Capítulo 19 #2
—¿Te siguió alguien desde la taberna y esperó a que volvieses a salir?
Wheeler reprimió un escalofrío y todo su cuerpo se contrajo en una oleada de dolor.
—No creo que supiese que yo estaba allí, todo pasó muy rápido.
Una, la cocinera, se acercó a Wheeler con paso ligero, sorteando a los pocos curiosos que seguían llegando a esas alturas, le dejó una taza de té con leche y especias y se llevó la bebida reseca que descansaba en la mesa.
—Gracias —dijo Theodore dirigiéndose a Una, y volvió a observar a su amigo, que se calentaba las manos con el té recién preparado—. ¿Qué pasó entonces?
—Como os he dicho, seguía borracho, pero ya llevaba casi media hora dando vueltas alrededor del edificio y por fin era capaz de recordar a la perfección cualquier detalle de mi vida.
Me veía con fuerzas de nuevo. Estuve a punto de entrar en la residencia, meterme en la cama y saltarme la primera clase para poder descansar, aunque solo fuese un par de horas, pero algo me detuvo.
Dejó que un silencio se apoderase del grupo, creando un momento de suspense. No iba a desaprovechar ese lapso de protagonismo absoluto de la conversación.
—Oí mucho ruido, algo así como un forcejeo.
Creo que llovía, ahora no estoy seguro, pero estoy empapado.
No sabía de dónde venía, pero sí que estaba cerca, tanto como para que fuese un problema para mí.
De normal habría evitado el conflicto, pero supongo que el alcohol consiguió que mi cabeza funcionara de manera extraña.
Vi a dos hombres peleándose, ninguno de los dos gritaba, lo que me acabó de acojonar del todo.
¿Por qué alguien no gritaría en mitad de una pelea?
No tenía sentido, era como si dos fantasmas hubiesen llegado a las manos.
Decidí largarme, pero no me dio tiempo a salir corriendo.
Uno de los hombres se dio cuenta de que los había visto y me lanzó contra el suelo.
He tenido suerte de golpearme la cabeza en el único lugar a varias yardas a la redonda que está hasta arriba de futuros médicos.
Cuando me he despertado, y no han tenido que pasar más de cinco minutos, el hombre que me ha atacado había desaparecido. Solo estábamos el cadáver y yo.
Esa información pilló a Theodore por sorpresa.
—¿Ha muerto alguien?
—Según el jefe de la policía montada, era un viejo conocido del calabozo, un mendigo llamado Richards o algo así —añadió Arthur, que mordisqueaba la boquilla de la pipa, ahora sin rastro del tabaco.
—Un viejo borracho —confirmó Wheeler—. Ha debido de ser un ajuste de cuentas de dos miserables indigentes, una rencilla que se les ha ido de las manos y uno de ellos ha acabado muerto.
Creo que he tenido suerte de no ver más, no sería capaz de reconocerlo ni aunque viniese a pegarme otra paliza.
Pero mejor. Quizá habría acabado peor que el otro.
—Entonces ¿no has visto nada? ¿No sabes quién ha sido?
Wheeler se acabó el té mientras le sostenía la mirada a Theodore.
—No tengo ni idea. No le he visto la cara.
El reloj del comedor marcó las seis y media, y Arthur comenzó a impacientarse y a golpear con los dedos la mesa. Alphonso se levantó y acarició la espalda de su compañero de habitación para reconfortarle.
—Es mejor así —confirmó.
—La policía quiere tomarme declaración otra vez —continuó Wheeler, sin dirigirse a nadie en concreto.
Tenía la mirada perdida en la nada—. Querían esperar a que todo el alcohol de mi cuerpo hubiese desaparecido, por si cambiaba de opinión sobre algún detalle de lo ocurrido, pero sigo manteniendo la misma versión que al principio.
Dudo que lo encuentren, no soy un testigo de mucha utilidad.
Una vocecita en su cabeza le pedía a Theodore que cerrase la boca, pero no fue capaz de resistir el impulso. Aquella voz se parecía cada vez más a la de Hughie Buckman, tanto que costaba ignorarla.
—¿Por qué no? —preguntó.
—Es difícil distinguir a un mendigo de otro —dijo Wheeler despacio, como si fuese obvio—. Ni aunque me pusieran a todos los sintecho de Escocia delante sería capaz de diferenciar quién ha sido el desequilibrado que me ha dejado tirado en el suelo.
La imagen de un hombre desconocido corriendo hacia Wheeler en mitad de la tormenta fue suficiente para que Theodore se despertara del todo.
Comprendía por qué tanta gente había decidido tratar a su amigo como víctima de guerra aquella mañana.
No solo Edimburgo era una ciudad tranquila, sino que ese tipo de ataques no ocurrían allí, tan cerca de los hijos de las familias más ricas de todo el Reino Unido.
Los ataques no les sucedían a personas como ellos, a pesar de ser el pan de cada día en los suburbios.
Para muchos, aquello era lo más escalofriante que iban a oír en todo el año y exprimirían la historia hasta que no quedase nada más que teorizar.
O hasta que pasase el tiempo suficiente para que la emoción se disipase.
—Entiendo.
Arthur se dio cuenta de que quería preguntar algo más, pero permaneció tan callado como su compañero.
El comedor había comenzado a retomar su habitual barullo, al margen del ataque de Wheeler.
El olor al café espeso que Una preparaba todas las mañanas se apoderó del ambiente, opacando el aroma del té que todos preferían, y recordándole a Theodore que todavía no había tomado nada aquel día.
Los residentes que no se habían despertado con las voces del resto de los habitantes de la residencia comenzaron a llegar y pidieron a sus compañeros que los pusieran al día.
Las miradas se posaban en la mesa que compartían con el agredido, pero ya no se acercaban a preguntarle nada. Había pasado el momento.
Alphonso fue el primero en romper el silencio.
—Debo ir a la facultad.
Wheeler pareció ofendido, pero el veterinario le ignoró.
—No puedo perderme el seminario de hoy, si lo hiciera tendría que recuperarlo el año que viene. Reproducción de bonobos —informó, como si eso fuese suficiente para justificar que se marchase corriendo—. Vas a estar bien.
Su compañero de habitación asintió.
—Duerme un poco cuando te deje la policía, no puedes perder más clases, pero tampoco puedes ir así. Creo que esta vez no te va a hacer falta una excusa para quedarte en la cama.
—Gracias por preocuparte, mamá.
Como siempre, Alphonso no pareció perturbarse lo más mínimo con su ironía.
—No te vayas muy lejos, nos vemos luego, ¿vale? Y dúchate.
Wheeler hizo una imitación perfecta del tono de reproche de su mejor amigo.
—Nosotros tenemos que marcharnos también. —Arthur estaba mucho más hablador que de costumbre, sobre todo con Wheeler—. ¿Te importa que te dejemos solo?
Wheeler se levantó, temblando ligeramente por el frío. Theodore comprobó que su ropa seguía empapada. El estado de conmoción después del ataque, supuso, le habría impedido hacer nada más que avisar a alguien para que le ayudase.
—En absoluto. No os preocupéis, estoy bien. Solo necesito dormir. —Parecía hablar en serio, en tono conciliador.
Theodore se dio cuenta de que tendía a olvidar lo joven que era debido a la seguridad con la que afrontaba todo
—Tendré dolor de cabeza y el cuerpo entumecido los próximos días, pero nada que no pase con calmantes e infusiones que cualquiera de mis compañeros me facilitará sin ponerme pegas. Me vendrá bien estar un tiempo a solas para poder ponerme al día, incluso.
—Si se enteran de algo más del desgraciado que ha hecho esto, avísanos —dijo Theodore.
Wheeler le chocó la mano, en señal de gratitud.
—Estaremos aquí mucho antes de que despiertes de la siesta —continuó diciendo.
—No lo dudo.