Capítulo 33
Salix
Aunque el temporal había amainado, las calles seguían siendo difíciles de transitar.
La consulta de A rthur estaba sumida en un silencio nada habitual en los días de trabajo.
Los pocos pacientes que habían acudido al hospital habían preferido una visita rápida, deseosos de regresar al calor de sus casas.
No obstante, quienes podían permitírselo habían optado por pedir que un médico fuera a atenderlos a sus domicilios.
En menos de una hora, Arthur había recetado todos los fármacos que le habían pedido y curado todas las heridas abiertas que le esperaban tras la ventisca, así que había tenido que salir.
En días como aquel habría preferido aburrirse.
El gélido viento, que no había abandonado Edimburgo, le cortaba la piel de la cara mientras se dirigía a la morada del primero de sus pacientes.
Durante toda la mañana, los familiares habían ejercido de mensajeros y, desesperados, habían pedido la visita de un profesional en sus casas.
El frío repentino encontró la ciudad con las defensas bajas y el número de enfermos se había desbordado en la semana que habían permanecido encerrados.
Por esa razón, a Arthur le encargaron hacer trabajo de campo.
—Aguanta, campeón. Solo será un momento.
El paciente asintió, con lágrimas en los ojos. Había comenzado a llorar antes de que Arthur pudiera acercar la aguja a su piel .
No tardaría más de treinta segundos en coser la herida, si el niño se mantenía quieto. La familia vivía a las afueras de Auld Toun, en una de las casas antiguas recién reformadas. Con su apellido, podría pagar todas las visitas del médico que fuesen necesarias.
El pequeño se había hecho un pro fundo corte en la pierna derecha jugando en el salón, dos días atrás.
Su madre, embarazada de nueve meses y a punto de explotar, había intentado contener la herida.
Los remedios caseros, si se administraban bien, podían ser útiles en situaciones como aquella, en la que no podían desplazarse hasta el hospital.
Aunque todavía no era capaz de sentir sus manos, entumecidas por el frío, Arthur inspeccionó el corte.
No tenía un aspecto terrible, pero si no se curaba como debía acabaría por infectarse.
—¿Qué edad tienes?
—Cinco años, señor. —A Arthur le gustaba que los niños se dirigieran a él de manera tan formal.
Era demasiado pequeño para arriesgarse con una dosis grande de opio o un derivado de este.
Una infusión de corteza de sauce era mucho menos efectiva y sabía mucho peor, pero los efectos secundarios no eran tan frecuentes en niños.
Puede que se quejase, pero estaba dispuesto a correr el riesgo y a trabajar con más incomodidad.
Su paciente se bebió la infusión sin pestañear y sin una sola queja. «Un niño muy bien educado», pensó.
—Aguanta la respiración todo lo que puedas y mira por la ventana —le indicó, e introdujo la aguja en la pierna del chico, que soltó un quejido—. ¿Qué ves? ¿Sigue nevando?
Como si le hubiesen encargado la misión de un gran explorador, el pequeño analizó todos los puntos del ventanal, para comprobar que no quedaba ni rastro de la nieve.
—Ya no, señor.
Por suerte, la herida, aunque profunda, no era muy grande. Con un par de puntadas estaría cerrada por completo y sería difícil que se infectase. Su diminuta pierna se contraía al ritmo de los movimientos de Arthur y temblaba ligeramente.
—Listo, campeón. ¿Verdad que no ha sido para tanto?
—¡No me ha dolido nada! Muchas gracias.
Arthur se dijo a sí mismo que era muy afortunado por que esa fuera la última consulta del día. Un trabajo rápido, aunque el resto de la jornada hubiera resultado más dura, le permitía regresar a casa con la sensación de que todo estaba bien.
Además, la casa del pequeño paciente se encontraba cerca del hospital.
Era obligatorio que todos los alumnos en prácticas que tomasen material del Royal Infirmary lo devolvieran a su lugar al final del día.
La universidad no podía permitirse invertir en reemplazar todos los productos perdidos, así que, en caso de que eso ocurriera, multaba a los estudiantes.
La mayoría tenía dinero, no suponía un problema para ellos, pero sí un golpe bajo para su orgullo.
Arthur dejó sobre la mesa del escritorio el maletín de trabajo. La consulta estaba a oscuras, de modo que encendió la única lámpara de gas que había en toda la habitación. Antes incluso de que pudiera deshacerse de su abrigo, alguien golpeó a la puerta.
Sorprendido, se apresuró a abrir. No se había cruzado con nadie conocido en todo el camino.
—Hola…, no sabía si habrías vuelto. —Theodore apareció por la puerta en mangas de camisa, sin chaqueta ni chaleco.
—Si llegas a llamar dos minutos antes, no me habrías encontrado. —Arthur le hizo pasar, no sin antes colgar el abrigo en el perchero—. ¿Qué haces aquí?
—Acabo de terminar la sesión con Hughie Buckman.
—¿Ahora? —Se apresuró a mirar el reloj, confuso—. Pero ¿qué hora es?
—Tarde. Llevo aquí desde primera hora de la mañana.
Arthur se sentó sobre la mesa, junto a su maletín.
—¿Para qué? ¿Tantos cadáveres se han acumulado por el frío?
—Has dado justo en el clavo. Hasta que nos hemos puesto al día no ha dejado que me marchara. —Tenía las manos rojas, pero no por el frío—. ¿Quién iba a decir que el inventario era mucho más complicado cuando nadie pone un pie allí en una semana? Jamás lo hubiera adivinado.
El sarcasmo con el que pronunció estas palabras no era impostado, estaba cabreado, se le notaba.
Theodore se sentó en la silla destinada a los pacientes, justo delante de la mesa.
—Y yo que pensaba que había tenido un mal día.
Su compañero de habitación parecía haber envejecido diez años de golpe.
—¿Quieres hablar de algo? —inquirió Arthur, sin apartar la vista del ceño fruncido y la expresión socarrona de su amigo.
Creyó que Theodore analizaría su propuesta, pero este la desechó al instante, casi molesto.
—Para nada, necesito largarme de aquí cuanto antes.
—No tienes buen aspecto —apuntó Arthur.
—Creo que de momento puedo vivir con ello.
Theodore se arrepintió de sus palabras nada más pronunciarlas. Sabía que su amigo no tenía la culpa de nada de lo que le había ocurrido, pero no supo cómo controlar sus emociones, embriagadas de cansancio.
—Perdona.
—Hazme un favor, ¿quieres? Cuando te decidas a contarme qué te pasa, hazlo.
Pero no te entretengas fingiendo que no pasa nada.
Te conozco demasiado para que te salga bien.
—Su tono era severo, pero mantenía la calma.
Le costaba enfadarse con él, incluso cuando se comportaba así—.
Venga, vámonos. Me gustaría estar en un lugar donde nadie me pregunte nada ni se atreva a levantarme la voz.
Arthur se puso en pie y cerró el maletín tras comprobar que todo estaba en orden. Devolvió la llave a su bolsillo después de guardarlo en el armario, junto con el resto de las pertenencias del hospital. El calor de la lámpara le daba solo en un lado del rostro y se había sonrojado.
Theodore se revolvió en su silla.
—¿No nos íbamos? —dijo.
—Lo más rápido que podamos —respondió Arthur.