Capítulo 22
Humani nihil a me alienum puto
Victoria apiló varias muestras de diáfisis rotas encima de la mesa, para compararlas con los restos que tenía delante.
Aquello era el fruto del trabajo que estaba realizando desde hacía varias semanas, rebuscando entre los individuos de Lyle Crowle. Si algo faltaba en las aulas de Medicina (como Arthur se había encargado de recordarle en varias ocasiones) eran huesos con los que poder hacer un análisis comparativo.
Los médicos, en su mayoría, poseían un pequeño inventario que utilizaban cuando querían confirmar sus hipótesis sobre lo que estaban viendo, pero no era más que un número reducido de muestras.
No había variedad ni variabilidad, todo se comparaba con un mismo individuo.
También se relegaba gran parte del peso de la investigación a los atlas y manuales.
Aunque poseían representaciones bastante fieles a la realidad, nunca habrían sido suficientes para un caso como el que tenían delante.
Arthur había apuntado que aquello no era normal. Los valores y la forma de las piezas óseas distaban mucho de lo que podían encontrar en cualquiera de los recursos que tenían en su poder. Por eso Victoria había propuesto darle un nuevo enfoque.
—Creo que con esto tendremos suficiente para los próximos días. —Orgullosa, sacó los fragmentos de hueso plano que tenía en una bolsa y los colocó cerca del resto.
—¿Días? Podríamos estar aquí meses y no acabar nunca. —Arthur estaba contento, muy contento. Agarró una de las epífisis y la acercó al individuo de estudio—. ¿De dónde has sacado todo esto?
Victoria le devolvió la sonrisa.
—Tener contactos ayuda mucho en este tipo de cosas. El profesor me deja estudiar los desechos que no va a utilizar. Si no fuese por mí, estarían metidos de nuevo en una zanja. Al menos yo les doy una utilidad.
Conseguir cuerpos de recién fallecidos era mucho más complejo que conseguir huesos de los cementerios o de las colecciones antropológicas, pero muy pocos médicos admitían la importancia de conocer al completo el esqueleto humano.
—Es increíble.
—Ya me lo agradecerás cuando lleguemos a una conclusión real.
Arthur esperó a que ella continuase hablando, pero no lo hizo. Se le pasaron muchas cosas por la cabeza, todas y cada una de ellas opacadas por la visión de tener aquel material disponible para trabajar con él.
Las posibilidades eran interminables y se sintió agradecido de no saber por dónde comenzar.
—A primera vista te vuelvo a confirmar mi hipótesis anterior: nada de esto presenta una variabilidad normal, pero siempre hay dimorfismo entre poblaciones.
Victoria había llegado a la misma conclusión las dos veces que Arthur había lanzado su diagnóstico y en ambas había creído que tenían que estar equivocados.
Todas y cada una de las estructuras que habían inspeccionado eran únicas, patológicas.
Todos y cada uno de los huesos mostraban signos que no deberían haber estado ahí.
—Sigo enfrascado en el problema del cráneo.
—Con cuidado, Arthur levantó los fragmentos que habían amarrado con gasas y pegamento—.
El resto de los huesos presentan diferencias, pero ninguna tan notable como esta.
—Volvió a fijarse en la curvatura anómala con la que había llegado a obsesionarse—.
Si ese individuo estaba enfermo, no da la impresión de que eso le impidiera hacer nada.
—Parecía una persona fuerte. —Victoria estaba de acuerdo.
—No tiene ningún sentido.
—Si de verdad sufría una dolencia tan grave como la que piensas, no habría sido capaz de sostenerse de forma tan rígida. Sus restos son los de una persona con movilidad y musculatura de atleta. —Victoria musitaba cada palabra, sin dejar de darle vueltas a la cuestión—. Se nos está escapando algo.
—Nunca he estado tan de acuerdo con nadie.
Victoria se acercó al puzle que por el momento eran todos los fragmentos del cráneo, y Arthur se lo dio al mismo tiempo que Lyle Crowle irrumpía en la habitación acompañado de un hombre de cabello canoso.
—¿Es estrictamente necesario? —preguntaba el profesor mientras abría la puerta.
—Si quiere que siga invitándole a jugar a las cartas, sí —dijo su interlocutor, con una voz que dejaba claro que era un fanático de los puros.
—Queridos. —El doctor Crowle lanzó una mirada alarmada hacia la mesa donde Victoria continuaba agarrando el cráneo, y Arthur vigilaba cada uno de sus movimientos—. No sabía que hoy estarían aquí.
Victoria reconoció de inmediato al hombre que había ido a buscar al profesor semanas antes a su despacho, el mismo al que le había faltado escupirle al encontrarla allí.
Su tío era un hombre noble, inteligente, una eminencia en su campo, la persona con más curiosidad que había conocido en su vida, pero no elegía bien a sus compañías.
Ni en un millón de años llegaría a imaginarse qué podían tener en común, más allá de su trabajo, un hombre como Lyle Crowle y un individuo tan irrespetuoso y miserable como aquel. No lograba entenderlo.
—Vaya, vaya. —El hombre se acercó a ellos, y Victoria dejó el cráneo sobre la mesa y se alejó de allí.
En otra ocasión tal vez habría dicho algo, pero en ese momento no pudo—.
¿En qué está trabajando ahora, mi querido amigo?
Nada más y nada menos que con el joven Credge, sin ir más lejos. Debe de ser algo importante.
Lejos de sentirse adulado, Arthur tomó el lugar que había ocupado antes Victoria para vigilar los restos.
—No es nada, Byron. —El profesor trató de alejarle de allí, en vano—. Le estoy haciendo un favor a un viejo colega. Volvamos a mi despacho, los muchachos tienen que seguir trabajando.
—Déjeme ver qué tiene por aquí, sus proyectos siempre son de gran interés…
El tono de su voz fue menguando hasta casi desaparecer.
Con un rápido vistazo, comparó el montón de huesos largos que Victoria había apilado tan solo unos minutos antes con el cuerpo desmembrado que yacía delante de Arthur.
Estiró la mano para agarrar uno de los fragmentos, pero algo le detuvo a mitad del camino.
Alford Byron pasó de la curiosidad al escepticismo en pocos segundos.
—¿Ha perdido usted una pelea, Crowle? Debe de ser algún tipo de broma.
—Los menesteres que me traigo entre manos con mis antiguos compañeros no son de su incumbencia, sabrá más cuando los demás lo sepamos.
—Es grotesco.
Arthur y Victoria cruzaron miradas durante un breve instante, pero fue suficiente para que ambos se apartaran de allí.
—Conoce usted a la perfección mi gusto por los casos complicados. No debería sorprenderle. —Crowle era conciliador pero asertivo. Victoria sabía que su tío estaba lejos de estar tranquilo—. Cuénteme lo de la partida de cartas fuera de aquí, me interesa conocer…
—No le tenía por necio, Crowle.
Algo se rompió en aquel momento.
—¿Disculpe?
—Le tomaba por un hombre de ciencia al que no le gusta perder el tiempo. —Alford Byron no estaba dispuesto a moverse de allí—. Me ha decepcionado.
—Como ya le he dicho, nada de esto le incumbe a usted. Es algo entre un viejo amigo y yo. No le he pedido su opinión.
—Sea lo que sea no es más que alguien con serios problemas. Están perdiendo el tiempo.
—Byron, debe marcharse.
—¿N o se ha dado cuenta de que han intentado estafarle?
—Había perdido los papeles, como si Lyle Crowle le hubiese pedido que participase en su proyecto—.
Alguien se ha aprovechado de su trabajo y de su buena fe para sacar algo.
No sé qué es, pero deben dejar esto antes de que afecte a su reputación.
Arthur había oído hablar de lo que sentían los católicos cuando la verdad se revelaba ante ellos.
La llamada divina no se puede frenar ni se puede explicar, solo sucede.
Eso era lo que debía de experimentar el doctor Byron, que en aquel instante parecía que estuviera comprendiendo algo que nadie más podía ver.
Su rostro pasó del blanco más pálido al carmesí en apenas varios segundos.
Su respiración se detuvo al mismo tiempo que comenzó a dar bocanadas de aire.
Si aquello era una revelación divina, Arthur se alegró de no tener que experimentarla.
—¿De dónde ha venido el cuerpo, Crowle? —Su mirada se posó en todos los rincones de la habitación, pero evitó dirigirse a la mesa donde descansaban clasificados los restos del muerto desconocido.
—Byron… —comenzó el doctor, pero no pudo continuar.
—Prusia, ¿verdad?
Victoria, que seguía sentada detrás de él, se sobresaltó al oírlo. El profesor Byron juntó cada pedazo de información que tenía en su cabeza e hizo una nueva conexión.
—¿Está loco? —preguntó.
Arthur se sentía lejos de la conversación, que había alcanzado un punto álgido y que nadie más aparte de ellos dos sería capaz de seguir.
—Usted mismo lo ha dicho. —Lyle Crowle esbozó una sonrisa burlona—. Soy un hombre de ciencia y busco reinventarme, si estuviera en mi lugar no habría sido capaz de decir que no.
—No tiene ni idea de lo que está insinuando.
Pero Lyle Crowle creía tenerla.
—Me apuesto todo lo que quiera a que esta discusión iría por un lado muy distinto si en lugar de habérmelo ofrecido a mí estuviéramos en su despacho.
—No me venga con tonterías. Comprende a la perfección por qué le estoy diciendo esto.
—Y tú sabes que deberíamos mantener esta conversación en otro lugar. —Hablaba con calma, como un profesor se dirige a un alumno problemático que no digiere bien las críticas—. Este no es el momento. Salgamos de aquí.
—No soy el único que querrá explicaciones cuando todo esto salga a la luz, Lyle.
—Byron estaba nervioso, hasta tal punto que comenzó a tutearle delante de ellos, como había hecho Crowle—.
Te vas a meter en problemas y nos vas a arrastrar a todos contigo.
La universidad, el hospital… ¡Te lo llevarás todo por delante!
—Me parece que ahora exageras, amigo. No es, ni mucho menos, lo que piensas.
—Al contrario. El que está equivocado eres tú. —El sombrero de Crowle había perdido la forma entre sus manos. Se aferraba a él con fuerza—. Me darás la razón. Tarde o temprano, me la darás.
Lyle Crowle abrió la puerta y le invitó a abandonar la habitación.
—Discutamos esto fuera de aquí, por favor. —Estaba lejos de ser una petición calmada.
—Vamos. —Estudió a fondo por última vez la expresión de Arthur y luego la de Victoria, buscando un pretexto para seguir la conversación, pero no lo encontró—. Estás loco si piensas que voy a permitir que te suicides sin intentar antes que cambies de idea.
—Ya veremos. —Crowle apoyó la mano en la espalda de su colega, alentándole—. Cerrad cuando os marchéis, por favor, no quiero que entre nadie.
El estruendo de la puerta contra el marco de madera fue lo único que se oyó durante los segundos siguientes.
El silencio acabó por apoderarse de todo.
Los pasos de los dos médicos resonaron por el pasillo al alejarse, pero no el sonido de sus palabras.
Aquella discusión solo parecía tener sentido en la burbuja del laboratorio, nada de lo que ambos dijesen fuera de allí iba a cambiar lo que ya estaba hecho.
—¿A qué demonios ha venido todo eso?
Arthur percibió cómo la tensión del ambiente se disipaba en el momento en el que ambos profesores pusieron los pies fuera del laboratorio.
Victoria tardó en responder, contemplaba los restos humanos delante del futuro médico, que se balanceaba sobre ellos mientras hablaba.
—No tengo la más mínima idea —dijo, y era sincera.