Los anatomistas Capítulo 21
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Capítulo 21

Passio

Wheeler sintió sus manos sobre el cuello antes de poder verle la cara.

Las luces estaban apagadas y su ropa seguía húmeda tras caminar bajo el temporal, notaba a la perfección cómo se pegaba a cada músculo de su piel, como si fuese una parte más de ella.

Era curioso cómo funcionaban los demás sentidos cuando uno fallaba.

Todo se magnificaba, se amplificaba. Wheeler creía que sería capaz de pillar una mosca en pleno vuelo incluso en la oscuridad.

Estaba atento a cualquier movimiento, todo estaba a su merced.

El ambiente lo sintió cargado incluso antes de que él llegase, señal inequívoca de que todo iba bien. Había alguien más allí, no necesitaba luz para saberlo. No había estado solo en ningún momento.

Comenzó a sentir una presión en los oídos en forma de pitido agudo.

En ese momento no podía ni oír ni ver, pero el cuerpo tibio de otra persona estaba tan presente como si fuese pleno día.

Si se quedaba quieto el tiempo suficiente seguro que oiría cada uno de los latidos y podría seguir el compás del corazón de la sombra sin rostro.

Si hubiese querido, podrían haber acabado el uno con el otro con facilidad.

Alargó los brazos con un rápido movimiento y atrapó a quien se escondía entre las sombras. Wheeler no podía ver absolutamente nada, pero habría sido capaz de reconocer el tacto de sus manos.

Se aferró a su muñeca con fuerza y la acercó hacia él, sin pensarlo ni un instante.

Sabía que no había nadie más allí, solo podía ser ella.

Eran alrededor de las seis de la tarde, hora que los médicos aprovechaban para cenar y las enfermeras tomaban el control del hospital.

El ambiente era mucho más calmado a aquella hora, había una tranquilidad casi monacal, donde solo se oían los distantes quejidos de los enfermos que pasaban allí la noche.

Además, Davinia no era tonta. Sabía con exactitud cuándo tenía que ir a buscarle.

Lo único que podía oír en ese momento era la respiración de la muchacha sobre el cuello de su camisa, mientras deslizaba sus labios entre los botones, que se había dado prisa en desabrochar.

Estaban tan cerca el uno del otro que habría podido agarrarle del pelo, pero decidió deleitarse imaginando qué estaba haciendo.

Los ojos de Wheeler se habían acostumbrado levemente a la penumbra, pero seguía sin poder ver más allá de un palmo de distancia, aunque no era suficiente.

El cabello oscuro de Davinia, antes recogido, caía de manera desordenada por su espalda, envolviéndola con un tenue olor a lavanda.

La cofia, que mantenía con cuidado sobre su cabeza durante sus turnos de trabajo, estaba en el suelo.

Wheeler sintió que la urgencia se apoderaba de su cuerpo.

La apartó con más cuidado del que se creía capaz y se sentó sobre la cajonera de madera, esperando a que se acercara.

Davinia se quitó las lazadas del largo vestido, que para Wheeler no era más que una mole oscura que le estorbaba, y lo dejó en el suelo. Luego se sentó a horcajadas sobre su regazo.

Los dedos de la enfermera se clavaron en los muslos de su pareja, tratando de quitarle los pantalones.

—Te he echado de menos. —Wheeler le bajó una media mientras susurraba en su oído—. Han sido unos días muy largos, en toda la semana no he dejado de pensar en ti.

En ese momento, como si sus palabras la hubiesen devuelto a la realidad, Davinia dejó de intentar quitarle la ropa y pegó su cuerpo al de Wheeler. Podía sentir cómo su pecho subía y bajaba de manera entrecortada. Estaba nerviosa.

—Eres un auténtico idiota, Wheeler. —Aunque intentaba aparentar que estaba cabreada, no lo lograba.

No era enfado lo que transmitía, era miedo—.

¿Crees que es normal que me entere de que has estado a punto de morir por mis compañeras y no por ti?

He pasado el peor momento de mi vida, fingiendo que me daba exactamente igual lo que te hubiese pasado.

A veces me sorprende lo insensible que puedes llegar a ser.

No he tenido más remedio que callarme y tragarme lo que estaba pensando.

Con una carta habría sido suficiente, habría ido a buscarte yo misma para asegurarme de que estabas bien.

A pesar de sus palabras, siguió aferrada a sus hombros, aterrada por el hecho de que pudiese desaparecer de un momento a otro.

—Así que ¿han estado hablando de mí las enfermeras? —Wheeler no pudo evitar regodearse.

Ahora sí que estaba enfadada.

—Olvídate de mí, Wheeler Halpine. Largo. No me apetece aguantar estupideces ahora mismo. La próxima vez llama a otra persona para que te entretenga —le ordenó, al tiempo que recogía del suelo la ropa de trabajo.

Él la detuvo antes de que pudiera irse. El calor de sus cuerpos entrelazados había desaparecido y la habitación parecía inmensa de golpe, como si las paredes hubiesen retrocedido varios metros sin que ninguno de los dos se hubiese dado cuenta.

—Eh, vuelve. —Como había hecho tantas veces, la obligó a sentarse sobre sus piernas.

Ella no intentó oponer ningún tipo de resistencia—.

He sido un completo imbécil —admitió—. Tienes razón, debería haberte avisado mucho antes.

No pensaba que alguien pudiese adelantarse.

Las noticias vuelan por aquí, por lo que veo.

—La gente le cuenta todo al personal sanitario, no puede evitarlo. Hablan y nosotros escuchamos. Era evidente que acabaría por enterarme.

Wheeler había contado con eso. Había decidido esperar a que los rumores llegasen al Royal Infirmary, donde médicos, enfermeras, parteras, estudiantes se relacionaban.

No quería tener que contar la historia una vez más, no a Davinia.

Era muy distinto hacerlo con sus compañeros o la policía, personas que no le importaban lo más mínimo, pero con ella era distinto.

Le había mentido a la cara, pero lo había hecho por una buena razón, se justificaba.

—¿Saben quién ha podido ser?

Davinia le pasó los dedos por el cabello, peinándolo con delicadeza. Su comportamiento era confuso, pasaba del enfado al cariño tan rápido que Wheeler no era capaz de seguirle el ritmo. Esperó, cauteloso, antes de continuar.

—Creo que la policía sigue en el mismo punto que la última vez que hablé con ella. —Apartó el pelo de su cuello y pasó la lengua con cuidado por él—. No te preocupes, no volverá. Dudo que quiera enfrentarse a mí de nuevo. Le di su merecido.

Otra mentira.

Davinia chasqueó la lengua, irritada.

—Es algo serio. De verdad que deberíamos tener cuidado a partir de ahora.

—Nadie se lo toma tan en serio como yo, te lo prometo. —Con fastidio, tomó el rostro de la muchacha entre sus manos—. Mira, no tiene ningún sentido preocuparse por alguien que lo más probable es que ni me haya visto la cara antes de golpearme. No volverá a por mí, no sabe quién soy. Estoy a salvo.

—Ha matado a un hombre.

—No. Ha matado a un mendigo, alguien con tan poco honor que no ha sabido ni buscarse una vida para sí mismo. —La conversación tomaba un ritmo que Wheeler prefería eludir—. Era inevitable que su vida acabara de esa manera. Yo no soy como él, tengo un futuro.

—Sigue siendo un asesino, Wheeler.

El joven titubeó durante lo que pareció una eternidad.

Entre todos los rostros de todas las enfermeras que iban y venían de las habitaciones del hospital, se había fijado en el suyo la primera vez que había puesto un pie en el Royal Infirmary.

Llevaban meses viéndose a escondidas entre sus turnos, aprovechando los rincones vacíos y las noches tranquilas.

Davinia era preciosa y muy capaz de sacarle de sus casillas sin esfuerzo alguno.

También era la persona más serena que conocía, por lo que su repentina desesperación consiguió perturbar los pensamientos de Wheeler.

Aún tenía el cuerpo entumecido y las sienes doloridas, un recuerdo perenne de que lo que había sucedido era real y que había estado más cerca de la muerte de lo que se habría imaginado jamás. Nadie está tan preparado para morir como cree que lo está y él, desde luego, lo estaba menos que nadie.

Era cierto que no creía que el ataque hubiese sido algo personal.

Dudaba incluso de que el malnacido le hubiese visto bien antes de dejarle tirado en el suelo, pero no podía evitar dar vueltas a lo que había sucedido tras el golpe.

¿Recordaba su cara? ¿Se había quedado para averiguar quién era antes de marcharse, para poder volver y vengarse?

¿Tenía miedo de que lo delatase? No había mentido, no tenía ni idea de quién había podido ser su atacante, pero eso no lo tranquilizaba, más bien le producía la reacción contraria, por mucho que a todos les hubiese contado una versión distinta.

Aunque seguían a oscuras podía leer en la expresión de Davinia.

—Estás preocupada por mí.

La empujó y se incorporó.

—Estás preocupada por mí —repitió, sin poder contener una sonrisa.

—Por supuesto que lo estoy —proclamó ella, con el mismo tono de voz con que respondía a todo lo que Wheeler insinuaba—. ¿Acaso debería fingir lo contrario? No me da ningún reparo admitirlo. Me importas.

Aquella era con mucha probabilidad la conversación más sincera que habían mantenido en todo el tiempo que llevaban juntos.

Sus encuentros habían sido casi de forma exclusiva físicos.

A ninguno de los dos les interesaba que se convirtiesen en nada más, ambos estaban de acuerdo.

Davinia tenía veintiséis años, una carrera, planes para el futuro, y no le apetecía andar aguantando las chiquilladas de un médico de apenas veinte.

Aun así, parecía que quien tenía más dificultades para confesar lo que se le pasaba por la cabeza era Wheeler, el que menos tenía que perder.

El futuro médico buscó sus labios otra vez en la oscuridad, disfrutaba del momento, de la suavidad de sus besos.

—Te prometo que la próxima vez que esté al borde de la muerte serás la primera en saberlo. Incluso antes que la policía.

Ella apartó las manos, pero las volvió a colocar sobre el pecho desnudo de Wheeler casi al instante.

—Más te vale —dijo.

—Si no me equivoco, aún te quedan al menos diez minutos de descanso, ¿no es así?

Se apresuró a acabar el trabajo que había comenzado ella y se desabrochó la camisa hasta dejarla en algún rincón de la infinita oscuridad.

Davinia se rio mientras volvía a besarle, aferrada a su cuello, obligándole a recostarse sobre el mueble para de snudarle por completo.