Capítulo 25
Naturam pingere
Alphonso estaba sentado de espaldas al gran almohadón de plumas de Arthur, sobre el que descansaba un volumen de la enciclop edia que la mañana anterior había sacado de la biblioteca.
El título apenas era legible, pero las páginas estaban intactas.
El lomo del libro era dorado y, como la cubierta, estaba desgastado por el paso de los años y la falta de ventilación.
Toda la información que necesitaban aparecía en los ejemplares de la universidad, pero era difícil encontrar uno en buen estado.
Los alumnos se aferraban a los volúmenes nuevos y brillantes, temerosos de que alguien más pudiese utilizarlos y perdiesen su magia.
Daba igual que los libros de cuero ajado tuvieran la misma información, había una guerra constante y Alphonso la había perdido.
Justo en frente de él, ocupando la cama de Theodore, Arthur leía.
Era domingo, y los días festivos la biblioteca estaba muy concurrida, así que habían decidido quedarse en un lugar más tranquilo.
Si Arthur hubiese podido escoger un compañero de estudio perpetuo, Alphonso habría sido el elegido, y el sentimiento era recíproco.
Theodore respetaba sus tiempos, pero no le hacía falta esforzarse tanto como a él, por lo que a veces podía pecar de impaciencia.
Necesitaba hacer diez cosas al mismo tiempo, de lo contrario, se aburría. Alphonso no.
—A veces creo que este trabajo acabará conmigo antes de terminarlo. —Arthur no pretendía quejarse en voz alta, había sentido un impulso incontrolable.
—¿Aún sigues con el proyecto del doctor Crowle?
Cumpliendo su promesa, no había dado muchos detalles de lo que estaba estudiando, pero le había resultado complicado seguir dando largas cuando se lo preguntaban. Pasaba muchas más horas de lo normal en el laboratorio, aislado, con la compañía ocasional de Victoria y del profesor.
Sus amigos desconocían por completo el origen y la naturaleza de los restos con los que estaba trabajando, pero les había contado lo mínimo para desahogarse con ellos cuando lo necesitaba.
Era mucho más sencillo tener a alguien con quien hablar de lo preocupado que estaba si lo hacía fuera del laboratorio.
Victoria le ayudaba a pensar, pero también estaba contaminada por la necesidad de terminar aquello cuanto antes.
Por esa misma razón se había decidido a hablar, aunque no todo lo que sabían Theodore, Wheeler y Alphonso era lo que veía él cada día. No era necesario.
—Siento que llevo años estancado en el mismo punto —le confesó Arthur a Alphonso, arrugando las sábanas recién lavadas de Theodore.
No llevaba las zapatillas puestas, pero, aun así, sabía que al dueño de la cama no le habría hecho ninguna gracia encontrarle allí—.
No debería ser tan difícil, pero no estoy acostumbrado a trabajar solo con huesos y nada más.
Algo me dice que ya tendría un diagnóstico si quedase algo de carne que inspeccionar.
Supongo que ahí está el verdadero reto del profesor, ver más allá.
Tardó tanto tiempo Alphonso en responder que Arthur pensó que no le había escuchado, que estaba demasiado concentrado para seguir conversando.
—Los antiguos habitantes de Roma no representaban la muerte como un esqueleto humano, porque nunca veían cadáveres.
Durante la mayor parte de la historia clásica, se cremaba a los fallecidos, así que apenas daba tiempo a que la carne se pudriera.
Creo que los huesos son muy importantes —declaró Alphonso, sin levantar la mirada de su libro—.
No solo nos hablan de los muertos, también muestran cómo nuestro pensamiento ha evolucionado desde que existimos. Lo encuentro poético.
Era poético, sin lugar a dudas, pero eso no era suficiente.
—Aun así, creo que estaría bien tener algo más para poder comprender lo que me falta. —Cerró los ojos con fuerza hasta que una imagen clara del rostro de Lyle Crowle apareció en ellos—. Si tan solo pudiese ver un poco de piel y tejidos. Solo un poco…
Alphonso se giró para recoger el volumen sobre la almohada, que se había adaptado a la forma de su peso. Una pluma había escapado del rectángulo de tela por un descosido y volaba por la habitación llevada por una mano invisible.
—Puedes hacerlo, ¿no? —Pasaba las páginas sin fijarse en los números ni en el índice—. Reconstruir lo que había antes, digo. No es tan utópico, hay formas de lograrlo.
Arthur estaba dispuesto a llevarle la contraria, pero se contuvo al darse cuenta de algo.
Si la respuesta que buscaba estaba en los huesos que quería estudiar, tal vez el problema era que no miraba donde tenía que hacerlo.
Estaba pensando todo el tiempo como un científico, pero tal vez tenía que tratar de ser más erudito.
A veces la ciencia no tenía todas las respuestas, a veces necesitaba un poco más de poesía.
—Alphonso, eres un genio. —Arthur se levantó de la cama en un estallido de felicidad y lo abrazó. El volumen de la enciclopedia quedó apresado con las páginas dobladas, dada la sorpresa del gesto—. Gracias, gracias, gracias.
—¿Sí? —Aunque Alphonso le abrazó a su vez, su comportamiento repentino le impactó—. ¿Me vas a explicar por qué?
—Solo si consigo lo que espero.