigo había comenzado a tener encuentros con personas que no le convenían, de modo que el malgasto de dinero era algo con lo que ambos contaban.

No quería saber cuánto costaba guardar el silencio de la Mansion Home, ni tampoco por cuánto se vendían sus misterios.

Wheeler le mostró el grabado a un hombre canoso con aspecto de mayordomo inglés que guardaba la puerta.

La entrada no tenía más seguridad que aquel miembro del servicio y Theodore no dudaba de que se largaría corriendo de allí si las cosas se ponían muy feas.

Parecía más bien un cochero, no un gran guerrero que pudiera impedirle huir.

El hombrecillo inglés les franqueó el paso sin hacer ni un comentario y la Mansion Home se abrió ante ellos, sin que Theodore acabase de comprender cómo habían conseguido formar parte de los afortunados invitados.

El interior de la morada se asemejaba a cualquiera de las grandes casas escocesas que había en la ciudad, pero allí, en los suburbios, contrastaba, era como un cielo encapotado al que le faltan nubes en una zona: a pesar de que el exterior prometía mucha luz, el recibidor era oscuro, pero no lo suficiente para ocultar lo que había allí expuesto.

Al menos media docena de armarios rodeaban la entrada de la mansión, todos tapados con encajes oscuros, cada uno con motivos diferentes.

Mirasen adonde mirasen, no solo en los muebles, había telas para evitar las miradas de los curiosos.

El suelo de la primera estancia no tenía moqueta, sino que estaba cubierta por un tejido que imitaba una gran tela de araña de color blanquecino, manchada por las pisadas de los invitados a la casa.

Un gran tenebrario daba la bienvenida en el corredor principal, donde los asistentes aguardaban antes de entrar en el primer salón de la casa, decorado a imagen y semejanza del recibidor.

Las velas colocadas en el tenebrario titilaban animando a los hombres a avanzar, a no quedarse rezagados en la entrada.

Tres puertas distintas, todas ellas talladas por la misma mano maestra, daban acceso a tres habitaciones cerradas.

Theodore no pudo evitar fijarse en el comportamiento de los hombres, que paseaban la mirada de una puerta a otra, preguntándose por cuál tendrían que entrar.

La congregación de hombres de alta cuna se evidenciaba con cada paso que daban.

Fingir seguridad es uno de los rasgos más característicos de las personas que han nacido en un entorno privilegiado.

El público estaba nervioso, excitado, tanto si era la primera vez que acudían a aquel lugar como si eran conocedores de la casa.

No importaba, todos se repetían a sí mismos una y otra vez que debían estar allí, que merecían haber sido invitados al espectáculo.

—Los abrigos, por favor. —Una niña vestida con ropa masculina se acercó a ellos y les pidió sus prendas. Tenía un ligero acento que Theodore no logró identificar—. No se puede entrar con nada a la séance.

Wheeler, que había regresado a su voto de silencio, asintió a la pequeña, que se sonrojó cuando le entregó lo que estaba buscando.

—Muchas gracias.

—Oye. —Theodore sostuvo el brazo de su amigo durante más tiempo del que parecía oportuno. Uno de los hombres de la sala le había llamado la atención y sus manos comenzaron a transpirar—. ¿Ese no es…?

—Alford Byron —confirmó Wheeler—. Parece que no vamos a estar solos hoy.