Capítulo 39
Conticuere omnes, intentique ora tenebant
—¿He hecho algo que te haya molestado?
Con estas palabras Theodore se dirigió a Arthur, al verle sentado en el aula, al menos un cuarto de hora antes de que comenzase la clase.
Cuando Theodore se había despertado esa mañana, no quedaba ni rastro de su amigo en la habitación.
Se vistió en silencio, como hacía todos los días para no despertarlo, y pensó que le vería en la cafetería de la residencia, pero no fue así.
Como no se había quedado dormido ni llegaba tarde, supuso que Arthur habría tenido alguna razón para irse sin avisarle.
A primera hora tenían lección de Cirugía con Lyle Crowle, el tutor de su amigo, de modo que seguro que lo encontraría allí.
—¿Qué? No. No tiene nada que ver contigo. —Su tono le dejó claro que era mejor que no preguntara—. Quería estar solo. He visto a Wheeler esta mañana —le informó.
—¿Sí? ¿Cómo está?
Theodore no había conseguido cruzar más de un par de frases breves con él desde la puerta de su habitación.
—No me ha dirigido apenas la palabra, pero hemos desayunado juntos. Creo que no esperaba encontrarme allí y por eso ha bajado la guardia.
—Lo que quiere decir que oficialmente nos está evitando.
—¿Acaso puedes culparle? —No se había molestado en quitarse la ropa de calle antes de llegar a su asiento—. Todos hablan del toque de queda y, seamos realistas, no es de gran ayuda para dejar de pensar en su novia muerta.
Puede que le faltase tacto al decirlo, pero estaba en lo correcto.
El toque de queda no existiría sin la muerte de Davinia, así que el día entero de alumnos, profesores, enfermeros y médicos se había visto afectado en alguna medida por lo sucedido.
Nada de lo que hiciera le ayudaría a olvidarse de ello, eso estaba claro, pero ni siquiera podía retomar su rutina habitual para empezar a aprender a vivir sin ella.
—¿Te ha contado algo interesante?
—No, pero tampoco tendrá mucho más que contar. Me he ofrecido a ayudarle a llevar al día los trabajos y me lo ha agradecido, pero no creo que le veamos pronto por nuestra habitación pidiéndonos apuntes.
—Pobre muchacho —se lamentó Theodore—. Casi me arrepiento de haberle gritado la última vez que estuvimos juntos antes de lo que sucedió.
—No te preocupes. Estoy bastante seguro de que se lo merecía.
Mientras hablaban, el aula magna se había llenado de los alumnos que asistían a la lección del doctor Crowle.
La marea de estudiantes vestidos de tonos tierra y telas oscuras, que acostumbraban a evitar llegar pronto en la medida de lo posible, tomaban asiento.
Si lo hacían después que el profesor, no podrían pasar, pero retrasaban su entrada todo lo que podían.
—¿Qué significa este revuelo, caballeros?
Theodore no fue consciente del ruido que había hasta que Lyle Crowle lo mencionó. La voz de sus compañeros rebotaba en las paredes cóncavas de la sala, como si fuera un gran teatro. Era el espacio perfecto para las clases, pero también para que el estruendo perdurase.
—¿Es esta la primera clase que tienen desde que estamos en estado de alerta? —Varios estudiantes contestaron negativamente a la pregunta del profesor Crowle—. Si ya están alterados sin que haya motivo, lamento decirles que la clase de hoy los va a agitar mucho más, señores.
Lyle Crowle había entrado por la puerta más cercana al encerado, acompañado por uno de sus ayudantes, y no había dado siquiera los buenos días.
Los alumnos callaron de inmediato al percatarse de lo que significa que hubiese dejado esa puerta de servicio abierta.
Solo la usaba cuando tenía algo que mostrarles.
—Les traigo una sorpresa que sé que no van a dudar en agradecerme. —Alentó al muchacho que le acompañaba a salir de nuevo por el mismo lugar—. Viene directo del Royal Infirmary y no he podido resistirme a presentárselo. Muchas gracias, señor Lamb. Ya puede regresar de nuevo a su clase.
El estudiante llamado Lamb colocó en el centro de la escena una camilla con un cuerpo humano sobre ella cubierto con una sábana. Las disecciones eran la razón por la que los alumnos elegían las clases de Lyle Crowle por encima de las de otros profesores, pero no era común que las realizara.
«Si venía directo del hospital —pensó Theodore—, habrá sido un regalo de parte de Hughie Buckman. Tal vez incluso ha pasado por sus propias manos antes de llegar aquí».
—Como muchos habrán adivinado, el día de hoy van a ser testigos de una cirugía en vivo y en directo.
La audiencia no pudo evitar los murmullos al oír sus palabras. No era lo mismo una disección que una cirugía, mucho menos frecuentes aún.
—Cuando me dieron permiso para traer el cuerpo a la facultad me puse a dar vueltas a qué podría mostrarles, pero no necesité pensar en ello mucho tiempo.
Unos segundos con él y enseguida supe con exactitud qué intervención necesitaba en primer lugar, y creo que estarán de acuerdo conmigo cuando lo vean.
Con aquel movimiento rápido de muñeca que lo caracterizaba, algo que sorprendería a todos los dramaturgos de las islas, Lyle Crowle retiró la sábana para dejar al descubierto el cuerpo desnudo del desconocido.
Un desconocido al que le faltaba una pierna.
Arthur golpeó con tanta fuerza las costillas de Theodore que este tuvo que reprimir un quejido.
Sin embargo, no hacía falta que su compañero le llamase la atención, él también lo había visto.
Por salvaguardar la privacidad del desconocido, el profesor había dejado en su lugar el pedazo de tela que le cubría el rostro, pero no era necesario mirar lo que había debajo para saber qué escondía.
Theodore no sabía qué aspecto tendría el cadáver que estaban buscando, podría haber sido un hombre o una mujer, podría haber muerto a causa del frío o apuñalado como todos los demás.
Lo que sí sabía era que podría reconocerlo cuando lo tuviera delante.
Y ahí estaba la certeza, en todo su esplendor, burlándose de él desde el centro del aula magna.
—Como pueden ver, y espero que ustedes sean capaces de distinguirlo, no es una casualidad de la naturaleza que nuestro sujeto sea cojo, fue sometido a la misma intervención que vamos a realizar hoy, una amputación.
El desconocido presentaba un muñón desgarrado y en carne viva, una obra burda pero eficiente que había respetado todos los huesos de la extremidad inferior derecha.
—Espero que comprendan —prosiguió el profesor— lo extraordinario de esta clase y que estén atentos a lo que voy a mostrarles.
En la medida de lo posible, siempre preferimos desglosar el cuerpo entero, no solo una parte, pero hoy están de suerte.
Son alumnos muy privilegiados. Señor Credge, ¿puede venir a ayudarme?
Arthur se dio por aludido, pero se contuvo antes de levantarse.
—Lo has visto, ¿verdad? ¿Qué hacemos? ¿Le digo algo al profesor? Está claro que hay un patrón evidente.
Theodore estaba de acuerdo. El desgraciado que estaba profanando los cuerpos había pasado de hacer exploraciones internas a deshacerse de extremidades enteras. No obstante, detuvo a su amigo antes de que este pudiera hacer lo que estaba pensando.
—No hagas nada de nada, Arthur. —Si tuviera que describir cómo se sentía en ese momento, habría usado la palabra «desesperado»—. Lo único que vamos a conseguir es que nos tachen de desequilibrados delante de todo el mundo.
—¿Y qué pretendes? ¿Que baje y finja que no pasa nada?
—Eso es.
—Todo esto fue idea tuya. —Arthur se dirigió a él como si fuera un niño pequeño con dificultades para comprender normas básicas de civismo—. Tal vez pueda hacer algo que nos ayude.
—Ya se me ocurrirá algo para destapar lo que está pasando, pero no aquí. Este es el peor escenario de todos los posibles.
—Señor Credge, ¿hay algún problema?
Desde el centro de la clase, varios pisos de pupitres más abajo, Lyle Crowle le llamó de nuevo.
—No, discúlpeme, profesor. Ya voy. —Al notar la mirada de alguno de sus compañeros sobre ellos, bajó de nuevo la voz para que solo le oyera Theodore—.
Sea lo que sea, date prisa. Si vamos a meter al doctor en todo esto, debemos estar muy seguros de lo que está pasando.
No puedo perder la poca confianza que todavía tiene en mí.
—No suelo hacer nada sin pensarlo antes —adujo.
—¿Ah, no? Luego podemos discutir eso. —Desenrolló la bufanda que llevaba al cuello—. Tengo mis propias opiniones al respecto. ¿Estás seguro de que es el cuerpo que estamos buscando?
—Necesito que me confirmes el estado en el que está cuando vuelvas. Si lleva varios días muerto, es el que estamos buscando.
A Arthur no le hizo falta decir nada para que su amigo entendiese que creía que estaba en lo cierto. Se alejó de él y bajó de dos en dos los escalones que le separaban de la mesa del profesor.
La desagradable sensación que se apoderó del cuerpo de Theodore se apaciguó al comprender que, dentro de lo malo, contaba con una ventaja.
De haber sido cualquier otro profesor, tal vez nunca se hubiera enterado de que existía.
Por no hablar de que Lyle Crowle rara vez pedía a otro alumno que no fuese Arthur que le ayudase.
Y si Theodore se fiaba de alguien para darle un informe claro sobre el cadáver que estaba en aquella mesa, ese era Arthur Credge.