Capítulo 32
Regio posterior cruris
—¿Otro más? ¿De verdad? —Hughie Buckman se hizo a un lado para que la camilla pudiera entrar sin problema a la habitación. También Theodore se apartó de la puerta.
El hombre le respondió con un gruñido que podía significar muchas cosas, pero no especificó a qué se refería con su falta de modales. El traqueteo de ruedas sobre el suelo era un sonido familiar en ese pasillo, pero aquellos días se dejaba oír con mucha más frecuencia de lo habitual.
El temporal de nieve había paralizado la ciudad durante seis días seguidos, al colapsar las carreteras e impedir la circulación por las calles del sur escocés.
Los alumnos de la Universidad de Edimburgo, en especial los que habitaban en Teviot Place y las residencias cercanas al campus, no habían tenido la necesidad de abandonar la calidez de sus habitaciones durante la semana que iba durando la ventisca.
Las clases continuaron canceladas y las prácticas que realizaban en el hospital y en los laboratorios se aplazaron hasta que llegara la calma.
Los negocios también cerraron, en vista de que su clientela habitual no podía desplazarse para ir a los comercios.
Edimburgo se había convertido en una ciudad fantasma en tan solo unos pocos días, sin rastro del jaleo que la caracterizaba.
Por fortuna, había dejado de nevar todos los días, algunos simplemente llovía.
Era un verdadero alivio para profesores y estudiantes, que anhelaban abandonar las cuatro paredes de las que no habían podido escapar.
El poco agua que cayó, sumado al esfuerzo de algunos ciudadanos con las palas, sirvió para que empezaran a despejarse las calles de la ciudad.
A medida que la nieve fue desapareciendo, los cuerpos comenzaron a aparecer en las calles de Edimburgo.
La mujer encontrada en la bahía de Holyrood volvió a convertirse en un tema candente para todos los ciudadanos, gracias al hallazgo de otros dos cadáveres, un hombre y una mujer, también apuñalados y sin señales de forcejeo.
Aunque ninguno de ellos fue encontrado en el interior de un edificio histórico, sino en el centro de la ciudad, abandonados a su suerte en mitad del temporal.
—Es difícil estimar la fecha de la muerte con el temporal que acabamos de atravesar.
—El doctor se apresuró a ponerse manos a la obra, sin tiempo que perder en saludos y nimiedades—.
El hielo es el mejor conservante que conoce el hombre.
Podemos discutir sobre si han pasado horas o semanas desde que han fallecido y jamás sabremos cuál de las dos es la opción correcta, por mucho que nos propongamos averiguarlo. Es un caso perdido, me temo.
—¿Quiere que los llevemos directamente al cementerio? —El sepulturero, un anciano de brazos fuertes y nariz aguileña, visitaba con frecuencia a Hughie Buckman. Aquellos días más de lo que habitual.
Sentía una verdadera curiosidad por el trabajo del profesor y siempre trataba de hablar con él. A fin de cuentas, ambos solían pasar más tiempo con los muertos que con los vivos. Se comprendían el uno al otro.
—No, déjenlos aquí. Pueden ser útiles para cualquier otra cosa. No estamos en condiciones de rechazar cuerpos en tan buen estado.
—Tres cuerpos sin reclamar en una semana es una suerte poco habitual para ustedes. Deben de estar contentos —remarcó el recién llegado.
—Agradezcamos que este sea un acontecimiento poco común por aquí, mi buen señor —le rectificó el profesor—. Que haya pocos cadáveres en la universidad solo significa que hay mucha gente muy querida ahí fuera por la que alguien vela.
Condujeron las camillas hasta el centro de la habitación y cerraron la puerta tras ellos.
—¿Les ha pasado lo mismo que a la otra? —El sepulturero estiró el cuello para ver mejor los cuerpos bajo las sábanas.
—Sí, eso parece. La causa de la muerte ha sido un ataque frontal con un cuchillo o un objeto similar.
—¿Y aun así les resultan útiles?
—Una herida punzante no es suficiente para malograr un cuerpo entero.
Nuestros alumnos aceptarán de buen grado a cualquiera de estas dos pobres almas para su aprendizaje, y también el que tengo aquí.
—El profesor masajeó la pierna derecha del primer desconocido, el hombre—.
Aunque… puede que haya pasado usted algo por alto.
El doctor Buckman regresó a su escritorio para recoger sus herramientas de trabajo. Con el bisturí y un martillo en la mano, Hughie Buckman se apresuró a tirar al suelo la sábana que cubría al individuo que estaba estudiando.
—Ayúdeme, Theodore. Vamos a darle la vuelta.
Haciendo caso a su tutor, Theodore colocó las manos en la lumbar del desconocido para ponerlo de espaldas.
La lividez del cadáver, como había aventurado el profesor, no les daría ninguna respuesta sobre su asesinato.
No importaba lo que dijese el estudio visual, nunca llegarían a una conclusión satisfactoria.
El bajo de la espalda presentaba el mismo tono oliváceo que el resto del torso, consecuencia de la exposición al frío y del hematoma que podría haber aparecido tras recibir un golpe poco antes de fallecer.
Theodore siguió examinando el cuerpo despacio, sin dejarse un solo centímetro de piel, hasta que lo vio. De su boca no salió ningún grito, pero su expresión de sorpresa fue suficiente para alertar de que algo sucedía.
—¿Qué es eso? —preguntó, a pesar de que la respuesta era evidente.
Detrás de la pierna derecha, en el lugar donde el músculo se une con el tobillo, el desconocido tenía una costura. No una pequeña puntada para cerrar una herida, sino un gran cosido quirúrgico que lo atravesaba de arriba abajo.
Hughie Buckman no sintió la necesidad de volver a acercarse al cuerpo postrado en la mesa.
—Esto —dijo— es un trabajo burdo, ejecutado por un carnicero. Quienquiera que se lo haya hecho merecería estar en la cárcel y no acercarse nunca más a un ser humano.
—Es una salvajada.
—Está vacío. No hay nada dentro —observó el doctor, sorprendiendo a Theodore—. Compruébelo, señor Thorebourne. Coja la cuchilla, hágame el favor.
El sepulturero siguió con atención los movimientos del joven al atravesar la habitación.
Theodore sabía que tenía todas las miradas sobre él, pero no comprendía la petición del doctor.
Sobre el escritorio del médico descansaba su colección de bisturís, no obstante, la urgencia de Hughie Buckman le hizo pensar que aquel caso demandaba algo de mayor tamaño.
Las cuchillas de barbero se utilizaban en los procedimientos quirúrgicos casi con tanta frecuencia como los instrumentos pensados para el trabajo más minucioso.
Los cortes limpios solo podían permitirse en momentos de calma, una mala cicatriz era un precio más que justo que pagar por continuar con vida.
—Hágalo usted, Theodore. Me gustaría verlo desde aquí.
El estudiante realizó el recorrido contrario hasta regresar de nuevo a la mesa. A su espalda, el cuerpo de la mujer parecía observarlo con curiosidad, tan pendiente de él como lo estaban los dos hombres que le acompañaban aquella mañana.
—De acuerdo.
Había una gran diferencia entre cortar la piel con una cicatriz y deshacer puntadas.
No importaba si estaba arrugada, si era tersa y firme o si, como aquella, había pasado tiempo expuesta al frío, la piel siempre era fácil de trabajar.
Tenía una cadencia específica, un tacto que solo los que estaban familiarizados con ella conocían.
Como muchos estudiantes, Theodore había comenzado sus incisiones en cuero, pero no acababa de asemejarse a la piel real, fresca.
Una vez que se experimentaba lo que significaba tocarla, era complicado olvidarlo.
Cuando puso las manos sobre la pierna del desconocido, comprendió a qué se refería su tutor.
Levantó la cabeza buscando una respuesta, pero el profesor Buckman negó con un gesto que le indicaba que siguiera.
La cuchilla se enganchó con el hilo que habían usado para cerrar la herida, aunque no hacía falta tocarlo para darse cuenta de que era de mala calidad.
No era material pensado para hacer ese tipo de intervenciones.
Theodore liberó por completo la pierna del hilo que mantenía la herida cerrada y descubrió una maraña de hueso, madera y algodón en su interior.
—¡Por todos los demonios del infierno! —El sepulturero se había aproximado a él con sigilo, y Theodore no se había dado cuenta de que estaba tan cerca—. ¡No hay nada!
No había una mejor manera de describirlo.
El lugar donde deberían haber encontrado los músculos de la víctima estaba hueco. No había músculos, ni tendones, ni grasa. Solo quedaba el hueso, rodeado de basura que no debería haber estado allí. La habían usado para darle forma de nuevo al cuerpo.
—Si la costura ya era una carnicería, esto debería mandar a quien lo hubiera hecho directo a la horca sin un juicio justo.
—El profesor parecía impresionado, no solo porque su discípulo tenía razón.
No había necesitado más que unos segundos para comprender que allí faltaba algo—.
Le han dejado limpio, la pierna es solo una carcasa.
—Retiró con cuidado parte del algodón—. En este caso, el remedio ha sido mucho peor que la enfermedad.
Me sorprende que no haya signos de infección, el pobre hombre debió de perder la vida justo antes de que su cuerpo se volviese contra él.
«O ha sido después» . Un reguero de sudor frío se apoderó de la espalda de Theodore.
Ese trabajo se había tenido que realizar justo antes de que el fallecido muriese…
o justo después. No había sangre en la herida, pero podrían haberla limpiado antes de introducir todo lo demás.
Aunque el doctor Buckman parecía seguro de qué era lo que había sucedido, él no lo estaba.
Tenía razones firmes para creer que a aquel pobre hombre lo habían cosido nada más perder la vida. Dudaba de que aquello hubiera sido un intento de curarle o ayudarle, lo había hecho alguien que practicaba con seres humanos como si fuesen material universitario.
Theodore estaba convencido de que tenía razón, pero decidió mantener la boca cerrada. Si el profesor Buckman no había querido escucharle cuando le manifestó sus miedos e inquietudes, tampoco lo haría allí, delante del público que los observaba mientras trabajaban.
—Con médicos así sueltos —el invitado observó—, es mucho más sencillo mi trabajo.
—Desde luego, tiene usted un trabajo envidiable, mi buen señor. Jamás se morirá de hambre. Los demás no podemos decir lo mismo.
La idea de pasar una solitaria noche en el cementerio de Edimburgo superaba con creces todo lo que Theodore estaba dispuesto a hacer, incluso las ilegalidades.
—Tampoco yo me cambiaría por usted.
—¿Cree de verdad que nos quedaremos alguna vez sin trabajo, señor? —Theodore supo la respuesta antes siquiera de plantear la pregunta, pero necesitaba desviar la atención de la pierna y de todo lo demás.
—Creo que siempre encontrarán una manera de darnos material con el que trabajar, querido s eñor Thorebourne.
Los médicos somos uno de los pilares de la sociedad civilizada.
Sin nosotros, la gente moriría y nadie haría nada por evitarlo.
Además, no todos tienen la suerte de que alguien se preocupe por ellos después de su muerte.
Creo que no me equivoco cuando afirmo que siempre habrá un cuerpo esperándonos en esta mesa, de una manera u otra.
El pesado silencio se apoderó de la habitación, cubriéndola con un manto de pesadumbre.
—Hemos acabado por ahora —anunció el doctor—. Lleve el cuerpo de la mujer a la universidad, lo dejaremos tal como está. Creo que mis compañeros lo preferirán de una sola pieza. Será más útil que en mi mesa.
—Como usted quiera. —El sepulturero se aferró a la sábana que cubría el cuerpo de la paciente desconocida—. Es un buen ejemplar.
—Desde luego, lo es. Espero que no tengamos que vernos en mucho tiempo, caballero.
—Todo depende de la nieve, es más fácil encontrar cadáveres en esta época del año.
Conmocionado por su teoría, Theodore no prestó atención a sus propios movimientos y con un estruendo se le cayó de las manos la cuchilla que había usado para abrir la herida. Hughie Buckman y el sepulturero conversaban ya en el pasillo, ajenos a su torpeza.
El joven se limitó a observar el filo del instrumento, que le devolvía una mirada juzgadora pidiéndole ayuda.