Los anatomistas Capítulo 35
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Capítulo 35

Ab imo pectore

Transcurrida una semana tras el fin de la ventisca seguían limpiando la nieve del camino.

Para decepción de todos (en especial de Arthur, que tuvo que seguir con las visitas a casa de los pacientes), el frío no se marchó con las nevadas; no solo se quedó en la ciudad, sino que congeló los restos de ella que quedaban, lo que dificultó el retorno a la normalidad.

En un abrir y cerrar de ojos, todos habían visto cómo sus vacaciones se convertían en un aumento de la carga de trabajo, que apenas conseguían retomar.

En las entradas de Edimburgo se acumulaban grandes cantidades de nieve sucia y helada que ni las lluvias intermitentes habían podido fundir, lo que otorgaba a la ciudad entera una sensación de inmundicia.

Incluso parecía más deshabitada que los días en los que nadie había abandonado la seguridad de sus casas.

Arthur nunca creyó que vería a tanta gente deseando que lloviese a mares, con fuerza.

Un aguacero habría facilitado la limpieza de la ciudad: la nieve y el hielo se derretirían y el hedor putrefacto de la muerte que acompañaba Auld Toun se iría con ellos, abandonando la capital escocesa para siempre.

La mayoría estaba de acuerdo en que la ventisca tuvo la culpa de todo lo que había mantenido despierta a Edimburgo durante aquellas semanas.

Al menos tres cuerpos más fueron encontrados en las inmediaciones del Royal Infirmary, que no conseguía dar abasto para procesarlos con sus empleados.

Uno de ellos pertenecía a una mujer de poca altura y con la piel cubierta de verrugas, que había sido degollada y despiezada con una violencia impropia incluso de los ataques más feroces.

Según los periódicos, cuando llevaron el cuerpo desconocido al cementerio, les dijeron que ya había estado allí.

Alguien había abierto su tumba y había depositado sus restos en el patio trasero del hospital; no había testigos que pudieran dar testimonio de lo ocurrido.

Arthur se preguntó en varias ocasiones por qué, de todos los hospitales que había en la ciudad, el suyo era el único que recibía ese tipo de mensajes macabros.

—Será por el cuerpo de la facultad —sugirió una mañana Alphonso mientras desayunaban, después de que sus amigos le pusieran al día de lo que estaba sucediendo en el mundo de la medicina—. A alguien le habrá parecido gracioso imitarlo y ha decidido dar un paso más.

—¿Y era necesario despiezarlo? —preguntó Arthur frotándose los ojos.

—Todo el mundo ha visto ya un cadáver. Necesitaba algo más para que se hablase de él.

No se había molestado en preguntárselo, pero Arthur estaba bastante seguro de que Theodore tenía una respuesta distinta.

Su compañero de habitación se había mantenido de mal humor desde la conversación que había presenciado entre Alphonso y Wheeler, a quien habían dejado de hablar desde entonces.

Aunque su amigo no les había pedido que se posicionasen y ninguno de los dos estaba en realidad cabreado con él, creían que su comportamiento se asemejaba al de un crío caprichoso más que al de un hombre hecho y derecho.

No le habían retirado la palabra en un principio, pero el simple gesto de que se acercaran a hablar con Alphonso lo había interpretado como una prueba de que estaban contra él, y no importaba lo que le dijesen sus amigos.

Para Wheeler, ellos habían tomado su decisión, y Arthur y Theodore no estaban dispuestos a andarse con tonterías.

Alphonso, por su parte, había compartido con ellos su intención de no volver a hablarle hasta que al menos se dignara a disculparse.

—Estoy harto de tener que ir detrás de él como un idiota siempre que se cabrea. Por una vez merezco ser el que no decide perdonar primero. Si no es capaz de hacerlo, no me interesa ser su amigo.

Dormían en la misma habitación todas las noches, eso no había cambiado ni iba a hacerlo a esas alturas del curso, pero ni viviendo a escasos centímetros uno de otro habían logrado reconciliarse.

Aun así, Arthur sospechaba que lo que sucedía con Theodore iba más allá de una simple discusión, por muy fuerte que hubiera sido, en la que ni siquiera él había participado.

Sabía que había mucho que no le había contado, incluso desde el día que había ido a verle a su consulta.

También estaba convencido de que Theodore sabía que él lo sabía, pero estaba demasiado ocupado fingiendo que no se daba cuenta para evitar hablar de ello con seriedad.

Si había un momento en el que su grupo de amigos dejaría de serlo, desde luego iba a ser ese.

Mientras tanto, Arthur había seguido con su plan de dibujar hasta el último resto humano del laboratorio, buscando una respuesta.

Tal vez el comportamiento de sus amigos no fuese más que un misterio para él, pero entendía de medicina.

Era bueno en lo que hacía e iba a demostrarlo, aunque se pasase haciendo bocetos hasta Pascua.

Por su parte, Victoria cada vez pasaba más tiempo en el laboratorio, incluso cuando él no estaba.

Al regresar Arthur, todo se encontraba en su lugar, a excepción de los huesos que pidió prestados a su tío.

Después de varios días, se dio cuenta de que la muchacha siempre repetía el mismo patrón: llegaba por la mañana cuando todos ya habían entrado en clase, abría el armario donde guardaban el osario y se iba mucho después que él.

Sin embargo, nunca tocaba los restos de la mesa si no estaba Arthur presente.

Cuando se dio cuenta, decidió preguntarle al respecto.

—Sabes que puedes examinarlos, ¿verdad? —le dijo una tarde después de recoger. Llegaba tarde a cenar, pero ella no mostró apuro por marcharse—. Confío en ti, sé que no les va a pasar nada. Si quieres estudiarlos, no me enfadaré.

No había sabido interpretar qué se le estaba pasando por la cabeza en aquel momento, pero los pensamientos de Victoria no cesaban.

—No es eso. —Sentada en el suelo, con el vestido negro cubierto de polvo de hueso, parecía que meditara—. No creo que sea buena idea.

—¿Por qué no?

La muchacha había señalado el montón de folios que Arthur acababa de recopilar.

—No sé muy bien en qué momento accedí a trabajar en esto contigo, pero lo he hecho, así que supongo que ahora no tengo escapatoria.

Tú te estás esforzando en encontrar nuevos métodos para dar con el diagnóstico, lo más justo es que yo haga lo mismo.

Si uno de los dos debe ponerse al día en sus conocimientos, no eres tú, Arthur. Soy yo.

La tristeza en su voz le había desconcertado, pero también le sorprendió la firmeza con la que lo dijo.

Aquella mujer era distinta a todas las personas que había conocido hasta entonces, era una suerte que los dos estuvieran trabajando juntos.

Sin ella, quizá habría rechazado la oferta del profesor hacía unos cuantos intentos.

Tampoco había hablado con Lyle Crowle de lo sucedido en la clase ni de nada más. La respuesta a su pregunta era muy clara: hasta que puedas darme un diagnóstico firme, no vuelvas a molestarme con tonterías.

Su mundo parecía sumido en la más profunda incertidumbre, todas las personas que creía conocer se evitaban entre sí y, para complicarlo todo mucho más, le evitaban a él. Arthur quería que las cosas retomasen su curso, así la vida universitaria sería mucho más fácil.

Esa mañana, sin embargo, no se esperaba que sus deseos se cumplieran.

Quizá, si se lo hubiesen consultado, tampoco habría elegido ese suceso para marcar el antes y el después.

Tal vez habría preferido quedarse atrás, regresar a la duda y al recelo, aunque nunca llegase a tener respuestas a todo lo que se preguntaba.

Puede que no hubiese sido más fácil, pero las certezas, en muchas ocasiones, empeoran todo lo que tocan.

Aquel día regresó de la universidad con Theodore y Alphonso, una de las pocas ocasiones en las que los tres volvían a Teviot Place a la misma hora.

El sol de la tarde aguantaba con fiereza contra la oscuridad de la noche, señal inequívoca de que la primavera se acercaba y los días eran cada vez más largos.

«El invierno ha durado ya suficiente», le había dicho Theodore, mientras dejaba que el sol le besara el rostro.

Puede que la tibieza del cambio de tiempo solo los acompañase durante unos días, pero estaban dispuestos a exprimirlo hasta la última gota.

En caso de que regresara el frío, al menos habían recordado lo que era el calor.

—No he dicho que quiera que vuelva la peste —estaba diciendo Theodore.

Los tres amigos cruzaban la calle sin comprobar si alguien más caminaba por ella—.

Simplemente, creo que, puestos a elegir, tratar una enfermedad a la que se denomina «muerte negra» es mucho más emocionante que ver solo a pacientes con traumatismo craneal.

—Creo que no voy a apoyarte en esto, estás solo. —Arthur sacudía la cabeza con firmeza, seguro de su juicio.

—¿Y tú, Alphonso? ¿Cómo afectaría esto a los veterinarios?

El más joven meditó su respuesta. Seguía taciturno, pero trataba de que no se le notase.

—No, yo tampoco estoy de acuerdo contigo. La gente aún cree que los gatos tienen algo que ver con lo sucedido y que en la Edad Media mandaron cazarlos y matarlos. Prefiero no tener que repetirle a la gente que es mentira y que su mascota no acabará con sus hijos por las noches.

—Vale. —Theodore lo sopesó—. Acepto tu argumento. Pero no el de Arthur.

—¿Tantas ganas tienes de que me exponga a una enfermedad infecciosa incurable?

—No es incurable, pondría a prueba tu capacidad como médico.

Arthur se mordió la lengua, divertido. El sol había devuelto el calor al cuerpo y el ánimo de sus amigos. Por un momento pensó que todo iría bien, que nada empeoraría.

—Empiezas a parecerte a Wheeler, Theodore. ¿Tanta envidia me tienes que no solo te conformas con sacar más nota que yo? ¿Qué tienes en mente? ¿El último que quede en pie es el mejor?

—Si tienes miedo del juego, no seas jugador, Credge.

Theodore se dispuso a continuar la frase, pero algo le detuvo. Como una aparición, Wheeler estaba en lo más alto de la escalinata de entrada a la residencia de Teviot Place. Arthur se preguntó por un momento si le habría oído decir su nombre o si los estaba esperando.

—Si quieres damos una vuelta y esperamos a que se vaya —le ofreció Theodore a Alphonso, al notar que su amigo se tensaba en presencia de su compañero de cuarto.

—No, no te preocupes —le aseguró—. Yo no soy el que le está evitando, es él.

Los tres amigos caminaron hacia la residencia, sin decir una sola palabra más. Según se acercaban, sin embargo, se dieron cuenta de que algo iba mal. Muy mal.

Wheeler palideció al verlos. Tenía los ojos hinchados y era evidente que había estado llorando antes de salir allí.

El pánico se reflejaba en su cara como un libro abierto, como si estuviera a escasos segundos de ponerse a vomitar.

Sus compañeros jamás lo habían visto en aquel estado.

No estaba al borde del derrumbe, era evidente que ya había tocado fondo.

—¿Wheeler? —Alphonso corrió sin importarle nada. Su enfado no era importante, tampoco lo era su orgullo. Detrás de él, alarmados, Arthur y Theodore alcanzaron la residencia lo más rápido que pudieron—. ¿Qué ha pasado, Wheeler? ¿Estás bien? ¿Están todos bien?

El muchacho intentó hablar, pero la presión de su pecho le impedía articular frases completas.

—Yo…

—Tranquilo —le aseguró Alphonso, agarrándole ambos brazos—. No pasa nada, estamos aquí.

Esas palabras fueron suficientes para que Wheeler explotara.

No lo hizo de manera desordenada. Tampoco chilló ni maldijo a todos los dioses que una vez habían poblado la Tierra. Solo comenzó a llorar y la amargura se apoderó de él, llevándoselo todo por delante como un huracán.

—Está muerta, Alphonso. —Las lágrimas caían silenciosas por su rostro, embargado por la más profunda tristeza. Bajó uno de los escalones y Arthur tuvo que sujetarle—. Davinia ha muerto.