Capítulo 20
Venēnum
—El fundamento de todo buen antídoto es saber qué cantidad de veneno puede consumirse y evitar la muerte.
¿Cuántos de ustedes tomarían acónito por voluntad propia?
Menos de los que conseguirán ma ntener su atención fija en mí durante toda la clase, eso desde luego.
Pero puede ser la única oportunidad que tengan de sobrevivir a otro tipo de sustancias que desconozcan.
Mi trabajo es intentar convencerlos de que no van a perder la vida por pegarle un pequeño mordisco a una Amanita muscaria que encuentren por el bosque.
Lewis Morrow impartía varios seminarios de botánica a lo largo de los seis años que duraba la carrera de Medicina, y Arthur había arrastrado a Theodore a todos y cada uno de ellos.
Ambos sentían una profunda fascinación por la farmacología an tigua y los cuentos de boticarios y alquimistas, algo que jamás habría logrado que Theodore Thorebourne confesase en voz alta, aunque le habría encantado sonsacárselo.
Por su aspecto, el profesor Morrow podría tener al menos ciento veinte años y todos juraban que se esforzaba en aparentar que era uno de los druidas que tanto le gustaba mencionar.
El pelo canoso le llegaba hasta la cintura y la barba, sin retocar desde hacía meses, se movía con cada una de las palabras que pronunciaba y cubría parte de su vientre como una cortina vieja.
Aun así, vestía prendas que a primera vista parecían caras, hechas a medida.
Arthur creía que tenía un claro conflicto entre quién quería ser y lo que le habían impuesto ser.
Pensaba que si un profesor como Hughie Buckman hubiese impartido aquella lección nadie se lo habría tomado tan en serio. Su éxito se debía en parte al personaje.
Sus clases se impartían en un aula estándar, de las que no estaban preparadas para lecciones prácticas.
Era una habitación pequeña con paredes de ladrillo y yeso, y ventanas también pequeñas, demasiado altas para que alguien pudiese abrirlas sin la ayuda de una escalera o una mesa.
Los pupitres blancos, dispuestos sin orden por la sala, podían albergar solo a una decena de personas, que tenían que apuntarse con anterioridad para reservar su plaza.
La mesa principal, utilizada rara vez por el doctor, que prefería recorrer el aula con libertad para asegurarse de que todos le oían claramente, era de madera, como las de los despachos de sus compañeros.
La voz de Lewis Morrow sonaba pausada, solemne, perfecta para recitar fragmentos de obras en griego antiguo.
—No lo comprendo. —Sin necesidad de girarse supo Arthur que el que había hablado era Joshua Bonnet, famoso por no entender cosas—. ¿Puedo comerme cualquier cosa aunque no sepa qué es?
Theodore se tensó a su derecha, sentado en su asiento sin apartar la vista de la pizarra. Si no hubiesen estado en mitad de clase, sabía a la perfección qué le habría respondido.
—Señor Bonnet, agradecería que me escuchase antes de hacer suposiciones estúpidas.
—Otra de las cualidades de Morrow era que no entendía el concepto de dirigirse con delicadeza a los alumnos, que en su humilde opinión eran adultos lo suficientemente maduros para recibir críticas.
En eso estaban de acuerdo los tres—. Si usted decide hacerse un té de adelfa, no dude que seré el primero en reírme de su poco aprecio por la vida.
Hablamos de probar, morder, saborear, de conocer dosis, no de envenenarnos a nosotros mismos.
El veneno no mata por sí solo, lo hace la cantidad que usted decida consumir.
Con el cuidado suficiente… incluso los venenos más poderosos pueden convertirse en antídotos.
Pero dudo que usted sea capaz de entender la diferencia si pregunta esas bobadas.
Lewis Morrow se paseó por el aula en silencio observando los rostros de cada uno de sus alumnos, analizando una a una sus reacciones. Nadie se atrevió a rebatirle lo que decía, ni el propio Joshua.
—¿Alguien puede darme algún ejemplo de lo que acabo de decir? ¿Un veneno que también pueda ser medicina? —Sin esperar a que nadie respondiera, posó su mano firme sobre el hombro de Arthur—. ¿Señor Credge?
Arthur se incorporó y adoptó una actitud serena que no tenía segundos antes, cuando escuchaba a su compañero. Theodore, a su lado, hizo lo mismo.
—Siempre que se administre de forma correcta, se puede usar la dedalera para el tratamiento de enfermedades.
—¿Enfermedades que afecten a qué órgano? —prosiguió el profesor, saboreando el momento.
—Al corazón, doctor.
Lewis Morrow disfrutaba al escuchar a su mejor alumno hablar, no lo ocultaba en ningún momento. Theodore había bromeado alguna vez con que si le hubiese sido posible habría expulsado a todos los demás de sus seminarios y solo habría dado clase a Arthur.
—Excelente. Como de costumbre, perfecto, señor Credge. —Satisfecho, se volvió para observar a Joshua Bonnet, que no parecía darse cuenta de que su enfado iba dirigido únicamente a él—. Debería estudiar más antes de hacer preguntas, nos ahorraría mucho tiempo a todos.
El profesor Morrow retomó su discurso sobre venenos, y Arthur se acercó más a Theodore, recuperó la actitud taciturna que tenía antes y bajó la voz hasta convertirla en un susurro apenas audible para los demás.
—¿Qué opinas de la historia de Wheeler?
En ese momento Lewis Morrow estaba recitando un monólogo sobre el Tylopilus felleus , un hongo conocido también como «chupasangres».
—¿De verdad crees que ha estado en algún momento en peligro real? ¿Piensas que está exagerando?
—Lo dudo. —Theodore lo imitó—. Ese hombre acabó con la vida de alguien a escasos metros de donde estaba. No digo que haya sido un simple susto, pero a las pruebas me remito. Si hubiese querido matarle, lo habría hecho.
Arthur se pasó el dedo pulgar por el cuello imitando un corte de lado a lado.
—Entonces no es que haya tenido un golpe de suerte, cualquiera se habría librado de haber estado en su lugar.
—Tal vez no —masculló Theodore—. Tal vez la suerte es que estaba borracho y sin ganas de pelear. Si el atacante hubiese pensado que era un peligro para él, lo más probable es que hubiese intentado callarle del todo. Ya le has oído, no se acuerda de su cara.
Pasaron unos segundos antes de que Theodore retomase la conversación.
—¿Y si creía que le había matado con el golpe y por eso no se quedó a comprobar si había terminado su trabajo? O puede que le golpease contra el suelo esperando que eso fuese suficiente para dejarle fuera de combate.
—¿Para que no le reconociese? —Arthur comenzó a comprender adónde quería llegar su amigo—. No crees que haya sido una simple pelea entre mendigos, ¿verdad?
Aquella molesta voz que se parecía a la de Hughie Buckman regresó para apoderarse de sus pensamientos, y le mandó cerrar la boca de nuevo.
—En realidad, no tengo razones para pensar lo contrario.
Por segunda vez en pocos días, Theodore estaba seguro de que Arthur sabía que le estaba mintiendo.