Capítulo 27
Patefacere
Cuando Theodore abandonó el hospital, estaba lloviendo.
No era llovizna, tampoco una gran tormenta.
Caía lo justo para saber con certeza que llegaría a la facultad calado hasta los huesos por no haber sido previsor y haber cogido un paraguas por la mañana .
Muchas veces, vivir en un lugar con lluvias frecuentes no ayudaba a ir preparado, insensibilizaba.
Uno dejaba de pensar en ello como un gran evento, como algo que había que planificar.
Salir a la calle y que estuviese lloviendo no era una novedad, tampoco un incordio, solo era una característica más del día, como elegir qué zapatos ponerse.
Theodore había pasado un turno tranquilo, en el horario que más detestaba.
Las autopsias solían realizarse por las mañanas, pero la documentación debía completarse después, a lo largo del día.
Como parte de su formación tenía que cubrir todas las tareas asociadas al tutor que le había tocado, y el doctor Buckman tenía mucho que rellenar.
Sin embargo, no odiaba sentarse a escribir.
Había una paz inexplicable en no hacer más que completar huecos y copiar datos de pacientes.
Para su pesar, Hughie Buckman no atendía solo a personas que habían perdido la vida, también tenía otras ocupaciones.
Theodore le ayudaba en todas. Por suerte, no eran muchos los días que trabajaban fuera de la morgue, pero también los había.
Disfrutó de la sensación que le producía la lluvia cayendo sobre su cara, le procuraba el mismo alivio que al lavarse el rostro por las mañanas.
Le gustaba el frío porque luego apreciaba más el calor.
Llegaría a Teviot Place, se quitaría la ropa empapada y se secaría junto al fuego de la biblioteca con un té caliente entre las manos.
Era el final perfecto para un día mediocre.
Le gustaba tenerlos. Un día sin pensar, sin agobiarse.
Salió del hospital a paso ligero, el edificio quedó enseguida a su espalda. El casco histórico de Edimburgo le dio la bienvenida cuando la lluvia comenzaba a arreciar. Aun así tomó la impulsiva decisión de serpentear por sus calles y alargar el momento un poco más.
—¡Theodore! ¡Espera un momento! —una voz familiar irrumpió en sus pensamientos.
Aunque no podía verle, la llamada de Arthur hizo que se detuviese a la altura de la Royal Mile.
Su amigo estaba empapado. Cada centímetro de su cuerpo goteaba como si hubiera decidido ducharse con la ropa puesta.
Theodore no sabía de dónde había salido, pero estaba fatigado, había llegado corriendo.
—¿Qué te ha pasado?
Arthur estaba sin resuello.
—¿Puedes hacer el favor de explicarme qué demonios está pasando en esta facultad?
—La pregunta desconcertó durante unos instantes a Theodore, que no se esperaba la brusquedad con que le habló su amigo—.
¿Hay algo más que deba saber antes de llegar mañana a clase? ¿Algún club secreto al que apuntarme?
—¿A qué te refieres? —«Confusión» era un término demasiado leve para lo que estaba sintiendo Theodore en ese momento.
—La otra noche, cuando me preguntaste por las leyes de Escocia y los cadáveres robados —continuó—, ¿tenías pensado cometer algún delito o ha sido tan solo una casualidad? Y quiero que me digas la verdad.
—Arthur, ¿de qué estás hablando? ¿Qué has visto? —le pidió.
Arthur se inclinó, apoyó las manos en sus rodillas y respiró profundamente hasta recuperar el aliento. El agua seguía cayendo sobre sus cabezas, pero ninguno de los dos hizo el amago de caminar en busca de refugio.
—Estaba con Victoria en el laboratorio cuando hemos oído algo y hemos subido para ver qué era. En el primer piso nos hemos encontrado con un cadáver en el suelo y varios profesores histéricos. —Arthur acompañaba su explicación con movimientos exagerados de las manos—. Estaba tirado en el pasillo.
—¿Cómo ha llegado hasta allí?
—Eso era lo que quería que me dijeras.
Theodore sabía que Arthur sospechaba de sus movimientos desde hacía unas semanas, pero era demasiado respetuoso para meterse en sus asuntos. Si en ese momento abordaba el tema de forma tan directa era porque había visto algo.
—¿Lo han sacado de los laboratorios?
—Lewis Morrow confirmó que no era ninguno de los cuerpos de la universidad, no debería encontrarse en la facultad. —Arthur acababa de confirmarle lo que Theodore no quería escuchar—. Lo cual es mucha casualidad teniendo en cuenta tus preguntas del otro día. Cuéntame qué sabes, Theodore.
—¿Lo sabe Hughie Buckman?
—Iban a avisarle cuando nos hemos marchado. Querían que se hiciese cargo del cuerpo.
Las piezas del puzle de su mente comenzaron a encajar de forma frenética, aunque no le permitían ver cuál era la conclusión a la que su amigo estaba llegando.
Arthur no le acusaba de nada, no estaba cabreado por eso, lo que le molestaba era no saber lo que estaba sucediendo.
Había sido culpa suya por entrometerle a medias, pero sabía que se habría acabado enterando tarde o temprano. Siempre lo hacía.
—Cuando hablamos en el claustro —comenzó a decir—, te mentí.
Sabía que el cuerpo que había encontrado el doctor Buckman no era un caso aislado, porque había sucedido otras veces.
Han aparecido varios cuerpos mutilados que no están relacionados con la universidad y no sabemos de dónde vienen.
No son simples cadáveres a los que han golpeado, todos están abiertos, Arthur.
Es como si alguien les hubiese realizado una autopsia y luego los hubiese desechado.
—¿Cuántos has visto?
—Al menos cuatro.
—Por todos los infiernos.
Arthur pensaba deprisa, mucho más rápido de lo que Theodore era capaz.
—No puedo asegurarlo, pero juraría que el del pasillo también tenía algo similar. —Su amigo maldijo por lo bajo—. No he podido verlo bien, pero concuerda a la perfección con la actitud de todo el mundo. ¿Para qué hacer algo así? ¿Para que sea más fácil deshacerse de ellos?
—Eso creo.
—Pero no tiene sentido, Theo. —En raras ocasiones su amigo se dirigía a él así—.
Si están volviendo a robar cadáveres para venderlos, ¿por qué los abren antes?
No sirve de nada un cuerpo corrupto, la universidad no los querría para nada.
Sí, puede que alguien los comprase, pero se cargaría a casi todos los clientes potenciales.
¿Por qué alguien se autosabotearía de esa manera?
Theodore comprendió que Arthur tenía razón.
En todo momento había visto aquella situación como una repetición de la historia, como una señal inequívoca de que el negocio del robo de cadáveres volvía a retomarse en la Universidad de Edimburgo.
No obstante, estaba claro que había algo más detrás de aquello, algo que estaba delante de sus narices.
—Alguien está haciendo autopsias clandestinas. —Algo se iluminó dentro de Theodore como una candela prendida.
—¿Qué?
Arthur no comprendió las palabras de su compañero.
—Piénsalo. —Le tomó de los brazos con firmeza. En ese punto de la conversación ambos estaban empapados—. Tal vez no esté buscando dinero, lo que quiere es otra cosa.
—¿Y qué ganaría abriendo en canal cadáveres de completos desconocidos?
—¡Conocimiento! Por eso la universidad se pasó años financiando saqueadores. La única manera de conocer a fondo a los hombres es estudiándolos y no todos se lo pueden permitir.
Los pocos habitantes que caminaban a paso ligero por la Royal Mile no se detenían a mirarlos, ajenos a la conversación que estaban manteniendo los dos estudiantes a tan solo unos metros de ellos. Si alguien se hubiese detenido a escucharlos, habría sido todo muy distinto.
—Pongamos que eso es cierto. —Arthur necesitaba escuchar el proceso deductivo de Theodore en voz alta—. Pongamos que alguien roba cuerpos para estudiarlos. ¿Quién lo hace? ¿Cómo los consigue?
—Tiene que ser alguien que tenga relación directa con la universidad, no podría hacerlo de otra manera —reflexionó—. Tal vez es uno de los alumnos o incluso uno de los profesores.
—Se me ocurre una docena de razones por las que cada uno de esos grupos de sospechosos querría hacer algo similar. —Arthur se vio forzado a admitir que su amigo tenía razón—. Y ninguna me gusta un pelo.
—¿Alguien más ha visto lo que ha sucedido en la universidad?
En ese momento fue el turno de Arthur, de maldecir.
—Había varios alumnos, todos estaban allí. —Recordó la reacción de Ernest al ver el cabreo de Lewis Morrow—. Mañana todo el mundo estará hablando del tema, no lo van a mantener en secreto. En unas horas todos sabrán lo que ha pasado, si no lo saben ya.
—Vale, no hagamos nada entonces. No merece la pena. Aunque intentásemos denunciarlo no tendríamos pruebas de lo que está pasando. Un solo cuerpo no es un caso, es una casualidad.
—Espero que el malnacido se haya arrepentido de no ser más que un vil ladrón. —Las manchas de carboncillo de la camisa de Arthur habían desaparecido con la lluvia—. ¿Quién puede ser tan estúpido para abandonar un cuerpo en mitad del corredor?
—Tal vez esa no era su intención. Quizá algo le ha asustado y no ha tenido más remedio que dejarlo allí.
—Volvamos a la residencia. —Arthur contempló el cielo, como si acabase de reparar en la lluvia—. Pongamos fin a este día de una vez.