Los anatomistas Capítulo 34
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Capítulo 34

Ut ignis aurum probat, sic miseria fortes viros

—¿Quema?

Wheeler estaba sentado justo delante de Alphonso, que acababa de hacer una mueca de dolor.

—Arde —le confirmó su compañero, dejando la taza de café sobre la mesa—. Y está asqueroso.

—No hay una forma mejor de comenzar bien el día.

Con un tono de voz aniñado y cantarín, Wheeler se aferró a la taza de té con leche.

A pesar de lo dicho, ya habían pasado varias horas desde que el día había comenzado; las butacas vacías de la biblioteca eran un recordatorio de ello.

Muchos de los alumnos aún estaban en clase, mientras que otros, como Wheeler, Alphonso y Theodore, ya habían terminado.

Alphonso bajó su taza de café al suelo, no tenía intención de darle un sorbo más. La expresión de desagrado en el rostro no respondía tan solo al pésimo sabor de la bebida. Estaba intranquilo, se tocaba el pelo sin descanso y garabateaba en su cuaderno sin apartar la mirada del papel.

—¿Todo bien? —Theodore posó la mano sobre las hojas en las que estaba trabajando su amigo, con cuidado de no romper nada.

El estudiante de Veterinaria asintió, sin quitar la vista de los dedos de Theodore.

—Sí, no te preocupes. Creo que, si me doy prisa, antes de la primavera podré acabar algo de todo lo que se me ha acumulado. Es pan comido.

—¿Tanto trabajo atrasado tienes? —cuestionó Wheeler, curioso.

—¿Estás trabajando a deshoras? —intervino de nuevo Theodore.

—La verdad es que no duermo mucho. —Alphonso se alejó todo lo que pudo de sus amigos, llevándose consigo la libreta—. Tampoco es un buen momento para ponerme al día con la maldita nevada pisándonos los talones.

Theodore y Wheeler aguardaron a que su compañero continuase hablando.

—Las heladas han fulminado a muchos animales callejeros y tenemos que ir a recogerlos por toda la ciudad.

—¿No hay nadie más que se encargue de eso? —Wheeler no podía imaginarse peor manera de pasar las horas muertas—. ¿No hay barrenderos o basureros para hacerlo?

—Claro que los hay, pero la universidad no quiere desaprovechar la oportunidad de obtener material en buenas condiciones —repuso, azorado—.

No solo para nosotros, para vosotros también.

Si se pueden ahorrar la compra de cerdos durante unos meses, lo van a hacer.

Hay todo tipo de animales silvestres ahí fuera.

Theodore tuvo una espantosa sensación de déjà vu por culpa de su amigo. Le vino a la mente la clara imagen de la pierna magullada, seccionada y corrupta, aún tensa por el tiempo que había pasado expuesta al repentino frío hibernal.

—Si te sirve de consuelo, nosotros estamos igual en el hospital. —Un corte firme, el chasquido del hilo al romperse, la tibieza de la piel que ha desaparecido—. En los últimos días han llegado más cuerpos de los que había visto acumulados jamás. No damos abasto con todo.

—¿Por el frío o también ha habido asesinatos como el de la mujer de Holyrood?

—Ambas cosas. —Receloso, Theodore se lo pensó un momento antes de responde r a Wheeler, pero sabía que no merecía la pena tratar de ocultar nada.

La gente hablaba, sobre todo los alumnos, y él no era el único estudiante que trabajaba en los sótanos del Royal Infirmary—.

El otro día llegaron dos cuerpos. Un hombre y una mujer, apuñalados.

Un brillo de interés que ya había visto en otras ocasiones apareció en los ojos de Wheeler.

—Con el frío aumentan los casos de violencia, ¿no es así? —preguntó Alphonso.

—Sí, pero nunca tanto como este año. Supongo que ha sido por la nevada, demasiado imprevisible. Demasiada… gente encerrada a solas con sus pensamientos.

—No todos tienen la suerte de haberse quedado atrapados en un edificio de lujo sin preocupaciones y con sábanas limpias.

Wheeler sorbió el té haciendo un ruido desagradable. Sus amigos se giraron hacia él, molestos.

—Bueno, tampoco ha sido para tanto.

—¿A qué te refieres? —Theodore notaba una mala sensación que provenía de las palabras de Wheeler, había algo que no le gustaba en absoluto.

—A ver, es obvio, ¿no? —dijo Wheeler, como si fuera evidente—. Igual que todas las veces anteriores, las víctimas han sido vagabundos y prostitutas, ¿no es así?

—Sí.

—Por eso no es ninguna tragedia. —Wheeler no terminaba de comprender por qué sus amigos no decían nada—. No merece la pena preocuparse, es mejor para nosotros. Más cuerpos con los que trabajar. Al menos son útiles para algo.

Alphonso se estremeció en su asiento, como si alguien le hubiese golpeado con fuerza en el estómago.

—Eh. Ten un poco más de respeto —advirtió a su compañero de habitación.

Wheeler enrojeció hasta la coronilla, repleta de pelo rubio.

—No lo dirás por mí, McMillan. —Su tono de voz daba señales de peligro.

—¿No se supone que quieres ser médico?

—Sí.

—Pues ya está. ¿Qué clase de médico pone la vida de unos por debajo de la de otros? No dejan de ser seres humanos y has prometido salvarlos, creo que no se especificaba la clase social en el contrato.

—En ningún momento he defendido el asesinato, solo creo que a nadie puede sorprenderle que estas cosas sucedan —insistió, con un deje de desprecio.

Alphonso no sabía si era por él—. Esta gente malvive en la calle, no tiene escapatoria.

Por eso digo que tal vez sea mejor así, ellos dejan de sufrir y nosotros tenemos trabajo. Todos ganamos.

Normalmente Alphonso era un chico calmado, la mayoría estaba de acuerdo en eso.

En ese momento, sin embargo, no era este su estado, más bien al contrario, tensaba los puños y contraía los dedos con tanta fuerza que los nudillos eran solo una imagen difuminada blanquecina.

Todo su cuerpo estaba rígido, desconectado del mundo que le rodeaba, pero no de Wheeler.

Su mejor amigo no estaba allí. Delante de él solo había un necio egocéntrico que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo.

—Wheeler, ¿te estás escuchando? ¿Has perdido la cabeza?

—Creo que eres tú el que no quiere oír lo que estoy diciendo, Alphonso. —El hilo de voz de Wheeler se transformó en sorna.

—¿Ah, no? Pues explícamelo.

—Lo haré encantado.

Hay señales de lo que va a ocurrir antes de que se desate una tormenta.

En el mar, las olas viran inquietas, indicio inequívoco de que algo está a punto de pasar; en el bosque, se oye el rumor de los árboles, el zumbido incesante de todas las criaturas que habitan en él, a la espera de que llegue el temporal.

Eso mismo sintió Theodore que iba a suceder entre sus dos amigos, demasiado absortos el uno en el otro para darse cuenta de lo que estaba a punto de desencadenarse.

A veces, solo pasan unos segundos entre el momento en que se notan las señales y el instante en que comienza la tormenta. A veces, es demasiado tarde cuando te das cuenta de que está descargando toda su furia sobre ti.

Hay cosas que no pueden evitarse, pero Theodore creía con firmeza que podía detener aquello.

—Vale, calmaos los dos ahora mismo. —Theodore se levantó de la butaca y los pocos residentes que estaban allí se giraron para mirarlos—. Se acabó.

Las últimas semanas todos los observaban más de cerca, era como si atrajeran los problemas. Primero el ataque de Wheeler, luego Arthur delante del cuerpo del pasillo y ahora esto.

—Solo estamos hablando —se defendió Wheeler.

—A mí no me lo parece —Theodore le mantuvo la mirada, desafiante—. Hablo en serio. No me hace ninguna gracia.

—¿Quién se está riendo?

—Cierra la boca, Wheeler —volvió a intervenir Alphonso.

—Solo si podemos tener una conversación civilizada.

—¿Sí? ¿Y quién va a venir para hacerlo? —Con movimientos exagerados, Alphonso simuló que buscaba a alguien por la habitación. Si vio a sus compañeros mirando, no le importó—. Porque está bastante claro que tú eres incapaz de ello.

—¿Te están pagando para ser moralista? ¡Si te dedicas a desollar bestias, por el amor de Dios!

Wheeler flexionó sus rodillas hasta quedar a la altura de su compañero de habitación. Alphonso se contuvo para no escupirle en la cara.

—No quiero seguir manteniendo esta absurda conversación —zanjó Alphonso, separándose de él.

El murmullo en la biblioteca comenzó de nuevo.

—Estás siendo ridículo, Al. Habla conmigo.

—Nos vemos en la cena, Theodore —ignoró a su amigo con toda la dignidad que le fue posible. La tormenta seguía allí, Theodore podía verla, pero algo la había aplacado—. Necesito echarme un rato.

Cuando las pisadas de Alphonso se alejaron, Wheeler se derrumbó en el asiento. Volvía a parecer un niño, demasiado pequeño para defenderse y rectificar.

—No ha sido para tanto, ¿no crees? —Wheeler no parecía percibir la poca paciencia que le quedaba a Theodore—. Está exagerando.

—No me parece que haya sido algo demasiado acertado por tu parte —confesó.

—¿Tú también?

No sabía por qué se sentía tan atacado, pero no lo pudo evitar.

—Ha sido una verdadera bestialidad, Wheeler.

—Me da igual lo que digáis. —El muchacho rubio imitó a su compañero de habitación y decidió marcharse—.

Sé que pensáis lo mismo que yo, pero os da miedo confesarlo en voz alta.

En el fondo sabes que es algo bueno para nosotros tener a nuestra disposición tantos cuerpos servidos en bandeja sin tener que ir a buscarlos.

No lo admitirás, pero sabes que tengo razón.

Incluso Arthur estaría de acuerdo conmigo.

Ambos dejaron a Theodore a solas en la biblioteca, mientras el resto de los alumnos le despedazaban con la mirada, preguntándose qué había ocurrido para que las cosas hubieran acabado tan mal.