Los anatomistas Capítulo 26
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Capítulo 26

Occulta revelare

Esa mañana, lo único que se oía en el piso de abajo era papel rasgándose.

Arthur ocupaba el frío suelo de la habitación rodeado de hojas y láminas esperando que llegase su momento.

El carbón ennegrecía sus dedos con cada uno de los trazos que hacía.

Una a una, cada vez que el lapicero pasaba sobre el papel iba dibujando figuras completas.

Siempre comenzaba con garabatos, imágenes que nadie más que él era capaz de comprender a primera vista.

Podía crear estampas perfectas desde el primer intento, pero prefería no hacerlo.

Comenzar desde cero y llegar al cien por cien de golpe no le llevaba a ninguna parte. Necesitaba construir los dibujos como si se tratase de un edificio, ladrillo a ladrillo, sillar a sillar. Solo de esa manera conseguía entender qué estaba mirando, a qué le tenía que prestar atención.

Era en momentos como ese cuando más lo necesitaba.

Cada una de las láminas que tenía delante correspondía a cada uno de los huesos del cuerpo humano, que no había logrado terminar.

Se había centrado en los restos que ya habían identificado en el paciente.

Junto a ellos, los que había dibujado tomando como modelo el osario que le había cedido Victoria.

Había comenzado por el cráneo. Lo había dibujado tantas veces que conocía de memoria cada una de las curvas e imperfecciones del hueso, pero quería tenerlo delante mientras lo inmortalizaba.

Necesitaba estar seguro de que todas las representaciones eran perfectas, fieles a la realidad.

Solo así podría ver lo que lo recubría antes.

Cada uno de los músculos, tendones, venas, todo dejaba una marca en los huesos. Podría ver la imagen original si su idea funcionaba.

—¿Ocupado? —La voz de Victoria le obligó a incorporarse. Hasta entonces no se había percatado de lo incómodo que estaba en aquella posición.

Hacía varias horas que había perdido la noción del tiempo.

Durante las clases de la mañana, el tiempo había pasado demasiado despacio.

La tinta de su pluma no había llegado a consumirse en toda la jornada y Theodore no le había dirigido la palabra.

Cada momento del día parecía el prefacio de ese instante en el que había conseguido perderse por completo.

Tan solo había terminado tres de las láminas que tenía delante, pero se sentía satisfecho. En anatomía no había sitio para la urgencia, pero tampoco permitía malgastar el tiempo.

—He tenido una idea para sacar el máximo partido de tus muestras y rellenar los huecos de información que todavía tenemos.

—Conservaba restos de carboncillo en la camisa y en el pómulo derecho, difuminado sobre la palidez de su piel—.

En cada uno de los espacios dibujaré el ejemplar que más se parezca a nuestro individuo y los compararé directamente.

Creo que estamos pasando por alto algo importante viendo solo el hueso. Puede que esto nos ayude.

Arthur le mostró uno de los ejemplos y Victoria asintió, impresionada.

—Es increíble. —Acercó el boceto a la mesa mientras Arthur se levantaba. En sus manos, el fragmento de cráneo era la viva imagen de la pieza real—. Tienes un gran talento. ¿Has tomado clases?

—Me he pasado la vida dibujando. Creo que solo era cuestión de tiempo que se me acabase dando bien.

Solía ayudar a mi padre en su trabajo, llevándole la documentación y dejando las cosas por escrito.

De vez en cuando también le ayudaba con su diario de patologías.

—Los faldones de la camisa se le habían salido del pantalón y tenía el cuello subido—.

Aún no está acabado, cuando termine será mucho mejor.

—No lo dudo. —Victoria dejó caer el papel sobre la mesa de trabajo—. He venido para hablar contigo.

—Claro. —Arthur se deslizó entre las mesas para acercarse a la pila de agua. Si tocara algo con las manos sería difícil de limpiar—. ¿Qué ocurre?

—Creo que tenemos que hablar de lo que sucedió el otro día.

La expresión de puro desconcierto de Alford Byron no se había borrado del recuerdo de ninguno de los dos.

Ver a un hombre adulto tan fuera de sus cabales había sido razón suficiente para que ambos supieran que algo estaba sucediendo, pero el profesor Crowle le había quitado importancia y ni él ni ella se habían atrevido a preguntar nada.

—¿Has hablado con tu tío? —Victoria chasqueó la lengua, incómoda.

—Apenas le he visto estos días, creo que prefiere no hablar del tema. —Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, como si quisiera protegerse de algo—. Tal vez no sea nada, pero no entiendo por qué me evita. ¿Tampoco ha hablado contigo?

—Ni una sola palabra. —Arthur terminó de secarse las manos, el carboncillo había desaparecido por completo—. Ni siquiera esta mañana. Creo que está empezando a impacientarse.

—¿Y ha montado todo ese numerito para que le des un diagnóstico?

—Si algo sé de Lyle Crowle —afirmó el joven—, es lo mucho que disfruta de los espectáculos. El efecto sorpresa siempre ha sido algo de lo que se ha sentido orgulloso. ¿No se dedica a enseñar cadáveres a los alumnos de primero nada más cruzar las puertas de la universidad? Con nosotros lo hizo.

Victoria sabía que tenía razón, pero no por ello iba a dejar la conversación ahí.

Alford Byron no le gustaba, no era ningún secreto, pero tampoco le creía dispuesto a hacer algo así por el profesor.

Tal vez se equivocaba, pero no podía asegurarlo.

Al fin y al cabo, confirmar las preocupaciones del doctor Crowle no era su trabajo, sino el de Arthur Credge.

—¿Has llegado a alguna conclusión, entonces?

—Estoy en blanco —admitió el joven—. Hay algo que no estoy viendo, pero aún no he podido llegar hasta ahí.

—Para eso están los dibujos. —Victoria tomó de nuevo la obra de Arthur y pasó la yema de un dedo por ella, emborronando ligeramente el carboncillo de uno de los bordes—. Lo conseguirás.

—Más me vale. No podría aguantar…

—Shhhh. —Victoria le cortó—. Deja de hablar un momento. ¿Qué ha sido eso?

Ambos permanecieron en silencio, lo único que se oía era el ligero viento golpeando las ventanas en algún rincón del edificio.

—Hay mejores maneras de pedirme que acabe con la conversaci ón.

Molesto, Arthur se puso delante de ella.

—No ha sido ninguna broma. Estoy segura de que he oído algo —insistió Victoria.

El sonido de un objeto pesado al caer al suelo confirmó las palabras de Victoria.

—No, en serio, ¿has oído eso? —Victoria contuvo el aliento por un instante. Había sido un ruido demasiado seguido del anterior para ser casual—. Creo que viene de arriba.

Un grito enfurecido, acompañado de las pisadas apresuradas de un grupo de gente, interrumpió el poco silencio que quedaba.

Arthur miró el reloj de pared, marcaba las siete pasadas.

En ese momento de la tarde no debería quedar más de una decena de personas en la facultad, incluyéndolos a ellos. Aquel alboroto no era normal.

Arthur asintió. Lo había oído.

—Vamos. Quiero saber qué está pasando.

Cerraron la puerta tras ellos y subieron las escaleras del sótano hasta llegar a la planta principal, donde una imagen tétrica los recibió: en mitad del corredor de suelos de mármol había un cuerpo sin vida.

Lewis Morrow, el profesor que impartía los seminarios de botánica, era quien daba voces, rodeado de tres alumnos y el mismo número de profesores.

Estaba fuera de sí y nada de lo que decían sus acompañantes era suficiente para calmarle.

El cadáver se encontraba boca abajo, con la cara contra el suelo.

Le habían arrebatado todo signo de identidad: le habían rapado el pelo y quitado las ropas, no era más que un manojo de partes del cuerpo humano sin vida.

Se trataba de un hombre joven, delgado hasta el extremo y con las venas azuladas salpicando cada espacio de su cuerpo visible.

—Alguien tendrá que darme una explicación de esto, y va a tener que hacerlo ya —exigió el doctor M orrow, dirigiéndose a los alumnos que estaban junto a él—. ¿Quién lo ha visto?

Arthur reconoció a Ernest, un veterinario que vivía en su mismo pasillo en Teviot Place, pero nunca le había visto de esa manera.

Lewis Morrow había perdido el norte, pero Ernest iba a vomitar en cualquier momento si abría la boca.

El chico que tenía al lado, vestido con la misma camiseta blanca y el mismo chaleco oscuro que los demás, tomó las riendas, llevando toda la atención hacia él.

—Estaba aquí cuando hemos llegado —prometió con hastío—. Hemos avisado en cuanto lo hemos visto, no nos ha dado tiempo a hacer nada más.

—¿Lo han tocado ustedes? ¿Lo han levantado? —La saliva escapaba de su boca con cada palabra que pronunciaba.

—Le juro que no, señor. No hemos sido nosotros.

—No han hecho nada malo, Lewis. —Uno de los doctores se interpuso entre ellos, apaciguador—. Dicen la verdad, yo estaba en mi aula cuando han llegado. Los gritos se oían desde allí, no han podido ser ellos.

—No es suficiente explicación —rugió Morrow.

—Pero es la verdad. —En cuanto la frase abandonó su boca, Ernest se arrepintió de haberla dicho.

Arthur creyó ver cómo algo explotaba en el centro de la habitación y colapsaba la poca paciencia que aún les quedaba a los presentes.

El botánico se giró, malhumorado, hacia el cuerpo sin vida, que yacía entre ellos, ajeno a todo lo que estaba sucediendo a causa de su mera existencia.

Victoria tiró de la manga de Arthur para pedirle que regresasen, pero él la ignoró y no movió ningún músculo.

Aún nadie había reparado en ellos y prefería que siguiese siendo así.

—Márchense ya. —Marrow tomó una bocanada de aire, como si se preparase para saltar al mar—. Hablaré con ustedes más tarde, déjenme tranquilo ahora.

Los tres alumnos, obedientes, abandonaron el corredor de la facultad. Huían de una escena en la que ninguno había querido acabar envuelto.

—¿Qué ha ocurrido, Morrow? —Otro de los profesores se dirigió a él, desconcertado—. ¿Qué es esto?

—No es nuestro, Finnerty, ya lo he comprobado. —Lewis Morrow le dio la vuelta al cadáver, que le resultó frío al tacto—. No me habría puesto así sin una buena razón. Si se trata de una broma mataré a esos críos yo mismo.

Finnerty se arrodilló junto a su compañero. Los otros dos profesores los observaron desde su altura, en silencio.

—¿Tiene también una respuesta para el hecho de que haya aparecido así? —Arthur y Victoria no podían ver a qué se refería desde las escaleras, tapado por los cuerpos de los hombres—. Me encantaría oírla.

—Sí, pero no va a gustarle.

—Vamos, Morrow, ha tenido que ser un juego de los alumnos. —Hasta ese momento ese profesor no había intervenido en la conversación. Arthur no sabía quién era—. No saquemos conclusiones precipitadas.

—¿Precipitadas? —El doctor señaló el cuerpo inerte—. Dígame, ¿de dónde cree que han sacado un cadáver? ¿Cree que han asaltado el cementerio y lo han traído aquí solo para hacer una broma? Es un delito penado con algo más que la cárcel, ¿dónde ponemos la línea entre la crueldad y el chiste?

El profesor levantó las manos en señal de derrota, aceptando la sentencia.

—Estoy tratando de buscar una solución que no implique lo que todos están pensando ahora mismo.

—Pues hágalo rápido.

Los cuatro hombres intercambiaron tensas miradas silenciosas, sin necesidad de continuar con la conversación.

—Ustedes dos —Lewis Morrow miró a Arthur y a Victoria, que seguían analizando la escena desde la seguridad de la escalera del sótano. Ambos se prepararon para un estallido que nunca llegó—. ¿Han estado aquí toda la tarde? ¿Alguno de ustedes ha visto algo de lo que ha sucedido?

Ambos negaron.

—Nada, señor. —Arthur se adelantó a Victoria—. Hemos oído un ruido y hemos subido. Hemos estado en los laboratorios toda la tarde.

—¿No han visto nada fuera de lo normal?

—No, señor. —Victoria habló para volver a negar con decisión—. Nada.

Al contrario de lo que ambos esperaban, el doctor Morrow se mostró satisfecho.

—Hay que traer a Hughie Buckman lo más rápido posible, tiene que llevarse esto antes de que alguien más lo vea aquí tirado. —Se limpió las manos con el pañuelo del bolsillo de su chaqueta—. Mandaremos limpiar la facultad entera antes de las clases de mañana.

—¿No llamamos a la policía? —preguntó uno de los doctores, pero Finnerty se negó.

—¿Para qué? No van a encontrar nada y van a pedirnos que nos deshagamos de él nosotros mismos. Su presencia solo va a complicar las cosas, nos harán rellenar papeleo innecesario. Buckman será más eficiente.

Todos los hombres manifestaron su conformidad con la decisión, como un consejo de sabios de la Edad Antigua.

—Pues no se hable más, señores. A trabajar.

—No sé qué hay en el agua de esta facultad, pero no me gusta nada. —Aunque Victoria no hubiera hablado en susurros, nadie habría reparado en ella—. ¿Tus profesores están tan nerviosos siempre?

—No tanto como esta semana.

Arthur echó un último vistazo al cuerpo tendido en el suelo, demasiado pálido para haber perdido la vida unos días antes.

Veía cadáveres humanos con mucha frecuencia, en clase, en el trabajo, y se había criado en una casa de médicos, pero aquel cuerpo le provocó un sentimiento de repugnancia que ningún otro había podido arrancarle hasta ese momento.

No tenía clara la razón.