Los anatomistas Capítulo 36
59%

Capítulo 36

Actio damni infecti

Después de la muerte de Davinia instauraron un toque de queda.

El asesinato de la enfermera en su puesto de trabajo, en el Royal Infirmary de Edimburgo, obligó a poner en alerta a todas las autoridades sanitarias y universitarias.

Habían encontrado su cuerpo en lo que los estudiantes conocían de forma coloquial como el área peri mortem , un nombre que no mencionaron cuando comunicaron la noticia a los medios y a los familiares.

Según habían podido ver en los registros, Davinia Bent no tenía aquel día turno de noche, pero le había hecho el favor a una de sus compañeras, una anciana partera llamada Albertine Oshea, que le pidió el cambio.

La señora Oshea desconocía qué hacía la joven allí, en un lugar donde solo se acumulaban cadáveres, a altas horas de la madrugada.

—Estamos trabajando para tratar de esclarecer qué es lo que ha ocurrido, pero tal vez nos lleve un tiempo.

—El jefe del consejo de doctores se paseaba por el auditorio, donde habían reunido a la totalidad de los trabajadores del Royal Infirmary, incluidos los estudiantes de la Universidad de Edimburgo que frecuentaban sus consultas y servicios—.

Ahora nece sitamos la colaboración de cada uno de ustedes para asegurarnos de que todo sigue en orden y que el atacante no se haya llevado nada de valor o que pueda suponernos algún problema.

—El hombre se atragantó con sus propias palabras—.

Quiero que peinen sus puestos de trabajo y las zonas comunes hasta dar con lo que haya podido sustraer o cualquier evidencia de lo sucedido.

Confío en que nadie mejor que ustedes conoce el hospital, al que muchos consideramos nuestro segundo hogar.

Todo el personal, los estudiantes y varios profesores ocupaban al completo los asientos de la sala, que, sin embargo, parecía vacía.

El habitual revuelo emocionado que suscitaba la noticia de un asesinato no parecía manifestarse en esa ocasión.

Muchos de los presentes conocían a la víctima, incluso habían trabajado codo con codo con ella.

Otros, no obstante, solo la conocían de vista o habían oído su nombre, lo que bastaba para que formase parte del rostro visible del Royal Infirmary.

Los reunidos sentían algo distinto, mucho más allá de la curiosidad, la rabia o la atracción de lo morboso. Esta vez sentían respeto.

Y el respeto es un gran amigo del silencio.

Wheeler llevaba varios días sin salir de la cama.

La tragedia había sido razón suficiente para que Alphonso declarase una tregua entre ellos, y no se había separado de su lado un solo instante cuando estaba en la residencia.

La breve conversación que había mantenido con Theodore, Arthur y él en la escalinata de Teviot Place seguía siendo la única vez que su amigo había mencionado lo ocurrido.

Aunque Wheeler fue incapaz de hacerlo, no pasó mucho tiempo antes de que alguien los informase del suceso.

Arthur y Theodore desconocían por completo la existencia de una relación entre Wheeler y Davinia, pero a ninguno de los dos les sorprendió al enterarse.

Theodore adivinó que la insistencia de su amigo para que le preparara una reunión con Hughie Buckman perseguía el objetivo de pasar más tiempo en el hospital sin levantar sospechas.

En teoría, eran dos adultos disfrutando de su tiempo común.

En la realidad, todo era más complejo. La enfermera se habría enfrentado a un despido por humillación si los hubieran pillado, además de ver su reputación destrozada por intimar con un alumno.

Era más seguro para ambos mantenerlo en secreto, pero era Davinia quien habría perdido mucho más si se hubiesen enterado.

Tampoco les sorprendió que Alphonso lo supiese.

Si alguien podía guardar un secreto, ese era él, más aún si se lo había pedido Wheeler.

Lo que no sabía su amigo era hasta qué punto le importaba la enfermera y cuánto podía llegar a afectarle su muerte.

Tal vez habían subestimado la capacidad emocional de su compañero o quizá la habían obviado para que encajase mejor en la idea que tenían de él: un atolondrado imprudente.

El resto de los residentes había tenido la decencia de no molestarle.

No se habían cortado con las preguntas cuando el afectado fue él, pero pronto se dieron cuenta de que no iban a sacarle nada sobre Davinia.

Todos sabían lo que había ocurrido y su relación con ella era evidente en ese momento; eso era suficiente para que lo dejasen tranquilo.

Además, tenían otras cosas en la cabeza.

Se impuso a todos los alumnos de la Universidad de Edimburgo un toque de queda para evitar problemas.

Aunque tan solo afectaba a aquellos que vivían en alguna de las residencias que ofrecía la institución, la mayoría de ellos lo hacían.

Nadie podría abandonar la seguridad de sus paredes a partir de las ocho de la tarde, sin ninguna excepción.

Esta nueva realidad obligaba también a modificar los horarios del hospital y los laboratorios, que debían permanecer cerrados y sin rastro de alumnos antes de que comenzase el toque de queda.

—Todas las medidas que entren en vigor serán pocas, así que vamos a acatarlas hasta la mínima pulgada.

Solo así evitaremos más muertes innecesarias en nuestro hospital de miembros de nuestro equipo —continuaba explicando el jefe del consejo de doctores para justificar las medidas aprobadas—.

Sé que muchos de ustedes no estarán de acuerdo con esta manera de actuar, pero es la única eficaz por el momento.

Debemos llegar al fondo del asunto antes de estar en condiciones de garantizar la seguridad de todos y cada uno de los presentes, por no hablar de la de los estudiantes de nuestra querida universidad.

Si estaban de acuerdo o no, no importaba.

La conmoción había sido tan grande que las protestas tardaron demasiado en llegar.

Aun así, sabían que la batalla habría sido inútil.

Aunque hubiesen llegado a tiempo para impedir que se proclamara el toque de queda, no habrían conseguido frenarlo.

De hecho, los alumnos no recordaban la última vez que una de sus quejas había llegado a alguna parte. Su trabajo era oír, ver y callar.

—Una vez que el inventario esté actualizado, procederemos a retomar la normalidad poco a poco, siempre y cuando tengamos la situación bajo control.

—El jefe del consejo de doctores fue consciente del murmullo que provocaron sus palabras, pero lo ignoró con elegancia—.

Es imprescindible que cada miembro del Royal Infirmary tenga claro cuál es su papel y que no se salga de las pautas marcadas.

No servirá de nada todo el trabajo realizado si no seguimos un orden básico. Está en sus manos.

Un suspiro comunitario llenó el silencio que dejaron esas palabras.

—Las autoridades estarán en constante comunicación con nosotros, así que no duden en contactar con ellas si ven o recuerdan cualquier detalle que pueda ser relevante para la investigación. Les agradezco la atención y la confianza depositada en nosotros. No los defraudaremos.

En una de las esquinas de la sala, y con la atención puesta en el público, Hughie Buckman rezumaba tensión por todos los poros de su cuerpo.

Se encontraba alejado de sus compañeros, tanto profesores como médicos.

Parecía que mantuviera una distancia de seguridad con respecto a ellos.

Mientras su superior hablaba no pestañeaba, tenía los ojos abiertos, como un búho acechando a su presa en plena noche.

—¿Sabemos algo más de la chica? —se aventuró a preguntar el doctor Finnerty desde la primera fila.

Si alguien hizo amago de abandonar la sala, desistió después de esta intervención.

Los labios del director de la cámara formaron una mueca por la tensión.

—No hay nada que podamos afirmar hasta que tengamos los resultados de la autopsia, pero estamos seguros de que la causa de la muerte fue un apuñalamiento.

Como había hecho con el discurso que acababa de dar, se había preparado la respuesta que debía dar para calmar a los asistentes.

—¿Se resistió? —continuó preguntando otro compañero del hospital.

—No. Parece que la pillaron por sorpresa.

—Aunque era inútil intentar ocultar lo que todos los periódicos en la ciudad ya habían afirmado, se le pedía más informació n de la que estaba dispuesto a soltar—.

Aun así, queridos señores, es una imprudencia afirmar nada antes de dejar hablar a los expertos.

Pueden confiar en que estamos haciendo todo lo posible por recuperar lo que nos han robado y que el culpable pagará por lo que ha hecho.

Recuerden que no se trata de un simple hurto, han atacado la integridad de nuestra institución, y eso no lo vamos a perdonar.

Si me disculpan, tenemos mucho trabajo que hacer. Muchas gracias, señores.

El jefe del consejo no permitió que nadie más hiciera ninguna pregunta y salió de la sala con paso firme, seguido por su séquito habitual de doctores que lo acompañaban en el cumplimiento de sus compromisos.

Nadie más tomó la palabra, pero la tensión explotó en la cara de todos los presentes.

Nadie gritó, nadie armó escándalo, pero todos tenían su propia versión sobre lo que había ocurrido.

El grupo de alumnos que había sido llamado a asistir se limitó a compartir sus impresiones con voz acelerada y el pulso a punto de desbordarse.

Todos tenían algo que decir. Todos menos el profesor Buckman. Theodore siguió su mirada dirigida al lugar donde los profesores, de los que se mantenía alejado, se habían congregado para dialogar. Al instante, como si hubiese notado que alguien le observaba, desvió la vista hasta él.

No le hacía falta a Theodore hablar con su tutor para comprender que aquello era una advertencia.