Los anatomistas Capítulo 23
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Capítulo 23

In occulto

Theodore se encontró en una situación en la que no estaba seguro de cómo había llegado.

Si quedaba alguna norma que le faltase romper esa tarde era porque el universo se lo había impedido.

Que le pillaran allí ya habría sido razón suficiente para expulsarle y no volver a dejar que se acercase a varios metros del hospital.

No solo eso, sino que tendría que olvidarse también de recibir formación como médico en cualquier lugar del país.

La Universidad de Edimburgo tenía muchas ventajas, pero casi el mismo número de inconvenientes.

Era una institución tan influyente que habría acabado con la buena reputación de Theodore en toda Escocia y quizá en el resto del Reino Unido.

Incluso antes de haber tenido tiempo de labrársela.

El cuerpo que tenía delante se había descompuesto mucho antes de lo que debería en una situación normal.

La piel, cuarteada como si se tratara de cuero viejo, amarilleaba en todo su perímetro y dejaba a la vista las muchas imperfecciones del desconocido.

En muchas ocasiones, las enfermedades por ingesta de alcohol o mala alimentación no eran evidentes hasta que se abría el cuerpo.

En otras, como en el caso que tenía delante, solo era necesario ser un buen observador y fijarse en algunos detalles.

Aunque no habían pasado más de veinticuatro horas desde que el vagabundo había sido asesinado en la pelea callejera, su cuerpo presentaba un estado que invitaba a pensar otra cosa.

La calle estaba tranquila y solo sus pasos resonaban en los pasillos de la morgue.

Sabía cuándo debía entrar para pasar desapercibido y encontrarse con el menor número de residentes posible.

Aun así, Theodore estaba seguro de que podía haberlo hecho mucho mejor, que podría haberse asegurado de que estaba solo, pero no había tenido tiempo de pensar nada fríamente.

La voz en su cabeza, que no le había dejado en paz en las últimas semanas, se había apoderado de sus piernas y le había hecho cometer aquella estupidez sin pararse a reflexionar sobre cuáles serían las consecuencias.

Sabía que, si no confirmaba sus sospechas aquel día, se le haría tarde y acabaría arrepintiéndose.

Su maestro prefería hacer las autopsias de madrugada, cuando solo se oían los quejidos de los enfermos y nadie más quería trabajar, de modo que tenía aún unas horas por delante hasta que llegase.

Se había alegrado al comprobar que el cuerpo seguía allí, intacto, tal como Wheeler se lo había encontrado el día anterior tras el golpe que le había hecho perder el conocimiento. Sin embargo, la alegría le duró poco.

Una parte de él había esperado que el desconocido ya estuviese en el osario, bien enterrado para que no pudiese levantar sospechas que inculparan a nadie, para que se hubiese llevado las respuestas a la tumba.

Ese habría sido el mejor escenario: Theodore no podría haberlo encontrado y se habría largado por donde había llegado, sin hacer un solo ruido y sin que nadie se preguntase qué hacía allí él solo.

Jamás habría tenido respuesta y puede que su conciencia nunca volviese a estar tranquila, pero podría haber sepultado sus ideas bajo tierra. Sin embargo, no fue así.

No le hizo falta forzar la puerta del despacho del profesor Buckman, pero se sintió como si lo hubiese hecho.

Allí, encima de la mesa de disección sobre la que tanto había trabajado, estaba el siguiente paciente del doctor, a la espera de que este llegase para atenderle.

El tono amarillento de su piel y los bálsamos en los que ya había sido bañado para su conservación le daban un aspecto de maniquí, como si se tratase de un autómata que aguardaba a que le diesen cuerda para salir de allí.

—Pero ¿qué estoy buscando? —se preguntó a sí mismo mientras retiraba una sábana que apenas cubría las extremidades inferiores de la víctima.

En realidad, lo sabía.

Además de las marcas que evidenciaban la descomposición temprana, no había nada que indicase ningún comportamiento sospechoso.

La cara del vagabundo se había contraído para siempre en un gemido de dolor, ocasionado por el tiempo que se había encontrado boca abajo contra los duros adoquines de la calle.

Tenía la cara amoratada y el labio partido, pero la muerte no había sido tan violenta como se había imaginado.

Había un millar de motivos por los cuales un cuerpo podía estar en tan malas condiciones solo unas horas después de haber fallecido, pero esa no era la razón que lo había llevado allí.

Sin protección alguna que le cubriera las manos, dio la vuelta al desconocido, dejando su espalda visible.

Tenía un corte profundo que le había perforado el riñón derecho, la clara causa de la muerte.

Theodore volvió a pensar en la suerte que había tenido Wheeler: su atacante portaba un arma y estaba claro que no lo había pensado dos veces antes de utilizarla.

Aún no habían limpiado la piel más superficial de la zona por donde penetró la hoja, y una pasta oscura (una mezcla entre sangre, barro y suciedad) cubría casi la totalidad del flanco derecho de la víctima.

No podía manipular mucho más el cuerpo, pero estaba seguro de que no encontraría lo que buscaba.

Allí no había ninguna marca.

Si quien había estado robando cadáveres y manipulándolos en las narices de la Universidad de Edimburgo había pasado por la morgue, había hecho caso omiso de aquel cuerpo.

Tal vez fuese una corazonada o quizá se tratase de su complejo de salvador, pero cuando escuchó la historia de Wheeler todo pareció encajar en la mente de Theodore sin mucha dificultad.

¿Qué mejor manera de conseguir material de trabajo que siguiendo con los asesinatos y robando los cuerpos?

El ataque había causado el suficiente revuelo para que media ciudad estuviese al tanto de lo ocurrido.

No solo había habido una pelea y un fallecido, también habían atacado al hijo de una de las familias más acaudaladas de Edimburgo, en un barrio que la gente frecuentaba sin temor alguno.

Si había alguien siguiendo las noticias en busca de cadáveres, aquel le habría resultado conveniente, sin lugar a dudas.

No solo sabría dónde encontrar un cuerpo que pudiese examinarse con facilidad, sino que también era seguro que nadie lo reclamaría para darle digna sepultura cristiana.

Cuando alguien acaba en la calle, su familia reniega de él, de lo que han compartido en el pasado.

Nadie se habría acercado al hospital para preguntar por él, menos aún si había perdido la vida en una trifulca entre borrachos.

Desamparado y dado a la bebida, aquel pobre diablo lo tenía todo para ser olvidado incluso al final de sus días.

Sin embargo, allí solo estaba el cuerpo de un hombre que había pasado sus últimos minutos de vida en la más absoluta miseria. Nadie aparte de él se había molestado en intentar llegar hasta allí. O, al menos, él era el único que lo había conseguido.

Theodore contempló la habitación en silencio, preguntándose si su obsesión había llegado demasiado lejos.

¿Había dejado que su imaginación tomase las riendas de su vida? ¿Se había permitido romper la única regla que acabaría con el camino que tanto le había costado alcanzar, solo por comprobar que no estaba equivocado? ¿Se había vuelto loco?

Cerró la puerta tras de sí lo más rápido que pudo, sin comprobar que todo estuviera en orden.

Una vez que saliera de allí sería complicado que alguien le pudiese relacionar con cualquier detalle fuera de lo común en el despacho.

No solo eso, sino que se había esforzado en tocar solo el cuerpo, lo único en lo que el doctor Buckman no se habría fijado, ni siquiera cuando lo llevaron desde Teviot Place.

Dispuesto a abandonar el hospital, Theodore atravesó el pasillo que conectaba con la salida, pero algo le hizo detenerse en seco.

Uno de los cuerpos que estaban en el depósito, colocado en una fila a la espera de que Hughie Buckman llegase para hacerle una autopsia no prioritaria, llamó su atención.

Apenas recordaba las caras de los pacientes una vez que abandonaba el hospital, aprendió a hacerlo para sobrellevar mejor el trabajo.

Eran personas con una vida detrás, pero Theodore creía que verlos como una pregunta que resolver le convertía en mejor profesional.

No sentía pena mientras estaba trabajando, sentirla empañaría su capacidad de análisis.

Cuando terminaba, se permitía sentir, pero nunca durante el tratamiento.

Por esa razón, las caras de los pacientes eran tan solo una característica más en el mosaico de respuestas y, en la mayoría de las ocasiones, el detalle que menos aportaba al diagnóstico, por eso no las retenía.

Aun así, si volvían a ponerse delante de él, era capaz de relacionar cada uno de los rostros con la causa de la muerte.

Por esa razón estaba bastante seguro de que aquel no era uno de sus pacientes.

La mujer rubia tendida sobre la mesa le devolvía una fría mirada con sus párpados magullados, entre la maraña desordenada en que se había convertido su pelo. Era joven, más que él. No podía pasar de los veinte y su cuello presentaba una brutal marca de asfixia, que le habría causado su muerte.

—Hay algo que no cuadra aquí. —Theodore ignoró que estaba hablando en voz alta, aunque no había nadie más—. ¿Por q ué?

No era la causa de la muerte lo que le había llamado la atención, aquello no le habría impulsado a detenerse cualquier otro día, sin embargo, la voz incesante que no le dejaba en paz gritó en el interior de su cabeza.

La luz en aquella zona del hospital era tenue, pero fue suficiente para entender por qué se había quedado helado.

Si el cuerpo del fallecido en la pelea no tenía ni una sola marca, ese tenía todo lo que había esperado encontrar al allanar la morgue.

Contuvo una carcajada nerviosa. Había estado a punto de perder su puesto, su educación y la cabeza para ver un cuerpo que no le había dado ninguna respuesta, mientras que aquella desconocida había estado allí, a su alcance, durante todo ese tiempo.

Solo habría tenido que ir un día normal al trabajo y habría podido ayudar al profesor a examinar y procesar el cadáver, no necesitaba infringir ninguna ley para verlo.

No obstante, no tardó en darse cuenta de lo equivocado que estaba.

El cuerpo de la joven presentaba marcas de haber sido abierto, como los otros, pero las suyas eran distintas. Sí, alguien que estaba aprendiendo le había hecho una autopsia, pero habría reconocido las incisiones limpias de su maestro en cualquier lugar del mundo.

El ladrón de cuerpos no era el único que había tratado aquel cuerpo, Hughie Buckman también lo había hecho y guardó silencio sobre lo que había visto. Los cadáveres continuaban reapareciendo en el hospital y su tutor seguía fingiendo que no era más que una casualidad.

Theodore habría preferido que su primera sospecha se confirmase y haber obviado para siempre esa evidencia.

Si la conversación con Arthur le había disipado alguna duda, ese encuentro había vuelto a cubrirlo todo con una densa nube de confusión.

El olor cítrico del embalsamamiento se apoderó de su olfato y Theodore se dio la vuelta, convencido de que, si no abandonaba aquel pasillo, vomitaría.

Y esta vez no se detuvo.