Los anatomistas Capítulo 41
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Capítulo 41

Responsum I

Los ojos vacíos de la criatura le devolvieron una oscura mirada desde el cuaderno de la mesa.

Tenía la amarga sensación de que esa tarde no encontraría a Victoria en el laboratorio, aunque esperaba equivocarse.

Había dejado pasar varios días desde su última conversación, con la esperanza de que no siguiese tan enfadada con él, pero no había ni rastro de la muchacha.

Sabía que había pasado por el aula, el osario estaba colocado en un orden distinto de como lo habían dejado la última vez.

Eso quería decir que había aprovechado los momentos en los que él estaba en clase para ir a trabajar allí.

Si lo pensaba bien, lo peor no era que Victoria hubiera preferido tomarse unas vacaciones de su relación de trabajo, sino que no estaba seguro de si continuaban siendo amigos o no.

Le sorprendió que la joven hubiera reaccionado de aquella manera al oír sus palabras, aunque la realidad era que no podía imaginarse otra diferente.

Su relación se limitaba a verse en la facultad, fuera de su horario académico y laboral, y conversar sobre aquel montón de huesos sin parar.

De hecho, lo más probable era que nunca hubieran coincidido o que no se hubieran llevado bien más allá de aquellas cuatro paredes.

No le pasaba lo mismo con Theodore, del que creía que en todos los escenarios en los que hubiera podido conocerle habrían sido grandes amigos.

Con Victoria, la amistad era una incógnita.

Apenas sabía nada de su vida personal aparte de quién era su tío.

No sabía dónde había nacido ni cuándo era su cumpleaños, tampoco si tenía pareja o si contaba con amigos fuera o dentro de la universidad.

Por su parte, Arthur tampoco había compartido información con ella más allá de la estricta y necesaria, de modo que no podía echárselo en cara.

¿Debería haber tomado la iniciativa? Tal vez, pero se dijo a sí mismo que a Victoria le habría molestado que lo hiciera.

¿Cómo lo sabía? En realidad, no tenía ni idea.

Existían las mismas posibilidades de que ella le hubiera escupido en la cara que de que se hubiera reído de él. A fin de cuentas, lo único que sabía de ella era que se trataba de la inteligente sobrina del hombre más brillante que conocía.

No obstante, la razón por la que esperaba encontrarla allí aquel día era egoísta. Quería pedirle disculpas, sí, pero sobre todo necesitaba que viera una cosa.

Los días anteriores, mientras dejaba pasar un tiempo prudencial antes de regresar y hablar con ella, continuó trabajando en el boceto que le iba a mostrar a Lyle Crowle.

Todos los restos con los que había trabajado seguían un patrón muy claro que había sido capaz de identificar desde las primeras veces que se sentó delante de ellos: habían pertenecido a un individuo fuerte, de complexión ancha.

Pero nada podía asemejarse a lo que sucedía cuando trataba de reconstruir su cráneo.

Dibujaba rápido, incluso cuando quería fijarse en todos los detalles.

Nunca le había parecido que esta fuera una habilidad destacable hasta que tuvo que rehacer el mismo boceto incontables veces en tan solo unos días.

Al principio creyó que había cometido algún error.

Sus cálculos y medidas debían de estar mal, por eso no dejaba de dibujar aquel rostro una y otra vez.

Después, pensó que tenía que haber tomado mal la referencia de los huesos y debía solucionarlo antes de proseguir.

Un fallo como ese podría costarle el diagnóstico entero, así que no lo dudo y volvió al laboratorio.

No le hacía falta dibujar de nuevo los restos para saber que el resultado iba a ser el mismo. Aun así, volvió a repetirlo, esperando que algo cambiase.

No lo hizo.

La cara que sus manos habían dibujado no era el rostro de un hombre ordinario, un caballero que pasea por las calles de la ciudad y se mimetiza con los cientos de distinguidos habitantes con los que se cruza a diario.

Tampoco era la cara de alguien a quien él pudiera mantenerle la mirada.

Cada palmo de su rostro era exacto a los bocetos que había comenzado en su habitación, convencido de que estaba equivocado.

Sus manos no dejaban de dibujar aquel rostro, incluso con los huesos delante de él.

Con los fragmentos, sin ellos, con el estudio anatómico, daba igual.

Siempre acababa viendo a la misma persona.

La criatura deforme tenía un cráneo descomunal y las órbitas de los ojos redondeadas.

Donde debía haber una cabeza con una forma cercana al círculo perfecto había un óvalo desmesurado y tosco, pero no enfermo.

Todos los rasgos del rostro tenían una extraña armonía no humana, con facciones que encajaban a la perfección en su rareza.

Los pómulos altos y angulosos casi distraían de la falta de mentón del desconocido.

No, no parecía enfermo, pero tampoco un alemán corriente.

Cuando juntaba la ilustración del cráneo con las que había dibujado de las extremidades, una criatura monstruosa se revelaba ante él en su máximo esplendor.

Ninguna de las patologías que conocía se asemejaba a la imagen que había creado.

No existía adulto que pudiera sobrevivir ni siquiera al parto con una deformidad similar.

Aquello, admitió, escapaba por completo a su entendimiento.

Había dado con su talón de Aquiles, con algo para lo que no tenía respuesta alguna.

—¿Me permite que le moleste un momento?

Arthur terminaba de darle los últimos toques de carboncillo al rostro del paciente desconocido cuando Lyle Crowle entró en el laboratorio.

Iba ataviado con sus mejores galas y un alto sombrero de copa que reflejaba la luz de las lámparas de aceite. Al oírle pasar, Arthur tuvo la esperanza de que fuese acompañado de Victoria, pero se le disipó cuando cerró la puerta tras de sí.

—Por supuesto, profesor.

—No queda mucho para el toque de queda —observó, consultando el reloj de la pared del aula—. No le robaré demasiado tiempo. Solo quiero hablar con usted.

—¿Va a alguna parte después?

Arthur dejó una pequeña mancha de carbón sobre la mesa en la que estaba trabajando y se apresuró a limpiarlo bajo la mirada del profesor.

—Tengo un compromiso semanal a las afueras de la ciudad. —Le mostró el traje que había escogido para la velada—. Me gusta disfrutar de otros ambientes. Me recuerdan que soy un hombre, además de médico.

—Debe de ser fantástico, señor.

—La verdad es que no me cambiaría por uno de ustedes ahora mismo. No es una situación fácil la que están viviendo.

—Pero sí necesaria.

—Coincido con usted.

El profesor Crowle paseó por el laboratorio, dándole la espalda a Arthur.

—La pregunta que me trae aquí no es tampoco agradable, me temo. —Se agachó delante de una pila de libros y retiró una densa capa de polvo—. Necesitaba hablar con usted.

—¿Quiere saber cómo avanza la investigación?

—Me gustaría, sí. Como le dije, se me está agotando el tiempo y estos restos tienen su hogar bastante lejos de aquí.

—El cráneo que tenía delante evidenciaba lo que Arthur había estado haciendo tan solo unos minutos antes—.

No querría que mi compañero pensase que estoy abusando de su generosidad para un fin personal.

«Así es como acaba esta incursión en el mundo científico», se lamentó Arthur en su fuero interno.

Temía que ese momento llegara, pero también lo deseaba con fervor.

Si tenía que terminar era mejor para ambos que fuese pronto, para no seguir humillándose con su más que evidente estupidez.

No estaba preparado para asumir tal responsabilidad.

—Lo he intentado, señor. —No recordaba la última vez que había llorado en público, no era habitual en él.

No obstante, deseó tener las agallas para dejarse llevar en esa ocasión.

No lo hizo—. He consultado bibliografía científica, he tratado de darle un sentido a todo lo que he anotado en los cuadernos.

He medido, manipulado, observado y analizado cada uno de los fragmentos, y la respuesta ha sido siempre la misma: no hay nada que se le parezca.

—Entiendo.

—Tuve una idea que creí que resolvería todos los problemas que planteaban los huesos, un material con el que no estoy acostumbrado a tratar, pero ha resultado inútil.

—Le puso en las manos el manojo de papeles y el doctor no pudo negarse a agarrarlos—.

¿Ve? He malgastado el tiempo haciendo el estudio anatómico de cada una de las partes que teníamos, con la esperanza de ver algo más allá del hueso.

—¿Y lo ha conseguido?

El doctor miraba, aburrido, el trabajo de su alumno.

—Estoy haciendo algo mal, pero no sé qué es.

Cada vez que intento recrear cómo habría sido el hombre en vida, me encuentro con esto.

—Recuperó los folios que le había entregado y los cambió por la imagen de la cara de la criatura, que el profesor Crowle tomó con una ligera expresión de curiosidad—.

Todas las veces que lo he hecho, todas y cada una de ellas, me llevan siempre a lo mismo.

Tal vez lo haya calibrado mal o haya sobrestimado mis capacidades de artista, pero el resultado es siempre ese. Un engendro deforme.

Lyle Crowle pasó cada una de las páginas para observar lo que Arthur acababa de explicarle, y observó que el rostro aparecía representado de la misma manera. Trató de verlo a contraluz y alejado de ella, antes de dejarlo junto a los restos de cráneo que descansaban sobre la mesa.

—Es casi como si no fuera humano —explicó Arthur.

—¿Cómo ha dicho?

Lyle Crowle se dio la vuelta de forma brusca, golpeándose una de las piernas contra la esquina de una mesa. Tenía los ojos inyectados en sangre y parecía haberse olvidado de la hora que era.

—Nada, no es nada. —Se disculpó Arthur, avergonzado.

El cambio en su actitud era leve, pero estaba allí, había aparecido sin previo aviso—.

Me refiero a que hay algo raro en él. Tiene características que le hacen parecer no humano.

Supongo que se trata de algo propio de la enfermedad que sufría, pero nunca había visto nada igual.

Por eso no he podido identificar qué le ocurrió.

—Ni usted ni nadie, mi querido Arthur. Usted es una de las primeras personas de la historia en ver algo así, espero que sepa valorar lo afortunado que es.

Todo lo que quedaba del profesor desinteresado era tan solo una bruma que se alejaba en el aire. Lyle Crowle se retiró los guantes de cuero oscuro para sostener con más firmeza los dibujos de Arthur, a quien contemplaba con el mimo que se tiene por un hijo que aprende a decir «papá».

—La primera vez que se vio algo similar fue en Gibraltar, un territorio inglés en el interior de España, pero fue desestimado con rapidez, sin tener en cuenta que podrían ser reales.

Estos restos tienen cientos de miles de años de antigüedad, pero la salud del sujeto era excelente.

El único inconveniente que tienen… es que no son humanos.

—Pronunció las últimas palabras con la solemnidad de un sermón religioso, consciente de cada uno de los movimientos de su discípulo.

—¿Señor? —Se notaba la boca seca y el pulso acelerado.

—A los restos de Gibraltar no se les dio nombre alguno y, como es natural, acabaron expuestos en la colección privada de un coleccionista de objetos curiosos. Algo que nuestro desconocido alemán no tendrá por qué vivir gracias a su diagnóstico.

—¿El mío? —La habitación había comenzado a rodar sin que Arthur pudiera detenerla—. No he hecho ninguno, no he podido saber qué es lo que le sucede.

—Oh, claro que lo ha hecho, señor Credge. Todos los investigadores y médicos que lo han visto desde que salió del valle de Neander han llegado a la misma conclusión que usted: estamos delante de una extraña criatura, un antepasado de los seres humanos.