Los anatomistas Capítulo 40
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Capítulo 40

Hic et nunc

«Si nunca llegas a morir en sueños, ¿cómo puedes estar seguro de que te has despertado de la pesadilla?».

Ese fue el primer pensamiento que se dibujó en la mente de Theodore cuando se levantó en mitad de la noche.

Escuchó los suaves ronquidos de Arthur y su respiración acompasada hasta que fue capaz de calmar los latidos desbordados de su corazón.

Recordaba la clase de esa mañana con el profesor Crowle, pero no el momento en que se había quedado dormido.

El doctor había tomado como referencia la pierna amputada del desconocido para llevar a cabo la cirugía en la que le quedaba.

Incluso desde los pisos superiores del aula pudo ver que el corte había sido limpio, hecho a conciencia, a pesar de que a primera vista no lo pareciera.

La carne desgarrada, los músculos magullados y la ausencia de hueso podían hacer creer que todo se había hecho sin pensar, pero esta suposición no podía estar más lejos de la realidad.

Lyle Crowle había seccionado cada capa, cada parte orgánica que quedaba del cuerpo hasta llegar al lugar escogido.

En un cadáver, siempre lo advertía, ese proceso era mucho menos complejo que en un cuerpo con vida, pero si no se practicaba con el de un difunto nunca se estará preparado para asistir a los pacientes.

Cada movimiento del profesor simulaba a la perfección la cirugía a la que ya había sido sometido.

—La única diferencia entre lo que acabamos de hacer y la intervención con la que ya venía es que hemos tenido todo el tiempo necesario para realizarla.

—Con un paño se secó los dedos manchados y volvió a tomar el bisturí para ayudarse a señalar—.

No ha habido un solo error en la amputación que se le realizó, todos los pasos son correctos, pero apresurados.

Limpios, pero trémulos. Es un trabajo propio de quien está más centrado en seguir la teoría que en aplicar la práctica.

Técnicamente es implacable; no obstante, podría haber obtenido un resultado mejor de haberlo pensado menos.

La medicina no es solo conocimiento bruto, también es práctica y constancia.

«Práctica».

Esa era sin duda la palabra que le había llevado a despertarse cubierto de sudor a las dos y doce minutos de la mañana.

La clase había durado dos largas horas, en las que Lyle Crowle había descrito, manipulado y explicado todos y cada uno de los elementos que le iba arrebatando al cuerpo.

Dos horas de las que, en cualquier otra circunstancia, Theodore habría disfrutado.

Sin embargo, su mirada no paraba de buscar la de Arthur, que estaba ayudando al profesor en el centro del aula.

Se había manchado la camisa blanca de una sustancia que le costaba identificar y no apartaba la vista del cadáver, como si tuviera miedo de que en cualquier momento se levantara.

Aunque esperaba que le hiciera una señal para confirmarle que todo estaba bien, sabía que eso no sucedería.

La expresión de disgusto en el rostro de su amigo era la única respuesta que necesitaba para confirmar que estaba en lo correcto.

Había sido inútil pedirle a Arthur que estuviera atento al cuerpo, los dos fueron conscientes desde el primer momento de que era justo lo que se habían temido encontrar allí.

—Si alguno de ustedes tiene alguna pregunta, puede proceder.

No conocía con exactitud qué le había llevado a frenar las intenciones a su compañero y le había impedido hablar con su tutor de lo que estaba sucediendo, solo sabía que no era el momento.

Sí, podía mostrarle que todas las pruebas parecían contar una misma historia, pero ¿y luego, qué?

¿Echaría a los lobos al resto de los profesores de la universidad?

¿Se atrevería a señalar con el dedo a alguien cuando no estaba seguro de quién tenía la culpa?

Mentir y ocultar pruebas no es un delito tan grave como el asesinato o el robo de cadáveres, pero nada podía hacer si no contaba con un culpable real.

Ya tenía la prueba que necesitaba para asegurarse de que no había perdido la cabeza, ahora solo le faltaba darle un rostro al autor del delito.

Tumbado de espaldas sobre el colchón, Theodore no entendía por qué todo aquello le afectaba hasta el punto de perder horas de sueño.

El tráfico ilegal de cadáveres podría incumbir a la universidad, ya lo había hecho, pero ¿de verdad pensaba que él no podría ir a cualquier otra escuela?

Tenía un expediente excelente, incluso mejor que el de su mejor amigo.

Ni siquiera había acabado la formación y ya tenía más experiencia hospitalaria que muchos doctores respetados a su edad.

Y también estaba el dinero. Si no hubiera sido admitido en la universidad, su familia podría haber comprado su acceso y su título. No, el problema estaba en otro lado.

Y le aterraba tan solo pensar en ello.

Claro que había dado vueltas a quiénes podían ser los culpables.

El conocimiento es poder, y cualquier médico que tuviese acceso a un número ilimitado de cuerpos que estudiar tenía garantizada la superioridad con respecto a sus colegas de profesión.

En la primera ola de compraventa de cadáveres el objetivo había sido la búsqueda de sabiduría y entendimiento.

Se arrancaba a los fallecidos del camposanto y volvían a aparecer en las mesas de disección de universidades y hospitales sin que nadie pusiera coto a lo que estaba sucediendo.

En ese momento, los cuerpos habían vuelto a usarse como moneda de cambio, pero quienes perpetraban el delito habían aprendido de los errores del pasado.

Ya no se allanaban cementerios, se asesinaba a mendigos y prostitutas.

No solo eso, los cuerpos habían dejado de mostrarse en clase delante de los alumnos. Alguien los manipulaba, los abría, los corrompía, de ese modo controlaba el acceso al saber en beneficio propio. El culpable estaba privando a personas de vivir para consumir sus cuerpos muertos.

Sí, por supuesto que le había dado muchas vueltas a quién podría ser el culpable. Cada paso que avanzaba, cada nombre que anotaba, cada cuerpo que acababa encima de su mesa. Todos los caminos llevaban a Hughie Buckman.

Si iba a la policía y contaba lo que pasaba, en el mejor de los casos podría quedar como un mentiroso.

En el peor, su mentor le arrastraría con él.

Daba igual el dinero o lo lejos que huyera, su reputación le precedería y ni siquiera se la habría labrado él mismo.

Puede que ni siquiera importase que fuera él quien lo destapara, todo el mundo le recordaría como el ayudante del hombre que jugó a ser Dios y acabó en la cárcel por ello.

Todo lo que hiciese a lo largo de su carrera palidecería comparado con el escándalo al que estaría ligado para siempre su nombre.

Theodore Thorebourne no sería un gran médico, sería el ayudante de un asesino.

No recordaba si el orgullo era un pecado capital, pero creyó que desde luego se trataba del suyo.

La única forma de escapar del destino que se había escrito para él era detener lo que estaba haciendo Hughie Buckman, fuera lo que fuese…, o encontrar la manera de que apareciese otro culpable.

No le fue necesario ver la hora para saber que estaba dentro del toque de queda.

Aun así, se planteó si merecía la pena forzar la puerta y salir.

Sentía que le faltaba el aire. Tampoco era una opción quedarse en la cama y esperar a que llegara la hora de librarse del cautiverio o dar un paseo por el claustro.

Quería marcharse lejos, muy lejos, a un lugar que no le recordase la encrucijada en la que él mismo se había metido.

Antes de ponerse las botas y el abrigo sobre la ropa de cama ya había decidido que correría el riesgo de que le pillaran rompiendo el toque de queda.

Ningún castigo que le impusieran podría ser peor que la presión que sentía en el pecho y le golpeaba desde hacía semanas.

Un ritmo que no cesaba, que nunca terminaba de abandonarle.

Solo oía el eco de sus pasos sobre el frío suelo del pasillo.

Detrás de las puertas de las habitaciones, sus compañeros dormían ajenos a su huida.

Le sorprendió no notar resistencia al tratar de abrir la puerta principal.

Si habían echado la llave, alguien debía de haberla abierto.

Todas las noches sin excepción el personal del servicio cerraba al menos uno de los cerrojos, más después del toque de queda.

Sin embargo, esa noche nadie había asegurado la entrada.

El vaho que salía de su boca era tan denso como el humo de las fábricas en los meses de invierno.

El viento gélido que alborotó su pelo le confirmó que se había apresurado al proclamar el principio de la primavera y deseó haberse puesto más prendas para cubrirse.

El pijama que usaba para dormir en la residencia, donde siempre mantenían la lumbre encendida, no era suficiente para proteger sus piernas y se había puesto a temblar antes incluso de comenzar a bajar las escaleras.

No tenía un rumbo fijo, pero no tuvo tiempo siquiera de tomar ninguna decisión.

Delante de él, como una exhalación, apareció una silueta humana.

Creyó que se trataba de un hombre por la manera en que caminaba, pero en medio de la penumbra podría haberse tratado también de una mujer.

Andaba a paso ligero por la acera contigua a Telfer Wall, en dirección a la puerta de Teviot Place.

«Tiene que ser un estudiante», pensó Theodore, pero consideró que no era conveniente que se quedase para averiguarlo.

Si en lugar de uno de sus compañeros se trataba de un profesor, no le sería tan sencillo justificar por qué había decidido violar el toque de queda.

Se subió la bufanda hasta que lo único que quedaba al descubierto eran los ojos y bajó con toda la rapidez que le fue posible las escaleras.

En mitad de la avenida seguía notando aquella presencia tras de sí, una molesta sombra que le recordaba que estaba haciendo de nuevo cosas que no eran legales.

Parecía que le perseguía. Si su idea había sido regresar a Teviot Place estaba claro que había cambiado de opinión.

¿Debería correr? Desde luego, eso llamaría la atención del sujeto y lo convertiría en sospechoso de ser el culpable de los crímenes, pero también tendría más posibilidades de darle esquinazo y quedarse solo.

Reflexionó sobre ello tan solo un instante, porque cuando se dispuso a acelerar el paso lo sobresaltó un grito.

—¡Theodore! —La figura encapuchada y sin aliento se acercó a él en la oscuridad de la noche—. ¿Qué estás haciendo aquí? Es muy tarde, ¿estás bien?

El desconocido se descubrió la cara despacio antes de llegar a su lado, como si tuviera miedo de que esa vez sí saliera corriendo.

—¿Alphonso? —Él no figuraba en la lista de personas que podría haberse esperado encontrar allí—. También yo me lo pregunto. ¿Qué haces aquí fuera? ¿Has violado el toque de queda?

—Sí, pero tengo una buena razón para ello. —La expresión de su cara parecía decir: «Espero que tú también la tengas»—. Se trata de Wheeler, Theodore. No está bien.

—¿Wheeler? ¿A qué te refieres? ¿Qué ha sucedido?

—Hace varias noches que oigo que se marcha cuando cree que estoy dormido, muy tarde.

Las primeras veces lo dejé estar, no merecía la pena enfrentarme a él cuando está pasando por el peor momento de su vida.

Pensé que necesitaba tiempo para sí mismo, para poder volver a ser el que era antes.

Luego, cuando vi adónde iba, comencé a preocuparme.

El eco de unas pisadas sobre la grava los alertó y Theodore arrastró a Alphonso hacia los soportales de la plaza, donde las sombras podían ocultarlos.

—Me pudo la curiosidad y decidí seguirle hasta las afueras de Auld Toun, muy pasada la Royal Mile.

—Señaló un punto lejano a la espalda de Theodore—.

No sé en qué etapa del duelo está, pero es la peor de todas.

No se escapa de la residencia para que le dé el aire y poder pensar, se está juntando con tipos peligrosos que no me gustan nada y hacen cosas de las que va a arrepentirse.

—¿Qué…?

—¡No podía dejar que hiciera una tontería! Es un crío con más dinero del que necesita en una situación de extremo dolor. Es más peligroso para sí mismo que para nadie, pero está usando su poder para conseguir cosas que no le convienen.

Su amigo temblaba a causa de la excitación y la ira, que se reflejaban en la inmensidad de su rostro.

—¿Te refieres a drogas?

Wheeler acostumbraba a beber de más y a disfrutar del tabaco con demasiada frecuencia, que hubiera comenzado a consumir opioides no habría sido nada sorprendente.

Cerca de los médicos siempre había ingredientes para formular remedios, pero en cantidades excesivas también podían convertirse en drogas.

—En cierta manera lo es.

Las evasivas de Alphonso en aquel ambiente clandestino, ocultos los dos tras un pilar de piedra maciza, no ayudaban a que su compañero se sintiera mejor. Los pasos que hacía tan solo unos minutos parecían acercarse ya no se oían. Theodore notaba que toda la ciudad estaba conteniendo el aliento.

—Sabes que en cualquier otra circunstancia no te pediría ningún favor en lo que respecta a Wheeler, pero esta vez es diferente. Las cosas han cambiado.

—¿Y crees que yo voy a ser útil? Wheeler no escucha a nadie más que a sí mismo y a ti, con un poco de suerte.

—En mí confía ciegamente, pero preferiría tragar agujas antes que seguir cualquiera de mis consejos. Necesito tu ayuda, Theodore. A ti te respeta, te admira, te ve como un hermano mayor. Tienes que ir con él.

—¿Acompañarle? ¿Adónde?

—Quiere invocar a los muertos, Theodore. Está tan desesperado por volver a hablar con Davinia que le dan igual las consecuencias. Va a ir a la Mansion Home para hacerlo.