Capítulo 38 #2
—Solo viéndolos no seríamos capaces de captar todas las diferencias, mucho menos con solo un individuo que sufre esta condición, pero eso no sucede con los dibujos.
En cada uno de los modelos he señalado todas las disparidades que he identificado, aunque puede que haya más.
—Cualquiera que se hubiera puesto junto a él no habría tenido problema en notar un fuerte aroma a tinta y hollín—.
Es como echarle un vistazo al interior de mi cabeza.
—Espero por tu bien que no sea así todo el tiempo.
—No voy a llevarte la contraria en esto.
Arthur se permitió recrearse en su obra unos minutos antes de comenzar de nuevo a recogerla. Todo su cuerpo vibraba, sentía el final acercarse, aunque todavía no era capaz de rozarlo ni con la punta de los dedos.
—Entonces ¿qué hacemos ahora? —Victoria apiló los dibujos que tenía más cerca—. ¿Vas a enseñárselos al profesor así?
—No, dudo que esto le resulte útil, no propongo nada nuevo para su investigación. —La conversación que había mantenido con Alphonso le había ayudado a entender qué era lo próximo que debía hacer. Solo había dado un primer paso—. Quiero comprobar algo antes de hablar con él.
—Te escucho.
—Cuando le hablé a un amigo del problema que teníamos, me dio una respuesta que no esperaba recibir. Si estoy acostumbrado a trabajar con carne y tejidos, y no con huesos, ¿por qué no lo hago? ¿Por qué no miramos atrás en el tiempo y vemos más allá de esto?
—Creo que me he perdido.
—No, lo vas a comprender en cuanto te lo enseñe.
Arthur dejó a medio recoger la pila de dibujos y se acercó a su maletín, del que sacó una pluma y un trozo de papel, que puso delante de Victoria. La mujer le observó, intrigada.
—Vale, confía en mí. —El estudiante rebuscó entre el montón de dibujos hasta dar con lo que quería mostrarle: la imagen de los fragmentos de los huesos largos de la pierna—.
Teniendo en cuenta cómo se verían los restos de tu osario en la vida real, quiero que dibujes la forma que tendría la pierna del cadáver de la mesa.
—No sé dibujar tan bien como tú.
—Eso es lo que menos importa ahora. Haz lo que te pido, por favor.
Victoria comprendió que hasta que lo hiciera Arthur no pararía de insistir.
Los trazos de carboncillo del dibujo apenas se veían bajo las pinceladas de color que completaban la imagen de las piezas.
A simple vista no parecía un trabajo delicado, pero cada uno de los movimientos sobre el papel tenía una clara intención.
No eran solo dibujos, eran maquetas anatómicas perfectas construidas desde cero.
Cuanta más atención se les prestaba, más detalles aparecían.
Un fragmento roto que parecía completarse por sí mismo, una curva que llegaba hasta el punto exacto donde debía terminar, la inserción donde en algún momento debió haber un músculo.
No eran trazos al azar, todos contaban la historia de quién había sido en vida el extraño enfermo.
Sin embargo, también podía ver a qué se refería Arthur.
Si uno pasaba el tiempo suficiente rodeado de restos que en algún momento habían sido seres humanos, acababa reconociendo patrones incluso en los huesos.
Un fémur era un fémur en todas las especies de mamíferos, pero no en todas se reconstruía de la misma manera.
Teniendo eso en cuenta, Victoria podía intentar hacerse una idea de cómo se habrían visto aquellos restos cuando el sujeto vivía.
Y eso era lo que le estaba pidiendo su amigo.
Aferrando la pluma con firmeza, Victoria tradujo la imagen que había creado su cabeza y la plasmó en un boceto a tinta sobre el papel.
Comparándola con la representación del atlas, la pierna que había dibujado la joven no distaba mucho de ser una extremidad normal, pero había algo que no terminaba de encajar. Era tosca, musculosa y demasiado ancha.
—Tal vez me he equivocado con las proporciones —se disculpó, mientras le devolvía el pedazo de folio a su dueño.
Con un movimiento casi imperceptible, Arthur lo negó.
—Te he dado ese ejemplo porque es el único que he hecho yo también y mi resultado es muy similar al tuyo. —Pasó el dedo por el papel con cuidado de no emborronarlo—. No podemos estar equivocados los dos.
—Pero… —En la cabeza de Victoria se agolpaban tantas preguntas que no supo por dónde comenzar—. ¿Vas a hacerlo con todos los huesos antes de presentárselo al profesor?
—Sí, esa es la idea. Si no consigo establecer un diagnóstico plausible para el caso, al menos creo que será útil para trabajar en una respuesta junto con él.
En la mente de ambos, la nítida imagen de la cara de Lyle Crowle los observaba con decepción.
—O quizá —aventuró Arthur— él cambie de opinión con respecto a mí y decida elegir a una persona distinta para el trabajo.
—No lo dirás en serio. —Victoria hablaba despacio, casi con un hilo de voz—. Nadie, aparte de ti, habría conseguido hacer esto. Le va a encantar.
—Eso no es del todo cierto. Como te he dicho, no lo habría podido llevar a cabo sin la ayuda de mi amigo.
—Es necesario mucho más que tener una idea para ejecutarla —le cortó.
Volvió a agacharse para continuar recogiendo del suelo los dibujos que quedaban por apilar—.
Hace falta tener mucha formación en distintos campos para hacer lo que tú has conseguido.
No deberías menospreciarte a ti mismo. Mi tío va a quedar impresionado.
—Me parece que te equivocas. —Una gran sonrisa iluminaba su cara.
Toda la vida le habían hecho cumplidos por su inteligencia, pero nunca le habían dicho algo así—.
No creo que ninguno de mis avances en la investigación sea memorable, cualquier otro podría haberlo conseguido.
Incluso tú has sido capaz de reconstruir el hueso.
La magia del momento se disipó tan rápido que era como si nunca hubiera estado allí.
Todo el aire de la sala pareció desaparecer en tan solo unos segundos, dejando en su lugar un ambiente pesado, pegajoso y grasiento.
Victoria tensó la espalda, seguía recogiendo el desorden que había causado Arthur en el suelo del laboratorio.
No fue necesario que dijese nada, tampoco que le mirase a la cara.
El joven supo al instante que había hablado sin pensar y que ya no podría remediarlo.
—Es tarde. —Los dibujos a mano alzada se mecieron al entregárselos—. Si no sales ahora violarás el toque de queda.
—Tienes razón. —Arthur no podía identificar con exactitud qué le había molestado de sus palabras, pero no le hacía falta para comprender que estaba enfadada—. Debería marcharme.
—Bien.
Metió sus ilustraciones en el maletín con la premura que le fue posible. La noche había caído en el rato que habían estado hablando y la estancia se había cubierto de un aire melancólico. El fantasma de sus palabras seguía agazapado en las sombras, esperando para saltar de nuevo.
—La próxima vez que venga espero traer conmigo una respuesta.
—La tendrás —corroboró Victoria sin levantar la voz—. Hasta la próxima, Arthur Credge.
—Adiós.
Cuando abandonó el laboratorio, Arthur creyó ver que una lágrima recorría el rostro de la joven.