Capítulo 24
Salus aegroti suprema lex
—Tienes un aspecto espantoso.
—No estoy de acuerdo. —Wheeler señaló el hematoma que se le había formado en la mejilla izquierda al día siguiente de la pelea, mientras Arthur le sostenía la mirada—. Creo que me da carácter.
—¿Cuántas personas se han acercado a preguntarte hoy por el ataque? —inquirió de nuevo Arthur, alargando la mano para tocarle la magulladura; Wheeler no se lo impidió.
—No las suficientes.
Arthur sintió la contusión de su amigo bajo sus dedos, caliente al tacto.
—¿Te pones gasas frías? —El joven asintió—. Deberías pasarte al calor, necesitas relajar los músculos. Sentirás menos el dolor.
—Vale, señor doctor —Wheeler se apartó y cubrió el hematoma con sus manos para que dejase de tocarlo—, lo que usted prescriba.
—Cierra la boca y hazle caso a Arthur. —Theodore mordisqueaba la cuchara del té mientras se recostaba en la butaca—. Es un consejo que te sirve para ahora y para siempre. Además, lleva razón: tienes un aspecto horrible. ¿El resto del cuerpo está igual?
Wheeler se levantó de su asiento, que hizo un ruido desagradable al arrastrarse por el suelo. Inclinándose como en una reverencia, se desabrochó los botones de la camisa blanca, uno tras otro.
A su alrededor, el resto de los alumnos que estaban en la biblioteca se giraron para mirarlo.
Desde hacía al menos cuatro días Wheeler había sido el bufón de la corte de toda la Facultad de Medicina y Veterinaria, a la espera de que otro evento más interesante ocurriera y le quitase el protagonismo.
La mayoría de las personas que conocían el ataque ni siquiera se molestaban en hablar con él, tan solo se limitaban a observarle y dar su opinión sobre lo que había ocurrido a quien se dignase a escucharlos, pero no importaba.
Los que se detenían a preguntarle sobre los hechos, aunque solo fueran una minoría, eran suficientes para molestar a todo aquel que se encontrase cerca de Wheeler.
El hecho de haberse quedado en la residencia el día del ataque también había tenido una influencia en su público, que odiaba haber tenido que esperar un día entero para hacerle preguntas y contemplarlo.
De una manera u otra, todos parasitaban la historia de Wheeler y absorbían hasta la última gota para su entretenimiento personal.
En un primer momento habían tenido tacto al acercarse a él, pero eso ya había quedado atrás.
Nadie ocultaba que le estaba observando, y a Wheeler tampoco pareció importarle.
Con la camisa desabrochada, se quitó el chaleco negro reglamentario de la universidad, que descansaba sobre sus hombros.
Sin desnudarse por completo, apartó una de las pecheras de la camisa, dejando a la vista las magulladuras provocadas por el golpe contra el suelo.
Toda la gama cromática, desde el azul hasta un pálido color ocre, podía verse en su piel.
Aunque la contusión no había sido grave, el atacante lo había inmovilizado con la suficiente fuerza para que cada centímetro de su cuerpo hubiese quedado marcado por el suceso.
Arthur le había notado que cojeaba cuando pensaba que nadie le veía, de modo que estaba seguro de que no fingía.
—¿Quieres que le eche un ojo? —le preguntó a su amigo, que giró sobre sí mismo para que le viesen mejor.
En la mesa de su derecha, dos alumnos de primero comentaban en voz alta el aspecto de Wheeler.
—No te preocupes, tengo que pasarme mañana por el hospital. —No se molestó en volver a abrocharse la camisa, ignorando la temperatura de la habitación—. Lo único que tengo herido de verdad es el orgullo.
—¿Por qué? —Theodore se reclinó en la butaca y apoyó los codos sobre el reposabrazos—. ¿Querías batirte en duelo contra el que te atacó?
—Estoy seguro de que podría haberle dejado mucho peor de lo que él me dejó a mí.
El olor a menta de la infusión de Theodore fue lo único que se interpuso entre los tres en ese instante.
—No lo sé, yo no estoy seguro de poder tumbar a alguien que viene ya cabreado y que acaba de matar a otra persona. —Arthur reflexionó sobre su respuesta mientras con los dedos se despeinaba su propio cabello—. El impulso del momento no sería suficiente para detener a alguien que ya se ha calentado.
—No deja de ser una persona sintecho, Credge —repuso Wheeler—. No creo que tuviese tanta fuerza en un ataque de frente y sin el factor sorpresa.
—Una buena dieta es imprescindible para desarrollar musculatura, pero estas personas están acostumbradas a sobrevivir en las peores condiciones imaginables.
—Theodore asintió con su propia reflexión—.
Un animal salvaje está mucho menos cuidado que uno de granja, pero hará todo lo posible por conseguir un trozo de comida.
Ese hombre no tenía mucho que perder, le daba igual todo.
—¿Nos apostamos algo?
Arthur le escudriñó el rostro como si se hubiese vuelto loco.
—¿Vas a ir a buscar pelea a la calle? —preguntó Theodore—. ¿Podemos apostar dinero si lo haces?
—¿Tan seguro estás de que voy a perder?
—Al contrario. Arthur apostaría a que acabarías muerto en menos de cinco minutos, así que daría dinero por ti solo para llevarle la contraria.
—A mí me sirve. —Wheeler sonrió, complacido con su respuesta—. Una victoria con pena sigue siendo una victoria, mi buen amigo.