Capítulo 38
Immunis culpae
La primera vez que Wheeler había abandonado la seguridad de Teviot Place fue para ir a declarar a la comisaria, días después de la muerte de Davinia.
Tras firmar su declaración, Wheeler había regresado a la residencia y le había contado a Alphonso lo sucedido. Se negaba a hablar con nadie más.
—No han encontrado nada nuevo —dijo Alphonso—. Tampoco creen que Wheeler tenga nada que ver, solo querían saber si conocía a alguien que pudiera estar interesado en hacerle algún daño.
—¿Y qué ha contestado él? —Theodore estaba sentado junto a Arthur, espalda contra espalda, en un banco del parque que se encontraba cerca de la residencia.
—No tiene ni idea de quien ha podido ser. Todo el mundo la quería, nunca se metía en problemas.
Si quedaba algún rastro del enfado con su amigo, la tragedia lo había disipado hasta convertirlo en un amargo recuerdo que ninguno de los dos quería volver a mencionar.
—¿Están estudiando la posibilidad de que se tratase de un crimen planeado? —Arthur se había quitado la chaqueta, y la camisa que llevaba, llena de manchas de tinta, quedó al descubierto—. Pensaba que estaban seguros de que había sido un robo que salió mal.
—¿Quieres la verdad? Creo que se están poniendo nerviosos.
—Desarrolla —le pidió Theodore.
—¿Cómo vais con la búsqueda y el inventario?
—Mal.
Arthur pensó que su amigo se había quedado corto.
Mantener el orden tenía un significado muy distinto para cada una de las personas que tenían poder de decisión.
Los profesores querían retomar las clases con prontitud, mientras que el hospital les había pedido que hicieran horas extras para acabar el trabajo pendiente, lo que interfería con el toque de queda.
Cuando llegaba el momento de marcharse de nuevo a casa, solo habían podido atender a la mitad de los pacientes y ni siquiera habían empezado a redactar las largas listas del inventario.
Tratar de abarcar todo les traía más problemas que soluciones, pero nadie se atrevía a contradecir las órdenes contradictorias. Sabían que, en cuanto alguien comenzase a señalar culpables, sería imposible detenerlos.
—Supongo que están preparando una versión distinta por si el escenario del robo les falla. —El más joven de los tres hablaba mientras caminaba—. Yo solo espero que dejen a Wheeler en paz el tiempo suficiente para que se recupere.
—¿Qué piensa él que ha sucedido?
Theodore giró la cabeza para mirar a su compañero de habitación, intrigado.
También él se había preguntado hasta qué punto su amigo sabía lo que sucedía en el hospital y si alguien, además de ellos, sospecharía lo que estaba pasando con los cadáveres que aparecían y desaparecían por toda la facultad.
Le habría gustado saber que Wheeler tenía una mejor explicación para lo que le había pasado a Davinia, una que no pasara por dejar de confiar en todos sus conocidos, compañeros y profesores.
—No cree que haya sido algo personal contra ella.
Davinia no tenía que estar trabajando esa noche, así que poca gente sabría que se encontraba en el hospital.
Ni siquiera Wheeler lo sabía. —Alphonso dio una patada al suelo y se levantó una oscura polvareda—.
Espero que lo que hayan robado valga lo suficiente para justificar el asesinato de una pobre mujer.
Ojalá los culpables ardan en los infiernos.
—Al menos es bueno que no sospechen de Wheeler. Eso significa que le dejarán en paz, si no tienen más preguntas.
—Ese imbécil tiene muchos problemas, pero no es ningún asesino.
Aunque el tono de voz de Alphonso era tranquilo, ambos detectaron el tinte amargo de la amenaza.
—No lo dudamos ni por un momento.
El vaivén de sus propios pasos había conseguido irritarle. Detuvo su caminata y se derrumbó en el suelo.
—Han confirmado que fue apuñalada, por la espalda. No tuvo muchas oportunidades de defenderse ni de gritar.
—Al menos eso significa que fue rápido.
—¿Crees que es buena idea si vamos a verle? —preguntó Arthur, dejando de apoyarse en la espalda de su amigo.
—Creo que todavía necesita tiempo. —La carga de mantener a su compañero a flote le pesaba, pero no se atrevía a quejarse en absoluto—.
Apenas habla conmigo siquiera, todo lo que os he contado me ha costado horas sonsacárselo.
Sabe que estáis preocupados por él, se lo he recalcado muchas veces.
No es estúpido, es consciente de que no le vais a dejar solo después de esto.
La mirada azul de Alphonso era fría, estaba cansado de esa conversación.
—La única parte positiva de lo sucedido es que parece que ha bajado la ola de criminalidad de las últimas semanas —observó Theodore, contento de tener una excusa para desviar la atención de la conversación sobre Wheeler—.
No sé hasta qué punto tiene que ver con que haya crecido el control policial, pero en el laboratorio de Hughie Buckman estamos menos desbordados. No ha habido nuevos asesinatos.
Arthur entendió con rapidez que su amigo no solo intentaba calmar a Alphonso, sino que era también un mensaje para él.
Los dos habían estado atentos a todos los movimientos del hospital, pero Theodore era el que tenía un puesto privilegiado para averiguar si sus sospechas eran correctas o no.
No había tenido noticias de nuevos asesinatos, lo que significaba que el cuerpo desaparecido no estaba aún en el Royal Infirmary.
—Es una buena noticia —coincidió con él el futuro veterinario—. Además, el buen tiempo frenará también las muertes causadas por el frío. Espero que todo esto acabe pronto.
—Citando a Percy Shelley, «Si llega el invierno, ¿puede la primavera estar tan lejos?».
Arthur se despidió de sus amigos al poco rato, antes de que se pusiera el sol.
El toque de queda había sido una molestia en muchos sentidos.
Creía con firmeza que las horas frenéticas de trabajo y la falta de tiempo para reaccionar acabarían pasando factura a los diagnósticos, que dejarían de ser certeros si no les permitían detenerse a observar.
Aunque el número de horas que Arthur debía permanecer en el hospital y la universidad había bajado, la carga de responsabilidades había aumentado, lo que se traducía en que no podía cumplir la promesa que le había hecho a Lyle Crowle.
Si no tenía tiempo para llevar a buen término sus obligaciones, mucho menos lo podía invertir en actividades extracurriculares.
Si el toque de queda había traído algo bueno, eran las ganas de vivir de los estudiantes.
Al reducir las horas que podían pasar en la calle, habían comenzado a apreciarlas como si fueran a acabarse en cualquier momento.
Esos días no era raro ver en las plazas contiguas a la Royal Mile, en los parques que bajaban hasta el palacio de Holyrood y en el antiguo barrio de Canongate a alumnos de la Universidad de Edimburgo, desde teólogos hasta veterinarios. Lo mismo sucedía con las facultades.
Al llegar a las puertas del edificio donde se impartían las clases de Medicina, Arthur tuvo que abrirse paso entre los estudiantes que se agolpaban en el pequeño campo de césped de la facultad.
Estaba seguro de que si entraba en ese momento en la biblioteca de Teviot Place la encontraría vacía y habría sitio de sobra donde trabajar.
Las animadas conversaciones de los alumnos, los libros colocados en el suelo del campus y los primeros rayos de sol que anunciaban, temerosos, el final del invierno contrastaban con la tragedia que se había vivido tan solo unos días antes.
—Lo has acabado —observó Victoria cuando Arthur terminó de extender todas las láminas en el suelo del laboratorio.
La noche comenzaba a caer y las lámparas de aceite proyectaban sombras sobre su obra, como criaturas amenazantes—.
Te creía capaz de perder la cabeza solo para hacerlo, pero aquí estamos. Estás vivo y lo has culminado.
Los días cortos y las noches largas habían resultado perfectos para acabar su proyecto. Con la ayuda de Victoria, que tenía menos responsabilidades en aquel momento, había conseguido copiar sin problema todos los restos que custodiaba el laboratorio.
—Créeme, no eras la única que lo pensaba.
—No había ocultado a sus amigos a qué se dedicaba últimamente, pero todos estaban demasiado ocupados con sus propios problemas (Wheeler con Davinia, Alphonso con Wheeler y Theodore con Hughie Buckman) para preguntarse qué estaba haciendo él—. ¿Qué te parecen?
—Son excelentes.
Los dibujos de Arthur eran una fotografía perfecta de todos los huesos que componen el cuerpo humano.
Cada uno de los trazos, aunque desordenados al principio, se unían en sintonía para crear una imagen nítida.
Una vez acabado el atlas humano, había dibujado cada uno de los restos que descansaban en la mesa del profesor Crowle y, junto a ellos, su equivalencia dentro de los parámetros antropológicos normales.
Pero los bocetos no se limitaban a reflejar los huesos, también mostraban dónde fijarse.
Arthur había señalado en cada una de sus reproducciones los detalles que las diferenciaba del paciente desconocido llegado de Alemania.
Alrededor de cada pieza había anotaciones, flechas y medidas, un cóctel impecable de información que reflejaba todas las preguntas que se había hecho durante las semanas anteriores.
A primera vista, parecía evidente que aquellos restos eran una anomalía, pero si no hubiera dedicado tiempo a examinarlos nunca habría sabido qué era con exactitud lo que no encajaba.
—Son tan similares y al mismo tiempo tan distintos… —simplificó Victoria, definiendo a la perfección la idea que había tenido Arthur.