Los anatomistas Capítulo 37
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Capítulo 37

Animus laedendi

—No van a encontrar nada. —Theodor e se dejó caer sobre la cama con más fuerza de lo acostumbrado. El colchón cedió bajo su cuerpo, con un desagradable quejido.

Acababan de volver de la asamblea junto con el resto de los estudiantes que trabajaban en el hospital.

No habían compartido una sola palabra durante el trayecto, temerosos de que alguien escuchase más de lo debido.

Antes incluso de que Arthur pudiese cerrar la puerta del todo, su compañero decidió que no aguantaba más.

—¿A qué te refieres?

—Digo que no van a encontrar nada porque no se han llevado nada. Davinia no ha muerto por culpa de un ladrón con mala suerte y escasa paciencia, la han asesinado porque ha visto algo.

—Theodore… —Su amigo intentó que parase, pero él n o tenía fuerzas para hacerlo.

—Piénsalo, Arthur —le pidió, quería que le diese la oportunidad de escuchar lo que tenía que decir—.

La encontraron en la morgue, donde es evidente que no debería haber estado.

Por Dios, si la gente evita ayudarnos cuando tenemos problemas solo por no pasar un segundo allí.

No imagino una sola razón por la que una enfermera pudiera estar allí, y menos en el turno de noche.

No ha sido casualidad que hayan encontrado su cuerpo ahí, quienquiera que la atacó iba a hacer algo muy distinto de robar.

Theodore esperó a que su compañero de habitación le llevase la contraria, pero no lo hizo.

—¿No crees que hayan robado nada? Los dos sospechábamos que alguien estaba poniendo en marcha el tráfico ilegal de cadáveres en el hospital.

—Se desabrochó los botones de la camisa, comenzando por los del cuello—.

Es posible, ¿no?, que alguien entrase para robar en mitad de la noche, Davinia le oyera y por eso hubiera decidido ir a la morgue pese a que no lo habría hecho por ningún otro motivo.

Tal vez lo descubriera tratando de llevarse un cuerpo y por eso tuvo que matarla, para que no diese la alerta.

—Sí, yo también creo que Davinia se vio envuelta en una situación de la que no pudo escapar y que alguien la atrajo a las salas de disección, pero no creo que el asesino fuese a robar nada allí. Creo… creo que quería dejar algo.

—Explícate.

Tragar su propia saliva le costó tanto como si fuera mercurio.

Había leído en un libro que Qin Shi Huang, el primer emperador de China, buscó durante toda su vida el elixir de la eterna juventud, y murió intoxicado por el mercurio que contenían los preparados que le ofrecieron.

Theodore no pudo evitar pensar en él y en lo que debió de sentir antes de perder la vida, envenenado por algo que tenía que salvarle.

—No creo que alguien esté robando cadáveres del Royal Infirmary. —Un hormigueo desagradable le subió por los dedos—. Creo que alguien los está ocultando allí.

La incredulidad de Arthur se reflejó con claridad en su rostro, pero dejó que su amigo continuase hablando.

—Uno de los cuerpos que aparecieron tras el deshielo, los que fueron asesinados durante la nevada, tenía marcas de haber sido abierto.

Alguien le cosió parte de la pierna como si hubiera tenido una intervención de urgencia.

—La imagen de la piel y el algodón removió algo en el fondo de la mente de Theodore, así que decidió que los detalles se los guardaría para él—.

El profesor Buckman pensó que alguien se lo había hecho justo antes de morir, pero creo que se equivocó.

Estoy seguro de que se lo hicieron poco después de perder la vida.

Tal vez incluso le mataron para hacerlo.

El corazón le bombeaba en el pecho como si hubiera corrido una maratón en tan solo unos segundos. Oía el fluir de la sangre en sus oídos, que le pedían auxilio ante aquel estruendo. Sabía que tenía razón, pero decirlo en voz alta le ayudó a estar seguro de ello.

Cuando Arthur le respondió, el hechizo se desvaneció, y la euforia que le había embriagado se convirtió en solo adrenalina. Se había alegrado de haberlo resuelto, pero no existían razones para estar feliz si era cierto. De repente, la comodidad de su cama se desvaneció por completo.

—¿Cuánto tiempo hace que sabes eso?

Una vez más, Arthur conocía mucho mejor a Theodore de lo que este se conocía a sí mismo.

—Desde hace unas semanas —admitió, liberando una parte de él que estaba a punto de morir asfixiada—.

Le he dado muchas vueltas, pero lo que ha sucedido con Davinia me confirma que no voy desencaminado.

Cuando estuve hablando con el doctor Buckman hubo algo que no entendí.

—Era como si aquel día estuviera muy lejos en el tiempo—.

Él pensaba que alguien había intentado hacer negocio con las muertes accidentales, pero no pareció perturbarse ni un ápice cuando aparecieron más cuerpos corruptos.

Él sabía que los cuerpos estaban de una manera u otra relacionados con la universidad, pero creo que nunca pensó de verdad que aquello fuese importante.

Tenía miedo de que estuvieran traficando con cadáveres porque eso señalaría de forma directa a la universidad y él perdería su trabajo.

Sin embargo, ha dejado de lado la evidencia más clara de todas.

—Que alguien está practicando con ellos. Es lo que pensábamos, ¿no? Después de ver el cuerpo en el pasillo, era lo más evidente.

—Exacto —asintió. La presión de sus oídos seguía jugando con su paciencia—.

Puede que la persona que roba los cuerpos no sea la misma que la que manipula los cadáveres y los usa como material de prácticas, pero, sea quien sea, ha empezado a matar gente.

Y está utilizando la universidad y el silencio de los profesores para deshacerse de las pruebas.

Una a una, las piezas del rompecabezas se afianzaban.

—¿Insinúas que Hughie Buckman oculta lo que está sucediendo? —Arthur no estaba sorprendido, pero sí decepcionado. Se hablaba con tanta frecuencia de no repetir los errores del pasado que era un insulto que algo así se tapara.

—Sí, pero no de manera consciente. Creo que la universidad ha atado cabos y sabe que se ha puesto en marcha el mercado oculto de cadáveres de nuevo.

También sabe que eso significa que alguien los está recibiendo, lo que pondría en muy mal lugar a la facultad si llega a descubrirse. Fíjate en lo que pasó hace unos años.

—Eso explica también por qué solo ocurren estas cosas cerca del Royal Infirmary —coincidió Arthur—. Es el único hospital que acepta alumnos para formarse. Es una locura, Theodore.

—Además de que encaja con la posibilidad de que Davinia viera más de lo que debía.

De haberse tratado de un simple robo, solo tenía que dejar el cuerpo allí y tal vez nunca habrían atrapado al ladrón.

Tiene que haber algo más. —De nuevo, la vehemencia de sus palabras le impresionó incluso a él —.

Siento haberte arrastrado a esto. Si no te hubiera preguntado nada desde el principio…

, puede que no te hubieras dado cuenta nunca de qué estaba sucediendo.

—Olvídate de eso ahora, ¿quieres? Céntrate —recorrió el pequeño espacio del cuarto que compartían en unas pocas zancadas—.

Si de verdad están matando gente para obtener cuerpos, estamos en una situación incluso más complicada que nunca.

De los robos en cementerios han pasado directamente al asesinato.

Theodore no sabía cómo ni cuándo, pero había comenzado a estrangular el cojín que tenía entre las manos, que le observaba, deforme, en su regazo.

—¿Crees que nos van a escuchar?

—Si lo que dices es cierto y hay dos o más personas actuando en paralelo, nadie nos va a tomar en serio.

Si no tenemos pruebas de que esto va mucho más allá de la compraventa de cuerpos, la universidad no va a arriesgarse a que la acusen y destapen la obtención ilegal de cadáveres por parte de los médicos.

—¿Y si hubiera una forma de demostrarlo?

Ambos se sostuvieron la mirada, cada uno en un lado de la habitación.

—¿A qué te refieres?

—Si estoy en lo correcto y Davinia acabó siendo asesinada porque vio algo que no debía, falta un elemento muy importante en esa historia.

—El cuerpo.

—Exacto.

Theodore saltó de la cama, poseído por una fuerza sobrehumana que le decía lo que tenía que hacer.

Encima de su mesa, junto a la pluma que había utilizado tan solo unas horas antes, se encontraba uno de sus cuadernos.

Arrancó una página del encuerado diario y garabateó unas palabras en ella, bajo la atenta mirada de su compañero.

—He hecho una lista de todos los cuerpos que han pasado por mis manos que creo que están relacionados con este caso, comenzando con el que llegó al hospital a principios de año, el día 9 de enero.

Ese fue el primero que vi. —Le mostró la lista a Arthur, que no pudo evitar envidiar una vez más la capacidad de memoria de su amigo—.

Con la excusa del inventario, no me costará compararla con las listas del profesor, y con esto será más que suficiente.

Creo que no me equivoco si afirmo que tarde o temprano aparecerá en la mesa de Hughie Buckman el cuerpo a medio descomponer de un mendigo o una prostituta que ha sido asesinado.

—Cuentas con que tenga miedo.

—No. Cuento con que el hospital estará tan hasta arriba de gente que le será muy difícil pasar desapercibido y volver a entrar.

—Vale. —Arthur temió que en cualquier momento su amigo se desmayase, víctima de su propia emoción—.

¿Y qué pasará si aparece de igual manera un cuerpo en mitad de la patrulla?

Puede que aproveche la confusión para volver a deshacerse del cadáver, con la esperanza de que lo procesemos como uno más. No sería raro que sucediera.

Theodore dio un paso atrás sobre la alfombra.

En todos los años que llevaba viviendo en Teviot Place, nunca había deseado regresar a su casa ni había echado de menos su habitación.

Le gustaba vivir con Arthur y sentía que allí tenía todo lo que necesitaba.

A pesar de ello, en ese momento notaba que le faltaba espacio para estirar los brazos, que aquel cuarto no era suficiente para los dos, que necesitaban más.

—Si eso acaba pasando, nos dejaría clara otra cosa.

—¿Cuál?

—Que el culpable pertenece a la universidad o el hospital.