Capítulo 28
Cadaver
Tal y como había profetizado Arthur, a la mañana siguiente todos hablaban del cadáver encontrado en la universidad.
Theodore y él salieron de la residencia juntos y se dirigieron a la facultad andando, antes de que la mayoría de los alumnos hubiese bajado de la cafetería para desayunar.
Cuando llegaron, todo estaba impoluto, perfecto, más limpio de lo que lo había estado en muc ho tiempo.
Los suelos de mármol reflectaban la luz y a cada paso que daban se veían reflejados en ellos, como fotografías nítidas recién reveladas.
Si alguien hubiera llegado sin conocer lo sucedido, le habría resultado imposible saber que hacía tan solo unas horas el cuerpo de un hombre yacía allí mismo sin vida, tendido en mitad del pasillo. Pero, por supuesto, todos lo sabían.
Antes incluso de comenzar la primera clase, Guillem les interceptó para hablar de lo que había sucedido.
—Vaya fiasco, ¿verdad? —dijo, ajeno al desagrado de sus dos compañeros—. Alguien va a perder su trabajo, seguro. Perder un par de dedos es una cosa, pero ¿perder un cuerpo entero? No me gustaría estar en su pellejo ahora mismo.
Sentados en sus asientos habituales, Arthur apoyó la frente en el escritorio y dio un golpe con la cabeza con más fuerza de lo que pretendía.
—Todos piensan que ha sido algún tipo de broma o que se trata de mala praxis de alguien de la facultad. —Theodore le confirmó lo que ambos pensaban—. No creen que haya nada más.
—Tampoco tienen motivos para creerlo —dijo Arthur quitándole importancia.
Su amigo sabía que tenía razón. Se abstuvo de continuar la conversación.
La noche anterior había compartido con Arthur los detalles más importantes de todo lo que había descubierto durante las últimas semanas, incluido el episodio de los restos de cerdo en la clase de cirugía.
Theodore creía que el ladrón habría comenzado con algo pequeño, con animales, antes de armarse de valor y comenzar con los cadáveres humanos.
No creía que fuese una coincidencia que, casi en el mismo momento en que los modelos de trabajo aparecían mutilados, hallasen cuerpos en el mismo estado. Las casualidades no funcionaban así.
Sin embargo, no se lo había contado todo a Arthur.
Había obviado su pequeña incursión en la morgue después del ataque a Wheeler.
Le había hablado del cuerpo que había encontrado mientras estaba allí, pero como si hubiera ocurrido en un día normal de trabajo.
Aún no entendía qué le había llevado a cometer una falta de ese calibre, pero prefería mantenerlo en secreto.
Tampoco le había contado que Hughie Buckman le había pedido que mantuviese la boca cerrada, entre otras cosas, porque ya había roto su promesa.
A lo largo de la mañana se hizo evidente que todos continuarían hablando del macabro descubrimiento que habían hecho en la universidad, pero también que nadie había oído las palabras del doctor Morrow cuando confirmó que el cuerpo no pertenecía a la universidad.
Tal vez había alumnos que sí estaban al tanto, pero no lo consideraron digno de mención.
Un cadáver era un cadáver, punto. Lo más interesante era dónde había acabado, no el lugar de dónde venía.
Aunque parecía imposible, por la tarde la cosa empeoró.
Cuando todos los residentes estaban reunidos en Teviot Place, la conversación llegó a un punto álgido, parecía que a nadie le estaba permitido escapar de ella.
Aunque varios alumnos trataban de aprovechar el tiempo trabajando en la biblioteca, el ambiente no los acompañaba.
Era como intentar estudiar en el interior de un bar irlandés a altas horas de la madrugada.
No había música, pero el ruido de las voces era incluso más eficiente a la hora de mantenerlos a todos entretenidos.
Arthur y Theodore se habían apartado del resto, estaban sentados a la mesa más cercana a la chimenea, que aquel día a nadie le había interesado ocuparla.
Había pocos lugares donde poder huir de aquello, por lo que se habían resignado a esperar a que la fiesta se apaciguase.
Con Wheeler a la delantera, Alphonso y él esquivaron como pudieron a los presentes para llegar hasta ellos. Como todos los demás, habían pasado la mitad de la jornada escuchando conversaciones sobre lo sucedido y la otra mitad hablando de lo mismo.
—Venga, soltadlo, ¿qué sabéis? —Wheeler sonrió como un niño pequeño que hubiera conseguido encontrar el alijo secreto de azúcar de sus padres—. ¿Algo interesante? Estáis muy callados para no saber nada.
Alphonso se sentó junto a Arthur, tan impaciente como su compañero de habitación. Tenía el rostro sonrosado hasta el nacimiento del pelo y llevaba la corbata torcida.
—¿Nosotros? ¿Por qué íbamos a saber nada?
—Ernest ha dicho que estabas allí —respondió Alphonso, señalándole con la cabeza.
En ese momento Ernest se encontraba apoyado en una de las estanterías, hablando con su grupo de amigos en susurros.
—Su versión me interesa más que la mía. —Arthur lanzó una mirada furtiva a Theodore, que también observaba al fututo veterinario en el fondo de la biblioteca—.
Fue él quien encontró el cuerpo, yo llegué cuando ya todos se marchaban.
No puedo deciros nada más de lo que él seguro que ya le ha contado a todo el mundo.
—No quiere hablar con nadie. —Alphonso se desperezó para acomodarse mejor—. Ha di cho tu nombre para ver si le dejan en paz, no ha sido él el que ha difundido la historia del muerto encontrado en el pasillo.
—Tampoco la ha negado.
El grupo entero se dio la vuelta para mirarle.
Tenía los labios blanquecinos y la tez amarillenta, como si estuviera suspendido boca abajo a mucha altura.
No parecía cómodo rodeado de tanta gente, pero tampoco hacía ningún esfuerzo por marchase de allí.
Mantenía la mirada perdida, clavada en una de las paredes de la habitación, mientras la conversación fluía ante él, atravesándole.
—Los veterinarios son muy blandos —masculló Wheeler al mismo tiempo que Alphonso se sacudía el bajo de los pantalones, que habían quedado cubiertos por una fina capa de barro—. Ven un cadáver y sienten que ha llegado el fin del mundo. Solo están acostumbrados a ver perros y ratas.
—Y hurones, no te olvides de los hurones.
Alphonso asentía para sí mismo, mientras Wheeler arrastraba otra de las butacas vacías para cerrar el círculo improvisado alrededor de la mesa.
—Así que habla, Arthur Credge —insistió el muchacho rubio de nuevo—. ¿Estás seguro de que no viste nada de nada? ¿Algo mínimamente interesante? No nos puedes dejar así, creía que éramos amigos.
—Sé lo mismo que cualquiera de los que estuvieron allí. Había un cuerpo en un lugar donde no suelen aparecer cadáveres. Se acabó. No vi nada ni a nadie moviéndolo. Por lo que a mí respecta —añadió—, pudo haber sido Ernest o cualquiera de sus amigos.
—¿Le ves capaz? —Wheeler se dirigió a Alphonso, que hizo una mueca para mostrar su desacuerdo.
—Negativo, pero eso haría mucho más interesante la historia.
—Estoy de acuerdo. Continúa, por favor.
No iba a parar hasta que le diese lo que quería, aunque no existiese.
A Theodore se le pasó por la cabeza que, si pusiese ese empeño en otras facetas de su vida, como la propia universidad, sería imparable, pero dudaba que Wheeler estuviese dispuesto a aceptar ese tipo de consejos de su parte.
O de la de cualquiera, para ser honestos.
—Estaba desnudo y en un estado lamentable.
El pasillo apestaba a conservante y sudor, como todas las salas de disección de la maldita facultad.
—Hasta ese momento, Arthur no había reparado en el olor.
Un olor dulzón que se había quedado grabado en su memoria sin que él se diera cuenta—.
Me encantaría contaros más, pero no tengo ni idea de lo que sucedió ni antes ni después.
Nos echaron de allí en cuanto nos interrogaron a todos.
—Me habría encantado ver la cara de los profesores cuando se dieron cuenta de que les habían robado un cadáver en mitad de sus narices, en la propia universidad.
—Apuesto lo que quieras a que se están echando las culpas los unos a los otros por no haber podido evitar que todo el mundo se enterase de lo sucedido.
—Era la primera vez que Alphonso se emocionaba con el mismo tema que interesaba a Wheeler.
Había un equilibrio sano en su amistad, en la que cada uno podía tomar el papel del pragmático y del rebelde en distintas ocasiones, pero ese día ambos se dejaron llevar por la misma historia—.
Los testigos hacen mucho más complicado negar los agujeros en su plan de seguridad.
—Ojalá alguien decida ir más lejos y dejarles un regalito en uno de los despachos, solo para ver cómo reaccionan. Seguro que ahora mismo hay alguien planeando cómo robar otro cuerpo sin que le cacen.
—La competitividad es el defecto fatal de los mejores hombres. —Aunque había estado en silencio durante toda la conversación, Theodore no se había perdido ninguna de s us palabras—. A veces también se define como «ego».
En algún rincón de la biblioteca alguien contaba de nuevo la historia del hallazgo, adornándola con más detalles de los que ninguno de los que estuvieron presentes podía dar.
Como una bola de nieve, la historia iba ganando poco a poco más peso por sí misma, sin la ayuda de nadie.
«Así comienzan a formase las leyendas de la universidad», pensó Theodore.
En el curso siguiente, todos los nuevos alumnos habrían oído hablar del hombre muerto que apareció en mitad de los pasillos de la Facultad de Medicina y Veterinaria, y se lamentarían por no haber estado allí para verlo.
En diez años, los estudiantes seguirían hablando de lo ocurrido, pero se preguntarían si era cierto o tan solo un rumor que otra generación se había inventado.
Poco a poco, la historia tendría más peso como folclore que como anécdota y formaría para siempre parte de los muros de la Universidad de Edimburgo, aunque nadie supiera qué había de realidad en la leyenda.