Los anatomistas Capítulo 30
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Capítulo 30

Adeste amici, fruamur tempus bonum, epulemur laeti, vita dum parva manet

La ciudad de Edimburgo se levantó con la noticia de otro asesinato días después de la aparición del cuerpo en el pasillo de la facultad, pero no consiguió despertar tanto interés como el primero.

Los periódicos de la ciudad reportaron el ataque a una mujer en el interior de la abadía de Holyrood, un edificio del siglo XII que ya había comenzado a fenecer por el paso del tiempo.

Nadie estaba dispuesto a financiar la restauración de aquella hermosa construcción, pero que en ese momento acababa de sentenciarse para siempre.

La espesa marca de un crimen era difícil de borrar, aun cuando durante siglos haya sido testigo del devenir de la historia de una gran ciudad.

Sin embargo, había dos razones por las cuales ese asesinato, aunque había ocurrido en un edificio emblemático, no había causado el mismo impacto en los ciudadanos que el primero, que tuvo lugar a las puertas de Teviot Place.

La joven de larga cabellera rubia era una prostituta huraña y solitaria que frecuentaba las calles de la periferia y evitaba cualquier conversación más allá del intercambio necesario para cumplir con su trabajo.

Estaba sucia y su aspecto era descuidado, desagradable.

Nadie le habría prestado atención de haber pedido ayuda en mitad de Auld Toun, lo que la convertía en la víctima perfecta.

No obstante, alguien había dado la alarma poco después de que ocurriese el ataque y las autoridades habían llegado cuando aún le quedaba un hilo de vida, aunque no la suficiente para que pudiera señalar a su asesino.

Si el desconocido no hubiera corrido a notificarlo, habrían tardado días en encontrarla.

Por otro lado, estaba el factor Wheeler.

Una pelea entre mendigos no era noticia, como tampoco lo era el asesinato de una persona que ponía su vida en peligro de forma constante.

Sin embargo, el primer asesinato había tenido una víctima colateral, un hombre de alta cuna escocesa que estudiaba en la universidad más prestigiosa de las islas Británicas.

La verdadera tragedia había sido que lo hubieran atacado a él, en la entrada de su lugar de residencia, rodeado de otros compañeros hijos de las familias más ricas de Escocia, no el asesinato a un indigente.

Había víctimas que podían evitarse y muchas otras que habían firmado su destino incluso antes de nacer.

Se podía proteger a las primeras, pero nadie se preocupaba por las segundas.

No se trataba de una cuestión de doble moral, era tan solo el reflejo de una sociedad tan acostumbrada a la violencia y la injusticia que era incapaz de ser crítica con los sucesos.

Fue una suerte que se encontrase el cuerpo antes de la nevada.

Las lluviosas mañanas otoñales dejaron paso a un temporal de nieve y hielo que asoló todos los rincones de Escocia, y dio lugar a una bajada de la temperatura que muchos juraban no haber experimentado en años.

En el tiempo que tardó el sol en volver a salir, la ciudad entera había quedado sepultada por la borrasca, que se extendía por todo lo largo y ancho de Edimburgo.

La abadía de Holyrood, el escenario del crimen, apenas era una silueta horas después de que las autoridades se llevasen a la fallecida, cubierta por una gruesa capa de nieve.

Todo rastro del episodio violento habría desaparecido con el deshielo, como si nada de aquello hubiera sucedido.

De boca en boca, el rumor del hallazgo se fue extendiendo hasta penetrar en cada uno de los hogares de Edimburgo, hambrientos de nuevas historias.

Si alguien sospechaba que ese asesinato tenía algo que ver con los demás, no lo dijo en voz alta.

—¿ Un cuchillo? ¿En un ojo? ¿De verdad? —Con sorpresa, sentado en su butaca habitual de la biblioteca, Theodore hizo un repaso mental de los casos similares que habían llegado a sus oídos—. ¿Así es como murió?

Los asesinatos de prostitutas siempre tenían una naturaleza violenta, pasional, pero los agresores preferían acabar con sus vidas de una manera menos sangrienta.

La asfixia con las manos era su método predilecto, lo veían tan a menudo en la morgue que Theodore se había insensibilizado.

Era un horror ver a mujeres tan jóvenes en una posición tan indefensa, destrozadas por la decisión que alguien había tomado por ellas.

Theodore recordó la imagen del primer cuerpo mutilado que le había mostrado el doctor Buckman. Una mujer, muy parecida a aquella, desnuda: otra prostituta a la que le habían robado la vida.

Los cuatro amigos ocupaban una mesa abarrotada de papeles en la biblioteca de la residencia. Esa mañana las clases se habían cancelado por culpa del temporal, pero ninguno de ellos volvió a la cama para continuar durmiendo.

Un ejemplar de The Scotsman traído por un adolescente cubierto de nieve le llevó la noticia. Una, la cocinera de la residencia, le había hecho entrar con rapidez y no le permitió marcharse hasta que el té le hizo efecto y regresó a una temperatura corporal normal.

Aunque las carreteras eran transitables a pie les pidieron a los residentes que se resguardaran en Teviot Place y evitaran desplazamientos innecesarios. Los estudiantes no tenían más remedio que esperar hasta nueva orden, por lo que el periódico fue el único contacto con el exterior que tuvieron.

—¿Murió rápido?

—Le clavaron un cuchillo en el ojo, Alphonso —respondió Wheeler, molesto—. Seguro que no le dio tiempo a hacerse una infusión antes de caer fulminada en el suelo de la abadía.

—En el siglo XVI , un noble húngaro fue atacado y empalado con una lanza que le penetró por un ojo.

Consiguió sobrevivir al menos un año entero antes de fallecer.

—Arthur, muy interesado en su propia historia, hablaba más para sí mismo que para sus amigos—.

No afectó a ninguna vena importante, ni siquiera al cerebro.

Lijaron por ambos lados de la cabeza los extremos de la lanza para que le fuese más sencillo convivir con ella, y no le pasó nada más.

—El ejemplo perfecto de que, si te atraviesan con un objeto punzante, debes dejártelo dentro. Si intentas sacarlo, será mucho peor —dijo Theodore.

Alphonso silbó, impresionado.

—La próxima vez que alguien me empale con una lanza, haré caso de tu consejo, Theodore. Muchas gracias.

Wheeler hizo una reverencia, sentado en el reposabrazos de su asiento, con las piernas colgando de la butaca.

—Es siempre un placer ayudar a mis amigos con mi inmenso conocimiento.

—¿Sabemos algo más de lo que ha pasado? —preguntó Alphonso, devolviendo la conversación a su cauce inicial.

Theodore pasó las páginas del periódico buscando un reportaje más extenso, pero no lo encontró. Si habían descubierto algo más en la investigación, aún no lo habían hecho público.

—Solo que la policía llegó cuando aún seguía con vida. Así que, respondiendo a tu pregunta anterior, Alphonso, no, no murió con rapidez. Permaneció viva al menos un rato después de haber sido apuñalada.

—¿Se puede definir como apuñalamiento si ha sido en un ojo?

Wheeler tenía la boca llena de pan y lo preguntó cómo pudo.

—Creo que se puede llamar «apuñalamiento» cualquier cosa que implique clavar un cuchillo en el cuerpo de alguien, independientemente de si se trata de una extremidad o la cuenca ocular izquierda.

—¿Fue en la izquierda?

—No tengo ni la más remota idea.

La nieve había cubierto el alféizar de la ventana y l a poca luz que se veía tras las nubes no llegaba a la biblioteca. En tan solo unos minutos, el espesor de la nieve había aumentado varios centímetros.

Un grupo de alumnos del primer curso de Veterinaria observaba la calle desde el interior, entre expresiones emocionadas.

Los más valientes habían tomado la entrada de la residencia y la habían convertido en su campo de batalla personal.

El hielo se había apoderado de la acera y resultaba fácil resbalar al poner un pie en ella, pero era perfecto para la guerra de bolas de nieve.

—¿No os apetece disfrutar del estupendo día de hoy? —El joven rubio se incorporó en la butaca y se desperezó.

—Ya estoy disfrutando de él. —Arthur le mostró uno de sus dibujos, una cabeza de fémur realista. Había comenzado a pintarlo con ceras y completaba el boceto en carboncillo—. ¿Qué opinas?

—Es increíble.

—Ahora estoy disfrutando mucho más, muchas gracias.

Theodore se acercó a su compañero de habitación y examinó el dibujo por encima de su hombro.

—¿Vas a hacer eso con todos?

—Con todos y cada uno de ellos —afirmó Arthur. Había elegido un color anaranjado para sombrear su trabajo—. Si nos quedamos encerrados aquí varios días, pienso sacarles el máximo provecho posible.

—Arthur Credge no descansa, ni aunque el mundo esté a punto de acabarse. —Theodore pasaba aburrido las hojas de su trabajo—. ¿Creéis que pese a la tormenta seguirán trayendo el periódico?

Alphonso dejó el ejemplar que habían estado ojeando y lo estudió como si fuera la primera vez que veía un diario.

—¿Por qué? ¿Quieres saber si encuentran más información sobre la mujer asesinada?

Su amigo reaccionó con desgana.

—Es una manera de pasar el tiempo. —Recogió su abrigo, que descansaba sobre el respaldo de su asiento, y se dirigió hacia Wheeler—. ¿Salimos?

Un brillo de emoción se apoderó de él y se levantó antes de responderle.

—Me acabas de hacer muy feliz ahora mismo —dijo, ya en pie.