Capítulo 31
Officia feci pluribus
Al otro lado de la ciudad, Victoria leía junto a la chimenea mientr as la ventisca golpeaba los cristales del gran salón.
Hacía varias horas que Lyle Crowle había salido de su casa, se negaba a perder un día de trabajo a causa del temporal de nieve.
En mitad del invierno era cuando más le necesitaban sus pacientes, le dijo a su sobrina, antes de pedirle que mantuviese la casa caliente.
Todavía faltaban horas para que cayera la tarde, pero la joven había llenado la sala de velas para poder ver mejor.
«La nieve da una claridad extraña», pensó mientras pasaba las hojas del libro que tenía en su regazo.
Toda la calle estaba iluminada, pero esa luz no era suficiente para que penetrara a través de las ventanas.
Era como si la noche se hubiera apoderado del interior de la casa del profesor, sin previa invitación.
No había truenos que rompiesen el silencio, ni rayos que iluminasen el cielo, solo una claridad insuficiente.
Aunque estaba tranquila, Victoria esperaba que su tío llegase antes de que fuera noche cerrada.
La ventisca no era peligrosa a la luz del día, y caminando, a fin de cuentas, el hospital no estaba muy lejos de allí, sin embargo, cuando cayera la noche, sería muy distinto.
Desde luego, había lugares peores que el Royal Infirmary de Edimburgo para quedarse encerrado durante varios días, pero conocía bien a su tío.
Intentaría hacer todo lo posible por regresar a casa, incluso estando a merced de los elementos.
No esperaría a que la tormenta amainara.
Odiaba el libro que estaba leyendo. Ni siquiera era un volumen encuadernado, sino uno de aquellos folletines que publicaban los periódicos dentro del número semanal.
El doctor Crowle los había recopilado, paciente, arrancando las páginas del diario.
Después, en lugar de esperar a que imprimiesen la historia completa, creó su propio ejemplar.
Luego repitió el proceso hasta en cinco ocasiones más, con relatos diferentes.
No era un trabajo sencillo, pero Victoria le agradecía el esfuerzo.
Así podía releer las historias cuando quisiera, sin tener que buscar los folletines de cada uno de los capítulos en los periódicos.
No le gustaba lo que leía. Odiaba a los personajes y odiaba no poder visualizar el escenario en su cabeza. Detestaba cada una de las páginas sin que tuviera una razón de peso para ello. Solo sabía que las aborrecía.
Aún sumida en sus pensamientos, no prestó atención al sonido de la puerta al abrirse, así que, de pronto, vio a Lyle Crowle en la habitación, cubierto por una densa capa de nieve y mascullando debajo de la bufanda.
—¿Harías el favor de echarme una mano?
La voz del profesor la devolvió al plano consciente y dejó el libro sobre la repisa de la chimenea.
—Ten cuidado con eso, que no se queme —le advirtió el tío.
—No pasará nada —replicó la sobrina mientras le ayudaba a quitarse el pesado abrigo de piel de visón—. Confía en mí, viejo gruñón.
—Solo me ha molestado lo de viejo.
Al desprenderse del abrigo, la nieve acumulada que cayó sobre la alfombra del salón se derritió a gran velocidad.
—¡Seré idiota! No, no te preocupes, niña. —Crowle interrumpió el amago de Victoria de ir a por una escoba—. Ya lo hago yo, ha sido culpa mía.
Mientras su tío limpiaba, Victoria se acurrucó de nuevo cerca de la chimenea.
—¿Qué tal ha ido la mañana?
—He hecho bien en acercarme allí el día de hoy, mucha gente no ha podido hacerlo.
—Recogió todo el hielo que pudo antes de que acabara de descongelarse.
Al quitarse el sombrero tenía el pelo erizado, lo que le daba aspecto de gato enfadado—.
He atendido a pacientes que en una situación normal no me hubieran correspondido y también nos han traído el cuerpo de aquella chica, para que le echásemos un vistazo.
—¿De qué chica estás hablando?
Lyle Crowle se desabrochó el chaleco y tomó asiento delante de su sobrina, con la mirada dirigida hacia el fuego.
—Claro, no has salido y no te has enterado. Han encontrado el cuerpo de una chica en Holyrood.
—¿En la abadía?
—Sí, en su interior. —También los bajos de los pantalones del profesor goteaban sobre la alfombra—.
Una verdadera tragedia, era muy joven. La trajo la policía antes de que yo llegase, antes incluso de que comenzase a nevar.
Me gustaría saber cómo se han enterado tan pronto los periódicos, en todos y cada uno de los que he leído hoy publicaban la noticia.
«Si hay algo rápido en esta ciudad son los rumores», pensó Victoria, a quien no le sorprendía que los medios hubiesen sido los primeros en enterarse de lo ocurrido, incluso antes que el hospital.
—Primero el ataque en la puerta de la residencia de estudiantes y ahora dejan un cuerpo en pleno centro de Edimburgo —apuntó la muchacha, pensativa—. Tal vez sea mejor que no salgamos de casa por la noche.
—Vivimos tiempos violentos, Victoria. —El profesor se lavó las manos en el cuenco de agua helada que tenía delante del asiento y los dedos se le entumecieron—.
Acabo de ayudar a dos madres a parir, pero ambos bebés han nacido muertos.
No ha habido nada que hacer. Tiempos oscuros, desde luego. Muy oscuros.
—¿Y las mujeres?
—Han sobrevivido, pero no sé por cuánto tiempo. Espero que aguanten lo suficiente hasta que pase el invierno. Después, todo será mucho más fácil.
Para otro médico, habría sido una prioridad salvar a las criaturas, pero no para Lyle Crowle.
Una mujer joven y viva podía tener más hijos, pero una criatura sin madre no era gran cosa.
Si la madre moría, lo más probable es que el bebé lo hiciera también al poco tiempo.
No obstante, muchos no estaban de acuerdo con ese planteamiento.
—Has hecho lo correcto al ir esta mañana, entonces.
—Yo también lo creo, aunque mañana no sé si tendré tanta suerte.
—¿Te apetece que prepare un té?
Antes de que pudiera responder, Victoria se dirigió a la cocina, encendió el fuego y colocó una tetera para hervir el agua. Su tío se lo agradeció en silencio.
—Te vendrá bien para recuperar el calor del cuerpo —dijo la sobrina.
Esperó a que la bebida burbujeara antes de servir las tazas y echó un chorro de leche a cada una de ellas. Al olerlo, Victoria sintió que se calmaba. Era como si la temperatura de la estancia hubiera subido de golpe con solo sostener la delicada taza entre las manos.
Al dársela a su tío, derramó unas gotas sobre su pantalón.
—Gracias, querida.
—Entonces ¿crees que no podrás ir al hospital mañana?
Victoria se mojó los labios con la bebida caliente, pero no bebió de ella.
—Imposible —negó el profesor con firmeza—. La tormenta no hará más que empeorar en las próximas horas. Nos esperan duras jornadas de nieve.
Aunque el viento seguía golpeando las ventanas, no había rastro de la tormenta de nieve, que parecía haberse tomado un descanso en aquel preciso instante. A Victoria no le pasó desapercibido.
—¿Cómo puedes estar seguro?
El profesor Crowle se limitó a dar un sorbo a su taza de té.
—Siempre sucede lo mismo, Victoria. Una vez que se desata la tormenta, es muy difícil que se detenga.