Los anatomistas Capítulo 29
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Capítulo 29

Monstrum

La medicina no solo se centra en salvar vidas. A veces, parte del trabajo como médico consiste en ver los mayores horrores de la humanidad.

—¡Apártense! ¡Vengan de uno en uno! Tenemos tiempo para que lo vean todos, caballeros. Mantengan la calma —clamaba el profesor Crowle. Sus alumnos lo ignoraban—. Hay que aprender a cultivar la paciencia. Los hará mejores hombres y a mí no me quitará años de vida.

—Es asqueroso. —A sus espaldas, el pelirrojo Joshua Bonnet y un grupo de alumnos menos valientes hacían muecas de desagrado.

—Debería abrir usted más su mente, señor Bonnet.

—El doctor estaba tan molesto con los estudiantes que se agolpaban para mirar como con los que rehuían la clase—.

Si cree usted que esto es lo más complejo y desagradable que va a encontrarse en una consulta, le sugiero que vaya pensando en formarse en Derecho o Literatura y hacer algo más útil con su vida.

Arthur y Theodore se habían puesto a la cola para contemplar el raro ejemplar que Lyle Crowle les había llevado ese día, pero a ninguno de los dos le corría prisa competir con sus compañeros para ser los primeros en verlo.

La consulta de Lyle Crowle era conocida por tratar todo tipo de patologías, síndromes, enfermedades y desperfectos.

De hecho, más disfrutaba el doctor cuanto más raro era el caso que le llegaba.

No solo le permitía observar los misterios más grandes del Creador, sino que también le daba la oportunidad de llevarlo como ejemplo en sus clases.

Desde el primer día del curso demostró que prefería que los alumnos trabajasen con las manos a que lo hicieran con los libros.

Un manual enseñaba muchas cosas nuevas, términos, causas, consecuencias, pero el trabajo de campo era lo que realmente forjaba a los grandes médicos, en su vieja opinión.

De nada le servía que los estudiantes supieran que algún día tendrían que enfrentarse a situaciones que no sabrían resolver, quería que las viviesen delante del profesor, solo así tendrían un ojo experto que los guiase.

Cualquier otro escenario sería injusto, no solo para los futuros médicos, sino para los pacientes.

El pueblo se merecía alguien que supiera cómo tenía que curar, no solo que hubiese leído.

Esa mañana, un hombre yacía en la mesa del profesor, de costado, para que todos pudiesen ver mejor lo que le sucedía.

Por aquella aula había desfilado multitud de personajes con dolencias distintas, desde una mujer que estaba convencida de que la habían decapitado y ahora vivía sin cabeza, pasando por un hombre con gusanos que se alimentaban de la planta de su pie, hasta un anciano que no podía soportar el sol y juraba ser una monstruosa criatura nocturna.

Todos los casos eran fascinantes para el doctor Crowle, le gustaba tomarse su tiempo con cada uno de ellos.

No solo coleccionaba objetos de diversos lugares del mundo, también recopilaba diagnósticos.

—¿Crees que le dolerá más de lo que dice? —preguntó Theodore a su compañero, aún de pie en mitad del aula.

—Desde luego.

El buen señor, un hombre de mediana edad apodado Goose, tenía una gran protuberancia en el oído izquierdo. En un inicio no fue más que un ligero grano de consistencia dura, pero había crecido hasta llegar a absorber por completo su oreja.

—Ha ocurrido en el periodo de varios meses, casi años —contaba Goose al presentarse y exponer su caso.

Se mostraba aliviado, como si llevase tiempo deseando estar en mitad de una clase universitaria para que lo diseccionasen—.

Todos los médicos me dijeron que no me preocupase, que no había nada que hacer. Hasta que apareció esto.

Justo en el punto más alto del bulto, donde debería haber estado la parte superior de la oreja, había un diente.

No era la sombra de un incisivo, ni siquiera algo que se le asemejara si se miraba de lejos, aquello era un molar casi perfecto, con la textura y la consistencia de una muela de leche.

La revelación despertó una ola de interés en los alumnos, que no pudieron resistir el impulso de levantarse de los escritorios para ver mejor al invitado.

El profesor les había dado permiso para tocar, inspeccionar y opinar sobre lo que tenían delante, sin cortarse en absoluto.

Le encantaba recrearse en lo que había logrado con sus estudiantes.

—¿Es obligatorio tocarle?

Joshua Bennet mantenía las manos lejos de la cabeza del paciente, como si temiese que pudiera pegársele algo contagioso.

—Está en su pleno derecho a abstenerse de hacerlo. Pero también yo tendré total libertad para suspenderle. Todos somos adultos, ¿no es así?

El pelirrojo muchacho contuvo el aliento y su mano palpó el tumor a lo largo y se detuvo en el diente menos de lo que dura un instante.

—No ha sido tan complicado, ¿verdad?

Cuando por fin les llegó el turno a Theodore y Arthur, Goose se removía incómodo en su posición. No había ninguna camilla en la que tumbarse, solo la fría madera del escritorio de Lyle Crowle.

—Es fascinante. —Arthur se tomó su tiempo para examinar la protuberancia que ocupaba el lugar donde debería haber estado la oreja—. ¿Ha tenido problemas de oído?

—Leves —respondió entusiasmado Goose, contento de que alguien se dirigiese a él para conocer su experiencia—. Mi oído izquierdo es como el de un murciélago. Puedo oírlo todo sin necesidad del otro.

—¿Extirpará el diente? —Theodore se dirigió al profesor, que hacía guardia para asegurarse de que todos pasaran por la mesa para inspeccionarlo.

—Ya lo creo, señor Thorebourne. —Una enorme sonrisa le iluminó el rostro—.

Tengo mucha curiosidad por ver de qué se trata en realidad, y si hay algo que podamos hacer con él una vez extraído de su cuerpo.

Son grandes planes, desde luego. Será complicado, pero el resultado merecerá la pena, estoy seguro.

Esperaba que su compañero me ayudase en este trabajo, por supuesto, si le interesa.

A Arthur le cogió por sorpresa su propuesta, pero aceptó tan rápido como un autómata.

—Desde luego, será un placer, señor.

—Estupendo, entonces.

El profesor dio una palma sonora al aire y varios estudiantes se acercaron para intentar incluirse en la conversación.

—Le avisaré cuando vayamos a llevar a cabo la intervención —concluyó.

Arthur tomó ese momento como la señal que estaba esperando para hablar con su tutor. En ese momento estaba obligado a escucharle, no podía escaquearse con la excusa de tener que ir a algún lugar.

—Profesor —se apresuró a decir Arthur—. ¿Le importa si hablamos un momento?

Una sombra de comprensión pasó por el semblante del doctor, que sabía adónde iba a llegar aquella petición.

—Claro, lo que necesite.

Dejaron a Theodore examinando el cuerpo del invitado. El único espacio del aula que no estaba abarrotado de alumnos era la puerta de salida. El profesor tomó la delantera y hacia allí se dirigieron.

—Si le preocupa saber si Alford Byron volverá a molestarle mientras trabaja —Crowle se adelantó a su pupilo, que se quedó con la palabra en la boca—, puedo asegurarle que no es necesario que lo pregunte.

—No es eso, señor. Solo es que no entiendo lo que sucedió.

—No me oirá nunca hablar mal de mis colegas, mucho menos de mis amigos, pero Alford tiene un temperamento difícil de controlar —dijo con el mismo tono de voz que empleaba en sus consultas cuando tenía que dar un diagnóstico—.

Estaba cansado después de un largo día de trabajo y esperaba encontrarme en el laboratorio para charlar.

Mi querido compañero tampoco acepta de buen grado que los demás tengamos proyectos en los que no se le involucra.

En este mundo la ambición es peligrosa, Arthur, ya ha visto lo que hace incluso con los buenos profesores.

—Daba la impresión de que había algo más.

—No debería preocuparse tanto por cosas que escapan a su entendimiento, señor Credge. Ahora lo único en lo que debería centrarse, más allá de sus estudios, es en el favor que le pedí que me hiciera. No había prisa, pero ahora se nos acaba el tiempo.

Arthur quedó a la espera de que desarrollase más aquello, pero no lo hizo.

—Me gustaría tener una respuesta en mi mesa cuanto antes. Espero que lo comprenda —se limitó a decir.

—Señor…

—No me habré equivocado con usted, ¿verdad, Arthur? No me gustaría haber cometido un error.

Fue como si un chorro de agua fría hubiera caído sobre el ego del discípulo. El profesor le estaba dando una orden bastante clara: si quería seguir en su equipo, tendría que mantener la boca cerrada.

—Por supuesto que no.

—Eso me parecía. —Lyle Crowle escudriñó el rostro de Arthur, buscando algún resto de desafío en él, pero no lo encontró—. Lo que sí que le pediría, señor Credge, es que, si Alford Byron o cualquier otra persona anduviesen haciéndole preguntas, me lo comunicara lo más pronto posible.

—Claro, señor.

—Es muy importante que lo entienda… —continuó, agarrándolo por los brazos, sin importarle que alguno de los demás alumnos los viera. Estaba tan cerca de él que podía ver sus ojos inyectados en sangre—, para el bien de la investigación. No quiero problemas ni más numeritos. ¿De acuerdo?

Arthur asintió y el agarre del profesor se fue aflojando, hasta liberarle.

—De acuerdo. ¿Eso es todo?

—Sí, profesor. No hay nada más.

Crowle no estaba satisfecho, pero se dio la vuelta, dejando a Arthur con una sensación de vacío en el pecho. Debería haberse imaginado una reacción de ese estilo, no solo no había querido tratar el tema con él, también rehuía a su propia sobrina.

Arthur le había ofendido y él había sacado las uñas, como un animal salvaje que defiende su guarida.

—¿Qué demonios ha sido eso?

Theodore golpeó el brazo de Arthur cuando este regresó a su lado, pero su compañero se quedó en completo silencio.

No podía decirle la verdad a Theodore porque no la conocía.

Había llegado a un límite desconocido y no sabía cómo recuperar la confianza que un día había tenido en él. Necesitaba darle una respuesta pronto, quizá así las cosas volvieran a su lugar, a donde siempre habían estado.

—Bueno, se acabó la inspección. —Lyle Crowle había recuperado el buen humor que mostraba en sus clases, como si aquella conversación no hubiese tenido lugar—. ¿Alguien tiene un plan de ataque? Quiero oírlos. Si alguno de ustedes se encontrase con un caso así en la clínica, ¿qué haría para tratarlo?